

Tema 20 :
LA EUCARISTÍA
El Sacramento de la Eucaristía es el que contiene verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de nuestro señor Jesucristo, bajo las apariencias de pan y vino, en todas y cada una de las partes del pan y vino consagrados.
Es por esa razón lemas sublime de los Sacramentos,
de donde manan y hacia el que convergen todos los demás. Es el centro de la
vida litúrgica de la Iglesia. Es la expresión y alimento de la comunión
cristiana.
Así se afirmó en Puebla: “La celebración
eucarística, centro de la sacramentalidad de la Iglesia y la más plena
presencia de Cristo en la humanidad, es centro y culmen de toda la vida
sacramental” (Documento de Puebla, n° 923)
Antes de la llegada de Nuestro Señor Jesucristo, en el
Antiguo testamento encontramos algunos pasajes donde se nos indica algunas
figuras de este Sacramento, o sea que ya fue prefigurado.
La Eucaristía fue también
preanunciada varias veces en el Antiguo Testamento:
Zacarías 9, 17: El Profeta Zacarías predijo la fundación de la Iglesia como una
abundancia de bienes espirituales, y habló del “trigo de los elegidos y del vino que hace
germinar la pureza”.
El Catecismo de la Iglesia católica nos da explicación del nombre de este Sacramento y de su excelencia.
II
El nombre de este sacramento
1328 La riqueza inagotable de este sacramento se expresa mediante
los distintos nombres que se le da. Cada uno de estos nombres evoca alguno de
sus aspectos. Se le llama:
Eucaristía porque es acción de gracias a Dios. Las
palabras "eucharistein" (Lc 22,19; 1 Co 11,24) y "eulogein"
(Mt 26,26; Mc 14,22) recuerdan las bendiciones judías que proclaman -sobre todo
durante la comida - las obras de Dios: la creación, la redención y la
santificación.
1329 Banquete del Señor (cf 1 Co 11,20) porque se
trata de la Cena que el Señor celebró con sus discípulos la víspera de
su pasión y de la anticipación del banquete de bodas del Cordero (cf Ap
19,9) en la Jerusalén celestial.
Fracción del pan porque este rito, propio del banquete
judío, fue utilizado por Jesús cuando bendecía y distribuía el pan como cabeza
de familia (cf Mt 14,19; 15,36; Mc 8,6.19), sobre todo en la última Cena (cf Mt
26,26; 1 Co 11,24). En este gesto los discípulos lo reconocerán después de su
resurrección (Lc 24,13-35), y con esta expresión los primeros cristianos
designaron sus asambleas eucarísticas (cf Hch 2,42.46; 20,7.11). Con él se
quiere significar que todos los que comen de este único pan, partido, que es
Cristo, entran en comunión con él y forman un solo cuerpo en él (cf 1
Cor 10,16-17).
Asamblea eucarística (synaxis), porque la Eucaristía es
celebrada en la asamblea de los fieles, expresión visible de la Iglesia (Cf. 1
Co 11,17-34).
1330 Memorial de la pasión y de la resurrección del
Señor.
Santo Sacrificio,
porque actualiza el único sacrificio de Cristo Salvador e incluye la ofrenda de
la Iglesia; o también santo sacrificio de la misa, "sacrificio
de alabanza" (Hch 13,15; cf Sal 116, 13.17), sacrificio espiritual
(cf 1 P 2,5), sacrificio puro (cf Ml 1,11) y santo, puesto que
completa y supera todos los sacrificios de la Antigua Alianza.
Santa y divina Liturgia,
porque toda la liturgia de la Iglesia encuentra su centro y su expresión más
densa en la celebración de este sacramento; en el mismo sentido se la llama
también celebración de los santos misterios. Se habla también del Santísimo
Sacramento porque es el Sacramento de los Sacramentos. Con este nombre se
designan las especies eucarísticas guardadas en el sagrario.
1331 Comunión, porque por este sacramento nos unimos
a Cristo que nos hace partícipes de su Cuerpo y de su Sangre para formar un
solo cuerpo (cf 1 Co 10,16-17); se la llama también las cosas santas [ta
hagia; sancta] (Const. Apost. 8, 13, 12; Didaché 9,5; 10,6) -es el sentido
primero de la comunión de los santos de que habla el Símbolo de los Apóstoles
-, pan de los ángeles, pan del cielo, medicina de inmortalidad
(S. Ignacio de Ant. Eph 20,2), viático...
