SAN JOSÉ Y LA VIRGEN MARÍA

EN LA PERSPECTIVA DEL REINO DE CRISTO

 

 

Una pregunta, relacionada con el Reino de Cristo, y que frecuentemente puede suscitarse en los creyentes, es cómo advendrá ese Reino que invocamos constantemente en el Padrenuestro: “Ad veniat regnum tuum”. Las tesis optimistas, presentadas por sospechosos teólogos, e impregnadas de naturalismo, nos describen este reino desde la perspectiva de un triunfo humano y voluntarista, como una especie de resultado de esfuerzos solidarios y ecuménicos. Por el contrario, la fe de la Iglesia es otra y este advenimiento queda perfectamente descrito en el Catecismo de la Iglesia Católica, en un epígrafe titulado La última prueba de la Iglesia:

 

Antes del advenimiento de Cristo, la Iglesia deberá pasar por una prueba final que sacudirá la fe de numerosos creyentes. La persecución que acompaña a su peregrinación sobre la tierra develará el "Misterio de iniquidad" bajo la forma de una impostura religiosa que proporcionará a los hombres una solución aparente a sus problemas mediante el precio de la apostasía de la verdad. La impostura religiosa suprema es la del Anticristo, es decir, la de un seudo-mesianismo en que el hombre se glorifica a sí mismo colocándose en el lugar de Dios y de su Mesías venido en la carne.

 

Esta impostura del Anticristo aparece esbozada ya en el mundo cada vez que se pretende llevar a cabo la esperanza mesiánica en la historia, lo cual no puede alcanzarse sino más allá del tiempo histórico a través del juicio escatológico: incluso en su forma mitigada, la Iglesia ha rechazado esta falsificación del Reino futuro con el nombre de milenarismo, sobre todo bajo la forma política de un mesianismo secularizado, "intrínsecamente perverso".

 

La Iglesia sólo entrará en la gloria del Reino a través de esta última Pascua en la que seguirá a su Señor en su muerte y su Resurrección. El Reino no se realizará, por tanto, mediante un triunfo histórico de la Iglesia en forma de un proceso creciente, sino por una victoria de Dios sobre el último desencadenamiento del mal que hará descender desde el cielo a su Esposa. El triunfo de Dios sobre la rebelión del mal tomará la forma de Juicio final después de la última sacudida cósmica de este mundo que pasa.[1]

 

 

Esta descripción recoge el sentir de la Iglesia y sobre ella reflexionaremos sobre el papel de María y, especialmente José en ese advenimiento.

 

 

 

 

El lugar de la Virgen María en el advenimiento del Reino.

 

Las promesas de triunfo del Inmaculado Corazón de María, asociadas al triunfo de las promesas del Sagrado Corazón, están profundamente enraizadas en la fe de los creyentes. Este triunfo de los Sagrados corazones no puede deslindarse del Reino de Cristo, al igual que la festividad del Sagrado Corazón no puede separarse de la de Cristo Rey. Por tanto, que la Santísima Virgen ocupará un lugar determinante en el advenimiento del Reino, y la Segunda venida de Nuestro Señor, lo tenemos por ciertísimo.

 

Por un lado, lo podemos fundar en la Revelación. La magnífica imagen del Apocalipsis nos muestra a María, tipo de la Iglesia, en una actualización de la vieja tentación del Paraíso: “Apareció en el cielo una señal grande, una mujer envuelta en el sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre la cabeza una corona de las doce estrellas, y estando encinta, gritaba con los dolores de parto y las ansias de parir[2]. Frente a ella se posiciona el Dragón, la vieja serpiente, “para tragarse a su hijo en cuanto le pariese”, pero la mujer se retirará al desierto durante mil doscientos sesenta días. Después, sigue relatando el Apocalipsis, Se iniciará el combate en el cielo entre Miguel y el Dragón, que culminará con el triunfo del Reino: “Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo[3].

 

Siempre es difícil, e incluso peligroso, ensayar interpretaciones de los textos apocalípticos. De hecho, en interpretaciones carentes de una perspectiva del Reino de Cristo, este texto ha sido frecuentemente mal interpretado. Según algunos el texto citado quiere reflejar el impacto que produjeron las primeras persecuciones que sufrió el cristianismo. Sin embargo, debemos interpretar el texto desde una perspectiva escatológica. Así como María dio a luz al Hijo de Dios, María será fundamental a la hora de alumbrar el Reino de Cristo. Pero la diferencia es que este triunfo, deberá pasar por un “ocultamiento” (una huida al desierto) de la Iglesia o, como dice el Catecismo: “seguirá a su Señor en su muerte”. El viejo odio de la serpiente a Eva, se verá culminado y acrecentado en el odio del Dragón al Reino de Cristo. El alumbramiento de ese Reino –como nos ha relatado el Catecismo de la Iglesia Católica- se preparará bajo forma de fracaso de todo lo humano, incluso de la Iglesia.

