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¿La Belleza nos salvará?

Reflexiones a propósito de la visita pastoral de Benedicto XVI a la ciudad de Turín. Mayo 2010

 

Lic. Rafael de la Piedra Seminario

 

Cuando a finales del año anterior y a pedido personal del cardenal de Turín, Mons. Severino Poletto, el Santo Padre Benedicto XVI accedió a que se realizara una exposición de la Sábana Santa entre los meses de abril y mayo del 2010, manifestando además su interés de estar presente: “Si el Señor me da vida y salud, espero ir yo también”. Poco tiempo después él mismo confirmaba su visita pastoral para el 2 de mayo haciéndolo en el aula Pablo VI ante miles de peregrinos de Turín y señalando que iba ser " una ocasión muy propicia para contemplar aquel misterioso Rostro, que habla silenciosamente al corazón de los seres humanos, invitándoles a reconocer en él el Rostro de Dios". 

 

Sin duda hay muchas motivaciones interesantes en la nueva ostensión. Una de ellas será el poder ver, por primera vez, el Santo Lienzo totalmente “restaurado” después de los cambios realizados el 2002; así como verlo en el nuevo soporte donde actualmente se conserva.

 

Pero una de las razones más importantes será la visita pastoral del Papa Benedicto XVI y de manera muy particular sus palabras en la Santa Misa que será celebrada en el atrio de la Catedral en la plaza San Giovanni. Como Sucesor de San Pedro y por su conocida fineza espiritual y teológica, todos sabemos que su mensaje nos ayudará a profundizar  en aquel cuadro de dolor y paz que ha conmovido y sigue conmoviendo a millones y millones de fieles.

 

Por otro lado, estamos seguros que Benedicto XVI será muy cauto acerca del tema de la autenticidad ya que la prensa secular suele, una y otra vez, sacar el resultado de la datación realizada por la técnica del Carbono 14 en 1988. Pero lamentablemente no se ha difundido igualmente que dicha datación fue discordante con todos los demás exámenes multidisciplinares que se habían hecho en la Sábana Santa a lo largo de cien años. Más aún ya de por sí es un método de datación que tiene sus limitaciones al utilizar un pedazo de tela tan antiguo así por haber recogido la muestra de un único lugar.

 

El recordado, ahora Siervo de Dios,  Papa Juan Pablo II nos regaló con mensaje iluminador al referirse a la Sábana Santa como la “reliquia única y misteriosa, como la Sábana Santa” o “la reliquia más espléndida de la pasión y de la resurrección”. Ambas citaciones corresponden su viaje pastoral realizado en 1980 a Turín.  En 1998, nuevamente en Turín,  la denominó “espejo del Evangelio” diciendo que la “Sábana Santa constituye un signo verdaderamente singular que remite a Jesús, la Palabra verdadera del Padre, e invita a conformar la propia vida a la de Aquel que se entregó a sí mismo por nosotros”.

 

Luego de los resultados del examen del Carbono 14 de 1988, el Papa  Juan Pablo II  se refirió al Santo Lienzo, el 28 de abril de 1989, durante el viaje en avión hacia Madagascar. Respondiendo a la pregunta sobre cómo debe ser reconocida la Sábana Santa, que le formulara el ya fallecido periodista Orazio Petrosillo, corresponsal en el Vaticano del diario “Il Messaggero”, dijo de manera cortante: “Pero, ciertamente es una reliquia, no se puede cambiar. Si no fuese una reliquia, entonces no se podría entender estas reacciones de fe que la circundan, y que se muestran también más fuertes que las pruebas —digamos—contrapruebas de orden científico…mostrándose más fuerte. En este sentido una reliquia siempre es objeto de la fe”.

 

¿Cuál ha sido entonces la relación del entonces Cardenal Joseph Ratzinger con la Sábana Santa de Turín? ¿Cuántas veces se ha referido a ella y en qué oportunidades?

 

Tenemos una primera aproximación cuando el periodista alemán Peter Seewald en su libro- entrevista del año 2002 “Dios y el Mundo” le pregunta: “¿Es posible imaginarse a Jesucristo tal como aparece en la Sábana Santa de Turín?”. La pregunta es directa y exige del Cardenal, entonces Prefecto de la Sagrada Congregación para la Fe, una respuesta clara: “La mortaja de Turín es un misterio, una imagen que todavía no ha encontrado una explicación concluyente, aunque numerosas razones abogan por su autenticidad. En cualquier caso, la fuerza particular de esa figura, las enormes heridas, nos conmueven”. Y afirma el periodista: “Y su impresionante rostro”. En seguida el Cardenal nos da una luz acerca del valor del Santo Lienzo y su estrecha relación con el Señor Jesús: “En ese rostro podemos reconocer la pasión de una forma estremecedora. Y vemos, además, una gran dignidad interna. Ese rostro desprende sosiego y resignación, paz y bondad. En este sentido nos ayuda de verdad a imaginarnos a Cristo”.

 

Otra importante aproximación a la Sábana Santa la tendremos en el bellísimo desarrollo que el Cardenal Ratzinger realiza en relación a «la Contemplación de la Belleza»  en el «Meeting de Rimini» en agosto del 2002.  Él comenzará hablando de Jesucristo como “el más bello de los hombres”, citando el Salmo 44 y cómo la belleza de Dios por sí mismo atrae al ser humano. Sin embargo, y paradójicamente, esa belleza de Cristo se convierte en alguien “sin figura, sin belleza…sin aspecto atrayente, con el rostro desfigurado por el dolor” (Is 53,2) en las lecturas que leemos el miércoles de la Semana Santa.

