La Medalla Milagrosa

La Medalla Milagrosa

(Publicado en la revista Cristiandad, diciembre 1973)

París, un hormiguero en medio de un hermoso jardín, en frase de Lábbé Rodhain, tiene un barrio que para Jean Guitton es místico. Dice él, que allí un pequeño gorrión podría saltar de jardín de convento en jardín de convento sin tocar ni una sola rama laica. Precisamente en ese barrio, en el número 140 de la Rue du Bac, cerca de la estación de SevresBabylone, se encuentra la capilla del convento de las Hijas de la Caridad, llamada la capilla de la Medalla Milagrosa.

Fue en esa capilla donde, la que Pío XII gustaba llamar la santa del silencio, Catalina Labouré, mantuvo dulces entrevistas con la Santísima Virgen, en julio y noviembre de 1830.

Peregrinos de los cinco continentes visitan continuamente la Capilla, superando, según se dice, a los que suben cada año a la Torre Eiffel. Sin ruido y sencillamente, como un eco perenne del silencio de Santa Catalina Labouré.

Catalina Labouré

El 2 de mayo de 1806 nace Catalina-Zoe Labouré en una granja de Fain-les Moutiers, una aldea de Borgoña. Es la novena hija de una familia compuesta por once hermanos, ocho varones y tres hembras. Criada en un ambiente campesino Catalina aprende sus primeras oraciones en el calor de una familia en la que Dios tiene reservado el primer lugar. Muere su madre cuando ella apenas cuenta nueve años de edad; privada de la ternura materna tiene que refugiarse en su hermana mayor María Luisa, pero dos años más tarde ésta ingresa en el convento de las Hijas de la Caridad de Langres y la pequeña Catalina tiene que ponerse al frente de la granja; no obstante, a pesar del inmenso trabajo que esto le reporta, cada día, al alba, se dirige a la Iglesia de Moutiers-Saint Jean para oír misa; en 1818 hace su primera comunión. Según testimonio de su hermana pequeña, Tonine, Catalina se impone duras penitencias, ayunando el viernes y el sábado además de trabajar en las faenas más duras de la granja. Siempre que el trabajo se lo permite se refugia en la pequeña iglesia de Fain y aIIí, sobre las losas de piedra, reza hasta que el frío le hiela las rodillas.

Cerca ya de los 19 años, un sueño extraordinario le confirma el verdadero sentido de su vida. Tonine ya puede ponerse al frente de la granja, por lo tanto Catalina habla a su padre de su deseo de entrar en la orden de las Hijas de la Caridad. La respuesta del padre es rotundamente negativa, la santa se somete a la voluntad paterna.

En 1828 cuando cuenta 22 años la envía a casa de su hijo Carlos, que tiene un restaurante en París, con ánimo de que se distraiga y olvide sus ideas. Nunca más volverá a ver Catalina el campanario de la pequeña iglesia de Fain-les Moutiers.

Catalina tiene que soportar en el ruidoso restaurante un gran sufrimiento, la prueba dura un año; hasta que una de sus cuñadas se la lleva a ChatilIon, ciudad en donde dirije un pensionado para jóvenes señoritas borgoñonas; aquí aprende a leer y a escribir, pero sus compañeras son tan diferentes a ella, que se siente sola. En esta ciudad se encuentra una casa de las Hijas de la Caridad, y un día Catalina, aprovechando la coincidencia, visita a la Superiora, le habla de su vocación, y ésta la acepta. De forma que el 20 de enero de 1830, tras conseguir con esfuerzos el consentimiento de su padre, es recibida como postulante en el Hospicio de Caridad de Chatillon-surSeine; en abril de este mismo año Catalina franquea la gran puerta de la Casa Madre de las Hijas de la Caridad de la rue du Bac de París para empezar su período de formación.

Fue en la primavera de 1830, en puertas de la revolución de julio, cuando despuntaron las primeras fiores místicas de su vida.

"Yo tenía, dice, la dulce consolación de ver el corazón de San Vicente sobre el pequeño relicario de la capilla de las hermanas. Los tres primeros días lo vi blanco, color carne, lo que anunciaba la paz y la calma, la inocencia y la unión. Los tres días siguientes lo vi rojo fuego, como para significar la caridad encendiendo los corazones, llevando, me pareció, a la comunidad entera a renovarse y extenderse hasta los confines del mundo. Los tres últimos días lo vi rojo-negro, lo que me llenaba de pena. Me traía tristezas casi insuperables que, yo no sé por qué ni cómo, habían llevado a un cambio de gobierno." "Fui favorecida con otra gran gracia: la de ver a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento, a veces en la comunión, a veces cuando estaba expuesto.