1332 Santa Misa porque la liturgia en la que se realiza el misterio de salvación se termina con el envío de los fieles (missio) a fin de que cumplan la voluntad de Dios en su vida cotidiana.
Como se puede comprobar, la mayoría
de acepciones que adopta el catecismo se pueden reducir a tres acepciones: sacramento-sacrificio,
sacramento-comunión y sacramento-presencia.
Para entender mejor lo que se refiere al sacrificio eucarístico,
conviene considerar primero brevemente el sacerdocio de Cristo, ya que
sacerdocio y sacrificio son conceptos correlativos.
Hb 5, 1: Porque todo Sumo Sacerdote es tomado de
entre los hombres y está puesto en favor de los hombres en lo que se refiere a
Dios para ofrecer dones y sacrificios por los pecados. Se trata de la ddefinición que hace la carta a los Hebreos del
sacerdocio.
Ya se ve que, en este texto, lo propio del sacerdote
es ofrecer dones y sacrificios. Ser mediador entre Dios y el pueblo. Debe ser
un hombre que viene del mundo de Dios y conduce al mundo de Dios; ésta y no
otra es su razón de ser. Y así, la Carta a los Hebreos sigue analizando los
matices del verdadero Sacerdote.
Heb 10, 4-14: Pues es imposible que
sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este
mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo.
Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He
aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh
Dios, tu voluntad! Dice primero: Sacrificios y oblaciones y holocaustos y
sacrificios por el pecado no los quisiste ni te agradaron - cosas todas
ofrecidas conforme a la Ley -entonces - añade -: He aquí que vengo a hacer tu
voluntad. Abroga lo primero para establecer el segundo. Y en virtud de esta
voluntad somos santificados, merced a la oblación de una vez para siempre del
cuerpo de Jesucristo. Y, ciertamente, todo sacerdote está en pie, día tras día,
oficiando y ofreciendo reiteradamente los mismos sacrificios, que nunca pueden
borrar pecados. El, por el contrario, habiendo ofrecido por los pecados un solo
sacrificio, se sentó a la diestra de Dios para siempre, esperando desde
entonces hasta que sus enemigos sean puestos por escabel de sus pies. En
efecto, mediante una sola oblación ha llevado a la perfección para siempre a los
santificados. Cristo, Sacerdote
desde el momento de la Encarnación, es nuestro Pontífice que se ofrece en
sacrificio una vez para siempre para obrar así la Redención.
Véase la clara distinción que se hace
de los sacrificios de la Antigua Alianza respecto de los de la Nueva. Los
sacrificios de la Antigua Ley se repiten y no pueden borrar el pecado:
Se llama a Cristo sacerdote según el orden de
Melquisedec:
Recuérdese quién era este Melquisedec: Gn 14, 18-19
que es figura de Cristo: Heb 7,1-3.
Es cierto que Melquisedec es figura de Cristo, pero con una diferencia: el sacerdocio de Cristo es eterno.
Por tanto Cristo no tiene “sucesores”, pero sí
ministros que actúan “in persona Cristo”, es decir en su nombre y con su potestad:
¿Por qué en la Sagrada Escritura aparecen referidas a Jesucristo –y
por prolongación a nosotros, los sacerdotes ministeriales, que participamos de
ese único Sacerdocio de Jesucristo–, las palabras: Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec? (Sl
109,4).
En primer lugar, porque el Sacerdocio de Jesucristo no es del orden de Aarón, cuyo sacerdocio y sacrificios cruentos fueron abolidos al entrar en vigor la Ley nueva, la Ley del Evangelio que trajo Jesucristo Nuestro Señor. Por el contrario, el Sacerdocio de Jesucristo es como el sacerdocio de Melquisedec, que fue rey de Salem (es decir, de Jerusalén), y que ofreció un sacrificio incruento, que fue del pan y del vino, como se narra en el libro del Génesis (14,18), sacrificio que es figura del sacrificio incruento eucarístico, donde se inmola Nuestro Señor bajo las especies de pan y vino.
