

Tema 30:
La Escatología
(Muerte,
Juicio, Infierno y Cielo)
Dios Creador,
conservador, cooperador y gobernador de todas las cosas, es también su
consumador, en cuanto que dirige a cada uno de los seres creados para un fin
que el mismo Dios ha preestablecido. Dice San Ignacio de Loyola que el
hombre ha sido creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro
Señor y mediante esto salvar su alma. Es decir, el hombre ha sido
creado para ir al cielo. De la vida terrena se ha hablado mucho porque es bien
palpable, cognoscible por los sentidos, la tenemos bien cerca de nosotros; pero
de la vida eterna ¿qué sabemos, en realidad? Un dato certero es el siguiente:
el tránsito de la vida terrena a la vida eterna se realiza por medio de la
muerte.
La muerte
La Sagrada
Escritura nos habla de la muerte y nos la describe de la siguiente manera:
1.
La
muerte consiste en la separación de alma y cuerpo.
·
II Corintios 5,
1: Porque sabemos que si esta
tienda, que es nuestra habitación terrestre, se desmorona, tenemos una casa que
es de Dios: una habitación eterna, no hecha por mano humana, que está en los
cielos.
·
I Pedro 1, 14: Sabiendo que pronto tendré que dejar mi tienda,
según me lo ha manifestado nuestro Señor Jesucristo.
·
Génesis 3, 19:
Con el sudor de tu rostro
comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque
eres polvo y al polvo tornarás.
·
Eclesiastés 12,
7: Vuelva el polvo a la tierra,
a lo que era, y el espíritu vuelva a Dios que es quien lo dio.
2. La muerte pone
fin al estado de viandantes.
·
Eclesiastés
9, 10: Cualquier
cosa que esté a tu alcance el hacerla, hazla según tus fuerzas, porque no
existirá obra ni razones ni ciencia ni sabiduría en el sheol a donde te
encaminas.
·
Juan
9, 4: Tengo
que trabajar en las obras del que me ha envidado, mientras es de día; llega la
noche, cuando nadie puede trabajar.
De estos textos se deduce que esta vida no es el
término, sino el camino hacia otra.
3. La muerte en estado
de gracia es un don especial de Dios.
·
Sabiduría
4, 10-11 y 14: Halló
gracia ante Dios y Dios le amó, y como vivía entre pecadores, le trasladó. Se
lo llevó para que la maldad no pervirtiera su inteligencia o el engaño sedujera
su alma... Su alma era del agrado del Señor, por eso se apresuró a sacarle de
entre la maldad.
4. El momento de
la muerte es inesperado. Conviene estar siempre preparado.
·
Mateo
24, 42: Velad,
pues, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
·
Mateo
25, 13: Velad,
pues, porque no sabéis ni el día ni la hora.
·
Lucas
12, 19-20: Y
diré a mi alma: alma, tienes muchos bienes en reserva para muchos años,
descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: ¡Necio! Esta misma noche te
reclamarán el alma, las cosas que preparaste ¿para quién será?
5. Inmediatamente
después de la muerte, el alma será juzgada por Dios en un juicio particular
·
Lucas
16, 19-30:
El pobre Lázaro y el rico Epulón llegan al lugar de su destino eterno, apenas
han muerto: el uno al cielo, el otro al infierno.
·
Hebreos
9, 27: Y
del mismo modo que está establecido que los hombres mueren una sola vez y luego
el juicio.
Existe un lugar
de expiación donde se purifican las almas de los justos que salen de esta vida
con manchas de pecado. Estas manchas son la pena temporal debida, sea a los
pecados mortales ya perdonados, sea a los pecados veniales no expiados antes de
la muerte.
·
Apocalipsis
21, 27: Nada
profano entrará en ella (la Jerusalén celestial) ni los que cometen abominación
y mentira, sino solamente los inscritos en el Libro de la vida del Cordero.
