Tema 7:          el Sacramento de la                                          Reconciliación

 

 

 

 

Nuestros primeros padres, Adán y Eva, desobedecieron a Dios cuando el Señor los puso en el paraíso. Ellos nos representaban a todos y de ellos, como de nuestros padres físicos, recibimos todo: lo bueno y lo malo. Por eso, con el pecado original, que así se llama el pecado de Adán y Eva, la voluntad humana quedó debilitada e inclinada a obrar el mal. A esta inclinación le damos el nombre de concupiscencia. Así pues, cuando hacemos mal uso de nuestra libertad cometemos pecado. Y como dice la Sagrada Escritura todos tenemos pecados. “Si decimos: no tenemos pecado, nos engañamos y la verdad no está en nosotros.” (I Jn 1, 8).  Y en la Carta de Santiago 4, 17: “Aquel, pues, que sabe hacer el bien y no lo hace, comete pecado”. De estos textos sagrados deducimos que todos cometemos pecados y que estamos obligados a obrar el bien.

            Vamos en primer lugar a descubrir lo que es el pecado para poder combatirlo y obrar seguidamente el bien.

 

¿Qué es el pecado?

 

            Leamos los siguientes textos de la Sagrada Escritura:

·        Jeremías 2, 5: Así dice el Señor: ¿Qué encontraban vuestros padres en mí de torcido, que se alejaron de mi vera, y yendo en pos de la vanidad se hicieron vanos?

·        Isaías 1, 2: Oíd, cielos, escucha, tierra, que habla Yahvé: “Hijos crié hasta hacerlos hombres, y ellos se rebelaron contra Mí”.

 

Þ   El pecado es una ingratitud enorme contra Dios.

 

·        I San Juan 3, 4: Todo el que tiene esta esperanza en Él, se purifica a sí mismo, como Él es puro. Todo el que comete pecado quebranta también la Ley, pues el pecado es quebrantamiento de la Ley.

 

Þ   El pecado es injusticia que viola los derechos de Dios.

 

·        Isaías 53, 5-6: Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. Él soportó el castigo que nos trae la paz y con sus dolencias hemos sido curados. Todos nosotros, como ovejas, erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahvé descargó sobre Él la culpa de todos nosotros.

·        II Corintios 5, 21: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viviésemos a ser justicia de Dios en Él.

 

Þ   El pecado es un Deicidio, es matar a Dios.

 

Esta es la definición de pecado según la Biblia. Vamos a ver ahora qué consecuencias trae ese pecado.

 

 

 

Consecuencias del pecado:

·        San Juan 8, 34: Jesús les respondió: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado es un esclavo”.

·        Romanos 6, 16: ¿No sabéis que al ofreceros a algunos como esclavos para obedecerle os hacéis esclavos de aquel a quien obedecéis: bien del pecado para la muerte, bien de la obediencia para la Justicia?

Þ   Nos hace esclavos de pecado.

 

·        Romanos 2, 5-6: Por la dureza y la impenitencia de tu corazón vas atesorando contra Ti cólera para el Día de la Cólera y de la Revelación del justo juicio de Dios, el cual dará a cada cual según sus obras.

Þ   Nos endurece el corazón.

 

·        Ezequiel 18, 24: Pero si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, imitando todas las abominaciones que comete el malvado, ¿vivirá acaso? No, no quedará ya memoria de ninguna de las obras justas que había practicado, sino que a causa de la infidelidad a la cual se ha entregado y del pecado que ha cometido, morirá.

Þ   Mata la vida de Dios en mí y las buenas obras que haya hecho.

 

·        San Mateo 25, 41: Entonces dirá también a los de su izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles”.

Þ   La condenación eterna.

 

·        Romanos 8, 7-8: Ya que las tendencias de la carne son contrarias a Dios: no se someten a la Ley de Dios, ni siquiera pueden; así, los que están en la carne, no pueden agradar a Dios.

Þ   El que peca no agrada a Dios.

 

            De todos estas afirmaciones deducimos que el pecado nos sumerge en un pozo negro del que no podemos salir solos. Necesitamos una ayuda y ese apoyo nos lo brinda el mismo Dios.  “Él nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al Reino del Hijo de su Amor, en quien tenemos la Redención: el perdón de los pecados” (Colosenses 1, 13 - 14).

 

            Conclusión: El hombre peca y ese pecado trae como consecuencias un estado de ingratitud para con Dios, la muerte del mismo dentro de nosotros, la condenación eterna y la eterna enemistad con quien sabemos nos ama de verdad. Pero ese Señor que nos ama nos brinda una solución que es volver al amor, es pedir perdón.

 

            Efectivamente, si leemos San Mateo 4, 17 (“Desde entonces comenzó Jesús a predicar y decir: “Convertíos porque el Reino de los Cielos está cerca”), nos damos cuenta  que Jesús nos brinda su amistad, la posibilidad de entrar en su Reino, si nos arrepentimos. Es maravillosa la Parábola del hijo pródigo que nos narra en San Lucas 15, 11 – 32.  En ella vemos los pasos que da cada hombre cuando ofende a Dios.  En los vers. 11-12 leemos: “Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al Padre: “Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde”. Y él les repartió la hacienda”. El pecador quiere ser libre y se independiza de su Padre y Creador.  En el vers. 13, el hijo menor “marcha a un país lejano”, se aleja de Dios. Allí va a vivir de espaldas a Él y va a abusar de las cosas creadas (el dinero, su cuerpo, otras personas,...). Y lo hace con un afán de autosuficiencia, de modo que, creyéndose libre, se hace esclavo de las cosas. Se cumple lo que se anunció en Proverbios 14, 12: “Hay caminos que parecen rectos, pero, al cabo, son caminos de muerte”. . Las consecuencias del pecado las vemos plasmadas en los vers. 14-16 y serán el vicio, el hábito de pecar, de seguir pendiente abajo, la miseria moral en todas sus consecuencias. Dios le va a hacer reflexionar ahogándole en su propia miseria. Esa miseria material le va a hacer reflexionar y le va a hacer pensar lo bien que estaba con su Padre. El pecador hace un Examen de Conciencia  (Vers. 17: “Y entrando en sí mismo, dijo: ¡Cuántos jornaleros de mi Padre, tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre!”) . Y es que el pecado es una verdadera locura moral y el alma vuelve a la cordura cuando entra dentro de sí y toma el peso a su pecado.  En realidad, el pecador no se ha arrepentido todavía. Se acuerda del Padre más por egoísmo que por amor. En los vers. 18 y 19 sí se arrepiente, siente dentro de sí el dolor de los pecados que ha cometido: “Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante Ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de mis jornaleros.” Hay, también, un propósito de la enmienda. Ahora sí, quiere volver al Padre. Y de hecho lo hace: “Y levantándose, partió hacia su padre”. Lo maravilloso es que “estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente”. Así es nuestro Padre Dios. Aunque le ofendemos, Él procura darnos el perdón y todavía nos está esperando con ansia. Nosotros somos los que debemos ponernos en camino. Si nos acercamos a Él, Dios vendrá corriendo, nos abrazará conmovido y nos besará efusivamente, es decir: nos devolverá el amor, nos perdonará. Pero algo más debemos hacer: debemos confesar nuestros pecados, debemos decirlos. “ El hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra Ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo”.  Es un acto de humildad, de arrepentimiento, de amor. El padre, amoroso, le perdona totalmente y lo expresa de la siguiente manera: “Pero el padre dijo a sus siervos: Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traede el novillo cebado, matadlo y comamos y celebremos una fiesta porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y lo he encontrado. Y comenzaron la fiesta”.(Vers. 23-24). El vestido es símbolo de la gracia santificante; el anillo de hombre libre, y el banquete, la Eucaristía.

