Medida, número, y peso

"Tú todo lo dispusiste con medida, número, y peso" (Sab 11,20).

Los grandes doctores de la Iglesia ven en este versículo una alusión velada al hecho de que en toda la creación hay vestigios de semejanza con la Santísima Trinidad del Creador. Santo Tomás, por ejemplo, dice: "La medida se refiere al ser de la cosa limitada por sus principios, el número se refiere a la especie, y el peso al orden" (Orden significa aquí la inclinación, peso o gravitación de las cosas a su fin) (S. Th. I q 45 a 7 c).

Si decimos que una tabla "mide" tres metros es que los contiene y, por tanto, los limita. Esto hace la materia con la forma. Le hace como de molde, de matriz, de madre. Esa especie de maternidad que hay en las cosas la apropiamos a la persona del Padre.

Las especies son las formas que especifican a la materia que las mide, y Aristóteles dice que las formas cambian como los "números". Es claro que los números y las especies son cosa de la inteligencia, y como el Hijo procede del Padre por vía de inteligencia, podemos apropiar los números, las especies, las formas, la "información" que vemos en las cosas a la persona del Hijo. Llamamos a las ideas "conceptos" porque cuando se generan en nuestra inteligencia lo hacen con una especie de concepción filial.

El "peso" es la inclinación que pone los cuerpos en movimiento hacia su fin y su bien. San Agustín nos enseña que "los pesos son como los amores de los cuerpos" ("La Ciudad de Dios" XI,27). Como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio por vía de amor, le apropiamos las cosas de amor, atracción y movimiento. Y porque el viento impulsa y mueve los veleros, las hojas de los árboles, y las nubes, también apropiamos los efectos del viento al Espíritu Santo. Dice Santo Tomás que las Sagradas Escrituras refieren muchas veces al Espíritu Santo el soplo de los vientos (S. Th. I q 74 a 3 s 4). No deja de ser curioso que el gran astrónomo, director del Observatorio del Ebro, P. Luis Rodés S.J. en su libro "El Firmamento" desarrolle una teoría de la gravitación que la supone efecto de un viento interestelar.

¿Tendrán razón los pitagóricos cuando dicen que todas las cosas son números?. San Agustín, en un pasaje de "La Ciudad de Dios" (XI,31) en el que ha analizado diversos usos de los números en las Sagradas Escrituras dice: "dejemos el número, no sea que olvidemos el peso y la medida". Si sólo miramos el número, nos hacemos como los racionalistas que piensan que los números y los entes matemáticos son los constitutivos de las cosas, como dijeron Pitágoras y Descartes, y ahora Hawking y Wheeler. Digamos, de paso, que también si sólo miramos la medida nos hacemos materialistas como los que dicen que no hay nada espiritual, herederos de Demócrito y Epicuro y seguidores de Marx. Y también, si sólo miramos el peso, nos hacemos energicistas como los que se creen que no hay nada estable y que todo es historia, cambio y movimiento, seguidores de Heráclito y Leibnitz. Como los que dicen que "todo son vibraciones".

Sin embargo, si miramos la medida, el número y el peso, podemos decir que en la medida del molde material, Dios imprime los números de las especies, y lo impulsa todo con su Espíritu. ¨Y qué suena?.

Suena el silencio sideral de las noches estrelladas,
y los arrullos del mar en las rocas bravas y en los arrecifes de coral.
Suena el zumbido de la abeja que nos endulza con sus mieles.
El silbo del pastor y las esquilas del rebaño.
Suena el retumbar de los aludes y el estampido de los truenos.
El cantar del jilguero y el susurro de las brisas.
Los silbos de los vientos en las lianas amazónicas,
y el tumulto de las aguas entre el Erie y el Ontario,
y el aleteo del cóndor cuando pasa por los Andes,
y el chapoteo de los cisnes en su lago,
y la salve en los Carmelos,
y los kyries cartujanos,
de los que rezan dos veces porque cantan,
y de los que quién sabe las veces que rezan porque bailan,
como los peces en el río, por ver a Dios nacido,
porque "nada existe sin música", dice San Isidoro de Sevilla.
Es la sinfonía del orden del universo y de sus causas.

"Nada existe sin música. El mundo fue compuesto según una armonía de sonidos, y hasta los cielos giran con modulaciones armónicas". ("Etimologías" III,17).


Yo os invito a oír esta música en paz, a solas, para ver el don de Dios, y gozarse en Él, desde la del hilillo de la fuente hasta la de los misterios eucarísticos, sin polémicas, sin pensar que hay que discutir con progresistas y escépticos, con relativistas y materialistas. Sólo viendo y oyendo para amar.

Y así, además de los "kyries" de esta vida, poder ya cantar, con todos los ángeles y arcángeles, el "Gloria" y el "Sanctus" cuyos ecos reverberarán por toda la eternidad.

Manuel Mª Domenech Izquierdo


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