·
II
Macabeos 12, 43-46: Después de haber reunido entre sus hombres
cerca de dos mil dracmas, las mandó a Jerusalén para ofrecer un sacrificio por
el pecado, obrando muy hermosa y noblemente, con el pensamiento puesto en la
resurrección. Pues de no esperar que los soldados caídos resucitarían, habría
sido superfluo y necio rogar por los muertos, mas si consideraba que una
magnífica recompensa está reservada a los que se duermen piadosamente, era un
pensamiento santo y piadoso. Por eso mandó hacer este sacrifico expiatorio a
favor de los muertos, para que quedaran liberados del pecado.
·
Mateo
12, 32: Y al que diga una palabra contra
el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero al que diga contra el Espíritu Santo,
no se le perdonará ni en este mundo ni en el otro.
Si
el pecado contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en esta vida , ni en la
otra, hay por consiguiente pecados que se perdonan en la otra vida.
Evidentemente, no se perdonan en el Cielo, donde nada manchado puede entrar; ni
en el Infierno, donde se hallan los que se han condenado para siempre. Por
tanto, hay un lugar de expiación en la otra vida, donde se purifican las almas
de los justos, que no se han purificado totalmente en esta vida.
·
I
Corintios 3, 11-15: Pues
nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, Jesucristo. Y si uno
construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno,
paja, la obra de cada cual quedará al descubierto, la manifestará el día, que
ha de manifestarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la
probará el fuego. Si la obra de uno, construida sobre el cimiento, resiste,
recibirá la recompensa. Mas aquel cuya obra queda abrasada sufrirá el daño. Él,
no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego.
Según
todo el contexto, se trata aquí de los predicadores del Evangelio que edifican
sobre Cristo: oro, plata, piedras preciosas –o sea, la doctrina buena, que
resiste la prueba del fuego- o madera, heno, hojarasca –o sea, una doctrina
vana, aunque no contraria al fundamento que es Cristo-, doctrina que será
consumida por el fuego. Aquel cuya doctrina resiste el fuego, recibe la
recompensa de su buena obra; aquél, en cambio, cuya obra es consumida por el
fuego (se consume la doctrina vana), sufrirá detrimento por la vanidad de su
obra, pero él mismo se salvará (esto es, no sufrirá condenación eterna), pero
por el fuego, o sea, padeciendo alguna pena, por tanto, según el texto que
estamos analizando, el predicador vano, ni será condenado al infierno, ni podrá
llegar al cielo, sin sufrir el castigo por su vana doctrina.
De aquí se deduce con pleno derecho y perfecta lógica, que cualquier cristiano puede hallarse en la hora de la muerte en estado de gracia, pero teniendo que padecer algo antes de entrar en el cielo. Así el dogma católico del purgatorio revela la justicia y santidad de Dios, que aborrece hasta la sombra del pecado. Además estimula al alma a la penitencia, y consuela al pecador que se convierte a última hora, el cual, de otra manera, apenas podría esperar llegar del fango del vicio al cielo.
El
infierno
1.
Los que mueren
con culpas graves van al Infierno.
·
I Corintios 6, 9-10: ¿No
sabéis acaso que los injustos no heredarán el reino de Dios? ¡No os engañéis!
Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los
homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los
ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios.
·
Apocalipsis 21, 8: Pero
los cobardes, los incrédulos, los abominables, los asesinos, los impuros, los
hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el lago
que arde con fuego y azufre que es la muerte segunda.
2.
Cómo nos
describe la Biblia el infierno.
PENA DE SENTIDOS:
· Mateo 13, 42: Y los arrojarán en el horno de fuego; allí será el llanto y el rechinar de dientes.
· Apocalipsis 19, 20: Pero la Bestia fue capturada, y con ella el falso profeta –el que había realizado al servicio de la Bestia las señales con que seducía a los que habían aceptado la marca de la Bestia y a los que adoraban su imagen- los dos fueron arrojados vivos al lago de fuego que arde con azufre.
·
Léase también II
Pedro 2, 4; Mateo 22, 13; Lucas 16, 23-24.