 

Conclusión: Quien ha pecado debe reconocer su falta, arrepentirse y pedir perdón. También debe hacer penitencia por sus pecados.

 

            Pero ¿cómo se hace eso? ¿Cómo podemos nosotros los hombres comunicarnos con Dios nuestro Padre? Es harto difícil. No basta con subirnos a lo alto de un monte y gritar nuestro pecados. ¿Cómo sabemos que Dios nos escucha? ¿Cómo notamos su abrazo paternal y su beso amoroso?

            Hay una manera más sencilla y que el mismo Jesucristo nos ha señalado.

 

San Juan 20, 21-22:  Jesús repitió: ”La paz con vosotros. Como el Padre me envió también yo os envío. Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”.

De este texto tan importante y tan olvidado, se desprende claramente:

 

1.      Que Cristo da a sus Apóstoles una misión semejante a la que Él mismo recibió de su Padre celestial.

2.      Que este poder se extiende a todos los pecados.

3.      Que este poder de perdonar los pecados se ejerce en un acto judicial, ya que, para saber si los discípulos deben perdonar o retener los pecados es preciso que conozcan primero las disposiciones del pecador, lo que supone que éste declare sus faltas, pues solamente él conoce sus pecados internos y puede descubrir la malicia de sus actos externos.

 

Cristo instituyó el Sacramento de la Penitencia como un signo sensible que es distinto del Sacramento del Bautismo.

 

Una reflexión: El Dios que no puede negar nada:

Parece increíble, pero es así: un gran número de personas con una inteligencia aceptable en otros terrenos, cree, sin embargo, en el Dios que no puede negar nada. Se dirige a Él con oraciones, y exige que no sólo escuche sus oraciones, sino que las atienda. Es su obligación y su deber, y pobre de Él si no lo cumple. Porque entonces o bien se le insulta violentamente o se le deja de lado y se le ignora en el futuro, y ,a veces, llegamos a negar su existencia. Esas buenas gentes no se dan cuenta de que al obrar así se han  instituido a sí mismos en tribunal supremo, convirtiendo a Dios  en su criado, que ha de realizar sus encargos transmitidos en forma de oración, si no quiere ser amonestado y finalmente expulsado de su papel de Dios. Tampoco se dan cuenta de que se comportan como el más primitivo de los fetichistas, que destruye o quema su fetiche cuando no le sirve, Y además, proceden con su Dios con mucho mayor rigor que el que osarían emplear con cualquier persona humana.

Si vamos al médico y nos prohibe, por ejemplo, tomar calentitos o comer carne de chancho, sin duda alguna le perdonamos la vida y salimos de la consulta convencidos de que el médico ha dicho esto o lo otro. Lo creemos, lo cumplimos al pie de la letra. El médico merece la pena que viva. Ése sí que sabe lo que se dice y se hace. Claro, la decisión que ha tomado, lo que me ha dicho es duro, difícil de seguir, pero lo hace con buena intención, busca lo mejor para mí. El médico sí. Pero Dios... Dios no tiene derecho a hacer lo que le viene en gana. Dios es Dios si hace lo que nosotros queremos. Como dijeron aquellos campesinos prusianos: ¡Nuestro rey absoluto será, si hace nuestra voluntad!.Urge poner las cosas en su sitio: ¿Quién es el Creador y quién la creatura? ¿Acaso Dios, que lo sabe todo y que por eso es Dios, no sabe también por qué nos niega nuestro deseo?  No nos forjemos un Dios a nuestro capricho. Nosotros, los hombres, estamos hechos para servir a Dios, no para servirnos de Dios.

 


Historia breve del Sacramento de la Penitencia

La confesión íntegra, por parte del penitente, y la absolución, por parte del sacerdote que preside el Sacramento y que hace de mediador del juicio benévolo y regenerador de Dios sobre el pecador, vienen siendo las dos columnas de la disciplina del Concilio de Trento hasta nuestros días, (Código de Derechos Canónicos, Canon 960).

JPII con la CruzCarta Apostólica en forma de "Motu Proprio"
MISERICORDIA DEI
Sobre algunos aspectos de la celebración del
sacramento de la penitencia
Juan Pablo II, 7 VII 2002

Por la misericordia de Dios, Padre que reconcilia, el Verbo se encarnó en el vientre purísimo de la Santísima Virgen María para salvar «a su pueblo de sus pecados» (Mt 1,21) y abrirle «el camino de la salvación».(1) San Juan Bautista confirma esta misión indicando a Jesús como «el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Toda la obra y predicación del Precursor es una llamada enérgica y ardiente a la penitencia y a la conversión, cuyo signo es el bautismo administrado en las aguas del Jordán. El mismo Jesús se somete a aquel rito penitencial (cf. Mt 3, 13-17), no porque haya pecado, sino porque «se deja contar entre los pecadores; es ya “el cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Jn 1,29); anticipa ya el “bautismo” de su muerte sangrienta».(2) La salvación es, pues y ante todo, redención del pecado como impedimento para la amistad con Dios, y liberación del estado de esclavitud en la que se encuentra al hombre que ha cedido a la tentación del Maligno y ha perdido la libertad de los hijos de Dios (cf.Rm 8,21).

La misión confiada por Cristo a los Apóstoles es el anuncio del Reino de Dios y la predicación del Evangelio con vistas a la conversión (cf. Mc 16,15; Mt 28,18-20). La tarde del día mismo de su Resurrección, cuando es inminente el comienzo de la misión apostólica, Jesús da a los Apóstoles, por la fuerza del Espíritu Santo, el poder de reconciliar con Dios y con la Iglesia a los pecadores arrepentidos: «Recibid el Espíritu Santo.A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23).(3)

A lo largo de la historia y en la praxis constante de la Iglesia, el «ministerio de la reconciliación» (2 Co 5,18), concedida mediante los sacramentos del Bautismo y de la Penitencia, se ha sentido siempre como una tarea pastoral muy relevante, realizada por obediencia al mandato de Jesús como parte esencial del ministerio sacerdotal. La celebración del sacramento de la Penitencia ha tenido en el curso de los siglos un desarrollo que ha asumido diversas formas expresivas, conservando siempre, sin embargo, la misma estructura fundamental, que comprende necesariamente, además de la intervención del ministro – solamente un Obispo o un presbítero, que juzga y absuelve, atiende y cura en el nombre de Cristo –, los actos del penitente: la contrición, la confesión y la satisfacción.