 

El fin de los tiempos, entendidos como la culminación de la plenitud de los tiempos, tendrá inequívocamente una especial presencia mariana. De hecho, podemos afirmar esta presencia como algo ya real y cumpliéndose entre nosotros. Desde la perspectiva de la Historia de la Iglesia, sorprende la acumulación en los dos últimos siglos de proclamaciones de dogmas marianos, apariciones marianas aprobadas por la Iglesia, hasta llegar a la proclamación del año mariano, en 1987, por Juan Pablo II, para preparar el “tercer milenio”; en el cual se espera el advenimiento de la “Civilización del Amor”.

 

También podemos acogernos a argumentos de autoridad para descubrir el papel de María al final de los tiempos. Entre los muchos que podemos encontrar, quizá el más apropiado sea el propuesto por San Luis María Grignion de Montfort. En su Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, hace hincapié en este aspecto en el capítulo titulado María en los últimos tiempos de la Iglesia: “La salvación del mundo comenzó por medio de María y por medio de Ella debe consumarse. María casi no se manifestó en la primera venida de Jesucristo (...) Pero, en la segunda venida de Jesucristo, María tiene que ser conocida y puesta de manifiesto por el Espíritu Santo, a fin de que por Ella Jesucristo sea conocido, amado y servido[4].

 

Si María ha de tener un papel especialísimo en la “economía de la salvación”, san José no ha de ser menos.

 

 

San José en la “economía de la salvación”

 

Desde la perspectiva de la economía de la salvación, el papel de José, aunque oculto y silencioso, no deja de ser magnífico y fundamental. Algunos padres de la Iglesia ven en San José un Evangelio paralelo. Así, se habla de la segunda anunciación, o anunciación nocturna[5], que es la que en sueños recibe san José. En ella se repiten las palabras de Gabriel a María, “No temas”, que nos relata el Evangelio de san Lucas. Igualmente San Mateo nos refiere a esta segunda anunciación: “José, Hijo de David, no temas recibir en tu casa a María, tu esposa,  pues lo concebido en ella es obra del espíritu Santo[6]. Si en la economía de la salvación se considera que fue fundamental el de María para que se produjera la Encarnación del Verbo, igualmente debemos considerar fundamental el –silencioso- de José que –como dice el Evangelio- recibió en su casa a María.

 

Este acto de fe, por parte de san José, podemos admirarlo mejor si lo comparamos con la actitud de Zacarías, esposo de Santa Isabel, la prima de la Virgen. Zacarías, miembro de la Sagrada Familia[7], tiene un también en sueños un anuncio angélico que se inicia también con las palabras “no temas”. Pero a diferencia de san José, Zacarías, dudó en su corazón. Por eso, relata san Lucas, le dice el ángel, tras anunciarle que santa Isabel tendrá un niño: ”He aquí que tú estarás mudo y no podrás hablar hasta el día en que esto se cumpla, por cuanto no has creído en mis palabras[8]. Tenemos así dos silencios. Uno el meramente humano, representado por Zacarías, que es el silencio mudo y estéril del incrédulo. Por otro lado, el silencio de las cosas de Dios, el de san José: un silencio que habla, fértil y poderoso. Un silencio que, como decía Pío XI, en un discurso pronunciado el 19 de marzo de 1928, era un: “silencio al que debía suceder el grito, verdaderamente fuerte, la voz y la gloria por los siglos”.

 

Al igual que la presencia de María se ha ido incrementando en los últimos siglos, igualmente la presencia de san José, de forma silenciosa pero imparable, empieza a resonar.

 

Adentrarse en los misterios de la colaboración salvífica de san José sería arduo y extenso. Sólo señalar que pensadores como Francisco Suárez han escrito páginas magníficas en torno a este misterio, mostrando a José como perteneciente al orden hipostático. Los argumentos de Suárez, aunque fundamentados en la patrística, fueron formulados como una auténtica novedad teológica. José, siendo verdadero esposo de María, fue verdadero padre de Jesús. Excluyendo la generación carnal, le compete el título de Padre, pues se lo concede la misma Virgen María: “Tu padre y yo te buscábamos”. O como señala Juan Pablo II, en la Redemptoris Custos: “El matrimonio con María es el fundamento jurídico de la paternidad de José”.