REMORDIMIENTO ETERNO:
· Marcos 9, 43-48: Y si tu mano te es ocasión de pecado, córtatela. Mas vale que entres manco en la Vida que, con las dos manos, ir a la gehenna, al fuego que no se apaga. Y si tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo. Mas vale que entres cojo en la Vida que, con los dos pies, ser arrojado a la gehenna. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo. Mas vale que entres con un solo ojo en el Reino de Dios que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna; donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
· Isaías 66, 24: Y en saliendo, verán los cadáveres de aquellos que se rebelaron contra mí. Su gusano no morirá, su fuego no se apaga y serán el asco de toda carne.
·
Sabiduría 5, 3-7: Se
dirán mudando de parecer, gimiendo con el espíritu angustiado: “éste es aquel
de quien entonces nos burlábamos, a quien ultrajábamos, insensatos, con
nuestros sarcasmos. Locura nos pareció su vida y su muerte una ignominia ¿cómo,
pues, es contado entre los hijos de Dios y participa en la herencia de los
santo? Luego equivocamos el camino de la verdad; la luz de la justicia no nos
alumbró, no salió el sol para nosotros. Nos hartamos de andar por sendas de
impiedad y perdición, atravesamos desiertos intransitables; pero el camino del
Señor, no lo conocimos.
PENA DE DAÑO (el alma se ve apartada siempre de Dios)
· Mateo 25, 41: Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartáos de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles.
· Mateo 18, 8: Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo lejos de ti, mas te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno.
· Apocalipsis 20, 10: Y el diablo, su seductor, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde están también la Bestia y el falso Profeta, y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.
Objeciones
protestantes:
1. El fuego del Infierno es eterno por ser de “consecuencias eternas” según Judas 7 (Y lo mismo Sodoma y Gomorra y las ciudades vecinas, que como ellos fornicaron y se fueron tras un uso innatural de la carne, padeciendo la pena de un fuego eterno, sirven de ejemplo).
Leyendo el texto debemos confirmar que el fuego es
eterno para los habitantes de esas ciudades.
2. El Infierno no es eterno, como se desprende de Malaquías 3, 19 -4, 1- (Pues he aquí que viene el día abrasador como un horno, y serán todos los arrogantes y los que cometen impiedad como paja; y los consumirán el día que viene, dice Yahvé Sebaoth, hasta no dejarle raíz ni rama).
Ya hemos hablado de las penas eternas del
infierno más arriba.
3. Cristo vino a destruir las obras del Diablo, es decir su imperio, como se deduce de I Juan 3, 8 (Quien comete el pecado es del diablo, pues el diablo peca desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo).
Que el Diablo no ha sido destruido de
desprende claramente de Apocalipsis 20, 10 como hemos visto más arriba y donde hemos afirmado que existe por los siglos de los siglos.
El
cielo
1.
El cielo es la
herencia de los hijos de Dios y la casa del Padre.
· Romanos 8, 17: Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él, para ser también con Él glorificados.
· Gálatas 4, 7: De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios.
· Juan 14, 2: En la Casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar.
2.
¿Quiénes van al
cielo? Los justos, que nada tienen que pagar en la hora de la muerte.
· Lucas 23, 43: Jesús le dijo: “YO te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso”.
· Filipenses 1, 21-23: Pues para mí la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia; pero si el vivir en la carne significa para mí trabajo fecundo, no sé qué escoger... me siento apremiado por las dos partes: por una parte, deseo partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor.
· Lucas 16, 19-30: Tanto el rico Epulón como el pobre Lázaro, inmediatamente después de su muerte, llegan al lugar de su eterno destino.
3.
En el Cielo los
bienaventurados ven a Dios cara a cara.
·
I Corintios 13, 12: Ahora
veremos en un espejo, confusamente. Entonces veremos cara a cara. Ahora conozco
de un modo imperfecto, pero entonces conoceré como soy conocido.
·
Apocalipsis 22, 4: Verán
su rostro y llevarán su nombre en la frente.
·
I Juan 3, 2: Querido,
ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos
que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual
es.
4.
A esa visión de
Dios se agrega un gozo y un amor eterno.
· Mateo 25, 21: Díjole su Señor: “¡Bien, siervo bueno y fiel! Has sido fiel en lo poco, te pondré por eso al frente de lo mucho; entra en el gozo de tu Señor”
· I Corintios 13, 8: La caridad no acaba nunca. Desaparecerán las profecías, cesarán las lenguas. Desaparecerá la ciencia.