En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he escrito: «Deseo pedir, además, una renovada valentía pastoral para que la pedagogía cotidiana de la comunidad cristiana sepa proponer de manera convincente y eficaz la práctica del Sacramento de la Reconciliación. Como se recordará, en 1984 intervine sobre este tema con la Exhortación postsinodal Reconciliatio et paenitentia, que recogía los frutos de la reflexión de una Asamblea general del Sínodo de los Obispos, dedicada a esta problemática. Entonces invitaba a esforzarse por todos los medios para afrontar la crisis del “sentido del pecado” [...]. Cuando el mencionado Sínodo afrontó el problema, era patente a todos la crisis del Sacramento, especialmente en algunas regiones del mundo. Los motivos que lo originan no se han desvanecido en este breve lapso de tiempo. Pero el Año jubilar, que se ha caracterizado particularmente por el recurso a la Penitencia sacramental nos ha ofrecido un mensaje alentador, que no se ha de desperdiciar: si muchos, entre ellos tantos jóvenes, se han acercado con fruto a este sacramento, probablemente es necesario que los Pastores tengan mayor confianza, creatividad y perseverancia en presentarlo y valorizarlo».(4)

Con estas palabras pretendía y pretendo dar ánimos y, al mismo tiempo, dirigir una insistente invitación a mis hermanos Obispos – y, a través de ellos, a todos los presbíteros – a reforzar solícitamente el sacramento de la Reconciliación, incluso como exigencia de auténtica caridad y verdadera justicia pastoral,(5) recordándoles que todo fiel, con las debidas disposiciones interiores, tiene derecho a recibir personalmente la gracia sacramental.

A fin de que el discernimiento sobre las disposiciones de los penitentes en orden a la absolución o no, y a la imposición de la penitencia oportuna por parte del ministro del Sacramento, hace falta que el fiel, además de la conciencia de los pecados cometidos, del dolor por ellos y de la voluntad de no recaer más,(6) confiese sus pecados. En este sentido, el Concilio de Trento declaró que es necesario «de derecho divino confesar todos y cada uno de los pecados mortales».(7) La Iglesia ha visto siempre un nexo esencial entre el juicio confiado a los sacerdotes en este Sacramento y la necesidad de que los penitentes manifiesten sus propios pecados,(8) excepto en caso de imposibilidad. Por lo tanto, la confesión completa de los pecados graves, siendo por institución divina parte constitutiva del Sacramento, en modo alguno puede quedar confiada al libre juicio de los Pastores (dispensa, interpretación, costumbres locales, etc.). La Autoridad eclesiástica competente sólo especifica – en las relativas normas disciplinares – los criterios para distinguir la imposibilidad real de confesar los pecados, respecto a otras situaciones en las que la imposibilidad es únicamente aparente o, en todo caso, superable.

En las circunstancias pastorales actuales, atendiendo a las expresas preocupaciones de numerosos hermanos en el Episcopado, considero conveniente volver a recordar algunas leyes canónicas vigentes sobre la celebración de este sacramento, precisando algún aspecto del mismo, para favorecer – en espíritu de comunión con la responsabilidad propia de todo el Episcopado(9) – su mejor administración. Se trata de hacer efectiva y de tutelar una celebración cada vez más fiel, y por tanto más fructífera, del don confiado a la Iglesia por el Señor Jesús después de la resurrección (cf. Jn 20,19-23). Todo esto resulta especialmente necesario, dado que en algunas regiones se observa la tendencia al abandono de la confesión personal, junto con el recurso abusivo a la «absolución general» o «colectiva», de tal modo que ésta no aparece como medio extraordinario en situaciones completamente excepcionales. Basándose en una ampliación arbitraria del requisito de la grave necesidad,(10) se pierde de vista en la práctica la fidelidad a la configuración divina del Sacramento y, concretamente, la necesidad de la confesión individual, con daños graves para la vida espiritual de los fieles y la santidad de la Iglesia.

Así pues, tras haber oído el parecer de la Congregación para la Doctrina de la fe, la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos y el Consejo Pontificio para los Textos legislativos, además de las consideraciones de los venerables Hermanos Cardenales que presiden los Dicasterios de la Curia Romana, reiterando la doctrina católica sobre el sacramento de la Penitencia y la Reconciliación expuesta sintéticamente en el Catecismo de la Iglesia Católica,(11) consciente de mi responsabilidad pastoral y con plena conciencia de la necesidad y eficacia siempre actual de este Sacramento, dispongo cuanto sigue:

1. Los Ordinarios han de recordar a todos los ministros del sacramento de la Penitencia que la ley universal de la Iglesia ha reiterado, en aplicación de la doctrina católica sobre este punto, que:

a) «La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia; sólo la imposibilidad física o moral excusa de esa confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede conseguir también por otros medios».(12)

b) Por tanto, «todos los que, por su oficio, tienen encomendada la cura de almas, están obligados a proveer que se oiga en confesión a los fieles que les están encomendados y que lo pidan razonablemente; y que se les dé la oportunidad de acercarse a la confesión individual, en días y horas determinadas que les resulten asequibles».(13)

Además, todos los sacerdotes que tienen la facultad de administrar el sacramento de la Penitencia, muéstrense siempre y totalmente dispuestos a administrarlo cada vez que los fieles lo soliciten razonablemente.(14) La falta de disponibilidad para acoger a las ovejas descarriadas, e incluso para ir en su búsqueda y poder devolverlas al redil, sería un signo doloroso de falta de sentido pastoral en quien, por la ordenación sacerdotal, tiene que llevar en sí la imagen del Buen Pastor.