Vi a Nuestro Señor en el Santísimo Sacramento durante todo mi noviciado, excepto cuando dudaba. La siguiente vez (es decir la vez que seguía al día en que yo había puesto en duda la realidad de mi visión) no veía nada".

Catalina no ha dado detalles más que de la visión del 6 de junio de 1830. "Aquel día, dice, Nuestro Señor se me apareció en el Santísimo Sacramento como un rey llevando la cruz en su pecho. En un momento dado, le creí ver despojado de todos sus ornamentos reales; todo, incluso la cruz, cayó por tierra a sus pies. Fue entonces cuando tuve los pensamientos más tristes. Creí, en efecto, que el rey de la tierra iba a ser destronado y despojado de sus reales insignias, y me vinieron a la mente toda clase de ideas imposibles de expresar sobre las desdichas que de ello resultarían". (Hagamos notar, con J ean Guitton, que la revolución tuvo lugar los días 27, 28 y 29 de julio de aquel mismo año.) (Las apariciones de la Santísima Virgen tuvieron lugar en julio y noviembre de 1830. De ellas transcribimos, más abajo, la explicación escrita por la Santa, a instancia de su confesor, el P. Aladel, muchos años después de ellas.)

El P. Aladel permanece excéptico ante las visiones de la novicia, cree que son fruto de su imaginación, pero Catalina insiste, una vez tras otra, diciendo: "La Virgen no está contenta". Algunas semanas más tarde, molesto por la insistencia de su penitente, el P. Aladel se entrevista con el arzobispo de París, Monseñor Quélen. Éste no encuentra en todo ello nada opuesto a la Fe, y autoriza acuñar la Medalla. Las primeras se reparten en mayo de 1832, pronto se habla de múltiples curaciones y conversiones. La vida religiosa de Santa Catalina prosigue sin originalidades, se hace realmente "la Santa del deber de estado y del silencio" como la llamó Pio XII. Poco después de su toma de hábito abandona la Casa Madre de la Rue du Bac. Sus superioras la destinan al asilo de ancianos de Enghien, donde pasará toda su vida, sólo un jardín separa su nuevo destino del anterior. La misma superiora dirige las dos casas.

Así prosigue su vida de oración y de trabajo. De oración: "cuando voy a la capilla, me pongo delante del buen Dios y le digo: Señor, heme aquí, dadme lo que queráis. Si me da algo, estoy contenta y le doy gracias. Si no me da nada, también se lo agradezco porque no merezco nada. Después le digo todo lo que se me ocurre, le cuento mis penas y mis alegrías, y le escucho". De trabajo "manos a la obra y el corazón a Dios".

En 1876 sus fuerzas faltan: "No veré el año que viene" dice. Privada de su confesor habitual, es Sor Dufes, superiora de la casa de Reuilly, quien recibe sus confidencias. El 31 de diciembre, a los 70 años, sor Catalina muere dulcemente. "Apenas pudimos apercibirnos de que había dejado de vivir, diría más tarde sor Dufes, nunca he visto una muerte tan dulce y tranquila".

Su cuerpo incorrupto reposa actualmente bajo el altar de la Virgen del Globo, donde se le apareció, en la Capilla de la rue du Bac.

El 11 de diciembre de 1907 el Papa Pío X firmaba en Roma, ante la Sagrada Congregación de Ritos, el decreto de introducción de la causa Beatificación y de Canonización de Catalina Labouré, que tomaba entonces el título de Venerable.

El 13 de febrero de 1933, con ocasión del decreto sobre los milagros propuestos para la Beatificación, el Papa Pío XI pronunciaba estas palabras: "La vida de la Venerable Catalina Labouré es una vida de silencio, de humildad, porque naturalmente está oculta por las condiciones mismas de su existencia y respondiendo a la naturaleza de este ser privilegiado.

Es de una naturaleza en la que una mirada superficial no habría visto nada extraordinario. Y sin embargo, bajo un velo de olvido de ella misma, de humildad, de pura y cándida piedad, llevaba una vida de laboriosa actividad. Basta recordar sus cuarenta años pasados en medio de ancianos y enfermos...