 

Surge pues la pregunta: ¿cómo conciliar estas antípodas? Entonces tenemos que dar un paso adelante y, con San Agustín, preguntarnos: ¿de qué belleza estamos hablando? ¿Cuál es el significado más profundo de la belleza? Ambas realidades serán como dos trompetas que suenan por el soplo del aire, de un mismo Espíritu. Ese es el Espíritu, nos dirá Ratzinger, que inspira toda la Escritura situándonos así ante la totalidad de la Belleza… y de la Verdad misma.

 

¿Podemos, entonces, descubrir en ese rostro masacrado de Jesús la Verdad? ¿La fealdad que se manifiesta en el rostro de Jesucristo también nos hablará del dolor, de la ofensa, del pecado, del sufrimiento del inocente y, finalmente, del oscuro misterio de la muerte?  ¿Podemos encontrar en ese rostro una respuesta, la Verdad misma?

 

Y es aquí  donde justamente descubrimos que hay una realidad que va más allá de lo que nuestros ojos pueden captar. En la misma línea de pensamiento nos decía Juan Pablo II: “La Sábana Santa no sólo expresa el silencio de la muerte, sino también el silencio valiente y fecundo de la superación de lo efímero, gracias a la inmersión total en el eterno presente de Dios. Así, brinda la conmovedora confirmación del hecho de que la omnipotencia misericordiosa de nuestro Dios no ha sido detenida por ninguna fuerza del mal, sino que, por el contrario, sabe hacer que incluso la fuerza del mal contribuya al bien”.

 

Descubrimos que podemos conocer algo más de lo que nuestros sensibles ojos pueden atisbar; y es que nuestra propia humanidad así  lo exige, así lo reclama. Es la huella nostálgica que Dios ha impreso en cada uno de nosotros que reclama un sentido profundo y sobretodo verdadero. Dice el Cardenal Ratzinger: «La belleza hiere, pero  precisamente de esta manera recuerda al hombre su destino último». 

 

Volvemos entonces, juntos con el Cardenal Ratzinger, a la pregunta sobre la belleza.  ¿Qué es la belleza y por qué puede elevar el espíritu del hombre hasta las más elevadas cordilleras? ¿Por qué la belleza hace que el hombre salga de sí mismo en una sobrecogedora contemplación? En el mirar sosegado de un atardecer sobre el mar, en la escucha de una melodiosa sinfonía, en la fortaleza y belleza de una escultura de mármol; el hombre se ve como que tocado por «algo» que lo eleva y que él mismo trata inútilmente de descifrar.

 

Podemos decir que es la experiencia de la Samaritana al encontrarse con Aquel que es la Verdad. Con Aquel que le dirá a esa mujer quién es. Entonces ella dirá: “Señor, dame de esa agua, para que ya no tenga que venir aquí a sacarla” (Jn 4,15). Y es justamente en el encuentro con la Verdad que el hombre experimentará la libertad prometida por Jesús: “Y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn8, 32). Es la experiencia cautivadora del encuentro con Aquel que es “el más bello de los hombres”; que destila verdad y amor de tal manera que la persona no quiere apartarse jamás de su Salvador y Reconciliador.

 

Es en Él en quien hemos encontrado lo que anhelaba nuestro corazón y no lo sabíamos. Él es quien sale a nuestro encuentro pidiéndonos siempre nuestra libre colaboración. Puede hasta hacer un pequeño ademán de alejarse pero nuestro corazón le ruega “quédate con nosotros, porque atardece y el día  ya ha declinado” (Lc 24, 29). Es pues en Él en quien encontramos los criterios de juicio, los argumentos y la forma adecuada de aproximarnos a la realidad como tal. Y eso  nos hace verdaderamente libres…

 

Finalmente nos dirá el Cardenal Ratzinger en su famoso Vía Crucis del año 2005, poco antes de ser elegido Papa, sobre la crucifixión del Señor Jesús: “La Sábana Santa de Turín nos permite hacernos una idea de la increíble crueldad de este procedimiento. Jesús no bebió el calmante que le ofrecieron: asume conscientemente todo el dolor de la crucifixión. Su cuerpo está martirizado; se han cumplido las palabras del Salmo: «Yo soy un gusano, no un hombre, vergüenza de la gente, desprecio del pueblo» (Sal 21, 27). «Como uno ante quien se oculta el rostro, era despreciado... Y con todo eran nuestros sufrimientos los que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba» (Is 53, 3 ss)”.

 

Es el encuentro con Jesucristo, encarnación de la Belleza y la Verdad de Dios, en donde se  destruye el poder de la mentira, de la seducción y “belleza” del mal, de la violencia y de la fealdad de todo aquello que va contra el hombre mismo. Es en la contemplación de ese “Bello Rostro” que podemos descubrir con el Apóstol de las Gentes “la gloria de Dios que está en el rostro de Cristo” (2 Co 4,6). Y esa gloria que manifiesta la Belleza es la que finalmente nos salvará…