 

Francisco Canals, en su obra San José Patriarca del pueblo de Dios, establece los términos teológicos bajos los cuales podemos hablar de la “paternidad según el espíritu” en san José. Una paternidad real, no carnal, y superior a la propia generación carnal. Podemos decir que esta paternidad es salvífica, esto es, la paternidad de José tiene una función en el plan de Dios para la salvación del Género humano y, por tanto, en el advenimiento de su Reino.

 

Esta participación de Dios en lo humano, por la Encarnación y la unión hipostática de las naturalezas divina y humana, se realiza también en la relación de parentesco que Cristo asume y por la que “emparienta” con toda la humanidad[9]. Juan Pablo II señala en la Redemptoris Custos que “La comunión de vida entre José y Jesús nos lleva (…) a considerar el misterio de la encarnación precisamente bajo el aspecto de la humanidad de Cristo”. La unión de Cristo con María se nos hace patente por el misterio de la Encarnación, pues el Verbo toma carne de María. Pero la “unión” con san José, no siendo carnal, se nos muestra misteriosa y profunda. Juan Pablo II, en la misma Encíclica, cita unas palabras de Pablo VI en las que asocia las figuras de María y José a Adán y Eva. Considerar a Adán tipo de José, es una novedad teológica sorprendente, pues Adán siempre, desde san Pablo, había sido considerado tipo de Jesús. Esta coincidencia de Jesús y José en la figura de Adán, nos ilumina en esa especial comunión y en su papel salvífico.

 

Aunque sea con cierta imprecisión por nuestra parte, intentaremos ilustrar el sentido de estas afirmaciones. Frecuentemente la Iglesia nos recuerda la necesidad de acudir a María y a la Eucaristía, especialmente en estos tiempos difíciles. Cabría preguntarse si por ello nos debemos olvidar de san José y tenerlo en un lugar secundario. Es evidente que la Eucaristía y María están íntimamente unidas, pues si la Eucaristía es verdadera carne de Cristo, esta carne es la tomada de María. ¿Y dónde queda san José? Podemos aventurar que Cristo, al instituir la Eucaristía tuvo presentísimo a san José, pues de pequeño habría visto a su padre José celebrar el Sahbat y la bendición de los panes.

 

La bendición Hamotzí es una tradición judía que realiza el padre de familia para bendecir el pan durante el Shabat. Extendiendo las dos manos sobre dos panes pronuncia la siguiente oración: “Bendito eres tú Dios nuestro, Rey del Universo, que hace salir el pan de la tierra”. Para después repartir el pan entre todos los presentes. Esta fórmula y ritualización gesticular entronca perfectamente con la institución de la Eucaristía. Lo que realizó Jesucristo, no está separado de lo humano aprendido de san José. Cuando los Evangelios nos relatan la famosa escena en que Jesús se pierde y es hallado en el templo, la respuesta de Jesús a María: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es preciso que me ocupe en las cosas de mi Padre?”[10], no es un desprecio a san José. Sino que las cosas de José (su paternidad especialmente) quedan subsumidas en las cosas del Padre y el la Paternidad de Dios.

 

Para entender profundamente la perspectiva y el papel de José en el plan salvífico de Dios, debemos entender que José es siervo de María en el orden sobrenatural, pero es autoridad sobre María en el orden natural. La gracia no destruye la naturaleza sino que la perfecciona, así como la venida del reino restaurará y transformará el mundo, no lo destruirá. En el reino, sujetos a lo sobrenatural, lo natural quedará restaurado, no destruido. Así, también podemos afirmar que la autoridad natural de José sobre la Sagrada Familia se mantiene en el Cielo. De ahí el poderoso influjo de san José en nuestra salvación.

 

 

La fuerza de San José en la historia

 

En la primera Encíclica de la Iglesia dedicada a san José, la Quamquam pluries, León XIII argumenta que es costumbre de la Iglesia invocar a Dios, y especialmente a la Santísima virgen: “Durante aquellos periodos de tensión y de prueba –sobre todo cuando parece que en los hechos que toda ausencia de ley es permitida a los poderes de la oscuridad”.