...Hoy vivimos volcados al exterior, por lo tanto es necesario para la vida cristiana un poco de vida oculta. Nos no conocemos (puede ser que exista, pero nos confesamos nuestra ignorancia) un ejemplo más brillante de vida escondida que el de esta alma que durante tantos años permaneció en la sombra, oculta con María y Jesús".

El 28 de mayo de 1933, Pío XI la declaraba Beata, y el 26 de mayo de 1947, su Santidad Pío XII ordenaba la lectura, en su biblioteca privada, del decreto sobre los milagros propuestos para la canonización. El texto decía: "Los honores que la Santa Iglesia otorga a Catalina Labouré en el día de la beatificación, tanto como los otros milagros operados por el poder divino desde su beatificación, son una manifestación de la recompensa real, el Cielo, que Dios otorga a su humilde sirviente". Finalmente, el 27 de julio de 1947, menos de cuarenta años después de la introducción de la causa, años atormentados por dos guerras mundiales, la Iglesia nos ha hecho conocer, por la voz de Su Santidad Pío XII, su pensamiento definitivo y nos ha concedido el derecho de invocar públicamente a Santa Catalina Labouré.

Apariciones

APARICIÓN DE LA NOCHE DEL 18 AL 19 DE JULIO DE 1830

"Me dormí pensando que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen. Por fin a las once, a media noche, oigo que me llaman por mi nombre: ¡Hermana, hermana, hermana! Al despertarme miro hacia el pasillo, corro la cortina, veo a un niño vestido de blanco, de cuatro o cinco años poco más o menos, que me dice: "Levantáos de prisa y venid a la capilla, la Santísima Virgen os espera". En seguida me viene un pensamiento repentino, que es escuchado. El niño me responde: "Estad tranquila, son las once y media, todo el mundo duerme, venid, os espero". Me he dado prisa en vestirme y me he ido junto al niño que estaba esperando sin ir más allá de la cabecera de mi cama. Me ha seguido, mejor, yo le he seguido a él, siempre a mi izquierda, llevando rayos de luz por donde pasaba; las luces estaban encendidas por donde nosotros pasábamos, lo cual me extrañaba mucho, pero me he sorprendido mucho más cuando he entrado en la capilla; la puerta se ha abierto apenas el niño la ha tocado con la punta del dedo; pero mi sorpresa ha sido mucho más completa cuando he visto todos los cirios y los candelabros encendidos; esto me recordaba la misa de medianoche. Sin embargo no he visto a la Santísima Virgen. El niño me conduce por el santuario, al lado del sillón del Señor Director, y allí me he puesto de rodillas; el niño ha estado de pie todo el rato.

Como encontraba el tiempo largo, miraba si las veladoras pasaban por la tribuna... Por fin la hora ha llegado; el niño me dice: "Aquí está la Santísima Virgen, hela aquí"... Oigo como un ruido, como el roce de una ropa de seda que viene por el lado de la tribuna, cerca del cuadro de San José, se coloca sobre las gradas del altar alIado del Evangelio, en un sillón semejante al de Santa Ana, sólo que la Santísima Virgen no tenía la misma figura que Santa Ana. Yo dudaba si era la Santísima Virgen. Entretanto el niño que estaba allí me dice: "He aquí a la Santísima Virgen". En este momento me es imposible decir lo que yo experimenté, lo que pasó en mi interior. Me parecía que no veía a la Santísima Virgen... Es entonces cuando este niño me habla, no como un niño sino como un hombre, el más fuerte, con las palabras más fuertes. Entonces, mirando a la Santísima Virgen, he dado nada más que un salto cerca de ella, de rodillas sobre las gradas del altar y las manos apoyadas sobre las rodillas de la Santísima Virgen...

Allí transcurrió un tiempo, el más dulce de mi vida; me parece imposible decir todo lo que yo sentí. Ella me dice cómo me debía portar con mi director y muchas cosas que no debo decir; la manera de cómo me he de conducir en mis penas mostrándome con la mano izquierda el pie del altar: venir y postrarme allí, derramar mi corazón; allí yo recibiré todas las consolaciones que necesite... Allí le he pedido qué significaban todas las cosas que había visto y ella me lo ha explicado todo. Allí me he quedado no sé cuánto tiempo; cuando se ha marchado no he percibido más que algo que por fin se apaga, nada más que una sombra que se dirigía por el lado de la tribuna por el mismo camino que había llegado.

