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            TEMA 15:   
                     El Cuerpo
                            Místico de Cristo

 

El misterio de la Iglesia es inseparable del misterio de Cristo. Los dos no forman más que uno. Ésa es una enseñanza muy propia de San Pablo y es lo que vamos a estudiar en este tema.

 

ENTRE CRISTO Y NOSOTROS HAY UNA UNIÓN VITAL

 

 

 

 El texto de Pablo es muy ilustrativo si atendemos al original griego:  sumfutoi. Tiene el significado de “unión vital”, “hacerse una sola cosa”. Y eso implica que debemos ser nosotros y Cristo una sola cosa, íntima y permanente; porque si nos separamos dejamos de ser de Cristo y su savia divina no corre por nuestras vidas, y, por lo tanto, morimos.

 

LA IGLESIA ES EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

 

1.      La Iglesia y Cristo forman el Cristo total.

 

Cristo no puede concebirse sin la Iglesia; a través de toda su vida, de todos sus actos, Jesús perseguía la gloria de su Padre, pero la Iglesia era la obra maestra por la cual debía procurar sobre todo esa gloria. Cristo vino a la tierra para crear y organizar la Iglesia. Es la obra a la cual se encamina toda su existencia y la que confirma por su Pasión y muerte. El amor hacia su Padre condujo a Cristo hasta el monte Calvario; pero era con el fin de formar allí la Iglesia y hacer de ella, purificándola amorosamente por medio de su sangre divina, una esposa sin mancha ni lunar (Cfr. Ef 5, 25-26); tales son las palabras de San Pablo. Veamos, pues, lo que es para el gran Apóstol esa Iglesia, cuyo nombre acude con tanta frecuencia a su pluma que resulta inseparable del nombre de Cristo. Podemos considerar a la Iglesia de dos maneras. Como sociedad visible, jerárquica, fundada por Cristo para continuar en la tierra su misión santificante; este organismo visible está animado por el Espíritu Santo; considerada de este modo se la puede llamar el cuerpo místico de Cristo.

Podemos considerar también lo que constituye el alma de la Iglesia, es decir, al Espíritu Santo que se une a las almas mediante la gracia y la caridad.

Es cierto que la unión al alma de la Iglesia, es decir, al Espíritu Santo, por la gracia santificante y el amor, es más importante que la unión al cuerpo de la misma Iglesia, es decir, que la incorporación al organismo visible pero en la economía normal del Cristianismo las almas no entran a participar de los bienes y privilegios del reino invisible de Cristo, sino uniéndose a la sociedad visible.

Cómo se organizó, se desarrolló y se difundió por el mundo esa sociedad establecida por Cristo sobre Pedro y los Apóstoles, para conservar la vida sobrenatural en las almas, se estudió en el Tema 2. Lo que debemos saber es que ella es, en la tierra, la continuadora de la misión de Jesús, por su doctrina, por su jurisdicción, por los sacramentos, por su culto.

a.      Por su doctrina, que guarda intacta e íntegra en una tradición viva y nunca interrumpida.

b.      Por su jurisdicción, en virtud de la cual tiene autoridad para dirigirnos en nombre de Cristo.

c.       Por los sacramentos, con los cuales nos facilita el acceso a las fuentes de ]a gracia que su divino Fundador creó.

d.     Por su culto, que ella misma organiza para tributar toda gloria y todo honor a Cristo y a su Padre.

¿Cómo la Iglesia continúa a Cristo por su doctrina y su jurisdicción? Cuando Cristo vino al mundo, el único medio de ir al Padre era la sumisión entera a su Hijo Jesús: «Este es mi Hijo muy amado; escuchadle» (Mc 1, 7-11). Pero después de su Ascensión, Cristo dejó sobre la tierra a su Iglesia, y esa Iglesia es como la continuación de la Encarnación entre nosotros. Esa Iglesia, es decir, el Soberano Pontífice y los Obispos con los pastores que les están sometidos, nos habla con toda la infalible autoridad del mismo Cristo. Mientras vivía en la tierra, Cristo contenía en sí la infalibilidad: «Yo soy la verdad, yo soy la luz; el que me sigue no anda en tinieblas, sino que llega a la vida eterna» (Jn 14,6; 8,12). Pero antes de dejarnos, confió esta prerrogativa a su Iglesia: «Como mi Padre me envió, os envío yo a vosotros» (Jn 20,21). «Quien os oye, me oye; quien os desprecia, me desprecia y desprecia a Aquel que me envió» (Lc, 10,16). La Iglesia está investida con todo el poder, con la autoridad infalible de Cristo, y a ella debemos la sumisión absoluta de todo nuestro ser, inteligencia, voluntad, energías. La Iglesia, es el único medio de ir al Padre. El Cristianismo, en su verdadera esencia, no es posible sin esta sumisión absoluta a la doctrina y a las leyes de la Iglesia.