2. Los Ordinarios del lugar, así como los párrocos y los rectores de iglesias y santuarios, deben verificar periódicamente que se den de hecho las máximas facilidades posibles para la confesión de los fieles. En particular, se recomienda la presencia visible de los confesores en los lugares de culto durante los horarios previstos, la adecuación de estos horarios a la situación real de los penitentes y la especial disponibilidad para confesar antes de las Misas y también, para atender a las necesidades de los fieles, durante la celebración de la Santa Misa, si hay otros sacerdotes disponibles.(15)

3. Dado que «el fiel está obligado a confesar según su especie y número todos los pecados graves cometidos después del Bautismo y aún no perdonados por la potestad de las llaves de la Iglesia ni acusados en la confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente»,(16) se reprueba cualquier uso que restrinja la confesión a una acusación genérica o limitada a sólo uno o más pecados considerados más significativos. Por otro lado, teniendo en cuenta la vocación de todos los fieles a la santidad, se les recomienda confesar también los pecados veniales.(17)

4. La absolución a más de un penitente a la vez, sin confesión individual previa, prevista en el can. 961 del Código de Derecho Canónico, ha ser entendida y aplicada rectamente a la luz y en el contexto de las normas precedentemente enunciadas. En efecto, dicha absolución «tiene un carácter de excepcionalidad»(18) y no puede impartirse «con carácter general a no ser que:

1º amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente;

2º haya una grave necesidad, es decir, cuando, teniendo en cuenta el número de los penitentes, no hay bastantes confesores para oír debidamente la confesión de cada uno dentro de un tiempo razonable, de manera que los penitentes, sin culpa por su parte, se verían privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión; pero no se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación».(19)

Sobre el caso de grave necesidad, se precisa cuanto sigue:

a) Se trata de situaciones que, objetivamente, son excepcionales, como las que pueden producirse en territorios de misión o en comunidades de fieles aisladas, donde el sacerdote sólo puede pasar una o pocas veces al año, o cuando lo permitan las circunstancias bélicas, metereológicas u otras parecidas.

b) Las dos condiciones establecidas en el canon para que se dé la grave necesidad son inseparables, por lo que nunca es suficiente la sola imposibilidad de confesar «como conviene» a las personas dentro de «un tiempo razonable» debido a la escasez de sacerdotes; dicha imposibilidad ha de estar unida al hecho de que, de otro modo, los penitentes se verían privados por un «notable tiempo», sin culpa suya, de la gracia sacramental. Así pues, se debe tener presente el conjunto de las circunstancias de los penitentes y de la diócesis, por lo que se refiere a su organización pastoral y la posibilidad de acceso de los fieles al sacramento de la Penitencia.

c) La primera condición, la imposibilidad de «oír debidamente la confesión» «dentro de un tiempo razonable», hace referencia sólo al tiempo razonable requerido para administrar válida y dignamente el sacramento, sin que sea relevante a este respecto un coloquio pastoral más prolongado, que puede ser pospuesto a circunstancias más favorables. Este tiempo razonable y conveniente para oír las confesiones, dependerá de las posibilidades reales del confesor o confesores y de los penitentes mismos.

d) Sobre la segunda condición, se ha de valorar, según un juicio prudencial, cuánto deba ser el tiempo de privación de la gracia sacramental para que se verifique una verdadera imposibilidad según el can. 960, cuando no hay peligro inminente de muerte. Este juicio no es prudencial si altera el sentido de la imposibilidad física o moral, como ocurriría, por ejemplo, si se considerara que un tiempo inferior a un mes implicaría permanecer «un tiempo razonable» con dicha privación.

e) No es admisible crear, o permitir que se creen, situaciones de aparente grave necesidad, derivadas de la insuficiente administración ordinaria del Sacramento por no observar las normas antes recordadas(20) y, menos aún, por la opción de los penitentes en favor de la absolución colectiva, como si se tratara de una posibilidad normal y equivalente a las dos formas ordinarias descritas en el Ritual.

f) Una gran concurrencia de penitentes no constituye, por sí sola, suficiente necesidad, no sólo en una fiesta solemne o peregrinación, y ni siquiera por turismo u otras razones parecidas, debidas a la creciente movilidad de las personas.

5. Juzgar si se dan las condiciones requeridas según el can. 961, § 1, 2º, no corresponde al confesor, sino al Obispo diocesano, «el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en que se verifica esa necesidad».(21) Estos criterios pastorales deben ser expresión del deseo de buscar la plena fidelidad, en las circunstancias del respectivo territorio, a los criterios de fondo expuestos en la disciplina universal de la Iglesia, los cuales, por lo demás, se fundan en las exigencias que se derivan del sacramento mismo de la Penitencia en su divina institución.

6. Siendo de importancia fundamental, en una materia tan esencial para la vida de la Iglesia, la total armonía entre los diversos Episcopados del mundo, las Conferencias Episcopales, según lo dispuesto en el can. 455, §2 del C.I.C., enviarán cuanto antes a la Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos el texto de las normas que piensan emanar o actualizar, a la luz del presente Motu proprio, sobre la aplicación del can. 961 del C.I.C. Esto favorecerá una mayor comunión entre los Obispos de toda la Iglesia, impulsando por doquier a los fieles a acercarse con provecho a las fuentes de la misericordia divina, siempre rebosantes en el sacramento de la Reconciliación.


Desde esta perspectiva de comunión será también oportuno que los Obispos diocesanos informen a las respectivas Conferencias Episcopales acerca de si se dan o no, en el ámbito de su jurisdicción, casos de grave necesidad.Será además deber de las Conferencias Episcopales informar a la mencionada Congregación acerca de la situación de hecho existente en su territorio y sobre los eventuales cambios que después se produzcan.

7. Por lo que se refiere a las disposiciones personales de los penitentes, se recuerda que:

a) «Para que un fiel reciba validamente la absolución sacramental dada a varios a la vez, se requiere no sólo que esté debidamente dispuesto, sino que se proponga a la vez hacer en su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de ese modo».(22)

b) En la medida de lo posible, incluso en el caso de inminente peligro de muerte, se exhorte antes a los fieles «a que cada uno haga un acto de contrición».(23)

c) Está claro que no pueden recibir validamente la absolución los penitentes que viven habitualmente en estado de pecado grave y no tienen intención de cambiar su situación.

8. Quedando a salvo la obligación de «confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año»,(24) «aquel a quien se le perdonan los pecados graves con una absolución general, debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse una causa justa».(25)

9. Sobre el lugar y la sede para la celebración del Sacramento, téngase presente que:

a) «El lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio»,(26) siendo claro que razones de orden pastoral pueden justificar la celebración del sacramento en lugares diversos;(27)

b) las normas sobre la sede para la confesión son dadas por las respectivas Conferencias Episcopales, las cuales han de garantizar que esté situada en «lugar patente» y esté «provista de rejillas» de modo que puedan utilizarlas los fieles y los confesores mismos que lo deseen.(28)

Todo lo que he establecido con la presente Carta apostólica en forma de Motu proprio, ordeno que tenga valor pleno y permanente, y se observe a partir de este día, sin que obste cualquier otra disposición en contra.Lo que he establecido con esta Carta tiene valor también, por su naturaleza, para las venerables Iglesias Orientales Católicas, en conformidad con los respectivos cánones de su propio Código.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de abril, Domingo de la octava de Pascua o de la Divina Misericordia, en el año del Señor 2002, vigésimo cuarto de mi Pontificado.

JUAN PABLO II

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Notas

(1)Misal Romano,Prefacio del Adviento I.

(2)Catecismo de la Iglesia Católica, 536.

(3)Cf. Conc. Ecum. de Trento, sess.XIV, De sacramento paenitentiae, can. 3: DS 1703.

