
IMPORTANCIA DEL TEMA
Pilato
mandó poner en la cruz de Cristo una tablilla con esta inscripción: “Jesús
Nazareno Rey de los judíos”. Pilato se quedó corto, porque Jesús es rey de todos
los hombres, de todos los pueblos y de todas las naciones. Los males que sufren
hoy los hombres y las naciones, tienen su origen en el rechazo de la realeza de
Nuestro Señor Jesucristo.
En la
primera encíclica de su pontificado, Pío XI analizaba las causas de los males
que abrumaban angustiosamente la sociedad de su tiempo. Poco después, el 11 de
diciembre de 1925, publicaba la encíclica “Quas Primas”, proponiendo como único
remedio para la salvación de los pueblos y las naciones la aceptación de la
realeza de Cristo.
El Papa comienza la encíclica
haciendo:
“dos claras afirmaciones: El mundo ha
sufrido y sufre este diluvio de males porque la inmensa mayoría de la humanidad
ha rechazado a Jesucristo y su santísima ley en la vida privada, en la vida de
familia y en la vida pública del Estado; y es imposible toda esperanza segura de
una paz internacional verdadera mientras los individuos y los Estados nieguen
obstinadamente el reinado de nuestro Salvador. Por esto, advertimos entonces que
la paz de Cristo hay que buscarla en el reino de Cristo” (Quas Primas, nº
2).
Vemos la importancia que el Papa da a este tema y por eso debemos beber
de las fuentes de la Escritura para considerar la realeza de
Cristo.
Le corresponde la primacía de todo porque es el
PRIMOGÉNITO DEL PADRE
·
Hb 1, 6: Y nuevamente al introducir a
su Primogénito en el mundo dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios.
· Col 1, 15-18: El es Imagen de Dios invisible, Primogénito de toda la creación, porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él, él existe con anterioridad a todo, y todo tiene en él su consistencia. El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia: El es el Principio, el Primogénito de entre los muertos, para que sea él el primero en todo
POR TANTO, tiene derecho a todo y sobre todos y
cuando llama ha de ser obedecido.
· Mt 10, 37-38: El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue detrás no es digno de mí.
·
Rom 14,
9: Porque Cristo murió y volvió
a la vida para eso, para ser Señor de muertos y
vivos.
· I Pd 1, 18-19: Sabiendo que habéis sido rescatados de la conducta necia heredada de vuestros padres, no con algo caduco, oro o plata, sino con una sangre preciosa, como de cordero sin tacha y sin mancilla, Cristo.
·
I Pd 2, 9: Pero vosotros sois linaje
elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las
alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su admirable
luz.
Su
reino está en el mundo, pero no es del mundo.
El mismo Papa en la encíclica citada “Quas Primas” en el número 5
afirma:
Es el mismo Cristo el que da testimonio personal de su reino en tres
ocasiones: en su último discurso al pueblo, al hablar de las penas reservadas
perpetua-mente a los justos y a los condenados; en su respuesta al gobernador
romano que públicamente le preguntaba si era rey; y, finalmente, después de su
resurrección, al comunicar a los apóstoles la misión de enseñar y bautizar a
todas las gentes.
Siempre que tuvo ocasión, Cristo se atribuyó el título de Rey (Mt 15, 31-41), confirmó plenamente su realeza (Jn 18, 37) y declaró solemnemente que le había sido dado todo poder en el cielo y en la tierra (Mt 28, 18).
¿EN QUÉ CONSISTE EL REINO DE
CRISTO?
Cristo enseña la verdad, Él mismo
es la verdad. Luego verdad y Cristo coinciden. Rey y reino son la misma cosa.
Hablar del reino es hablar del Rey y eso significa hablar verdad.
La vida eterna consiste en conocer
–con el matiz semita de amar- a Dios y a Cristo.
Jn 17, 17-19: Santifícalos en
la verdad: tu Palabra es verdad. Como tú me has enviado al mundo, yo también
los he enviado al mundo. Y por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos
también sean santificados en la verdad. Como la
Palabra es la verdad y la verdad o la Palabra encarnada es Cristo, sólo el que
vive en la verdad es de Cristo. Por eso Cristo consagra en esta verdad a los
Apóstoles y con ellos, como fundamento que son, a la Iglesia. La Iglesia está
para darnos la verdad y con ella la vida.