Esa sumisión es la que distingue propiamente al católico del protestante. El protestante, por ejemplo, puede creer en la presencia real de Jesús en la Eucaristía; pero si lo hace, es porque considera que esa doctrina está contenida en la Escritura y la Tradición, interpretadas de acuerdo con los dictados de su razón y luces personales; el católico cree porque se lo enseña la Iglesia, que es la que ocupa el lugar de Cristo, los dos admiten la misma verdad, pero de distinto modo. El protestante no se somete a ninguna autoridad, no depende más que de sí mismo; el católico recibe a Cristo con todo lo que ha enseñado y fundado. El Cristianismo es prácticamente la sumisión a Cristo en la persona del Soberano Pontífice y de los pastores que a él están unidos, sumisión de la inteligencia a sus enseñanzas, sumisión de la voluntad a sus mandatos. Este camino es seguro, porque nuestro Señor está con sus Apóstoles hasta la consumación de los siglos (Mt 28, 20), y ha rogado por Pedro y sus sucesores para que su fe nunca vacile ni se extinga (Lc 22,32).

 

La Iglesia es también continuación viviente de su mediación. Cristo después de su muerte ya no puede merecer; pero está siempre vivo intercediendo sin cesar delante de su Padre en favor nuestro. Y al instituir los Sacramentos, fijó y determinó los instrumentos de que iba a servirse para aplicarnos, después de su Ascensión, sus méritos y darnos su gracia.

Pero ¿dónde están los Sacramentos?

Nuestro Señor se los ha confiado a la Iglesia.

·        Mt 28, 19: «Id, dijo, al subir a los cielos, a sus Apóstoles y a sus sucesores, enseñad a todas las gentes, bautizando a todos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

·        Jn 20, 23: Les comunica el poder de perdonar y retener los pecados: «Los pecados serán perdonados a cuantos se los perdonareis, y a los que se los retuviereis, retenidos les serán» (Cfr. Lc 7, 19).

Les dejó el encargo de renovar en su nombre y en memoria suya el sacrificio d e su cuerpo y de su sangre.

Así, pues, los medios oficiales establecidos por Jesús, los veneros de gracia que ha hecho brotar para nosotros, los custodia la Iglesia, y en ella los encontramos, porque a ella se los confió Cristo. Nuestro Señor, en fin, encomendó a su Iglesia la misión de continuar en este suelo su obra de religión.

En la tierra Jesucristo ofrecía a su Padre un cántico perfecto de alabanza; su alma contemplaba sin cesar las divinas perfecciones; y de esta contemplación nacía en ella una adoración y un tributo no interrumpido de alabanzas a la gloria del Padre. Por su Encarnación, Cristo asocia, en principio, todo el género humano a la práctica de esta alabanza, y al subir de nuevo a la gloria, confía a la Iglesia el cuidado de perpetuar en su nombre estos cánticos que suben hasta el Padre. En torno del sacrificio de la Misa, centro de toda nuestra religión, la Iglesia organiza el culto público, que ella sola tiene derecho a ofrecer en nombre de Cristo su Esposo, y, de hecho, establece todo un conjunto de oraciones, de fórmulas, de cánticos, que engastan su sacrificio; en el curso del ciclo litúrgico, ella es quien distribuye la celebración de los misterios de su divino Esposo, de modo que sus hijos puedan cada año vivir de nuevo aquellos misterios, y dar por ellos gracias a Jesús y a su Padre, y beber en ellos la vida divina que iluye de ellos por haber sido vividos antes por Jesús. Todo su culto converge en Cristo. Apoyándose en las satisfacciones infinitas de Jesús, en su calidad de mediador universal y siempre vivo, la Iglesia termina sus plegarias: «Por Jesucristo Nuestro Señor que contigo vive y reina», y del mismo modo, pasando por Cristo, toda adoración y toda alabanza de la Iglesia sube al Padre Eterno y es acogida con agrado en el santuario de la Trinidad: «Por El, y con El y en El, te tributamos a Ti, Dios Padre omnipotente, juntamente con el Espíritu Santo, todo honor y toda gloria» (Ordinario de la Misa).