(4)N. 37: AAS 93(2001) 292.

(5)Cf. CIC, cann.213 y 843, § I.

(6)Cf. Conc. Ecum. de Trento, sess. XIV, Doctrina de sacramento paenitentiae, cap. 4: DS 1676.

(7)Ibíd., can. 7: DS 1707.

(8)Cf. ibíd., cap. 5: DS 1679; Conc.
Ecum. de Florencia, Decr. pro Armeniis (22 noviembre 1439): DS 1323.

(9)Cf. can. 392; Conc. Ecum. Vatic. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 23.27; Decr.Christus Dominus, sobre la función pastoral de los obispos, 16.

(10)Cf. can. 961, § 1, 2º.

(11)Cf. nn. 980-987; 1114-1134; 1420-1498.

(12)Can. 960.

(13)Can. 986, § 1.

(14)Cf. Conc. Ecum. Vatic. II, Decr.
Presbyterorum Ordinis, sobre el ministerio y vida de los presbíteros, 13; Ordo Paenitentiae, editio typica, 1974, Praenotanda, 10,b.

(15)Cf. Congregación para el Culto divino y la disciplina de los sacramentos, Responsa ad dubia proposita: «Notitiae», 37(2001) 259-260.

(16)Can. 988, § 1.

(17)Cf. can. 988, § 2; Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 32: AAS 77(1985) 267; Catecismo de la Iglesia Católica, 1458.

(18)Exhort. ap. postsinodal Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 32: AAS 77(1985) 267.

(19)Can. 961, § 1.

(20)Cf. supra nn. 1 y 2.

(21)Can. 961, § 2.

(22)Can. 962, § 1.

(23)Can. 962, § 2.

(24)Can. 989.

(25)Can. 963.

(26)Can. 964, § 1.

(27)Cf. can. 964, 3.

(28)Consejo pontificio para la Interpretación de los textos legislativos, Responsa ad propositum dubium: de loco excipiendi sacramentales confessiones (7 julio 1998): AAS 90 (1998) 711.

 

¿Puede un sacerdote revelar algún secreto de confesión?

 

Fuente: Fe y Familia

Autor: n/a

 

¿Puede un sacerdote revelar algún secreto de confesión?

¿Puede un sacerdote revelar algún secreto de confesión?

La Iglesia Católica declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas. Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes.

El Código de Derecho Canónico, canon 983,1 dice: «El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo».


¿No hay excepciones?

El secreto de confesión no admite excepción. Se llama "sigilo sacramental" y consiste en que todo lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda "sellado" por el sacramento.

Un sacerdote no puede hablar a nadie sobre lo que se le dice en confesión. Aun cuando él supiera la identidad del penitente y posteriormente se encontrara con él no puede comentarle nada de lo que le dijo en confesión, a menos que sea el mismo penitente quien primero lo comente. Entonces y sólo entonces, puede discutirlo sólo con él. De lo contrario debe permanecer en silencio.


¿Cómo se asegura este secreto?

Bajo ninguna circunstancia puede quebrantarse el “sigilo” de la confesión. De acuerdo a la ley canónica, la penalización para un sacerdote que viole este sigilo sería la excomunión automática (Derecho Canónico 983, 1388).

El sigilo obliga por derecho natural (en virtud del cuasi contrato establecido entre el penitente y el confesor), por derecho divino (en el juicio de la confesión, establecido por Cristo, el penitente es el reo, acusador y único testigo; lo cual supone implícitamente la obligación estricta de guardar secreto) y por derecho eclesiástico (Código de Derecho Canónico, c. 983).


¿Y si revelando una confesión se pudiera evitar un mal?

El sigilo sacramental es inviolable; por tanto, es un crimen para un confesor el traicionar a un penitente ya sea de palabra o de cualquier otra forma o por cualquier motivo.

No hay excepciones a esta ley, sin importar quién sea el penitente. Esto se aplica a todos los fieles —obispos, sacerdotes, religiosos y seglares—. El sigilo sacramental es protección de la confianza sagrada entre la persona que confiesa su pecado y Dios, y nada ni nadie puede romperlo.


¿Qué puede hacer entonces un sacerdote si alguien le confiesa un crimen?

Si bien el sacerdote no puede romper el sello de la confesión al revelar lo que se le ha dicho ni usar esta información en forma alguna, sí está en la posición —dentro del confesionario— de ayudar al penitente a enfrentar su propio pecado, llevándolo así a una verdadera contrición y esta contrición debería conducirlo a desear hacer lo correcto.


¿Las autoridades judiciales podrían obligar a un sacerdote a revelar un secreto de confesión?

En el Derecho de la Iglesia la cuestión está clara: el sigilo sacramental es inviolable. El confesor que viola el secreto de confesión incurre en excomunión automática.

Esta rigurosa protección del sigilo sacramental implica también para el confesor la exención de la obligación de responder en juicio «respecto a todo lo que conoce por razón de su ministerio», y la incapacidad de ser testigo en relación con lo que conoce por confesión sacramental, aunque el penitente le releve del secreto «y le pida que lo manifieste», (cánones 1548 y 1550).


¿Aunque contando el secreto el sacerdote pudiera obtener algo bueno para alguien?

El sigilo sacramental no puede quebrantarse jamás bajo ningún pretexto, cualquiera que sea el daño privado o público que con ello se pudiera evitar o el bien que se pudiera promover.

Obliga incluso a soportar el martirio antes que quebrantarlo, como fue el caso de San Juan Nepomuceno. Aquí debe tenerse firme lo que afirmaba Santo Tomás: «lo que se sabe bajo confesión es como no sabido, porque no se sabe en cuanto hombre, sino en cuanto Dios», (In IV Sent., 21,3,1).


¿Y si otra persona oye o graba la confesión y la revela?

La Iglesia ha precisado que incurre también en excomunión quien capta mediante cualquier instrumento técnico, o divulga las palabras del confesor o del penitente, ya sea la confesión verdadera o fingida, propia o de un tercero.


¿Y en el caso de que el sacerdote no haya dado la absolución?

El sigilo obliga a guardar secreto absoluto de todo lo dicho en el sacramento de la confesión, aunque no se obtenga la absolución de los pecados o la confesión resulte inválida.

 

 

                  PENITENCIA   SÍNTESIS   JURÍDICA

( CC 959 AL 997) (Pbro Lic. José Ros Jericó) 05 de Enero de 2005

 

 1.- PRINCIPIOS DOCTRINALES

 

   El Concilio Vaticano II en la LG. N° 11 dice “Quienes se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de la ofensa hecha a El y su reconciliación con la Iglesia, a la que hirieron pecando, y que colabora a su conversión con la caridad, con el ejemplo y las oraciones”.

   El Código de Derecho Canónico enriquece el texto anterior y dice en el c. 959 que “En el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar”.