Todos estos textos apuntan a enseñar con magna claridad que los Apóstoles y sus sucesores (El Colegio Episcopal con el Papa a la Cabeza) no puede equivocarse, pues está consagrado en la verdad y tiene la asistencia del Espíritu de la Verdad.
Por eso los Obispos deben velar por la conservación y recta transmisión de la fe e impedir que se enseñen doctrinas falsas. Ya San Pablo lo encargaba a Timoteo:
Y para asegurar plenamente el reino de la verdad, Cristo hace a Pedro personalmente infalible, como pastor supremo que ha de apacentar a todo el rebaño con la doctrina de la verdad. (Ver Tema O2. La Verdadera Iglesia de Jesucristo)
Jn 8, 12: Jesús les habló otra vez
diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la
oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida.»
En los dos últimos textos la relación entre CREER en Cristo y obtener LA
VIDA es muy singular. Se trata de creer en sentido bíblico, es decir, aceptar la verdad que nos trae Cristo de tal
manera que se viva en todo conforme a ella.
Esta vida nos la comunica Cristo a través y por
medio de su Iglesia, mediante los SACRAMENTOS. Pero sobre todo por medio del
Sacramento de la Eucaristía.
Y en el Sacramento de la
Reconciliación:
La verdad y la vida nos
viene de Cristo a través de su Iglesia. Hasta el fin de los
tiempos Cristo sigue siendo para cada alma Camino, Verdad y Vida gracias a su
Iglesia. Y la Iglesia nos aplica los méritos redentores de Cristo, para sacar a
las almas del error y del pecado, y comunicarles la vida de la gracia. Así la
Iglesia engendra para nosotros vida. La Iglesia es nuestra
Madre.
Veamos también cómo Cristo es causa de salvación
eterna para todos los que le obedecen:
Y que obedecer a Cristo es obedecer a la
Iglesia:
De aquí se deduce la potestad que tiene la
Iglesia para establecer el Reino de Cristo:
Que, sin lugar a dudas, lo hace para la
edificación, es decir para la construcción del Cuerpo Místico de
Cristo:
Será muy importante obedecer a los Obispos: Hb 13, 17 (Obedeced a vuestros dirigentes y someteos a ellos, pues velan sobre vuestras almas como quienes han de dar cuenta de ellas, para que lo hagan con alegría y no lamentándose, cosa que no os traería ventaja alguna).
El Reino de Cristo no se opone a ningún reino de
la tierra, tan sólo al reino de las tinieblas.
Acá
debemos recordar la importancia de los pastores y doctores en la edificación del
Cuerpo Místico de Cristo.
El Reino de Cristo ha de alcanzar toda plenitud
en las Parusía. Debemos notar que el último enemigo destruido será la muerte Así
debe ser porque ya hemos aprendido que el Reino de Cristo es un reino de vida y
de vida eterna.
Por tanto,
debemos crecer como el granito de mostaza. Nuestro crecimiento ha de ser en
verdad y vida, o sea en conocimiento de Cristo y en
gracia.
Esa
incorporación al Reino de Cristo se hace por medio del Bautismo. Y va creciendo
en la medida en que se llena de la verdad y la vida de Cristo. Si Cristo reina
en la inteligencia, la voluntad y la afectividad del hombre el cristiano empieza
a ser dueño de sí mismo y actúa como rey de la creación.
¿CÓMO REPERCUTE EN NUESTRA VIDA
ESPIRITUAL EL REINO DE CRISTO?
1.
Debemos animarnos a
vencer cuanto se opone al reino de Cristo en nosotros: error, pecado, actitudes
falsas.
·
Rom 14, 17: Que el Reino de Dios no es
comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo.
