María victoriosa de todas las herejías

María victoriosa de todas las herejías

(Publicado en la revista Cristiandad, agosto 1973)

La historia de la dialéctica del error, remordiéndose intrínsecamente en feroz lucha de extremos opuestos, ciega a la luz de la verdad, girará siempre alrededor de los tres goznes que constituyen el misterio de la esperanza cristiana, intentando desquiciarlo con las herejías contra el misterio de Cristo Salvador, las herejías contra el misterio de la salvación y las herejías contra el misterio del hombre salvado.

La Iglesia ha combatido siempre estas herejías, pero a través de la historia ha tenido, en cada momento, que concretar sus ataques contra alguna de ellas. Así, defendió, en Efeso, el misterio de Cristo Salvador contra los que decían que Cristo fue primero un puro hombre, y en Calcedonia contra los que quitaban a Dios el poder de hacerse hombre.

Defendió el misterio de la salvación en Orange y Cartago contra los que decían que los hombres pueden ser buenos por sí mismos, y en Trento contra los que quitaban a Dios el poder de hacer bueno al hombre.

El misterio del hombre salvado fue defendido en el concilio Vaticano I contra los que decían que el hombre puede considerarse salvado si consigue un perfecto desarrollo evolutivo simplemente natural por medio de sus solas fuerzas. Aunque esto, por desgracia, todavía lo creen muchos. Y, también, en el Vaticano II contra los que creen que Dios es incapaz de salvar la naturaleza, subsumiéndola en la gloria que comunica la sobrenaturaleza que constituye la participación de la vida divina. Aunque esta herejía es ya sostenida por muy pocos.

En los tres casos ha tenido que combatir contra pares de herejías opuestas que obedecen, por un lado, al error genérico: "Lo que es posible a Dios, también es posible al hombre". Y por otro lado, al error opuesto: "Lo que es imposible al hombre, tampoco es posible a Dios"; siendo así que la verdad es que: "Lo que es imposible al hombre, es posible a Dios" (Lc. 18, 27).

Por todo ello es claro que la que está en mejor posición para combatir y vencer en favor de la verdad, es la que se considera grande y llamada bienaventurada por todas las generaciones, a causa de que el Señor haya mirado la pequeñez de su sierva, para acordarse de su misericordia como prometió a Abraham y a su linaje para siempre. En efecto, la Iglesia ha invocado muchas veces a María como vencedora de todas las herejías en el universo mundo. Véase, por ejemplo el tomo 128 de B. A. C. "Doctrina Pontificia IV, Documentos Marianos" índice alfabético: Victoriosa. Incluso la misma liturgia canta: "Alégrate, Virgen María, de haber, vos sola, destruido todas las herejías".

El misterio de Cristo Salvador, es expresado por los labios cristianos cuando invocan a Santa María Madre de Dios. Este fue el canto triunfal del pueblo de Efeso, después del inmortal concilio. La maternidad divina de María es tan incompatible con el error de que Jesucristo fue primero un puro hombre, como con el error de que la segunda persona de la Santísima Trinidad no tomó verdadera naturaleza humana. Nada de Jesucristo existió sin ser de El, es decir del Verbo Divino; ni su cuerpo, ni su sangre, ni su alma humana. María no fue madre de un puro hombre primero, que luego fuera adoptado como hijo por la divinidad. Pero es que, además, si el Verbo Divino no hubiera tomado verdadera naturaleza humana, tampoco podría llamarse a María, Madre de Dios; eso solo puede ser cierto, si el Verbo toma a María por Madre a través de una verdadera humanidad.

El misterio de la salvación queda patente a la luz de la Concepción Inmaculada de María. Dice San Agustín (Lib. II De Peccat. Mer. capítulo 35) que no hay que desviarse ni a la derecha con soberbia presunción de justicia, ni a la izquierda con tranquila delectación de pecado. Mirando a María Con-cebida sin Pecado, no hay peligro de creer que lo que salva es el cumplimiento de la ley, porque María fue libre de todo pecado, antes de cualquier posible merecimiento propio. Además, es también imposible caer en tranquila delectación de pecado, pues viéndola a ella Inmaculada, no puede uno dejar de creer que la gracia hace al hombre realmente bueno. La confianza en María nos aleja de la soberbia presunción de justicia, pues reconociéndola como Medianera de Todas las Gracias, nos mantiene en la humildad de reconocer la necesidad de la gracia y el hecho de que todo bien viene de Dios. Por otro lado, su pureza inmaculada nos aleja de la tranquila delectación de pecado, favorece el arrepentimiento y el propósito de la enmienda. Es curioso que los protestantes no acostumbren a tener devoción a la Santísima Virgen, y sin embargo, es precisamente en su regazo donde debe pensarse que la salvación no depende de nosotros.

María Asunta, al cielo en cuerpo y alma, es clara manifestación de la congruencia de la visión beatífica sobrenatural, con la redundancia de la gloria en lo corporal. Con ella queda iluminado el misterio del hombre salvado.

María, la que visitando a su prima Santa Isabel, yendo a darle humana ayuda y compañía, hizo saltar de tal modo al precursor del Mesías, que fue lleno del Espíritu Santo. La sola presencia de María concebida sin pecado, es el medio de que quiere valerse la Augusta Trinidad, para comunicar su gracia de manera que Juan vea la luz de este mundo en estado de justicia.

María, preocupada como madre solícita por cosas humanas, consiguió de Jesucristo que prefigurarse el misterio de su Sangre, transformando el agua en vino, en unas bodas de Caná de Galilea.

María, es precisamente quien, con su cuerpo ya glorificado, puede disuadirnos a los hombres de nuestro siglo, de nuestros intentos de alcanzar bienaventuranza en el ámbito de un progresismo panteísta y evolutivo. Solo con la mirada puesta en María, puede trabajarse en este mundo en pro de su consagración, sin mancharse con el humo y las cenizas del anticristo.
Manuel M. Domenech Izquierdo


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