 

 2.  LA CELEBRACIÓN DEL SACRAMENTO

 

 2.1  CELEBRACIÓN DE LA IGLESIA.

 

 En el Ordo Paenitentiae n° 8  cuando resume la participación de la Iglesia en la tarea de la reconciliación: llama a la penitencia por la predicación, intercede por los pecadores, ayuda al penitente para que reconozca y confiese sus pecados, actúa a través del ministro de la reconciliación entregado por Cristo a los apóstoles y a sus sucesores.

 

2.2              PRINCIPIO FUNDAMENTAL

 

   Según el c 960 a, “La confesión individual e íntegra y la absolución constituyen el único modo ordinario con el que un fiel consciente de que está en pecado grave se reconcilia con Dios y con la Iglesia”.

 

2.3              EXCEPCIÓN AL PRINCIPIO ANTERIOR.

 

   En el c 960b afirma que “ Solo la imposibilidad física o moral excusa de esta confesión, en cuyo caso la reconciliación se puede tener también por otros medios”

 

 

3          LA ABSOLUCIÓN SACRAMENTAL GENERAL

  

El c.961 § 1 dice que para que se pueda dar la absolución a varios penitentes a la vez sin previa confesión individual y con carácter general se deben dar los siguientes supuestos:

1°. Que amenace un peligro de muerte, y el sacerdote o los sacerdotes no tengan tiempo para oír la confesión de cada penitente.

2°. En otras circunstancias graves: a) que haya desproporción entre el número de penitentes y de confesores para oír debidamente la confesión de cada uno en un tiempo razonable.

 b) con la consecuencia de que se verán privados durante notable tiempo de la gracia sacramental o de la sagrada comunión.

 c) sin culpa propia.

   Los elementos configuradores de necesidad grave deben darse todos simultáneamente; de ahí la expresa conclusión que se hace en el c: “No se considera suficiente necesidad cuando no se puede disponer de confesores a causa sólo de una gran concurrencia de penitentes, como puede suceder en una gran fiesta o peregrinación”.

 

 4.  AUTORIDAD CONPENTE PARA DETERMINAR  LOS CASOS DE GRAVE NECESIDAD.

 

   “Corresponde al Obispo diocesano juzgar si se dan las condiciones requeridas a tenor del c 961 § 1, n° 2, el cual, teniendo en cuenta los criterios acordados con los demás miembros de la Conferencia Episcopal, puede determinar los casos en los que se verifica esa necesidad”.

   Se trata, por tanto, de una competencia exclusiva del Obispo diocesano, quien no puede variar las condiciones requeridas, sustituirlas por otras distintas o establecer la grave necesidad de acuerdo con sus criterios personales.

 

 5  DISPOSICIONES DEL PENITENTE

 

   Son las mismas que se requieren para cualquier otro tipo de confesión (c 987). No obstante, el legislador acentúa aquí la necesidad de que “se proponga hacer a su debido tiempo confesión individual de todos los pecados graves que en las presentes circunstancias no ha podido confesar de este modo” c 962 § 1. Y añade, interpretando la cláusula “a su debido tiempo”: “...debe acercarse a la confesión individual lo antes posible, en cuanto tenga ocasión, antes de recibir otra absolución general, de no interponerse causa justa”.

 

6          LUGAR DE LAS CONFESIONES

 

   El c 964 da unas normas concretas: en el § 1 dice que “el lugar propio para oír confesiones es una iglesia u oratorio”.

   En el § 2 “por lo que se refiere a la sede para oír confesiones, la Conferencia Episcopal dé normas, asegurando en cada caso que existan siempre en lugar patente confesonarios provistos de rejillas entre el penitente y el confesor que puedan utilizar libremente los fieles que así lo deseen”.

   Y en el § 3 “No se deben oír confesiones fuera del confesonario, si no es por justa causa”.

 

7          TIEMPO DE LA CELEBRACIÓN

 

   La reconciliación de los penitentes puede celebrarse en cualquier tiempo y día. Sin embargo, es conveniente que los fieles conozcan el día y la hora en que está disponible el sacerdote para ejercer este ministerio. Acostúmbrese a los fieles para que acudan a recibir el sacramento de la penitencia fuera de la celebración de la misa, principalmente en horas establecidas (OP 13), asequibles para ellos c 986 § 1.

 

8          MINISTRO DEL SACRAMENTO

 

   El c 965 es claro “Sólo el sacerdote es ministro del sacramento de la penitencia”.

 

9          DOTADO DE LICENCIAS MINISTERIALES PARA ABSOLVER

 

   En el § 1 del c 966 se dice que “Para absolver válidamente de los pecados se requiere que el ministro, además de la potestad de orden, tenga facultad de ejercerla sobre los fieles a quienes da la absolución”.(potestad de orden y de jurisdicción).

 

10         MODO  DE  RECIBIR  LAS  LICENCIAS

 

   Puede ser “tanto ipso iure como por concesión de la autoridad competente” según el c 966 § 2.

 

 a) Licencias ipso iure, es decir, por concesión del propio derecho, aneja a un determinado ministerio u oficio legítimamente ejercido. ( Tienen licencias en toda la Iglesia: además del Romano Pontífice c 333, los cardenales, -siempre válida y lícitamente -; los obispos; -“ que la ejercitan también lícitamente en cualquier sitio, a no ser que el obispo diocesano se oponga en un caso concreto” c 967 § 1. Tiene licencias en la Iglesia particular, dentro de los límites de su propio oficio, el ordinario del lugar, es decir, el obispo diocesano y los a él equiparados, así como los vicarios generales y episcopales; el canónigo penitenciario; el párroco y los a él equiparados, el vicario que rige interinamente la parroquia, c541 § 1 y el administrador parroquial. Por tener licencias en la Iglesia particular en razón de su oficio, las tiene también por extensión en la Iglesia universal y puede usar de ella en todas partes, a no ser que se oponga el ordinario del lugar; en ese caso quedaría privado de licencias en ese territorio, no en los demás c 967 § 2, y por tanto afectaría a la validez).

 

 b) Licencias “por concesión” del ordinario del lugar c 969 § 1, el cual puede darlas a toda clase de sacerdotes (siempre que sean idóneos) y para toda clase de fieles.

   Si estas licencias se han recibido del propio ordinario de incardinación o de domicilio valen por extensión para toda la Iglesia, c 967 § 2.

 

 c) Licencias por ley para absolver válida y lícitamente cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualesquiera censuras y pecados, aun cuando esté presente un sacerdote aprobado c 976. También se da en situaciones de licencias concedidas por vía de suplencia c 144, en error común de hecho o de derecho y en la duda positiva o probable de derecho o de hecho, para que no sufra detrimento el bien de los fieles.