· Rom 6, 11-13: Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús. No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal de modo que obedezcáis a sus apetencias. Ni hagáis ya de vuestros miembros armas de injusticia al servicio del pecado; sino más bien ofreceos vosotros mismos a Dios como muertos retornados a la vida; y vuestros miembros, como armas de justicia al servicio de Dios.
·
Ap 3, 21:
Al vencedor le concederé
sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en
su trono.
Por tanto, lo que nos hace reyes con Cristo es esta victoria sobre lo que
en nosotros se opone a su reino.
2.
Debemos luchar por
establecer el reino de Cristo en otras almas con la oración, el ejemplo, la
palabra...
El Reino de Cristo nos exige esfuerzo, lucha, perseverancia en el
esfuerzo hasta el final. El reino de los cielos padece violencia y quienes se la
hacen son los que lo arrebatan:
Y no es
apto para el reino de los cielos quien pone la mano en el arado y se echa
atrás.
Seamos,
pues, de los que vencen para sentarnos en el trono de
Cristo.
ESPIGANDO EN
LA “QUAS PRIMAS”
LA REALEZA DE CRISTO EN EL
MAGISTERIO DE LA IGLESIA
“De esta enseñanza común a todos los Libros
Sagrados se siguió, como consecuencia necesaria, el hecho de que la Iglesia
Católica, reino de Cristo en la tierra, destinado a extenderse a todos los
hombres y por todas las naciones, celebrase, con multiplicadas muestras de
veneración, durante el ciclo anual de la liturgia, a su Autor y Fundador como
Rey, Señor y Rey de los reyes” (Quas Primas, nº 5).
El símbolo Niceno-Constantinopolitano (siglo IV)
dice de Cristo que “su reino no tendrá fin”.
León
XIII enseña que Cristo es “Rey y Señor de todo el
universo”.
San Pío X, en el documento que condena
el movimiento “Le sillón”, abanderado de la democracia moderna, dice: “No se
levantará la sociedad si la Iglesia no pone los cimientos y dirige los trabajos,
no; la civilización no está por
inventar, ni la ciudad nueva por construir en las nubes. Ha existido,
existe; es la civilización cristiana, es la ciudad católica. No se trata más que
de instaurarla y restaurarla sin cesar sobre
sus fundamentos naturales y divinos
contra los ataques siempre nuevos de la utopía malsana de la revolución y de la
impiedad: Omnia instaurare in Christo” (Notre charge apostolique, 11 San
Pío X).
Pío XII, al iniciar su pontificado, declaró:
“Aprovechando de buena gana esta oportunidad, Nos queremos que el culto debido
al Rey de reyes y al Señor de los señores sea como la plegaria introductoria a
nuestro pontificado, cumpliendo así los deseos de mi predecesor” (Summi
Pontificatus, 2).
LA REALEZA DE
CRISTO EN EL MAGISTERIO CONTEMPORÁNEO
La doctrina de la realeza de Cristo está muy
presente en los documentos del Concilio Vaticano II: “La Iglesia ha nacido con
este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios
Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora y
por medio de ellos ordenar realmente todo el universo a Cristo” (Apostolicam
actuositantem, 2).
“Es obligación de toda la Iglesia
trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente el
orden temporal y ordenarlo hacia Dios por Jesucristo. Toca a los Pastores el
manifestar claramente los principios sobre el fin de la creación y el uso del
mundo y prestar los auxilios morales y espirituales para instaurar en Cristo el
orden de las realidades temporales. Es preciso, sin embargo, que los seglares
acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal y el actuar
directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del
Evangelio y la mente de la Iglesia” (Apostolicam actuositatem,
7).
En
su primera homilía como Papa, Juan Pablo II dijo: “Hermanos y hermanas, no
tengáis miedo de acoger a Cristo y de aceptar su potestad, ayudad al Papa y a
todos los que quieran servir a Cristo. En nuestro conocimiento y, con la
potestad de Cristo, servid al hombre y a la humanidad entera. No temáis. Abrid,
más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo. Abrid a su potestad
salvadora los confines de los Esta-dos, tanto los sistemas económicos como los
políticos, los campos extensos de la cultura, de la civilización y del
desarrollo. No temáis”.