 

En el texto que citábamos al inicio del Catecismo de la Iglesia Católica, nos refiere al “Misterio de Iniquidad” bajo forma de impostura religiosa cuya máxima expresión será el Anticristo. Por san Pablo sabemos que sólo una cosa retiene al Anticristo[11]. Sin entrar en exégesis podemos decir que es la autoridad y la ley (el imperio romano que representaba todo ello, según algunos intérpretes) lo que lo retiene. Por eso la preocupación de León XIII es más que importante, pues manifiesta ese incremento de la acción del Misterio de Iniquidad.

 

Pero también, León XIII, anuncia que la devoción a san José ya está establecida en el Pueblo cristiano y que “avanza hacia su pleno desarrollo”. De estas palabras podemos deducir que la devoción a san José ha de desarrollarse en la historia hasta alcanzar su plenitud, precisamente al final de los tiempos. Este extraño paralelismo entre el avance del Misterio de Iniquidad y la devoción creciente a san José tendrá un profundo sentido escatológico. A lo largo de la historia reciente, el imparable proceso revolucionario (que no es más que una manifestación histórica y limitada del Misterio de Iniquidad), ha encontrado en san José su sorprendente enemigo.

 

En la historia reciente, de la Revolución francesa para aquí, el protagonismo de san José en los acontecimientos histórico-políticos ha ido haciendo presente, de una forma sutil, pero contundente. La Revolución ha ido avanzando, bajo forma política, y la devoción a san José ha recorrido ese camino paralelamente. Atendamos unos cuantos acontecimientos históricos entre los que se entrecruzan ambos procesos.

 

Tras la revolución francesa uno de los objetivos inmediatos fue exterminar a la Iglesia católica, no sólo en Francia sino en el mundo entero. El Papa Pío VI hubo de sufrir el secuestro. Arrebatado de Roma, fallecía en 1799 prisionero de la revolución en Valence-sur-Rhône. Dos meses después, mientras que lo revolucionarios proclamaban a los cuatro vientos que la Iglesia había desaparecido, el golpe de Estado del 18 brumario elevaba a Napoleón a la categoría de Primer Cónsul. Cuatro meses después, un conclave reunido en Venecia elegía a Pío VII como Papa. Napoleón intentó someter al nuevo Papa y anexionó los Estados Vaticanos. El Papa fue hecho prisiones y deportado a Savona (1809) y posteriormente trasladado a París (1811). Pío VII viendo la inminente desaparición de la Iglesia invocó especialmente a san José para solicitar su ayuda y protección para toda la Iglesia. Pronto vino la derrota de Napoleón en Leipzig y, desde entonces, fue incapaz de ganar una batalla, iniciándose así su declive. Napoleón sintió que la voluntad de Dios estaba contra él y decisión devolver los Estados Pontificios y dejar que el papa partiera para Roma. El Decreto de devolución tenía fecha del 10 de marzo de 1814 –cuando se empezaba la novena a san José y el Papa lo recibió el 19 de marzo.

 

Durante el siglo XIX de Francia partirán nuevas revoluciones, primero liberales, como la de 1830, luego más radicales, como la de 1848, para culminar con una revolución de características muy radicales en 1871 (la comuna de París) que amenazaba extenderse por toda Europa. Ese mismo año Pío IX escribe el Breve Inclytum Patriarcham que es el primer Breve papal solicitando que se acreciente la devoción a san José. En 1870, el Papa veía como las tropas de Víctor Manuel liquidaban los Estados Pontificios y se veía recluido a la Ciudad del Vaticano. Se hubo de interrumpir el Concilio Vaticano I. Un año antes, Pío IX había recibido más de quinientas cartas de obispos del Mundo entero solicitando que se proclamara a san José Patrono de la Iglesia católica. Y así lo hizo, por el decreto Quedmadmodum Deus, dado a la luz en la fiesta de la Inmaculada Concepción.

 

León XIII escribirá la primera encíclica en la historia de la Iglesia sobre san José: la Quamquam pluries (15 de agosto 1889). Era muy breve, pero aún así el documento más extenso que jamás la Iglesia había expuesto sobre el Patriarca.

 

A partir de ese momento se iba a difundir notablemente la devoción a san José, una difusión que en Cataluña tuvo un papel preponderante. Podemos destacar la labor de Francisco Javier Butiñá, fundador de las Siervas de san José y las Hojas de san José. Autor de Las glorias de san José (1893); o el catalán de José María Vilaseca, fundador en México de los Institutos Misioneros Josefinos; o la fundación del Santuario de san José de la Montaña, por la Madre Petra. San Enrique de Ossó, fundó, además de las teresianas, la Hermandad josefina en Tortosa, además de redactar un Devocionario josefino (1890); o los escritos de Torras i Bages. No podemos olvidar el sueño del Padre Manyanet sobre la construcción de un templo expiatorio dedicado a “San José, restaurador de España”, que inspirará la actual Sagrada Familia. Ni al impulsor de esta obra, Rocabella, fundador de la revista El propagador de san José.