Y así, la Iglesia está tan unida a Cristo, posee de tal modo la abundancia de sus riquezas, que bien puede decirse que ella es el mismo Cristo viviente en el transcurso de los siglos. Cristo vino a la tierra no ya sólo por los que en su tiempo moraban en Palestina, sino por todos los hombres de todas las edades. Cuando privó a los hombres de su presencia sensible, les dio la Iglesia, con su doctrina, su jurisdicción, sus sacramentos, su culto, cual si quedara El mismo: en la Iglesia, por consiguiente, encontramos a Cristo. Nadie va al Padre -y en el ir al Padre consiste toda la salvación y la santidad- sino por Cristo (Jn 14,6). Pero grabad bien en vuestra memoria esta verdad no menos capital: nadie va a Cristo sino por la Iglesia, no somos de Cristo si no somos, de hecho o por deseo, de la Iglesia; no vivimos la vida de Cristo sino en cuanto estamos unidos a la Iglesia.

 

2.      Cristo es la Cabeza:

·         Ef 1, 22-23: Bajo sus pies sometió todas la cosas y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo.

 

·         Col 1, 18: El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo

·         Rom 12, 4-5: Pues, así como nuestro cuerpo, en su unidad, posee muchos miembros, y no desempeñan todos los miembros la misma función, así también nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo, siendo cada uno por su parte los unos miembros de los otros.

 

            Cabe tener presente: Ef 2, 4-9: Pero Dios, rico en misericordia, por el grande amor con que nos amo, estando muertos a causa de nuestros delitos, nos vivificó juntamente con Cristo - por gracia habéis sido salvados- y con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo Jesús, a fin de mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es un don de Dios; tampoco viene de las obras, para que nadie se gloríe.

Nótese que el egoísmo es el gran pecado contra el Cuerpo Místico.

En la Iglesia de Cristo, hay que distinguir entre cuerpo y alma. Al cuerpo pertenecen los que por el Bautismo han quedado incorporados en la Iglesia visible. Al alma, todos cuantos están en gracia de Dios. Puede suceder por desgracia que alguien pertenezca solamente al cuerpo de la Iglesia y no al alma. Es el caso de un católico en pecado mortal. A la inversa, un no bautizado, pero que ha hecho un acto de contrición perfecta (que equivale al bautismo de deseo) pertenece al alma de la Iglesia, aunque no al cuerpo. Para salvarse es preciso pertenecer al alma de la Iglesia.

 

3.      Los miembros de Cristo:

La unidad del cuerpo no elimina la diversidad de los miembros: “En la construcción del Cuerpo de Cristo existe una diversidad de miembros y de funciones. Es el mismo Espíritu el que, según su riqueza y las necesidades de los ministerios, distribuye sus diversos dones para el bien de la Iglesia” (LG 7).

El Hijo de Dios, encarnándose en las purísimas entrañas de la Virgen Santísima, se hizo cabeza de la humanidad pecadora, para redimirnos del pecado y salvarnos; sólo así podía el hombre unirse sobrenaturalmente a Cristo por medio de la gracia (Jn 15, 4-6).

Nuestro Señor Jesucristo manifestó muchas veces el plan que tenía de incorporarnos a Él sobrenaturalmente como miembros con su Cabeza: “Permaneced en mí, como yo en vosotros... Yo soy la vid y vosotros los sarmientos” (Jn 15, 4-5); “Quien come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él” (Jn 6, 56).

Por eso es preciso mirar a todo el Género Humano a la luz del Cuerpo Místico, aunque cada uno a su manera.

Hay unos miembros que pertenecen de modo directo al Cuerpo Místico:

-         Los bienaventurados (Iglesia triunfante), que ya gozan de la visión beatífica de Dios.

-         Las almas del purgatorio (Iglesia purgante) que habiendo dejado este mundo, están purificándose para entrar en la gloria eterna.

-         Las almas en gracia que aún viven en la tierra.

-         Los pecadores bautizados.

Hay otros miembros que vamos a llamar posibles:

-         Los que aún no son miembros, pero que llegarán un día a serlo.

-         Los que no lo son ni llegarán nunca a serlo.