FUNDAMENTOS
DE LA REALEZA DE CRISTO
Es
San Cirilo de Alejandría el que describe acertadamente el fundamento de esta
dignidad y de este poder de nuestro Señor: “Posee Cristo el poder supremo sobre
toda la creación, no por violencia ni por usurpación, sino en virtud de su misma
esencia y naturaleza”.
La autoridad de Cristo se funda en la
admirable unión hipostática. De donde se sigue que Cristo no sólo debe ser
adorado como Dios por los ángeles y los hombres, sino que, además, los ángeles y
los hombres deben sumisión y obediencia a Cristo en cuanto hombre; en una
palabra, por el solo hecho de la unión hipostática, Cristo tiene potestad sobre
la creación universal.
¿Hay realidad más dulce y consoladora para el
hombre que el pensamiento de que Cristo reina sobre nosotros, no sólo por un
derecho de naturaleza, sino además por un derecho de conquista adquirido, esto
es, el derecho de la Redención? Ojalá los hombres olvidadizos recordasen el gran
precio con que nos ha rescata-do nuestro Salvador: “Habéis sido rescatados... no
con plata y oro corruptibles, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de
cordero sin defecto ni mancha” (1 Ped 1, 18-19)" (Quas Primas,
6).
EL REINO DE
CRISTO ES ESPIRITUAL
“Los textos citados de la Biblia demuestran con
toda evidencia que este reino es principalmente espiritual y que su objeto
propio son las realidades del espíritu, conclusión confirmada personalmente por
la manera de obrar del Salvador. Porque en varias ocasiones, cuando los judíos y
aun los mismos apóstoles juzgaron equivocadamente que el Mesías devolvería la
libertad al pueblo judío y restablecería el reino de Israel, Cristo deshizo y
refutó esta idea vanamente esperanzada. Cuando la muchedumbre, maravillada,
quería proclamarle rey, Cristo rehusó este honroso título huyendo y
escondiéndose en la soledad.
Los evangelios describen este reino
como un reino cuyo ingreso exige una penitencia preparatoria, ingreso que a su
vez sólo es posible por medio de la fe y del bautismo, el cual, si bien es un
rito exterior, significa y produce la regeneración del alma. Este reino se opone solamente al reino de
Satanás y a la potestad de las tinieblas, y exige de sus súbditos no sólo que,
con el desprendimiento espiritual de las riquezas y de los bienes temporales,
observen una moral pura y tengan hambre y sed de justicia, sino que exige además
la abnegación de sí mismos y la aceptación de la cruz" (Quas Primas,
8).
EL REINO DE
CRISTO ES TEMPORAL
“Por otra parte incurriría en grave error el que
negase a la humanidad de Cristo el poder real sobre todas y cada una de las
realidades sociales y políticas del hombre, ya que Cristo como hombre ha
recibido de su Padre un derecho absoluto sobre toda la creación, de tal manera
que toda ella está sometida a su voluntad.
La autoridad del Redentor abarca a
todos los hombres; extensión bien declarada por nuestro predecesor, de inmortal
memoria, León XIII, con las siguientes palabras que hacemos nuestras: “El poder
de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que,
por haber recibido el bautismo, pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el
error los tenga esclavizados o el cisma los separe de la caridad, sino que
comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de tal manera que
bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano”.
Y
en esta extensión universal del poder de Cristo no hay diferencia alguna entre
los individuos y el Estado, porque los hombres están bajo la autoridad de Cristo
tanto considerados individualmente como efectivamente en sociedad. No nieguen,
pues, los gobernantes de los
Estados el culto debido de veneración y obediencia al poder de Cristo, tanto
personalmente como públicamente, si quieren conservar incólume su autoridad y
mantener la felicidad y grandeza de sus Patrias" (Quas Primas,
8).
FRUTOS DEL
RECONOCIMIENTO DE LA REALEZA DE CRISTO
“Por tanto, si los hombres reconocen pública y privadamente la regia potestad de Cristo, necesariamente recogerá toda la sociedad civil increíbles beneficios, como son los de una justa libertad, una disciplina-da tranquilidad y una pacífica co