 

Dejando de lado esta expansión, queremos centrarnos en una “curiosidad” respecto a las fechas de los documentos pontificios y la historia de la Iglesia y de la revolución.

 

En 1689, el Sagrado Corazón, en sus revelaciones a Santa Margarita Mª de Alacoque, pedía que comunicara al Rey de Francia, Luis XIV, la consagración de su persona y el reino a su Sagrado Corazón. Esta petición fue desatendida por el monarca. Cien años después, en 1789, coincidiendo en día y mes, Se iniciaba la revolución francesa. Y se derivaban unos males para la Iglesia que, como hemos visto, sólo el patronazgo de san José pudo evitar. Cien años después, en 1889, León XIII publicaba la Quamquam pluries, justo después de que se inauguraba la II Internacional, proclamando el 1º de mayo como fiesta revolucionaria del trabajo. Las derivas de la II Internacional llevaron a la fundación de la III Internacional en la que se consagró la hegemonía del Partido Comunista y que tantos males traerán al mundo.

 

Con motivo del cien aniversario de la Quamquam pluries, Juan Pablo II escribía una nueva encíclica josefina, que completaba una trilogía: era la Redemtoris Custos, publicada  en 1989. Pocos meses después caía el muro de Berlín y se hundía el mundo soviético. La caída del comunismo, todavía hoy despierta entre los analistas una profunda sorpresa e incógnita, pero hemos de recordar que Pío XI, en su encíclica Divini Redemptoris, contra el comunismo, proponía “para apresurar la paz de Cristo en el Reino de Cristo, (…) ponemos la gran acción de la Iglesia católica contra el comunismo ateo mundial bajo la égida del poderoso protector de la Iglesia, San José”.

 

Hoy un profundo y misterioso, a la vez que sigiloso, motivo de esperanza es que el país comunista más grande del Mundo, China, está bajo el patronazgo de san José, lo cual hace presagiar que el comunismo también será abatido[12]. No podemos olvidar que el comunismo no es más que esa “forma política de un mesianismo secularizado”, que nos señalaba el texto del Catecismo que al principio relatábamos,

 

La presencia de san José ha continuado imparablemente. Benedicto XV aprobó las oraciones para la reserva del Santísimo Sacramento que  incluían la deprecación: “Bendito sea san José su castísimo esposo”. Pío XII, “cristianizó” el 1º de mayo, instituyendo la festividad de san José obrero. San Juan XXIII introdujo en 1962 el nombre de san José en el canon de la Santa Misa, además de proclamar su patrocinio sobre el Concilio Vaticano II[13].

 

Como dijimos, en los dos últimos siglos, las apariciones marianas aprobadas por la Iglesia, han tenido una presencia muy especial e intensa en el pueblo cristiano. Al igual que la teología josefina ha seguido tímidamente el desarrollo de la mariología, en el orden de las apariciones parece suceder lo mismo. Tenemos constancia de dos apariciones –aprobadas por la Iglesia- en que san José acompaña a María. Una es la aparición del 21 de agosto de 1879 en Knock (Irlanda). Es una aparición peculiar por dos motivos: porque sólo aconteció una vez y porque fue una aparición silenciosa. Un silencio que nos recuerda a san José. Los videntes, vecinos de la parroquia, contemplaron a la Santísima virgen vestida de blanco y coronada. A su derecha estaba san José. A la izquierda estaba san Juan Evangelista (el autor del Apocalipsis). Sobre ellos un altar con el cordero y una cruz. Esta imagen silenciosa parece asociarnos la revelación final con María y José y el misterio pascual.

 

En las apariciones de Fátima, san José  también estuvo presente, de forma prudente, casi desapercibida, pero fundamental. El 13 de octubre de 1917, mientras acontecía el famoso milagro del sol danzante, los niños estaban en éxtasis. Lucía lo relata así: Desaparecida la Virgen en la inmensa lejanía del firmamento, vimos al lado del sol, a san José con el Niño Jesús y a Nuestra Señora vestida de blanco, con un manto azul. San José con el niño parecían bendecir al mundo con unos gestos que hacían con la mano en forma de cruz”. Desaparecida esta visión la Virgen aparecerá junto a Jesús bajo la forma de la Virgen de los Dolores y del Carmen.