5.
Según el mérito
de cada uno, así será la gloria.
·
Efesios 6, 8: Conscientes
de que cada cual será recompensado por el Señor según el bien que hiciere: sea
esclavo, sea libre.
·
Apocalipsis 22, 12: Mira,
pronto vendré y traeré mi recompensa conmigo para pagar a cada uno según su
trabajo.
6.
La felicidad del
cielo es inenarrable.
· I Corintios 2, 9: Mas bien, como dice la Escritura, anunciamos: lo que ni el ojo vió, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman.
7.
Esta
bienaventuranza es eterna.
· Mateo 25, 46: E irán éstos a un castigo eterno, y los justos a una vida eterna.
· Apocalipsis 22, 5: Ya no habrá noche; no tienen necesidad de luz de lámpara ni luz del sol, porque el Señor Dios los alumbrará y reinarán por los siglos de los siglos.
¿Qué
dice la Teología?
La fe de la Iglesia ha enseñado en el
Catecismo: “La muerte pone fin a la vida
del hombre como tiempo abierto a la recepción o rechazo de la gracia divina
manifestada en Cristo (Cf. II Tim 1, 9-10). El Nuevo testamento habla del
juicio principalmente en la perspectiva del encuentro final con Cristo en su
segunda venida; pero también asegura reiteradamente la existencia de la
retribución inmediata después de la muerte de cada uno como consecuencia de sus
obras y de su fe. La parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro (Lc 16, 22) y
la palabra de Cristo en la Cruz al buen ladrón (Cf. Lc 23, 43; Heb 9, 27; 12,
13) hablan de un último destino del alma (Cf. Mt 16, 23) que puede ser
diferente para unos y otros”. (CEC 1021). El mismo catecismo mantiene que
el alma humana es inmortal, “que no
perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo
en la resurrección final”. (CEC 366)
El
problema surge cuando leemos el Antiguo Testamento. Parece que, tras su lectura
detenida, no se pueda afirmar inmediatamente que la antropología bíblica sea
dualista, es decir, que no admite que el hombre esté formado por un doble
principio: alma inmortal y cuerpo. En hebreo basar (carne) significa toda la persona humana en cuanto débil,
mientras que nefesh (alma) significa
toda la persona, pero en cuanto viviente.. Son, pues, dos aspectos, no dos
principios que componen la realidad del hombre. Más bien, diríamos que son dos
matices de la persona humana.
Indudablemente
no se puede negar que esto es así. Los términos basar y nefesh no son los
griegos de psiché y soma, que significan claramente la parte
espiritual y la parte corporal del hombre. Pero también debemos acotar que la
Sagrada Escritura no hace un tratado
sobre antropología, sino que describe al hombre , más que en sí, en relación
con Dios y con el mundo en el que vive. Es desde su fe en el más allá desde
donde elabora una concepción del hombre. Por esa razón, el pueblo judío
distingue entre los refaím (los
muertos) que perviven después de la muerte en el sheol, y los nebeletam (cadáveres) que quedan en los
sepulcros y resucitan al fin de la historia. Los refaím perviven en el sheol como dormidos y, además, allí no alaban
al Señor (Is 38, 18; Sal 88, 11ss; 30, 10). Lo que queda claro es que los refaím nunca se dice que se corrompen,
sino que perviven; de mala manera, pero perviven, mientras que a los cadáveres
en el sepulcro se les atribuye la corrupción.
El tema
de la retribución

Ahora
bien, hay un tema que preocupa a Israel y sobre el cual va a hacer una profunda
meditación: el tema de la retribución del justo y del impío.
1.
La retribución se
da en la tierra. Israel concibe la retribución en términos de premio
y castigo que Dios confiere a los justos y a los impíos en la misma tierra. El más
allá no se percibe todavía con claridad y se considera el sheol como un lugar
inhóspito y olvidado de Dios. Por ello la retribución se concibe en términos
terrestres. El justo recibe bienes en la tierra, mientras que el impío fracasa.