En segundo lugar, para dar a entender que Melquisedec es sacerdote por vocación de Dios y no por herencia de familia levítica. Como dice el autor de la carta a los Hebreos: Melquisedec, sin padre, sin madre, sin genealogía (7,3); por ese motivo, Melquisedec es modelo de todo sacerdote del Nuevo Testamento. Él, propiamente, ya no pertenece a ninguna familia, sino sólo a Dios.
En tercer lugar, porque es un sacerdocio eterno, como tipo y figura del sacerdocio de Jesucristo. Sigue diciendo el autor de la carta a los Hebreos: Melquisedec es sin principio de días ni fin de vida (7,3). ¿Y qué significa eso de: «sin principio de días y sin fin»? Es un sacerdocio para siempre, un sacerdocio eterno; por tanto, estirpe y figura del único Sacerdocio de Jesucristo. Es de notar que en la carta a los Hebreos se nos habla de eterna salvación (5,9), eterna redención (9,12), eterno espíritu (9,14), eterna herencia (9,15), eterna alianza (9,15).
A Melquisedec, el patriarca Abraham le dió una décima parte (el diezmo) de los mejores despojos (Heb 7,2). Se muestra así la superioridad del sacerdote Melquisedec sobre el mismísimo patriarca Abraham, padre de los creyentes. Y por eso Melquisedec bendijo a Abraham, bendijo al que tenía las promesas. Ahora bien, está fuera de duda que el inferior es bendecido por el superior. Además, los que aquí reciben los diezmos son hombres mortales; mientras que allí uno de quien se afirma que vive. Y, por decirlo así, fue el mismo Leví quien, en la persona de Abraham, que recibe los diezmos, los pagó, porque aún no había nacido cuando le salió al encuentro Melquisedec (Heb 7,6–10).
En cuarto lugar, quiere decir que se trata de un sacerdocio perfecto al cual no se le puede añadir, ni agregar, ni mejorar nada: Si la perfección se hubiese dado por medio del sacerdocio levítico, ¿qué necesidad de que se levantase otro sacerdote según el orden de Melquisedec? (Heb 7,11).
Aarón era incapaz de ofrecer un don perfecto... Hoy sí, por manos de los sacerdotes que somos según el orden de Melquisedec, es ofrecido un don perfecto: el Sacrificio Eucarístico, memorial de la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo. Y esto no por poder de un precepto de una ley carnal, sino por un poder de vida indestructible (Heb 7,16), es decir, con el poder que da la inmortalidad de Nuestro Señor Jesucristo, porque Jesucristo resucitado ya no puede morir, la muerte no tiene ningún poder sobre Él (Ro 6,9). Por eso se nos enseña en Heb 7,24: El sacerdocio de Jesucristo, en cambio, posee un sacerdocio inmutable porque permanece para siempre, y por eso mismo: Tú eres sacerdote para siempre.
Por todo esto, la dignidad del único sacerdocio de Jesucristo no lleva el sello de la imperfección o de la caducidad, sino que es eterna y por tanto, es un sacerdocio «mejor», como tantas veces se habla también, en la carta a los Hebreos, de mejor pacto (8,6); mejor posesión (10,34); mejor patria (11,16); mejor resurrección (11,35); algo mejor (11,40); sangre que habla mejor que la de Abel (12,24).
El sacerdocio ministerial participa, a su manera, de este sacerdocio «para siempre», de este sacerdocio «in aeternum».
Por el sacramento del Orden, los sacerdotes ministeriales recibimos fundamentalmente dos cosas: la gracia santificante y la gracia propia del Orden: el carácter sacerdotal. ¿Qué es el carácter? Lo dice el apóstol San Pablo en la segunda carta a los Corintios: Él es quien nos fortalece juntamente con vosotros en Cristo y el que nos ha ungido, el cual nos ha sellado y nos ha infundido las arras del Espíritu en nuestros corazones (1,21–22). Así como en el bautismo, que también imprime carácter, o la confirmación, también el sacramento del Orden ha marcado con su sello (1,22). Ese es el carácter sacramental, porque propio de este es marcar y sellar alguna cosa, dejando en el alma una señal indeleble que jamás puede borrarse y que le estará siempre adherida.