 

 

San José en la Perspectiva del Reino: Varón Justo.

 

El poder de san José ante el Misterio de Iniquidad y su papel en el final de los tiempos, nos parece evidente, aunque difícil de explicar. En cierta medida, las “victorias” de san José, sobre los procesos revolucionarios tienen un carácter paradójico. Cuando más fuerte parece la intervención de san José, más débil parece la Iglesia y alejado su triunfo. Por el contrario, cuanto más débil se nos muestra la Revolución, o las formas de “mesianismo secularizado”, más rápida parece avanzar y más imparable se nos presenta. Esto nos recuerda el relato del Apocalipsis en el que Dios envía a dos testigos durante mil doscientos sesenta días[14]. A pesar de su fuerza y el poder que Dios les concede, también Dios permitirá que la bestia “les hará la guerra y los vencerá y les quitará la vida”[15]. Cada victoria del Misterio de Iniquidad, es en el fondo una victoria por permisión, por eso cada derrota nuestra, cada huída a Egipto, es una Victoria de Dios.

 

Al igual que el silencio de José es atronador, su patrocinio sobre la Iglesia, aunque sea bajo apariencia de derrota, es la primicia del triunfo del Reino de Cristo. Un triunfo que no hará desaparecer la figura de José sino que la incrementará, porque José será el Administrador de ese Reino. Esta afirmación puede parecer temeraria, pero entramos motivos suficientes para realizarla.

 

Una larga tradición de la Iglesia, en Padres, doctores y pontífices, asocia a José hijo de Jacob, como tipo de san José, padre de Jesús; ese José que fue vendido por sus hermanos a unos ismaelitas que iban a Egipto, por  veinte siclos. Uno de los argumentos por los que podemos pensar que José no era un anciano venerable cuando se casó con la virgen María sino un joven, deviene de este tipo bíblico. El precio de 20 siclos es el que establece el Levítico como valor para un joven hasta los 20 años[16]. Igualmente nos dicen las escrituras que este José era “de hermosa presencia y bello rostro” (Gen 39, 6). Ese José como san José tenía sueños; ese José que por voluntad de Dios supo vivir la castidad (Gen 39, 7)[17]; ese José que se ganó el favor del Faraón y él le concedió el gobierno de su reino. Las atribuciones que le confiere el Faraón son análogas a las que tendrá san José en el Reino: “Tú serás quien gobierne mi casa, y todo mi pueblo te obedecerá; sólo por el trono seré mayor que tú[18]. Cuando llegó la escasez profetizadas por el mismo José, y el pueblo clamaba al Faraón por pan, éste decía a los Egipcios: “Id a José y haced lo que él os diga[19]. La Iglesia a tomado literalmente esta expresión para aplicarla a nuestro san José, y así se puede leer al pie de muchas imágenes de san José “Id a José”.

 

La vinculación entre san José y el Reino de Dios también podemos pensarla desde otra perspectiva. El reino que deseamos, por el que rezamos cada día en el Padrenuestro, es el de Jesús, Hijo de David. Su reino no sólo es por derecho de conquista, sino también por linaje, y le proviene de José, igualmente Hijo de David. Cuando rezamos el Padrenuestro también podemos asociarnos a san José al demandar que “venga a nosotros tu Reino”. Si lo pensamos, las peticiones que Cristo realiza ésta, la oración más perfecta, no se aleja en nada en las peticiones que cualquier hijo podría solicitar a su padre: “danos el pan nuestro de cada día”, “líbranos de todo mal”. Como hemos señalado anteriormente, todo lo que Cristo busca en el Padre, no le aparta de san José, sino que lo subsume en una misteriosa armonía.

 

Por eso, atendiendo al Padre nuestro, podemos decir que a José no sólo le competen los atributos de padre putativo, padre adoptivo, o padre nutricio, sino que también podemos llamarle padre mesiánico de Jesús. Porque el Reino de Cristo no quedará deslindado del reino prometido a Israel, y por José hereda legítimamente ese reinado[20].

