El espíritu sintético de Santo Tomás

El espíritu sintético de Santo Tomás

(Publicado en la revista Cristiandad, diciembre 1970)

He oído decir a Francisco Canals que a diferencia de lo que ocurre con los escritos de los Padres e incluso con la Biblia, Santo Tomás no ha sido tomado como bandera por defensores de posiciones extremistas.

Es tan sintético que nunca expone la verdad sin cortar a un tiempo las dos mutilaciones correlativas que de la verdad hacen los extremismos opuestos. Por ello se me ha ocurrido traer aquí algunos párrafos de la Suma Contra los Gentiles típicos en este sentido:

Comienzo de los capítulos X y XII del libro I: Toda disertación que se dirija a probar que Dios es les parece superflua a quienes afirman que Dios es, es evidente por sí mismo, de suerte que no vale pensar en lo contrario. Y así no se puede demostrar que Dios es...

Hay otra opinión, contraria a la anterior, que también cree inútil el esfuerzo de querer probar que Dios es. No lo podemos descubrir racionalmente, dice; hemos de aceptarlo por vía de revelación y de fe. Algunos se han visto obligados a afirmarlo por la debilidad de las razones que otros aducían para probar que Dios es...

En el capítulo LXIII del libro IV: Resta, pues, decir que el verdadero cuerpo de Cristo comienza a estar en este sacramento cuando la sustancia del pan se convierte en la sustancia del cuerpo de Cristo, y la sustancia del vino en la sustancia de su sangre; y por esto se ve que son falsas las opiniones de quienes afirman que la sustancia del pan existe simultáneamente con la sustancia del cuerpo de Cristo en este sacramento, y también la de quienes sostienen que la sustancia del pan se aniquila o se resuelve en la materia prima. Porque el resultado de ambas es que el cuerpo de Cristo no puede comenzar a estar en este sacramento si no es por movimiento local; lo que es imposible, como se ha demostrado.

Final del capítulo VII del libro IV: Por donde se ve que sólo la fe de la Iglesia Católica confiesa verdaderamente la generación en Dios al referir la generaclón del Hijo al hecho de que éste recibió la naturaleza divina del Padre. En cambio, otros herejes refieren dicha generación a una naturaleza extraña: Fotino y Sabelio, a la humana; Arrio, sin embargo, no a la humana, sino a cierta naturaleza creada más digna que las demás criaturas. Pero Arrio difiere de Sabelio y Fotino en que Arrio afirma que dicha generación existió antes del mundo, y aquellos niegan que fue antes de haber nacido de la Virgen.

Se diferencia, sin embargo, Sabelio de Fotino en que Sabelio confiesa que Cristo es Dios verdadero y natural, contra el sentir de Fotino y Arrio; Fotino afirma que es puro hombre, y Arrio que es como una mezcla de una excelentísima criatura divina y humana. Ambos, sin embargo, afirman que es una la persona del Padre y otra la del Hijo, cosa que negaba Sabelio.

Mas la fe católica, marchando por un camino intermedio, confiesa con Arrio y Fotino, contra Sabelio, que una es la persona del Padre y otra la del Hijo; que el Hijo es engendrado y el Padre es absolutamente ingénito; sin embargo, afirma con Sabelio, en contra de Fotino y de Arrio, que Cristo es verdadero y por naturaleza Dios, y de la misma naturaleza que el Padre, aunque no la misma persona. Y esto incluso puede servir de prueba de la verdad católica, pues, como dice el filósofo, los errores dan testimonio de la verdad, porque, en realidad, no sólo se apartan de ella, sino incluso los unos de los otros.

En el capítulo VIII del libro IV: Así, pues, por haber afirmado que el Padre le ha dado, se proclama, contra Sabelio, verdadero Hijo (d. c. 5). Y por la grandeza de lo que se da, se declara igual al Padre, para que Arrio quede confundido. Luego está claro que tal donación no indica indigencia en el Hijo. Porque no existió el Hijo antes de que se le hiciese tal donación, al ser su generación la misma donación. Ni la plenitud de lo dado permite que aquel a quien consta que se le dio pueda estar necesitado.

En el capítulo IX del mismo libro: y del mismo modo lo que se dice: "El Padre, que mora en mí, hace sus obras", y "yo estoy en el Padre y el Padre está en mí", no demuestra la unidad de persona, como quería Sabelio, sino la unidad de esencia, que Arrio negaba. Porque si fuese una misma la persona del Padre y la del Hijo, no se diría convenientemente que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, al no decirse con propiedad que el mismo supuesto está en sí mismo, sino solamente por razón de las partes; porque, estando las partes en el todo y siendo costumbre atribuir a las partes lo que conviene al todo, algunas veces se dice que el todo está en sí mismo.

Mas este modo de hablar no cabe en Dios, en quien no puede haber partes, como se demostró en el libro 1 (c. 20). Resulta, por tanto, que, como se dice que el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, el Padre y el Hijo no son un mismo supuesto. Sin embargo, por esto se prueba que la esencia del Padre y del Hijo es una sola. Porque, establecido esto, se ve claramente como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre. Ya que, como el Padre es su misma esencia, por la razón de que en Dios no se distingue la esencia y quien tiene la esencia, según se demostró en el libro 1 (c. 21); resulta que en quienquiera que esté la esencia del Padre está el Padre y, por la misma razón, en quiequiera esté la esencia del Hijo está el Hijo. De donde, estando la esencia del Padre en el Hijo y la esencia del Hijo en el Padre, porque la esencia de ambos es la misma, como enseña la fe católica, se sigue evidentemente que el Padre está en el Hijo y el Hijo está en el Padre. Y así, con un mismo argumento, se refuta el error de Sabelio y Arrio.

Del capítulo XLI entresacamos: Oyendo, pues, los herejes que en Cristo se hizo la unión de Dios y el hombre, abandonando el camino de la verdad, marcharon por otros derroteros al exponerlo. Unos juzgaron que esta unión era como la de aquellas cosas que se unen en una sola naturaleza, como Arrio y Apolinar, quienes afirmaron que el Verbo servía de alma o de inteligencia al cuerpo de Cristo (c. 32 ss.), y como Eutiques, quien sostuvo la existencia de dos naturalezas antes de la encarnación, o sea, la de Dios y la del hombre, y después de la encarnación una sola. (... )

Mas otros, comprendiendo que era imposible opinar así, marcharon por un camino contrario. ( ...)

Por eso afirmó Nestorio que la naturaleza humana es con respecto al Verbo como un templo; y así la unión del Verbo a la naturaleza humana habría de entenderse según la inhabitación solamente. (... )

Resueltas, pues, estas cosas, por lo que ya dijimos (c. 37 ss.) es necesario afirmar que la unión del Verbo y el hombre fue tal, que ni de dos naturalezas se hizo una sola ni dicha unión del Verbo con la naturaleza humana fue como la unión de una sustancia, por ejemplo, la humana, con las cosas exteriores, las cuales se relacionan accidentalmente con la misma, tal como la casa y el vestido; lo que sí se ha de afirmar es que el Verbo subsiste en la naturaleza humana como en una naturaleza que se apropió por la encarnación, de manera que aquel cuerpo sea el verdadero cuerpo del Verbo de Dios e igualmente lo sea el alma, y el Verbo de Dios sea verdadero hombre.
Manuel M. Domenech Izquierdo


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