 

 11.- EN  EL  CASO  DE  LOS  RELIGIOSOS  Y  LOS  A  ELLOS  EQUIPARADOS

 

   El Código reconoce a los superiores mayores de un Instituto Religioso o de una Sociedad de vida apostólica clericales de derecho pontificio, la potestad de dar a cualquier clase de sacerdotes licencias para confesar siempre que se trate de confesar a sus propios súbditos y a quienes viven día y noche en las casas del instituto o sociedad, c 968 § 2.

 

 12.- REQUISITOS PARA CONCEDER LICENCIAS

 

   Según el c 970 solo se han de conceder licencias para confesar a los presbíteros que hayan sido considerados idóneos.

   El Ordinario del lugar, antes de conceder habitualmente licencias para confesar a un sacerdote, aunque tenga domicilio dentro del ámbito de su jurisdicción, oiga al ordinario del presbítero, diocesano o religioso, en la medida que sea posible, c 971.

   Puede ser prudente que la concesión de licencias se haga gradualmente  c 972.

   En cualquier caso, si la facultad se otorga habitualmente debe hacerse por escrito.

 

 13.- LIMITACIÓN DE LICENCIAS

 

   Los pecados reservados han desaparecido, pero quedan los pecados reservados en razón de la censura, puesto que mientras ésta dure no puede recibir el sacramento c 1331 §§ 1 y 2; c 1332; tanto más cuanto que su cesación está en función de la cesación de la contumacia c 1358 § 1, y si ésta no cesa, afectaría a las disposiciones mínimas del penitente c 987.

   Si la pena establecida por la ley ha sido impuesta o declarada, el confesor debe esperar a que sea remitida en el fuero externo, y antes no debe dar la absolución, c 1355 § 1.

   Cuando se trate de una pena latae sententiae de excomunión o de entredicho no declarada, la necesidad de proveer a la paz de la conciencia, sin obligar al delincuente a delatarse a sí mismo, tiene dos soluciones ( en los casos de aborto, que se trata de una acción encaminada directamente a la muerte del feto, desde el momento de la concepción, si dicha muerte se produce c 1398):

1°.- Confesores con capacidad de absolver, en el fuero interno sacramental siempre que la censura no esté reservada a la Sede Apostólica, sin que quede obligación de ulterior recurso: cualquier Obispo, c 1355 § 2; el canónigo penitenciario respecto de los que se encuentren en la diócesis sin pertenecer a ella y respecto a los diocesanos, aun fuera del territorio de la misma, c 508 § 1; los capellanes de hospitales, cárceles y viajes marítimos, dentro de esos lugares c 566 § 2; además de cualquier sacerdote en situaciones de peligro de muerte, c 976.

2.- Cualquier confesor en el llamado caso urgente, es decir “cuando resulta duro al penitente permanecer en estado de pecado grave durante el tiempo que sea necesario para que el superior provea” c 1357 § 1, para todo tipo de censuras latae sententiae no declaradas. Pero hay que añadir que “al conceder la remisión, el confesor ha de imponer al penitente la obligación de recurrir en el plazo de un mes, bajo pena de reincidencia, al superior competente o a un sacerdote que tenga esa facultad y de atenerse a sus mandatos; entretanto, imponga una penitencia conveniente y, en la medida en que esto urja, la reparación del escándalo y el daño c 1357 § 2. El recurso puede hacerse también por medio del confesor, sin indicar el nombre del penitente.

 

 14.- CÓMO CESAN LAS LICENCIAS.

 

   Pueden cesar las licencias por dos causas:

a)         Por ley: cuando se pierde el oficio al que iba aneja esa facultad; por la excardinación, hasta que reciba las licencias del Obispo propio; por cambio de domicilio, como suele ocurrir con los religiosos, hasta que obtenga las nuevas licencias del nuevo ordinario del lugar del domicilio c 975.

b)        Por revocación expresa del superior competente, que no debe revocar sin causa grave, c 974 § 1. (Si las quita el Ordinario del lugar de incardinación o del domicilio, las pierde el confesor tanto para la diócesis como para la Iglesia universal; si las quita otro ordinario, las pierde sólo en el territorio del las revoca, c 974 § 2 ; y a éste le manda que lo comunique al ordinario propio del presbítero por razón de la incardinación, o, si se trata de un miembro de un instituto religioso, a su superior competente, en principio al provincial, c 974 § 3.

 

 15.- EJERCICIO PASTORAL DE ESTE MINISTERIO

 

   A) Funciones del confesor: son las de maestro que orienta; médico que restituye a la vida y a la salud; juez que valora las disposiciones del penitente y le motiva hacia un arrepentimiento más profundo; padre que acoge con amor, reproduciendo la imagen de Cristo Pastor, c 978 y Exh. Ap. “Reconciliatio et paenitentia”.

 

   B) Doctrina que debe aplicar: Si el confesor actúa en nombre de Cristo y de la Iglesia, en su ministerio “debe atenerse fielmente a la doctrina del magisterio y a las normas dictadas por la autoridad competente” c 978 § 2.

  

   C) Obligación de oír en confesión a los files: Al derecho de los fieles a los sacramentos c 213 y 843 § 1, corresponde la obligación de los pastores a atenderlos, por sí o por otros, siempre que lo pidan razonablemente, estén bien dispuestos y no les sea prohibido por derecho a recibirlos, c 986 § 1 , c 843 § 1.

  

   D) Horario de confesiones: El horario de confesiones ha de ser “ en días y horas determinadas que resulten asequibles a los fieles” c 986 § 1.

 

 16 .- SOBRE LA ACUSACIÓN, LA ABSOLUCIÓN Y LA SATISFACCIÓN

  

   a) La acusación de los pecados: Es un deber del penitente la acusación íntegra de los pecados graves c 988 § 1,pero el confesor puede prestarle ayuda.

   “Al interrogar, el sacerdote debe comportarse con prudencia y discreción, atendiendo a la condición y edad del penitente” c 979. “Debe abstenerse de preguntar sobre el nombre del cómplice” c 979.

 

   b) La absolución: No debe negarse ni retrasarse si no hay duda de la buena disposición del penitente y éste pide ser absuelto dice el c 980.

  

   c) La satisfacción: El c 981 dice que el confesor debe imponer una satisfacción saludable y conveniente que el penitente debe cumplir personalmente, según la gravedad y número de pecados y la condición del penitente.

 

 17.- EL SIGILO SACRAMENTAL

 

   El código con gran firmeza en el c 983 § 1 dice “ El sigilo sacramental es inviolable; por lo cual está terminantemente prohibido al confesor descubrir al penitente, de palabra o de cualquier otro modo, y por ningún motivo”. Tanto estas palabras como su protección penal c 1388 § 1, “El confesor que viola directamente el sigilo sacramental incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica”, nos están indicando el sumo valor que la iglesia atribuye a su cumplimiento.

   “Quien lo viola sólo indirectamente, ha de ser castigado en proporción con la gravedad del delito dice el c 1388 § 1b.