 

Pero ese reinado, como dice el Catecismo, no llegará sin “la prueba final”. En este combate final, también san José tendrá un papel especial. No sólo como custodio, acompañando a la Mujer al desierto, como acompañó a María y Jesús en la huida a Egipto, sino combatiente, como verdadero Patriaca[21]. El combate de san José será análogo del de San Miguel. A modo de ejemplo, encontramos en el santuario de Lourdes dos puertas. Una está dedicada a san José y otra a san Miguel. San Miguel tiene como Misión el combatir a los demonios con sus ángeles en el Cielo. Y san José combatir en la tierra. Esta unión “misional” entre José y Miguel, la encontramos en varias disposiciones de Benedicto XV que había asociado a san José y a san Miguel introduciendo a José en dos prefacios del Canon de la Misa de san José y el de la Misa de difuntos en la que se unía san José a san Miguel.

 

San José se nos presenta como combatiente poderoso. En las Letanías de San José, compuestas por cardenal Alessio María Lépicier a petición del Papa San Pío X, de proclama a san José: “Terror de los demonios”. En estas horas de oscuridad, parece más adecuado que nunca entonar aquella oración que compuso Pío XII a san José, en la que se pedía: “Sednos propicio, ¡Oh san José!, en los momentos de prosperidad, (…) pero sednos propicio, sobre todo, y sostenednos en las horas de la tristeza, cuando parece como si el cielo se cerrase sobre nosotros”.

 

En una Homilía pronunciada por el entonces Cardenal Joseph Ratzinger, el 19 de marzo de 1992, en el oratorio de las Hermanas de la Madre Dolorosa de Roma, hablando de san José decía: “sufrirá la dolorosa experiencia de los tres días durante los que Jesús está perdido (Lc 2, 46), esos tres días que son como el presagio de los que mediarán entre la Cruz y la Resurrección: días en los que el Señor ha desaparecido y se siente su vacío”. Podemos decir que esos tres días también son tipo del ocultamiento que sufrirá la Iglesia al final de la plenitud de los tiempos, donde con José y María los cristianos buscarán a Cristo.

 

¿Cómo nos puede ayudar san José?

 

En esos tiempos, el cristiano encontrará en María y la devoción al Sagrado Corazón la ayuda indispensable. Pero serán unos tiempos tan terribles que será necesaria una ayuda más que especial. Se cumplirá aquello que Juan Pablo II escribía en la Redemptoris Custos: “La Iglesia tiene necesidad de un especial poder desde lo alto”. Etimológicamente, José viene de la raíz “yasaf” (acrecentar) y vendría a significar  “el que acrecienta” o “Yavé acrecienta”. Así san José se nos presenta como el que acrecentará las fuerzas y ayudas que recibamos de lo alto en esos días.

 

Este sentido de acrecentar puede tomarse en muchos sentidos, pero pongamos sólo un ejemplo. Santa Teresita del Niño Jesús, aunque nunca tuvo consolaciones extraordinarias en la Eucaristía, se lamentaba muchísimo de no poder recibirla frecuentemente, pues dependía de la autorización de las prioras del Carmelo. Por eso celebró con alborozo los decretos de León XIII que transferían la autorización para comulgar a los confesores. Sor Genoveva, confidente de Santa Teresita, escribía años después que nuestra santa había pedido intensamente a san José mayor libertad para poder comulgar. Siempre se mostró agradecida a san José al que le atribuía esa liberación.

 

Una última reflexión que queremos realizar sobre san José y su preparación del Reino, tiene su analogía con el misterio de la Encarnación. San Ignacio de Antioquía, martirizado en el año 107, en su carta a los Efesios, escribe un texto “El príncipe de este mundo ignoró la virginidad de María y su alumbramiento, así como la muerte del Señor, tres misterios resonantes que se cumplieron en el silencio de Dios” (XIX, 1).  San José fue como una pantalla opaca y protectora de los planes de Dios. Así igualmente, el triunfo anticrístico sufrirá la pantalla protectora de san José. Los misterios del amor de Cristo hacia su madre y hacia José como preparación del Reino quedarán ocultos al Dragón. San José es como aquella unidad de un Ejército, y la Iglesia no deja de ser una Milicia de Cristo, que es ocultada al enemigo, y que en el momento final de la batalla, aporta la fuerza necesaria para victoria.

 

San José será lo humano que tomará Cristo para instaurar su Reino.

 

 

Últimas reflexiones

 

Una lectura superficial de los Evangelios nos lleva a ver en José una figura secundaria que pronto desapareció de la vida de Cristo y de María. Muchos Padres de la Iglesia ven, por el contrario en su muerte prematura, una gran prueba de fe. José, como Moisés ante la tierra prometida sin poder entrar en ella, murió sin ver la manifestación de Jesús. Pero José, siendo superior a Moisés, no podía dejar de participar en el triunfo de la resurrección de Cristo. De él se nos dice que era barón “justo”[22]. Propiamente es el único atributo explícito que nos da las escrituras de su persona. Pero esta mención es grandiosa, porque de ella podemos deducir muchas cosas. Podemos deducir, por ejemplo que José participó de la resurrección de Cristo al señalarnos los Evangelios que “muchos cuerpos de justos que habían muerto resucitaron”[23].