Me he levantado de encima de los peldaños del altar y he visto al niño donde yo lo había dejado, él me dice: Ella se ha marchado... hemos vuelto a tomar el mismo camino, siempre todo alumbrado, con el niño siempre a mi izquierda. Creo que este Niño era mi Angel de la Guarda, que se había vuelto visible para hacerme ver a la Santísima Virgen, ya que se lo había pedido mucho para que me obtuviera este favor. Estaba vestido de blanco, llevando una luz milagrosa con él, es decir que estaba resplandeciente de luz, poco más o menos de cuatro o cinco años.

Vuelta a mi cama, eran las dos de la mañana, he oído sonar la hora. Me he vuelto a dormir en seguida.

PALABRAS DE LA VIRGEN

"Mi niña, el buen Dios quiere encargaros una Mi,sión. Tendréis penas, pero las remontaréis, pensando que lo hacéis por la gloria del buen Dios. Conoceréis lo qué es del buen Dios, seréis atormentada hasta que lo hayáis dicho a aquel que está encargado de guiaros. Sufriréis contradicciones, pero tendréis la gracia, de ningún modo temáis. Decidlo todo, con confianza, lo que os pasa, decidlo con simplicidad, tened confianza, no temáis.

Veréis ciertas cosas, haced según veáis y entendáis. Seréis inspirada en vuestras oraciones. Haced lo que os digo, según lo que veáis en vuestras oraciones. Los tiempos son muy malos, las desgracias caerán sobre Francia, el trono será derribado, el mundo entero será derribado por toda suerte de males (la Santísima Virgen tenía un aire muy triste diciendo esto) pero venid al pie de este altar, aquí las gracias serán repartidas particularmente a las personas que las pidan.

Mi niña, quiero repartir las gracias sobre la comunidad en particular, la quiero mucho. Tengo pena, hay grandes abusos en el reglamento, las reglas no son observadas. Gran relajamiento en las dos comunidades. Decidlo a aquél que está encargado de vos, que no sea superior; será encargado de una manera particular de la comunidad, debe hacer todo lo posible para volver a poner la regla en vigor. Decidle de mi parte que vele sobre las malas lecturas, la pérdida de tiempo y las visitas.

Cuando la regla sea puesta en vigor habrá una comunidad que vendrá a reunirse a la comunidad, esto no es la costumbre pero yo las quiero. Decid que se las reciba; Dios las bendecirá, gozarán de una gran paz.

La comunidad gozará de una gran paz, se hará grande. Pero grandes desgracias llegarán, el peligro será grande, sin embargo no temáis, decid que no teman. La protección de Dios está siempre aquí de una manera muy particular y San Vicente os protegerá (la Santísima Virgen estaba siempre triste), pero estaré yo misma con vosotras, tengo siempre la vista sobre vosotras, os otorgaré muchas gracias.

El momento llegará, el peligro será grande, se creerá todo perdido; aquí, estaré con vosotras, tened confianza. Agradeceréis mi visita, la protección de Dios sobre la comunidad y de San Vicente sobre las dos comunidades.

Tened confianza, no os desalentéis, estaré con vosotras. Pero no es lo mismo con otras comunidades, habrá víctimas (la Santísima Virgen tenía lágrimas en los ojos al decir esto). En el clero de París habrá víctimas, Monseñor el arzobispo (con este nombre las lágrimas de nuevo).

Mi niña, la cruz será despreciada, se la tirará por tierra, la sangre correrá, se abrirá de nuevo el costado de Nuestro Señor, las calles estarán llenas de sangre. Monseñor el arzobispo será despojado de sus vestiduras. (Aquí la Santísima Virgen no podía hablar más, la pena estaba pintada en su rostro), mi niña, me decía, el mundo entero estará triste. Con estas palabras, pensaba ¿cuándo será esto? .. Tenía bien cumplidos los 40 años. Por este motivo, M. Aladel me contestó: ¿Sabéis si estaréis y yo también? yo le respondí: otros estarán si nosotros no estamos".