·
Salmo 1; 91:
·
Salmo 128, 1-3:
·
Salmo 112
2.
Evolución de una
retribución terrenal no satisfactoria a una retribución en el más allá segura y
certera. El exilio ha hecho trizas la suerte comunitaria de Israel, puesto que
todos, ricos y pobres, han sufrido esa calamidad. Por esa razón, Ezequiel (Ez 18) va a desarrollar una reflexión sobre
la retribución que va a responsabilizar a cada individuo de su pecado personal.
Por otro lado, empiezan a darse cuenta que los impíos muchas veces salen
triunfantes y los justos parecen olvidados en la mente de Dios. En este
proceso, cobran gran importancia las reflexiones del Libro de Job[1]
y el Libro de Qohélet o Eclesiatés[2],
a los que se añaden el profeta Jeremías (Jer 21, 1) y particularmente Salmos
(6, 74, 94 o 37) donde vemos que el salmista clama al cielo por la injusta
retribución que observa en la tierra.
Así pues, el problema de la retribución
se empieza a solucionar en el más allá. De este modo, comienza a diferenciarse
la suerte de los difuntos en el sheol: mientras el impío es arrojado a lo
profundo del sheol (Is 14, 15; Ez 32, 22-23; Prov 7, 27; 9, 18) es en los
salmos místicos (16, 49, 73) donde se observa ya con claridad que la suerte de
los justos será en el más allá distinta de la de los impíos, pues Dios salvará
al justo del sheol[3] y se lo
llevará consigo.
En este sentido, influyó no poco la
herencia helenística del Libro de la Sabiduría. Al admitir la subsistencia del
alma como principio de vida, fue posible reemplazar la concepción de la
existencia aletargada del hombre en los infiernos o sheol por otra mucho más
positiva. Esta nueva concepción permitió a los sabios de Israel considerar la
existencia en el más allá como una vida y, por consiguiente, dadas ciertas
condiciones, como una vida feliz.
3.
Los Salmos Místicos (16, 49, 73). En los llamados salmos místicos se da
una evolución hacia el concepto de alma separada después de la muerte y
presente en el sheol.
·
Salmo 49, 16: Pero Dios
rescatará mi alma del sheol, puesto que me recogerá.
En este texto el término que se utiliza
es nefesh, pero con un sentido de
individualidad. Y eso hace pensar que ya se tiene una concepción de alma que
subsiste después de la muerte y, por tanto, equivalente al psiqué de los griegos.
Evidentemente, en este salmo no se alude
a enfermedad alguna, como opinan algunos. La temática es clara: los impíos
andan por este mundo seguros de sí mismos (49, 14), pero su destino es el sheol
(49, 15). No podrán llevarse consigo las riquezas (49, 18), mientras que Dios
“rescatará mi alma del sheol, puesto que me recogerá” ($9, 16). La referencia
por lo tanto al más allá es algo incuestionable: el alma va al sheol, de donde
Dios la rescatará y no muere.
·
Salmo 16, 10: Pues no
abandonarás mi alma en el sheol ni dejarás que tu siervo contemple la
corrupción.
El justo es liberado ya del sheol y llevado junto a
Dios, de modo que el sheol queda reservado ya para los impíos (cuando, en un primer momento, en el sheol habitaban
unos y otros aunque a diferente nivel).
4.
El Libro de la
Sabiduría: de influjo
helenístico, es testigo de la inmortalidad del alma. Quiere ser un libro de
consuelo para los judíos piadoso, porque éste, enseguida después de la muerte,
no queda destruído, sino que entra en posesión de la inmortalidad. El sujeto de
la inmortalidad es la psiqué: “Pues
las almas de los justos están en manos de Dios y no les tocará tormento
alguno”. (Sab 3,
1) Poco antes se ha hablado
del juicio de las almas puras (Sab 2, 22). La suerte
de los impíos es caer en el sheol y permanecer en él (Sab 4, 19).
Hay en el libro una clara escatología de
las almas que, en lugar de ser considerada como una novedad, habría que
colocarla en conexión con la evolución del término de nefesh en los salmos místicos.