La posibilidad de que estos dos últimos grupos se incorporen al Cuerpo Místico de Cristo, depende de las gracias actuales que Cristo les ofrece y de su libre albedrío con el que puede aceptar o rechazar la gracia.

Eso quiere decir que los únicos que no tienen nada que ver con ese Cuerpo Místico de Cristo, son los condenados. Pero del resto de la humanidad nadie puede ni debe sernos indiferentes y, con criterio auténticamente cristiano, hemos de ver en todos y en cada uno a un hermano a quien hemos de servir por amor a Cristo.

 

¿Y los ángeles?

 

De este modo habla el Catecismo de la Iglesia Católica:

331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles..." (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para El: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1, 14).

332 Desde la creación (cf Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados "hijos de Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano de Abraham (cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20-23), anuncian nacimientos (cf Jc 13) y vocaciones (cf Jc 6, 11-24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26).

333 De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce "a su Primogénito en el mundo, dice: 'adórenle todos los ángeles de Dios"' (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando E1 habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29-30; 11,8). Son también los ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8-14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5-7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10-11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31 ; Lc 12, 8-9).

 

 

CRISTO COMUNICA A SUS MIEMBROS LA VIDA DE LA GRACIA

 

 

En la Iglesia hay un doble crecimiento:

a)      En número de miembros

b)     En aumento de gracia.

·        Ef 4, 14-15: Para que no seamos ya niños, llevados a la deriva y zarandeados por cualquier viento de doctrina, a merced de la malicia humana y de la astucia que conduce engañosamente al error, antes bien, siendo sinceros en el amor, crezcamos en todo hasta Aquel que es la Cabeza, Cristo.

·         Col 1, 10: para que viváis de una manera digna del Señor, agradándole en todo, fructificando en toda obra buena y creciendo en el conocimiento de Dios.

·        I Pd 2, 1-2: Rechazad, por tanto, toda malicia y todo engaño, hipocresías, envidias y toda clase de maledicencias. Como niños recién nacidos, desead la leche espiritual pura, a fin de que, por ella, crezcáis para la salvación,

·         I Pd 3, 18: Pues también Cristo, para llevarnos a Dios, murió una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, muerto en la carne, vivificado en el espíritu.

 

Debemos tener sumo aprecio por los medios que tenemos para crecer, que son los Sacramentos, como vimos más arriba, y, sobre todo, con el Sacrificio Eucarístico.

 

 

INCORPORACIÓN AL CUERPO MÍSTICO Y CONSECUENCIAS

 

 

Revestirse de Cristo es revestirse del Amor de Cristo, puesto que Dios es Amor. La virtud que debe distinguir a los miembros de Cristo es la CARIDAD. (Jn 13, 34-35:  Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.»)

            Estamos incorporados a Cristo y por tanto todo lo de Cristo es nuestro. Si, como dice San Pablo, en Cristo, hemos muerto al pecado y hemos resucitado, a una nueva vida, en Cristo tenemos derecho a una vida nueva y por tanto al Cielo. En Cristo somos hijos de Dios, participantes de su realeza, de su sacerdocio, ....

 

 

Es interesante corroborar cómo estamos incorporados en Cristo, Hijo de Dios e hijo de María. De la misma manera nosotros, estamos incorporados a Cristo y por eso somos Hijos de Dios e hijos de María. En Cristo tenemos Padre y Madre.

 

 

Según San Pablo, estamos tan incorporados con Cristo, que Él nos lo merece todo y lo quiere compartir todo con nosotros:

Toda la humanidad de Cristo, alma y cuerpo, influye en el alma y en el cuerpo de sus miembros.

  1. Respecto del alma:  Jn 1, 16: Pues de su plenitud hemos recibido todos, y gracia por gracia.
  2. Respecto del cuerpo: Rom 8, 11: Y si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, Aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.

 

 

FUNCIÓN PARTICULAR DE CADA MIEMBRO

 

            Dentro del Cuerpo Místico cada miembro tiene una función particular para servir al bien común:

 

            Según estos textos, todo cuanto tenemos (tiempo, salud, dinero, instrucción, habilidades, la misma enfermedad y sufrimiento...) debe estar al servicio del Cuerpo Místico. Recuérdese la parábola de los talentos ( Mt 25, 14-30).

De todo esto se desprende que la vida cristiana ha de ser un SERVICIO a los hermanos por amor a Cristo que vino a servir y no a ser servido (Cfr. Mt 20, 25-28)

 

 

INFLUENCIA MUTUA.