APARICIÓN DEL 27 DE NOVIEMBRE DE 1830

"El 27 de noviembre de 1830 el sábado antes del primer domingo de Adviento, a las cinco y media de la mañana, después de meditación, me ha parecido oír un ruido, del lado de la tribuna, en el lado del cuadro de San José, como el roce de una ropa de seda. Al mirar hacia este lado, he visto a la Santísima Virgen a la altura del cuadro de San José. La Santísima Virgen estaba de pie, vestida de blanco, con un vestido de seda hecho de blanca aurora, con mangas lisas, con un velo blanco que caía hasta abajo, por debajo del velo he visto sus cabellos en diadema debajo de un encaje más o menos de tres centímetros de alto, sin frunces, es decir apoyada ligeramente sobre sus cabellos; la figura bastante descubierta, los pies apoyados sobre un globo, mejor dicho, la mitad de un globo, o menos, no me ha parecido más que la mitad, y después teniendo una bola en sus manos, que representaba el mundo, tenía las manos levantadas a la altura del estómago de una manera muy cómoda, los ojos elevados hacia el Cielo. Su figura era muy bella, no puedo describirla ...

Y después de repente he apercibido anillos en sus dedos, revistidos de pedrerías más bellas las unas que las otras, las unas más grandes y las otras más pequeñas, que echaban rayos más bellos los unos que los otros. Estos rayos salían de las piedras, de las más grandes los más grandes rayos, siempre ensanchándose hacia abajo, llenaba todo el bajo, no veía sus pies ... En este momento, donde yo estaba para contemplarla, la Santísima Virgen baja los ojos mirándome. Una voz se dejó oír que me decía estas palabras; Esta bola que veis representa el mundo entero, particularmente Francia ... y cada persona en particular ... Aquí, no se expresarme sobre lo que he experimentado y lo que he visto: la belleza y el resplandor, los rayos tan bellos ... Esto es el símbolo de las gracias que reparto sobre las personas que me las pidan. Haciéndome comprender cuán agradable era pedir a la Santísima Virgen y cuán generosa era Ella para con las personas que le piden... cuántas gracias otorga a las personas, que se las piden, que gozo experimenta otorgándolas ... En este momento no sabía dónde estaba ... gozaba ... no sé.

Se formó un cuadro alrededor de la Santísima Virgen, un poco ovalado, en donde había, en lo alto del cuadro estas palabras: O María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos -escritas en letras de oro. Entonces se dejó oír una voz que me dijo: Haced, haced grabar una Medalla según este modelo, todas las personas que la lleven recibirán grandes gracias llevándola al cuello, las gracias serán abundantes para las personas que la llevarán con confianza

... Al instante me ha parecido que el cuadro giraba y he visto el reverso de la Medalla. Inquieta por saber lo que había que poner en el reverso de la Medalla, felizmente después de ruegos, un día en la meditación, me ha parecido oír una voz que me decía: "La «M» y los dos Corazones dicen suficiente". Ahora después de dos años, escribe Catalina al P. Alade1: "estoy atormentada y oprimida por deciros que hay que levantar un altar, tal como os he pedido, en el lugar donde la Santísima Virgen se apareció; tendrá el privilegio de muchas gracias e indulgencias. y gran abundancia de gracias para vos y toda la comunidad y todas las personas que vendrán a pedirlas".

SIMBOLOS DE LA MEDALLA

No con ánimo de agotar el tema, sino mejor con la intención de suscitar más extensos y profundos pensamientos queremos reflexionar sobre el posible contenido de los símbolos de la Medalla Milagrosa, inspirados sobre todo en el libro de Jean Guitton. Si un teólogo sabio y santo se propusiera acuñar una moneda queriendo expresar en su simbolismo el remedio y solución de los males y problemas de nuestro mundo, merecería sin duda que su obra fuera cariñosamente interpretada y estudiada. Si dicho teólogo hiciera ésto después de haber consultado los coros de los ángeles y hasta la mismísima intimidad de la Santísima Trinidad, tendríamos en su obra el sello de la infalibilidad. Nada menos que la Hija del Eterno Padre, la Madre del Divino Hijo, la Esposa del Espíritu Santo y la Reina de los Angeles ha querido transmitirnos su mensaje de esta manera: "Se dejó oír una voz que me decía: Haz, haz acuñar una medalla según este modelo".

EL GLOBO Y LA SERPIENTE

El globo a los pies de la Inmaculada significa el mundo, y el universo entero. Enaltecida por Dios hasta situarse encima de toda criatura, María es reina de los ángeles y de los hombres, de los bienaventurados, de los condenados y de los demonios. Satanás, que en forma de serpiente, intenta durante todos los tiempos invertir el plan divino, es vencido por el talón de María, que según San Luis María Grignón de Monfort representa a sus humildes esclavos y a sus pobres hi,jos, pequeños y pobres según el mundo, hollados y oprimidos como el talón, pero ricos de las Gracias que María les distribuirá abundantemente, como expresan los rayos que emanan de las manos de la Virgen en la Medalla Milagrosa.