¿Cuál es la función del carácter sacramental, tanto en el bautismo como en la confirmación, como en el Orden Sagrado? Es carácter para dos cosas: en primer lugar, para ponernos en actitud de recibir, y en este caso, de hacer alguna cosa sagrada; en segundo lugar, para que nos distingamos unos de otros por alguna señal. En el sacramento del Orden que recibe todo sacerdote católico, el carácter sacramental nos da la facultad, la potestad, de hacer y administrar los sacramentos y de predicar la Palabra de Dios. Nos da de manera especial esos poderes tremendos sobre el Cuerpo físico de Cristo: transustanciar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre; y el poder, también tremendo, de perdonar los pecados en su Nombre y con su Poder. A esta potestad se refiere el apóstol San Pablo en la carta a Timoteo: No seas negligente respecto a la gracia que hay en ti, que te fue conferida en virtud de la profecía con la imposición de las manos de los presbíteros (1,14). En la segunda carta dirigida también a Timoteo, recuerda a todos los sacerdotes que sepamos reavivar la gracia que nos ha sido dada por la imposición de las manos el día de nuestra ordenación: Por esta causa te amonesto que reavives la gracia de Dios, que te fue conferida con la imposición de las manos (1,6).
Téngase en cuenta, también, que siendo lo propio del
sacerdote ofrecer dones y sacrificios y siendo Cristo sacerdote según el orden
de Melquisedec ( y no según el orden de Aarón), ha de corresponder a este
sacerdocio un sacrificio propio de este orden, completamente diferente de los
del orden levítico. Cristo se ofrece a sí mismo, es, pues, sacerdote y víctima
a un tiempo, de valor infinito en virtud de la Unión Hipostática.
El Sacrificio de Cristo abarca toda su vida, desde el
primer instante de la Encarnación y culmina en la cruz.
EL ÚNICO SACRIFICIO DE CRISTO SE ACTUALIZA
EN EL ALTAR para irnos aplicando sus méritos redentores (Ver:
Conc. Trid. Ses XXII-Cap.II)[1]. Que la Misa es verdadero sacrificio es de fe (el
banquete sigue al sacrificio): S. Lc 22,19-20. (Tomó
luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi
cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual
modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi
sangre, que es derramada por vosotros).
El texto original griego de la institución de la
Eucaristía, en los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas, emplea el participio
presente. Se trata del Cuerpo de Cristo “dándose” y de la sangre de Cristo
“derramándose”; es, pues, una acción presente.
Obsérvese también que el Cuerpo de Cristo no solamente
se da a los Apóstoles, sino por los Apóstoles y la sangre se derrama “...por
ellos” y “...por muchos” (= la muchedumbre, todos) y, ciertamente,
tal modo de hablar designa un verdadero sacrificio. Además la sangre de Cristo
se derrama para la remisión de los pecados, lo cual designa una acción
sacrificial:
Esta Sangre sella la nueva y eterna Alianza con Dios,
tal como también la antigua Alianza fue sellada con la sangre de las víctimas:
El Sacrificio de Cristo nos da entrada en el Cielo, es
decir, nos da eterna salvación.
Es especialmente importante el vers. 26: Cuantas
veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta
que venga. Anuncio que, como comenta el P. Bover, no es mero recuerdo
histórico, sino una viva reproducción del Sacrificio de Cristo (Biblia
Bover-Cantera). Y esto “hasta que venga”, es decir, hasta la Parusía.
Que es verdadero sacrificio resulta también de: I
Cor 10,16-21:La copa de bendición que bendecimos ¿no es
acaso comunión con la sangre de Cristo? Y el pan que partimos ¿no es comunión
con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, un solo pan y un solo cuerpo
somos, pues todos participamos de un solo pan. Fijaos en el Israel según la
carne. Los que comen de las víctimas ¿no están acaso en comunión con el altar?
¿Qué digo, pues? ¿Que lo inmolado a los ídolos es algo? O ¿qué los ídolos son
algo? Pero si lo que inmolan los gentiles, ¡lo inmolan a los demonios y no a
Dios! Y yo no quiero que entréis en comunión con los demonios. No podéis beber
de la copa del Señor y de la copa de los demonios. No podéis participar de la
mesa del Señor y de la mesa de los demonios.