 

La Sagrada Familia se unió en la resurrección de José antes de que Jesús resucitado se apareciera a las mujeres o sus discípulos. La analogía de la llegada del Reino con la resurrección de Cristo ya ha quedado descrita en el texto del Catecismo con que empezábamos. Podemos añadir que con la llegada de ese reino provocará nuevamente la resurrección de algunos justos. Estas primicias nos señalan la plenitud del Reino como una plenitud de justicia y por tanto donde “el justo”, san José, tendrá un papel preponderante.

 

 En la última Encíclica de Benedicto XVI, Spe Salvi, se nos asocia la justicia de Dios, con la Esperanza y el final de los tiempos. En ese final de los tiempos, donde reinarán los Sagrados corazones, ¿tendrá algún lugar el Corazón de José, como custodio de los corazones? Juan Pablo II en la Redemptoris custos cita a san Agustín y santo Tomás para establecer que la naturaleza del matrimonio es, entre otros atributos, una “unión de los corazones”. ¿Pueden estar tan unidos los corazones de Jesús y María que no quieran asociarse al corazón de José?

 

Del corazón de José, por un cierto respeto teológico, no nos atrevemos a decir que sea Sagrado, pero sí que podemos afirmar, en consonancia con los Evangelios, que es un Corazón justo. Por eso, en estos tiempos, tendremos que empezar a invocar ese corazón:

 

¡Justo Corazón de José, custodia los Sagrados Corazones! ¡Custodia y acrecienta nuestra fe!

 

Javier Barraycoa

 

 

 

 



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, 675-677.

[2] Ap., 12, 1-2.

[3] Ibíd., 12, 10.

[4] San Luis María Grignion de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María, cap. III.

[5] La expresión “anunciación nocturna” es utilizada por Juan Pablo II en su Encíclica Redemptoris Custos.

[6] Mt., 1, 20.

[7] Tendemos a contemplar la Sagrada Familia como una familia nuclearizada y reducida, pero la Sagrada Familia es mucho más. A ella pertenecen santa Isabel, san Juan Bautista, Zacarías.

[8] Lc 1, 20.

[9] Cf. Francisco Canals, San José Patriarca del Pueblo de Dios, Publicaciones Schola, Barcelona, 1982, p. 128.

[10] Lc 2, 49.

[11] II Tes 2, 7.

[12] Sobre el patronazgo de san José a las naciones, podríamos decir muchas cosas. En América rápidamente arraigó la devoción a san José y en 1555 fue proclamado patrono de Nueva España. Así como en 1642 sería nombrado patrono de Nueva Francia (Canadá) donde a pesar de los embates del protestantismo inglés, pudo sobrevivir el catolicismo. En 1679, en unas letras apostólicas de Inocencio XI, encontramos una referencia a san José como patrono de todos los dominios españoles. Juan Pablo II en 1982 beatificó al Hermano André, fundador del Oratorie de Saint Joseph en Montreal. Hoy ese santuario es el centro mundial de peregrinaciones josefinas.

[13] En época de desesperanza, conviene escuchar aquellas palabras que Juan XXIII escribió en su exhortación apostólica Le vocis …, sobre la devoción a san José, en 1961.

[14] Ap 11, 3. El número de días coincide con los días que la Mujer se retira al desierto, por tanto con el ocultamiento de la Iglesia.

[15] Ap 11, 7.

[16] La visión de un san José anciano y, por lo tanto, con una castidad poco heroica, deviene de textos como el Evangelio Apócrifo de san Jerónimo.

[17] Es muy significativo que José, Hijo de Jacob, es el único personaje masculino en la Biblia al que se alaba su castidad.

[18] Gen 41, 40

[19] Gen 41, 55

[20] San José es el último Patriarca de Israel y el primero del Nuevo testamento. En él se aúnan lo viejo y lo nuevo. Por eso, tenemos como cierto, que san José ocupará un lugar primordial en la conversión de los judíos.

[21] La función bíblica del Patriarca es luchar para defender un Pueblo y conquistar nuevas tierras

[22] Mt 1, 19.

[23] Mt 29, 52.