La imagen de María, sobre la serpiente y el mundo es el resumen de la obra de la Creación, de la historia de la salvación y de la Gracia. El universo no está huérfano de Madre. La idea de que María tiene relación con la totalidad del ser, siendo así como una figura de la Sabiduría creadora, es recogida por la liturgia en la biblia y la tradición. María es como un modelo o matriz universal, que Dios produce como criatura privilegiada para luego desgranar la exhuberante cascada de las perfecciones de las criaturas, sobre todo en el mundo de la gracia.

Nos dice San Luis María Grignón de Monfort que es necesario que el verdadero hijo de la Iglesia tenga a Dios por padre y a María por madre, y el que se jacte de tener a Dios por padre, sin la ternura de verdadero hijo para con María, engañador es, que no tiene más padre que el demonio. Este mismo santo dice que María es el gran molde de Dios hecho por el Espíritu Santo para formar al natural un Dios hombre por la unión hipostática, y para formar un hombre Dios por la gracia. Viene a ser como si para esto y para todo Dios comunique sus perfecciones a las criaturas a través de María, como un padre comunica su ser al hijo a través de la madre.

La Inscripción. "Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos", es la inscripción que enmarca la imagen de la Virgen. Este "María sin pecado concebida" será corroborado en Lourdes el 25 de marzo de 1858, como dice el P. Kolbe, beatificado en 1972: "Yo soy la Inmaculada Concepción".

Este es el dogma más consolador de los referentes a María. Su belleza propia dimana de su Inmaculada Concepción. La demostración más ostentosa del poder y la eficacia de la salvación que nos viene por Jesucristo es la inocencia de María. Es precisamente María Inmaculada la que debe rogar por nosotros, los que recurrimos a Ella porque reconocemos que la salvación no está al alcance de nuestras fuerzas y en cambio sí al de las suyas por el poder y el querer de Dios.

CRISTIANDAD Y LA MEDALLA MILAGROSA

La inicial de María entrelazada con el pedestal de la Cruz, la corona de doce estrellas, símbolo apocalíptico, preludio de la manifestación gloriosa del Verbo de Dios hecho hombre, los corazones encendidos de amor, uno coronado de espinas y otro atravesado por una espada de dolor, vienen a ser como una representación gráfica del lema de nuestra revista: "Al reino de Cristo por la devoción a los corazones de Jesús y de María".

LAS DOCE ESTRELLAS

Fátima, Lourdes y tantas otras apanciones de la Santísima Virgen, no deben considerarse inconexas. La Virgen es la misma, y su criterio único, a la hora de manifestar sus cuidados por los hombres. Recordemos que Santa Bernardette, que llevaba sobre sí la medalla milagrosa, declaró: "La Señora de la gruta se me apareció tal como está representada en la medalla milagrosa". En 1954, centenario de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, la Santa Sede hizo acuñar una medalla conmemorativa con las imágenes de la medalla milagrosa y de la gruta de Lourdes. Aunque sólo sea a modo de primicias, puede muy bien ser que todas estas mariofanías vengan a constituir la gran señal que se ve en los cielos, La Mujer vestida de sol, con la luna bajo los pies, por doce estrellas coronada. Las doce estrellas de la medalla milagrosa son las doce estrellas del Apocalipsis. Los que la llevan al cuello, manifiestan sensiblemente su deseo de ser pedestal de María, Madre del Rey de reyes y Señor de los que dominan, el Señor nuestro, Jesucristo Hijo de Dios, el día de su gloriosa aparición entre las nubes del cielo.

A. M. D. G.

Alba naixent d'estrelles coronada,
Ciutat de Déu que somnia David,
a vostres peus la lluna s'és posada,
lo sol sos raigs vos dóna per vestit.


(Virolai, Mn. J. Verdaguer)
Bibliografía
- Rue du Bac ou la superstition dépassée. Jean Guitton. Ed. SOS. París 1973.
- La Sainte du Silence et le Message de Notre-Dame. París 1968.
- J'ai vu... Christiane Fournier. Ed. Gigord. París 1966.
Manuel M. Domenech Izquierdo
Angela Guillén Beltrán

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