En este texto, después de haber hablado de la
participación de los cristianos en el sacrificio Eucarístico, habla S. Pablo de
los sacrificios de los judíos y paganos. En el vers. 18 menciona a los que en
Israel comen del altar y son, por lo mismo, partícipes del altar; según el
vers. 20 los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios y, los que comen
de ellos, se hacen partícipes de los demonios y el cristiano no debe participar
de la mesa del Señor y al mismo tiempo de la de los demonios. De este texto se
desprende claramente que, para S. Pablo, la celebración de la Eucaristía era un
verdadero sacrificio.
·
Heb 13,10: Tenemos nosotros un altar del cual no tienen derecho a comer los que
dan culto en la Tienda.
Si hay un altar es porque hay un sacrificio que se ofrece sobre este altar y del cual solamente pueden comer los cristianos. Por consiguiente, la Iglesia tiene la misión de ofrecer a Cristo bajo las especies eucarísticas.
Con las palabras “Haced esto en memoria mía”,
Cristo confiere a los Apóstoles el sacerdocio de la nueva ley que les da la
facultad de ofrecer a Cristo bajo las especies de pan y vino. Por eso dice el
Conc. Vaticano II, “aunque no pueda haber en ella (en la Eucaristía)
presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia”. (Presbyterorum
ordinis, 13), pues “el sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de
que goza... confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo
ofrece en nombre de todo el Pueblo de Dios” (Lumen Gentium, 10); actúa,
pues, como representante de la Iglesia y en bien de la Iglesia.
ASI SE REALIZA LA PROFECÍA DE Mal
1,10-11. ¡Oh, quién de vosotros cerrará las puertas para que
no encendáis mi altar en vano! No tengo ninguna complacencia en vosotros, dice
Yahvé Sebaot, y no me es grata la oblación de vuestras manos. Pues desde el sol
levante hasta el poniente, grande es mi Nombre entre las naciones, y en todo
lugar se ofrece a mi Nombre un sacrificio de incienso y una oblación pura. Pues
grande es mi Nombre entre las naciones, dice Yahvé Sebaot.
Este sacrificio predicho por Malaquías será:
1)
Nuevo, que sustituye a los antiguos.
2)
Universal, se ofrecerá en toda la redondez de la Tierra.
3)
Incruento, pues la palabra “minhah” designa una oblación hecha
sin derramamiento de sangre.
4)
Puro, o sea, agradable a Dios y digno de Él. Pero hay una
sóla ofrenda digna de Dios, Jesucristo.
Malaquías predice un sacrificio propiamente dicho,
pues el verbo hebreo “nagash” se emplea lo mismo para el sacrificio nuevo
(vers. 11), que para los antiguos
(vers. 7 y 8).

IDENTIDAD DE LA MISA CON EL SACRIFICIO DE LA CRUZ
En ambos Cristo es el Sacerdote y la Víctima, pues el
mismo Cristo, que se inmoló en la cruz, se ofrece de manera incruenta en el
altar por medio de sus ministros. Cristo es el sacerdote principal y la
víctima, como se desprende claramente de las palabras de la Institución
Los Apóstoles deben hacer lo que hizo Cristo, cambiar
el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre entregados por nosotros en
sacrificio, a fin de aplicarnos los meritos redentores de Cristo.
DIFERENCIAS ENTRE EL SACRIFICIO DE LA CRUZ Y LA MISA

El
Sacrificio de la Cruz:
1)
es cruento;
2)
se ofrece una sola vez y en un solo
lugar;
3)
en la Cruz
Cristo nos lo merece todo;
4)
Cristo se
ofrece solo.
El
sacrificio de la Misa:
1)
es un
sacrificio incruento;
2)
se ofrece
muchas veces y en muchos lugares;
3)
nada añade
a los méritos de Cristo, pero nos aplica estos méritos;
4)
en la Misa
Cristo se ofrece por
medio de la Iglesia y con ella.
Dice Pablo VI en la encíclica “Mysterium Fidei” (n° 31):
“La
Iglesia al desempeñar la función de Sacerdote y víctima juntamente con Cristo,
ofrece toda entera el Sacrificio de la Misa, y toda entera se ofrece en él. Nos
deseamos ardientemente que esta admirable doctrina, enseñada ya por los Padres,
recientemente expuesta por nuestro predecesor
Pío XII, de inmortal memoria, y últimamente expresada por el Conc.