 

 

            No es sólo doctrina del Nuevo Testamento. En El Antiguo la santidad o la falta moral de un individuo afectaba a los otros, y a veces al Pueblo entero.

 

 

 

TAMBIÉN NUESTROS PADECIMIENTOS SON ÚTILES AL CUERPO MÍSTICO.

 

 

 

DEBERES DE NUESTRA INCORPORACIÓN EN EL CUERPO MÍSTICO.

 

            Para un miembro vivo del Cuerpo Místico, la muerte significa pasar a la Casa del Padre, sobre todo si ha vivido en la fe del Hijo de Dios.

 

CONCLUSIONES TOMADAS

 DEL MAGISTERIO DE LA IGLESIA

 

EL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO ES LA IGLESIA CATÓLICA

Pío XII, en su magistral encíclica “Corporis Christi mystici”, dice: “Para definir y describir esta verdadera Iglesia de Cristo, que es la Iglesia Santa, Católica, Apostólica, Romana, nada más excelente, nada más divino que aquella frase con que se la llama el Cuerpo Místico de Cristo, expresión que dimana y como brota de lo que en las Sagradas Escrituras y en los escritos de los Santos Padres frecuentemente se enseña”.

La doctrina del Cuerpo Místico de Cristo podemos resumirla en estos principios:

1º Todos los cristianos, unidos entre sí, somos miembros de un mismo cuerpo.

2º La Cabeza de este cuerpo es Cristo. Por tanto, todos los cristianos somos también miembros de Cristo, y como tales podemos llamarnos con toda verdad complemento de Cristo, como el miembro, en verdad, es complemento de la cabeza en el cuerpo humano.

3º Cristo es el modelo de perfección al que tiende este cuerpo en su actividad sobrenatural.

 

 

 

LA VIDA DE CRISTO EN SU CUERPO MÍSTICO

Los creyentes que responden a la Palabra de Dios y se hacen miembros del Cuerpo de Cristo, quedan estrechamente unidos a Cristo: “La vida de Cristo se comunica a los creyentes, que se unen a Cristo, muerto y glorificado, por medio de los sacramentos de una manera misteriosa pero real” (LG 7).

Esta unión se da particularmente en el caso del Bautismo, por el cual nos unimos a la muerte y a la resurrección de Cristo (cf Rm 6, 4-5; 1Co 12, 13), y en el caso de la Eucaristía, por la cual, “compartimos realmente el Cuerpo del Señor, que nos eleva hasta la comunión con Él y entre nosotros” (LG 7).

La unión con Cristo produce la caridad entre los fieles: “Si un miembro sufre, todos los miembros sufren con él; si un miembro es honrado, todos los miembros se alegran con él” (LG 7).

La unión con Cristo anula todas las divisiones humanas: “En efecto, todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo: ya no hay judío ni griego; ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (GaL 3, 27-28).

 

EL ESPÍRITU SANTO, ALMA DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

El Cuerpo Místico de Cristo es un cuerpo esencialmente  dinámico, vivo, su principio de unidad y vitalidad es el Espíritu Santo: “Baste para confirmar esto, que siendo Cristo la Cabeza de la Iglesia, el Espíritu Santo es su alma. Lo que es en nuestro cuerpo el alma, eso es el Espíritu Santo en el Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia” (Divinum illud, 1, nº 13, León XIII).

El Concilio Vaticano II, recogiendo la doctrina tradicional de la Iglesia, dice: “Y para que nos renováramos incesantemente en Él (cf. Ef. 4, 23) nos concedió participar de su Espíritu, quien, siendo uno en la Cabeza y en los miembros, de tal modo vivifica todo el cuerpo, lo une y lo mueve que su oficio puede ser comparado por los Santos Padres con la función que ejerce el principio de vida o el alma en el cuerpo humano” (LG, Constitución dogmática sobre la Iglesia, nº 7).

 

LA VIRGEN MARÍA, MADRE DEL CUERPO MÍSTICO DE CRISTO

En la encíclica Mystyci Corporis Pío XII dice que: “La que era Madre corporal de nuestra Cabeza, fue hecha espiritualmente, por un nuevo título de dolor y de gloria (junto a la Cruz de Jesús), Madre de todos los miembros… Ella es Madre Santísima de todos los miembros de Cristo”.