Es decir, que el hombre, hecho
incorruptible por Dios, se ha hecho corruptible por la muerte que ha entrado en
el mundo por la envidia del diablo (Sab 2, 24); pero
claramente se especifica que es el cuerpo el sujeto de la corruptibilidad (Sab
9, 15). No todo el hombre muere, por lo tanto, y las almas de los justos están
en manos de Dios. Y éste es el consuelo que ofrece el libro: no hay una
destrucción completa del justo (como piensan los impíos) de modo que sus almas
gozan de Dios. Por ello, si se afirma claramente que la muerte ha afectado al
cuerpo Sab 9, 15: el cuerpo es lo corruptible), se está
hablando de la muerte como separación de cuerpo y alma.
5.
El Nuevo
Testamento: Hay un texto en
el Evangelio que claramente alude a la existencia del alma, al tiempo que
describe al cuerpo como algo corruptible por la muerte: “No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden matar el
alma (Psiqué); temed más bien as los que pueden llevar el cuerpo y el alma a la
gehenna” (Mt 10,
28).
El cuerpo puede ser matado, pero el alma
no; lo cual nos da una idea de dualidad. Decir, por tanto que aquí el alma
significa la persona entera es inaceptable, toda vez que va unida al término de
cuerpo como términos que se distinguen y contraponen.
Existe también la idea en el Nuevo
Testamento de la pervivencia previa a
la resurrección final. Sobre todo en la Parábola del rico Epulón y el pobre
Lázaro (Lc 16, 19-31), donde se habla de la retribución de
Epulón mientras sus hermanos todavía viven en el mundo (antes por tanto de la
resurrección). Esta idea aparece también en las palabras de Cristo al buen
ladrón: “Hoy estarás conmigo en el
paraíso” (Lc 23,
42), donde se habla de una
pervivencia que aparece inmediatamente después de la muerte. Nótese que el buen ladrón le pide a Jesús
que se acuerde de él cuando venga en su
reino. Un judío entiende por ello el reino mesiánico que aparece junto a la
resurrección. En contraste con ello, Jesús le dice que hoy mismo estará con él en el paraíso. Jesucristo entiende que la
resurrección tiene lugar, en cambio, en el último día (Jn 6, 54).

La conclusión es clara: existe una dualidad, el
cuerpo y el alma. Cuando llega la muerte, el cuerpo se deshace o descompone.
El alma pasa un juicio para ser retribuida. Si ha
sido buena irá al cielo a gozar de la eterna gloria con Jesús; si no al
infierno.
Anexo: EL PURGATORIO
por el teólogo Cándido Pozo, SJ.
Artículo publicado en su libro
TEOLOGÍA DEL MÁS
ALLÁ
BAC, Madrid,
1980, pp. 515-533.
El documento de mayor
relieve del magisterio eclesiástico sobre la escatología intermedia es, sin
duda alguna, la constitución Benedictus Deus, de Benedicto XII. En él se
define que, para las almas de los justos que no tengan nada que purgar, la vida
eterna comienza en seguida después de la muerte: Dz. 530; de la misma manera se
define que para las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual, la
condenación tiene comienzo en seguida después de la muerte: Dz. 531. En el
primer miembro es constatable una clara limitación: se trata de las almas de
aquellos «en los que no hubo nada de qué purificarse cuando murieron»; si tal
hipótesis no se realizara, la posesión de la visión beatífica tendrá lugar para
esas almas «cuando, después de la muerte, hayan sido purificadas». Se menciona,
pues, una purificación ultraterrena («después de la muerte»): un estado
transitorio, distinto de los dos estados definitivos de salvación y
condenación, que completa la doctrina sobre la escatología intermedia.
La idea de purificación
ultraterrena había sido rechazada por todos los movimientos «cátaros»
medievales. En concreto, los albigenses no aceptaban un estado extraterrestre
de purificación. Según ellos, las almas que al llegar a la muerte no estaban
plenamente purificadas, tomaban, después de la muerte, otros cuerpos hasta
obtener una purificación plena y volver así al cielo. La purificación sería
siempre terrestre, realizada en sucesivas existencias terrenas.
Naturalmente, esta
oposición medieval sólo tendría interés histórico. Más importante es señalar la
dificultad que, frente a la idea de purgatorio, experimenta todo el
protestantismo ortodoxo.
Es curioso que Lutero
llegó lentamente a la negación del purgatorio: en la disputa de Leipzig del año
1519 negó meramente que la existencia del purgatorio se pudiera demostrar por
alguna de las Escrituras canónicas; el año 1530 ataca la misma existencia del
purgatorio en su escrito «Widerruf vom Fegfeuer»; desde entonces, ésta será su
posición definitiva.
Los demás reformadores
coinciden en la negación del purgatorio, y esta negación permanece hasta nuestros
días en el protestantismo ortodoxo. Hay que señalar que esta coincidencia en
excluir la existencia del purgatorio entra en la lógica de¡ sistema
protestante. En efecto, la idea de purgatorio está en oposición con las ideas
protestantes sobre el tema central de la justificación.
Ya los mismos
reformadores percibían esta oposición como algo que forma parte de¡ sistema.
Así Zwinglio insistía en que, admitida la justificación por la fe sola, no se
debe admitir un estado sobre el cual sería posible la intervención de las
llaves de la Iglesia (el tema de las indulgencias).
Pero el punto más
profundo de oposición aparece si se compara la doctrina protestante sobre la
justificación con la doctrina del concilio de Trento. El protestantismo clásico
no admite la idea de una justicia intrínseca al hombre, la cual, en cuanto
interna al hombre, sería verdaderamente suya; el hombre es intrínsecamente
pecador. No se admite otra justicia sino la justicia de Cristo, que puede ser
imputada extrínsecamente al hombre; la justicia de Cristo es infinitamente
perfecta. Entonces, si Dios no imputa al hombre la justicia de Cristo, no puede
verle sino como es en sí intrínsecamente, corno verdaderamente pecador. Pero si
le imputa la justicia de Cristo, ese hombre, justificado extrínsecamente,
permanecerá intrínsecamente pecador (según la fórmula clásica protestante, en
tal caso, «el hombre es a la vez justo y pecador»), pero Dios en él ya no
atiende a la realidad interna que es el hombre, sino sólo a la justicia de
Cristo que le ha sido imputada.
En ortodoxia protestante,
el juicio de Dios, al ejercitarse sobre el hombre, no tiene más que dos
posibilidades: o lo considera en su realidad interna de pecador, y entonces el
hombre es condenado, o mira a la justicia de Cristo que le ha sido imputada; en
este segundo caso, el juicio de Dios no recae sobre algo imperfecto, sino sobre
la infinita perfección de la justicia de Cristo; el hombre es salvado sin que
haya nada (mirando a la justicia infinita de Cristo) que pueda retardar su
salvación.
Por el contrario, según
las definiciones del concilio de Trento, la justicia del hombre, en su aspecto
formal, es realmente distinta de la justicia infinita que Cristo tiene como
persona divina: «la única causa formal [de la justificación] es la justicia de
Dios, no aquella con la cual El es justo, sino aquella con la cual nos
hace justos, a saber, aquella con la cual, agraciados por El, somos renovados
en el espíritu de nuestra mente, y no sólo somos considerados, sino que nos
llamamos justos verdaderamente y lo somos, recibiendo en nosotros la justicia,
cada uno la suya, según la medida, que el Espíritu Santo distribuye a
cada uno según quiere, [1 Cor 12,11], y según la propia disposición y
cooperación de cada uno» (Dz. 799). Nuestra justicia viene de Cristo y de sus
méritos, pero es realmente distinta de la justicia que Cristo tiene y por la
que El es infinitamente justo: «Si alguno dijera que los hombres son
justificados sin la justicia de Cristo, por la que mereció por nosotros, o que
son justos formalmente por esa misma, sea anatema» (Dz. 820).
El hombre justo tiene,
por tanto, una justicia interna y, en este sentido, suya, y, por tanto,
limitada e imperfecta. Esta imperfección debe ser claramente afirmada, pues la
justicia interna es «la única causa formal» de la justificación (Dz. 799),
y no va acompañada de una imputación suplementaria de la justicia de Cristo (en
el sentido de la teoría de la doble justicia, como la defendieron los
controversistas católicos pretridentinos de la escuela de Colonia).