 

 18.- USO DE LOS CONOCIMIENTOS ADQUIRIDOS EN CONFESIÓN

 

   ¿Hasta qué punto es posible al confesor usar los conocimientos adquiridos en confesión, supuesto siempre que no haya peligro de violación del sigilo?. La respuesta se encuentra en el c 984.

  

   a) Prohibición a los confesores: “Está terminantemente prohibido al confesor hacer uso, con perjuicio del penitente, de los conocimientos adquiridos en la confesión, aunque no haya peligro alguno de revelación” c 984 § 1.

  

   b) Prohibición a los superiores: El mismo c 984 en el § 2 dice “Quien está constituido en autoridad, no puede en modo alguno hacer uso para el gobierno exterior, del conocimiento de los pecados que haya adquirido por confesión en cualquier momento”. (La prohibición es válida no sólo para los superiores actuales, sino para los confesores que llegaran a ser superiores, de una u otra forma, en el futuro).

  

   c) Discreción suma sobre todo lo oído en confesión: El contenido de la Instrucción del Santo Oficio (9-6-1915), dirigida a los ordinarios del lugar y superiores religiosos, para que corrijan severamente cualquier posible abuso. Entre otras cosas dice “nunca, con ocasión sobre todo de las sagradas misiones y ejercicios espirituales, traten algo relativo a materia de confesión sacramental, bajo cualquier forma o pretexto, ni aún de paso, ni directa ni indirectamente (salvo el caso de tener que hacer una consulta, que debe plantearse según las normas dadas por probadas), tanto en las alocuciones públicas como en las conversaciones privadas”. Aunque este texto no está vigente, bueno será que los confesores lo sigan como importante norma directiva.

 

 19.- TUTELA DE LA SANTIDAD DEL SACRAMENTO CONTRA ALGUNOS ABUSOS ESPECIALMENTE GRAVES.

 

I)                   ABUSOS POR PARTE DEL CONFESOR:

 

   A) Absolución del cómplice.

   Se trata de la absolución dada por el confesor a su cómplice en pecado grave contra el sexto mandamiento del Decálogo.

   El c 977 dice claramente: “Fuera de peligro de muerte, es inválida la absolución del cómplice en un pecado contra el sexto mandamiento”.

   El que atenta absolver incurre en la sanción del c 1378 § 1, que dice: “El sacerdote que obra contra lo prescrito en el c 977, incurre en excomunión latae sententiae reservada a la Santa Sede”.(La absolución es inválida y además se comete delito).

   B) Solicitación en la confesión.

   Se entiende por solicitación en la confesión el delito de provocación a pecar en materia de castidad cometido por el confesor durante el acto de la confesión o en relación inmediata con la confesión.

   El c 1387 determina que “El sacerdote que, durante la confesión, o con ocasión de la misma, solicita al penitente a un pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo, debe ser castigado, según la gravedad del delito, con suspensión, prohibiciones o privaciones; y, en los casos más graves, debe ser expulsado del estado clerical. ( En este caso, tratándose de la máxima pena prevista para los clérigos, la causa se reserva a un tribunal colegial de tres jueces como indica el c 1425 § 1.2).

   En cuanto al sacerdote solicitante, tiene obligación de arrepentirse y cambiar de conducta, así como de reparar el daño hecho. Como no incurre en pena latae sententiae, si está bien dispuesto, puede ser absuelto por cualquier confesor.

 

II.-ABUSOS POR PARTE DE LOS PENITENTES

 

   A) Falsa denuncia del delito de solicitación.

   La falsa denuncia contra un confesor inocente por el delito de solicitación es contemplada en el c 982 que dice: “Quien se acuse de haber denunciado falsamente ante la autoridad eclesiástica a un confesor inocente del delito de solicitación a pecado contra el sexto mandamiento del Decálogo, no debe ser absuelto mientras no retracte formalmente la denuncia falsa y está dispuesto a reparar los daños que quizá se hayan ocasionado.

 

   B) Otros abusos

   Aunque el Código no tipifica otros delitos la SCDF publicó un decreto del 22-91988 (AAS 80, 1988,1367) en el que sanciona con excomunión latae sententiae a quien, con vilipendio del sacramento, g r a b e (en grabadora etc) lo que dice el confesor, o el penitente, sea verdadero o simulado, o a  quien  lo  divulgue por los medios de comunicación social.

 

 20.- EL PENITENTE

 

A)         DISPOSICIONES

   El c 987 dice que “Para recibir el saludable remedio del sacramento de la penitencia, el fiel ha de estar de tal manera dispuesto, que, rechazando los pecados cometidos y teniendo propósito de la enmienda, se convierta a Dios”.

 

B)         DEBERES

   1) Acusación íntegra: El c 988 dice que “El fiel está obligado a confesar, según especie y número, todos los pecados graves cometidos después del bautismo y aún no perdonados directamente por la potestad de las llaves de la Iglesia, ni acusados en confesión individual, de los cuales tenga conciencia después de un examen diligente”.

   2) Al menos una vez al año: El c 989 dice que “Todo fiel que haya llegado al uso de razón está obligado a confesar fielmente sus pecados graves al menos una vez al año”.

   3) Satisfacción: El penitente está obligado a cumplir personalmente la satisfacción que le fuere impuesta según el c 981.

 

   C) DERECHOS

   1) Derecho al sacramento: El c 213 dice que los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales, principalmente la Palabra de Dios y los Sacramentos. Y en el c 843 § 1: “Los ministros sagrados no pueden negar los sacramentos a quienes los pidan de modo oportuno, están bien dispuestos y no les sea prohibido por el derecho a recibirlos.

   2)Derecho a la libre elección de confesor, de entre los legítimamente aprobados, aunque sea de otro rito según el c 991; en los supuestos del c 844 § 2 “En caso de necesidad, o cuando lo aconseje una verdadera utilidad espiritual, y con tal que se evite el peligro de error o indiferentismo, está permitido a los fieles a quienes resulte física o moralmente imposible acudir a un ministro católico recibir los sacramentos de la Penitencia, Eucaristía y Unción de los enfermos de aquellos ministros no católicos en cuya Iglesia son válidos esos sacramentos”.

 3.- Derecho a utilizar intérprete: A nadie se le puede imponer, y a nadie se le puede prohibir, si él lo desea, “siempre que se eviten escándalos y abusos” dice el c 990.

   Hay que recordar la obligación del secreto que grava al intérprete, protegida por posibles sanciones penales contra los infractores, c 1388 § 2.

 

 21.-  CONFESIÓN DE LOS NIÑOS QUE SE PREPARAN PARA LA PRIMERA COMUNIÓN.

 

   Según el c 914 manda que “Los padres en primer lugar, y quines hacen sus veces, así como también el párroco, tienen obligación de procurar que los niños que han llegado al uso de razón se preparen convenientemente y se nutran cuanto antes, previa confesión sacramental, con este alimento divino”.