“La Virgen María es verdaderamente la madre de los miembros de Cristo porque colaboró con su amor a que nacieran en la Iglesia los creyentes, miembros de aquella cabeza” (San Agustín).

 

 

 

LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS

Con la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo está íntimamente relacionado el dogma de “la Comunión de los Santos” que profesamos en el Credo. Es uno de los dogmas más hermosos y con-soladores, profundamente enraizado en la Sagrada Escritura y la Tradición Divina.

“Como todos los creyentes forman un solo cuerpo, el bien de los unos se comunica a los otros... Es, pues, necesario creer que existe una comunión de bienes en la Iglesia” (Santo Tomás de Aquino).

La Comunión de los Santos es la comunicación de bienes espirituales, tesoro de la Iglesia, que se da entre los fieles de la tierra, del purgatorio y del cielo por la íntima unión de caridad y solidaridad con que todos están unidos entre sí con Cristo.

El tesoro espiritual de la Iglesia es el conjunto de bienes espirituales, que son: los méritos y frutos infinitos del Señor, los méritos de la Santísima Virgen y de los Santos que son incalculables, el valor y fruto del sacrificio de la Santa Misa y las buenas obras de los fieles: oraciones, sacrificios, sacramentos, apostolado, indulgencias, etc…

Así como la savia se comunica a todas y a cada una de las partes del árbol y la sangre a todas las partes del cuerpo, del mismo modo los fieles de la Iglesia militante se comunican unos a otros los bienes espirituales por la oración, el sacrificio, el buen ejemplo, las obras de caridad.

Los fieles de la  Iglesia militante se comunican con los de la Iglesia purgante con la oración y los sufragios y con la Iglesia triunfante por la oración, el culto y la imitación de las virtudes de los bienaventurados.

 
    APÓSTOLES DE CRISTO

Todo el Cuerpo Místico de Cristo es esencialmente apostólico. Toda la Iglesia es apostólica, en cuanto que fue enviada por Cristo a predicar el Evangelio al mundo entero, todos los católicos deben ser apóstoles: “La vocación cristiana, por su misma naturaleza, es también vocación al apostolado”.

Se llama apostolado “a toda actividad del cuerpo místico” que tiende a “propagar el Reino de Cristo por toda la tierra”. “La fecundidad del apostolado depende de la unión vital con Cristo” (Catecismo Romano, nº 863).

“Misterio verdaderamente tremendo y que jamás se meditará bastante: que la salvación de muchos depende de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Jesucristo dirigidas a este objeto y de la colaboración de los pastores y fieles(...) con lo que vienen a ser cooperadores de nuestro divino Salvador” (Pío XII).

 

 

RECUERDA

 

1. ¿Qué es el Cuerpo Místico de Cristo? El Cuerpo Místico de Cristo es la unión de todos los cristianos entre sí y con su cabeza que es Cristo.

 

            2. ¿Cómo se transmite la vida de Cristo a los miembros de su Cuerpo Místico? La vida de Cristo se transmite a los miembros de su Cuerpo Místico a través de los sacramentos; sobre todo del Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía.

 

            3. ¿Cuál es la definición más excelente de la Iglesia Católica? La definición más excelente de la Iglesia Católica es la de Cuerpo Místico de Cristo.

 

4. ¿Quién es el alma del Cuerpo Místico de Cristo? El alma del Cuerpo Místico de Cristo es el Espíritu Santo, que es quien lo vivifica, une y santifica.

 

5. ¿Quién es la Madre del Cuerpo Místico de Cristo? La Madre del Cuerpo Místico de Cristo es la Santísima Virgen María, porque Ella es la Madre de todos los miembros del Cuerpo Místico de Cristo.

 

6. ¿Qué es la Comunión de los Santos? La Comunión de los Santos es la comunicación de bienes espirituales que se da entre los fieles de la tierra, del purgatorio y del Cielo.

 

7. ¿De qué bienes espirituales se participan en la Comunión de los Santos? Los bienes espirituales de los que participan los fieles de la tierra, el Cielo y el purgatorio son: los méritos infinitos de Nuestro Señor Jesucristo, los de la Virgen Santísima y de los santos, que son incalculables, así como del sacrificio de la Santa Misa y de las oraciones y buenas obras de los fieles.

 

            8. ¿Qué misterio profundo encierra la doctrina de la Comunión de los Santos? El misterio profundo que encierra la doctrina de la Comunión de los Santos es que la salvación de muchas almas depende de las oraciones y voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico.