Homilíía del P. Olmos mCR

ASOCIACION JUVENIL DE LA INMACULADA Y SAN LUIS GONZAGA

CAMPAMENTO EN LA POBLETA DE BELLVEÍ (LLEIDA)

SABADO 3 DE AGOSTO DE 2002

HOMILIA DEL P. RAMON OLMOS MIRO, M.C.R.

 

El pasaje evangélico leído (Lc 11,27-28) nos muestra a una mujer del pueblo que, tras oír la enseñanza de Jesús, manifiesta su profunda satisfacción por la misma, alzando su voz y felicitándole con estas palabras: "Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron". La respuesta de Jesús parece a primera vista desviar la alabanza de aquella a quien iba dirigida, su Madre: "Bienaventurados más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la guardan". Sin embargo, nos es preciso reconocer que la primera a quien deben aplicarse estas palabras de Jesús es su misma Madre, la Virgen María, pues se distinguió por su actitud enteramente receptiva de la Palabra de Dios, como lo demostró de un modo absolutamente decisivo para nosotros al dar su Sí a la Encarnación del Hijo de Dios en sus purísimas entrañas.

Otro pasaje evangélico parecido es aquel que incluye un recado dado a Jesús, con ocasión de su predicación en una casa abarrotada de gente: "Mira que tu madre y tus hermanos están fuera y desean hablarte. Él respondió al que se lo anunciaba: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano sobre sus discípulos dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Pues quienquiera que cumpliere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre".

Hemos de recordar, en primer lugar, que cuando el Evangelio habla de los "hermanos" de Jesús se está refiriendo no a hermanos carnales sino a parientes, pues esa era la manera propia de hablar de los judíos. Pero lo que ahora quiero subrayar es la insistencia de Jesús en la necesidad de cumplir la voluntad de su Padre. El Papa Juan Pablo II en su encíclica Redemptoris Mater relaciona los dos pasajes evangélicos citados con la respuesta dada por Jesús a María y José en el momento de ser encontrado por ellos en el Templo de Jerusalén a los tres días de haberle perdido: "Por qué me buscabais? ¿No sabíais que es necesario que yo esté en las cosas de mi Padre?" (Lc 2,49). Jesús se muestra a sí mismo desde el principio como quien ha venido para estar en las cosas de su Padre de los Cielos, hasta afirmar que "he bajado del Cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de Aquel que me ha enviado" (Jn 6,38).

En la enseñanza de Jesús encontramos, por tanto, que por encima de cualquier vínculo humano está el deber de cumplir la voluntad de Dios, hasta el punto de que escuchar y cumplir la palabra de Dios establece entre nosotros y Jesús un vínculo más fuerte que el familiar. Por eso afirma San Agustín que "la Virgen María fue más dichosa recibiendo la fe de Cristo que concibiendo la carne de Cristo" (Sobre la santa virginidad 3). Y Santo Tomás de Aquino comenta las palabras antedichas de Jesús: "quienquiera que cumpliere la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre", diciendo: "Todo fiel que hace la voluntad del Padre, esto es, que le obedece, es hermano de Cristo, porque es semejante a Aquel que cumplió la voluntad del Padre. Pero, quien no sólo obedece, sino que convierte a otros, engendra a Cristo en ellos, y de esta manera llega a ser como la Madre de Cristo" (Comentario sobre el Evangelio de San Mateo 12,49-50).

Si unimos a la reflexión de Santo Tomás la verdad de la Mediación de María, según la cual sabemos que toda gracia, sea de generación o de crecimiento en la vida cristiana, no se comunica a ningún alma ordinariamente sino a través de María, hemos de concluir que todos nuestros actos orientados a la evangelización de los otros o a nuestro propio crecimiento espiritual son eficaces en la medida que cooperamos con nuestra Madre del Cielo, en estrecha unión con Ella. Así, viviendo en gracia y cumpliendo la voluntad de nuestro Padre celestial somos verdaderamente Madres de Cristo con nuestra Madre María. En toda obra tendente al desarrollo de la vida cristiana en uno mismo o en los otros cooperamos con nuestra Madre la Virgen y la tenemos verdaderamente a nuestro lado dirigiendo nuestro trabajo.

La admirable acción de la Virgen María en la vida de los cristianos nos ha sido atestiguada por un gran número de hombres y mujeres, especialmente de estos últimos siglos, canonizados por la Iglesia o en proceso de beatificación. Basta con citar a San Luís María Grignion de Montfort, quien ofrece a nuestra consideración esas dos formas diversas con las que un escultor puede hacer una estatua: a golpe de cincel, trabajo costoso, lento y expuesto a errores irremediables por un golpe mal dado o vaciando esa estatua en un molde que represente al natural la figura, trabajo este último fácil, rápido y seguro si el material del cual se sirve el escultor es manejable. Pues bien, María es el molde hecho por Dios para formar al Hijo de Dios humanado, Jesucristo. ¡Fundámonos, pues, nosotros por la humildad y arrojémonos en ese molde que es nuestra Madre María para que ella configure en nosotros la imagen de su Divino Hijo Jesús!

  

DOMINGO XXII CICLO A: Jer 20,7-9 Rom 12,1-2 Mt 16,21-27

"Os exhorto, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto".

Los pasajes leídos nos sitúan en un terreno de contrastes. El pasaje profético nos muestra el anuncio de Jeremías alusivo al castigo, que ha de sobrevenir al reino de Judá por medio de la invasión y consecuente destierro a Babilonia, y el rechazo que provoca tal anuncio entre quienes sólo esperan del profeta palabras halagadoras. El texto evangélico, por su parte, nos refiere la actitud de rechazo del apóstol Pedro ante la predicción por Jesús de su propia muerte, a la que seguirá la resurrección. A las palabras de Pedro: "¡Dios no lo quiera, Señor! ¡No te pasará eso!", responde Jesús: "¡Vete! ¡Detrás de mí, Satanás! Me sirves de tropiezo, porque no tienes en cuenta las cosas de Dios, sino las de los hombres". Los dos versículos de la carta a los Romanos constituyen un hermoso resumen de lo que debe ser la vida cristiana al exigirnos, también en esa línea de contraste, que no nos ajustemos a este mundo. "No os amoldéis a este mundo", traducen otros. El verbo griego, συσχηματίζεσθαι, "amoldarse, modelarse conforme a", lo encontramos sólo una vez más en la Sagrada Escritura en un pasaje de la 1ª carta de San Pedro (1,14-16), el cual es también un programa de vida cristiana: "Como hijos obedientes no os amoldéis a las antiguas pasiones, cuando vivíais en la ignorancia, sino, a imitación del que os llamó, que es Santo, sed santos también vosotros en toda vuestra conducta, tal como está escrito: Sed santos, porque yo soy santo". Se trata, por tanto, de convertirnos a Dios en nuestra vida, no adaptándonos a los esquemas o modelos vigentes en este mundo que le es opuesto. A tal efecto, debemos hacer de nuestros propios cuerpos un sacrificio agradable a Dios y renovar nuestras mentes para discernir la voluntad de Dios, "lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto". Algunos comentaristas ponen en paralelo este triple nivel con las tres maneras de humildad de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio: rechazo del pecado mortal, del pecado venial y conformidad con Cristo, o de otro modo: observancia de los mandamientos, de los consejos y perfección en la virtud heroica. Y todo esto mediante la obediencia a la voluntad de Dios, de la cual nos da ejemplo el mismo Cristo, quien "al entrar en el mundo dijo: no quisiste sacrificio ni oblación, pero me preparaste un cuerpo; no te has complacido en holocaustos ni en sacrificios por el pecado; por eso he dicho: mira, aquí estoy... para hacer, oh Dios, tu voluntad" (Heb 10,5-7). Ese mundo en el que ha entrado Cristo no es otro sino el Seno Inmaculado de nuestra Madre la Virgen. Con la Inmaculada Concepción de María tuvo su inicio ya ese mundo nuevo anunciado por Dios Padre en el Apocalipsis, cuando afirma: "He aquí que hago nuevas todas las cosas" (Ap 21,5). Ese es, pues, el nuevo mundo al que debemos amoldarnos imitando a Aquella que manifestó su obediencia a Dios diciendo: "He aquí la esclava del Señor: que me suceda según tu palabra" (Lc 1,38). Arrojémonos en ese Molde Inmaculado, en el que se ha formado por obra del Espíritu Santo la Humanidad de nuestro Señor Jesucristo, y si nos dejamos manejar, como enseña San Luís Mª Grignion de Montfort, seremos transformados y recibiremos de modo "rápido, fácil y suave... todos los rasgos de Jesucristo" (El Secreto de María 16-19).

RAMON OLMOS MIRO