Vaticano II en la constitución De Ecclesia a propósito del pueblo de Dios, se
explique una y otra vez y se inculque profundamente en el alma de los fieles,
dejando a salvo, como es justo, la distinción, no de grado, sino también de
naturaleza que hay entre el sacerdocio de los fieles y el sacerdocio
jerárquico; porque esta doctrina en efecto, es aptísima para alimentar la
piedad eucarística, para enaltecer la dignidad de todos los fieles y para
estimular a las almas a llegar a la cumbre de la santidad, que no consiste sino
en entregarse por completo al servicio de la Divina Majestad con generosa
oblación de sí mismo”.
Conviene también
leer Lumen
Gentium, 11: “los
fieles... participando del Sacrificio Eucarístico, fuente y cumbre de toda la
vida cristiana, ofrecen a Dios la Víctima divina y se ofrecen a sí mismos
juntamente con ella” “Pues todas sus obras, sus oraciones... el cotidiano
trabajo... las mismas pruebas de la vida, si se sobrellevan pacientemente, se
convierten en sacrificios espirituales aceptables a Dios por Jesucristo (Cf. I
pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía se ofrecen piadosamente al
Padre junto con la oblación del Cuerpo del Señor” (LG n° 34).
Y puede verse también Presbyterorum ordinis, 2;
Lumen gentium, 28 y 50 etc.
Debemos,
pues, ofrecernos con Cristo y vivir todos los instantes de nuestra vida esta
oblación, tal como lo hizo Él: (Rom 12,1:
Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de
Dios, que ofrezcáis vuestros cuerpos como una víctima viva, santa,
agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.)
NOTESE que nuestra verdadera y auténtica participación en la Misa es
ofrecernos con Cristo (por Él, con Él y en Él) a la gloria de toda la Stma.
Trinidad. Por la Misa, Dios es glorificado por Cristo en la Iglesia (Cfr. Ef 3, 20-21: A Aquel que tiene poder para realizar todas
las cosas incomparablemente mejor de lo que podemos pedir o pensar, conforme al
poder que actúa en nosotros, a él la gloria en la Iglesia y en Cristo Jesús por
todas las generaciones y todos los tiempos. Amén.
En la Misa, pues, hay un doble sacrificio:
1.
Como Sacrificio de
Cristo es de valor infinito.
2.
Como Sacrificio de
la Iglesia, de valor finito, mayor o menor, según el grado de santidad que ese
momento existe en los miembros del Cuerpo Místico.

EFECTOS DE LA MISA:
a) Como se
desprende del texto ya citado de Mal 1,10-11, la Santa Misa, siendo la ofrenda
pura, digna de Dios, es por la misma razón, el solo homenaje de adoración y
acción de gracias digno de Él, de valor infinito (efecto latréutico y eucarístico).
Este efecto se produce “ex opere operato” y
de un modo inmediato e infalible. Así recibe la Stma. Trinidad una gloria
infinita de parte de toda la creación. El hombre, podríamos decir, es el
sacerdote de la creación.
b) La Misa es
también un sacrificio propiciatorio, como resulta de las palabras de la
institución, que indican su identidad con el sacrificio de Cristo:
·
S. Lc. 22,19-20.
·
I Cor 11,23-26.
·
S.
Mt 26, 28
La Sangre de Cristo es derramada en remisión de los
pecados. Ahora bien, la Misa se ofrece por los pecados,
no directamente como remisión de ellos, sino, si se trata de un pecador
debidamente arrepentido y confesado, como remisión de la pena temporal que le
ha quedado, una vez perdonada la culpa, y alcanzándole gracias actuales para
evitar pecados futuros. Si se trata de pecadores no arrepentidos, pero que
asisten a Misa, su asistencia les sirve para alcanzar gracias actuales que les
ayudan arrepentirse y salir del pecado.
c) También es la Misa un sacrificio impetratorio o sea, nos alcanza toda clase de gracias, ya que en la Santa Misa ofrecemos a Dios su Hijo, y