La imperfección de la
justicia en el hombre que tiene la gracia santificante no debe concebirse como
si a los justificados les faltara algo para merecer la vida eterna. Sin
embargo, aunque la imperfección no es tan grande que impida la consecución de
la vida eterna, puede retardar esa consecución en cuanto que exija después de
la muerte un proceso previo de purificación.
La imperfección de la
justicia del hombre se deriva, según el concilio de Trento, de un doble
capítulo:
a) El estado de
justificación puede coexistir en el hombre y, a la larga, coexiste de hecho
(fuera de un caso de privilegio) con pecados veniales, al menos
semi-deliberados.
b) El estado de
justificación puede coexistir con la permanencia de un reato de pena temporal
(de pecados ya perdonados en cuanto a la culpa), del cual el hombre, si no se
purifica durante la vida terrestre, deberá purificarse después de la muerte en
el purgatorio antes de entrar en el cielo.
Existe, por tanto, un doble
capítulo de imperfecciones de la propia justicia. Por ello, es notable que los
dos grandes concilios ecuménicos que se han ocupado del purgatorio (Florencia y
Trento), lo han puesto en relación sólo con el segundo de estos capítulos, es
decir, con los reatos de pena temporal de los pecados ya perdonados en cuanto a
la culpa y, si se trataba de mortales, perdonados también en cuanto al reato de
pena eterna. Se quiso así evitar, en definiciones estrictamente dogmáticas,
introducir un problema teológico muy difícil y que, por ello, ha quedado fuera
del dogma. En efecto, con la muerte acaba el estado de peregrinación, o sea la
posibilidad de merecer o desmerecer; no es fácil explicar cómo culpas veniales
podrían ser purificadas después de la muerte.
Antes de entrar en
ulteriores aclaraciones, no tenemos sino que añadir que en estos concilios el
purgatorio es concebido como un estado, más que como un lugar. Lo veremos más
adelante.
1. El concilio de Florencia
definió: «Además, si habiendo hecho penitencia verdaderamente, murieran en la
caridad de Dios antes de haber satisfecho con frutos dignos de penitencia por
los pecados de comisión y de omisión, sus almas, después de la muerte, son
purificadas con penas purgatorias; y para ser librados de estas penas, les
aprovechan los sufragios de los fieles vivos, a saber, los sacrificios de la
misa, las oraciones y las limosnas, y otros oficios de piedad que suelen
hacerse, según las instituciones de la Iglesia, por unos fieles en favor de
otros fieles»: Dz. 693.
2. El concilio de Trento
definió la imperfección de la justicia de¡ hombre, imperfección que proviene
del reato de pena temporal, que debe ser reparado en esta vida o en la futura. El,
concilio decretó también: «Habiendo
enseñado la Iglesia católica en los sagrados concilios y muy recientemente en
este Sínodo ecuménico, adoctrinada del Espíritu Santo por las Sagradas
Escrituras y por la antigua tradición de los Padres, que hay purgatorio y que
las almas retenidas allí son ayudadas por los sufragios de los fieles, pero,
sobre todo, por el sacrificio del altar, digno de ser aceptado: el santo Sínodo
manda a los obispos que procuren diligentemente que la sana doctrina sobre el
purgatorio, transmitida por los Santos Padres y los sagrados concilios, sea
creída por los fieles cristianos, mantenida, enseñada y predicada en todas
partes»: Dz. 983. Este segundo decreto de Trento es disciplinar («manda»), pero
supone que la doctrina del purgatorio es de fe (la alusión a los concilios
precedentes ‑sobre todo, el de Florencia‑ y a su propia definición
en la sesión 6.a; además «manda a los obispos que procuren» que la doctrina del
purgatorio «sea creída» por los fieles).
En los términos, por tanto, que acabamos de expresar, la doctrina del purgatorio es una verdad de fe divina y católica, definida en el concilio de Florencia y, de nuevo, en la sesión 6.a del concilio de Trento (no en el decreto disciplinar).