Mosén Mariné

Mosén Mariné

El 9 de enero, a las 8,40 de la mañana entregó su alma a Dios mosén Mariné. Era sábado, día de la Virgen, y estaba rezando el santo Rosario.

Hacemos nuestras las palabras de un seglar buen amigo de nuestro hermano: “Me honré con su amistad y no siento la menor pena. Más bien gran alegría. Ya ve a quien tanto amó. Ya está con Él para toda la eternidad”.

Mosén José Mariné Jorba nació el 12 de octubre de 1919 en el seno de una familia relativamente acomodada. Desde pequeño sintió la vocación sacerdotal. Ingresó en el seminario menor diocesano de Barcelona. Destacó por su inteligencia, su facilidad para los estudios y por su visión práctica de las cosas. El seminario fue saqueado por los rojos en 1936. Los seminaristas se dispersaron por los diversos lugares. Al terminar la guerra de Liberación reanudó sus estudios eclesiásticos. Fue ordenado sacerdote en 1944 por el Dr. Gregorio Modrego Casaus, obispo de Barcelona. Fue párroco por oposiciones, lo que demuestra su valía intelectual. Hace menos de dos años el Ayuntamiento de uno de sus primeros destinos como párroco le dedicó una calle a mosén José Mariné Jorba.

Durante 32 años fue párroco de san Félix el Africano, parroquia que edificó con la ayuda de muchos fieles de todos los rincones de España e incluso del extranjero. La vida pastoral de mosén Mariné fue muy fecunda, especialmente en el fomento de vocaciones para las que creó becas con su propio dinero. Siempre tuvo en torno suyo un grupo de monaguillos a los que formó perfectamente en la devoción y amor a la Santa Misa. Su parroquia era una de las pocas de Barcelona que tenía Adoración Nocturna y él permanecía durante toda la noche con los adoradores, adorando a Jesús vivo en la Eucaristía y atendiendo las confesiones de los adoradores. Cuando las parroquias de Barcelona suprimieron la procesión de Corpus Christi y la de la Catedral se hacía dentro del recinto sagrado, mosén Mariné siguió con la procesión por las calles de su parroquia. Ciertamente era un alma eucarística como se veía palpablemente cuando celebraba la Misa de San Pío V y la de Pablo VI.

La devoción a la Virgen era profundísima y tiernísima. En San Félix se rezaba el Rosario diariamente, se celebraban solemnemente todas las fiestas de la Virgen, las novenas de la Inmaculada, la Virgen del Carmen y el mes de María.

Su celo por los enfermos era proverbial, no tenía tiempo para él, pero sí para visitarlos en sus casas y en los hospitales, hasta atenderlos en la hora de la muerte con los santos sacramentos.

San Félix el Africano era la casa de todos. Los gitanos acudían a la iglesia continuamente; hoy tienen, junto al confesionario, la imagen del primer beato gitano, Ceferino Giménez Malla. Para la comunidad polaca de Barcelona levantó la capilla de la Virgen de Czestochowa y a la Asociación de antiguos legionarios les cedió la capilla para venerar al Cristo de la Buena Muerte. A la Unión Seglar de san Antonio Mª Claret la recibió en sus locales y de cualquier lugar de la diócesis venían a ser bautizados, recibir la primera comunión, casarse. El padre Mariné formó a varias generaciones de cristianos en un barrio de gentes sencillas y humildes. Y no sólo se preocupaba de la santificación y salvación de las almas de sus feligreses, sino también de su bienestar material; era un gran limosnero.

Al cumplir los 75 años, en la Pascua de 1995, pasó al retiro al aceptarle el Cardenal Carles su carta de dimisión, como estaba preceptuado por el Derecho Canónico vigente. Nunca entendió cómo, habiendo tanta escasez de sacerdotes y sintiéndose con fuerzas para continuar de párroco, se le jubilara tan rápidamente. Pero no se quedó con los brazos cruzados. Atendió la Capilla de la Adoración de la Santa Faz de la calle Junqueras; fue capellán del tanatorio de Sancho de Ávila y sabemos que, fruto de sus homilías en los funerales, hubo conversiones de personas alejadas de la religión. En 1988 pasó a ser responsable de la Capilla de Nuestra Señora de la Merced y San Pablo Apóstol, oratorio de propiedad privada de la calle Laforja. Y aumentó sus horas de confesionario y visitas a los enfermos.

La autodemolición de la Iglesia denunciada angustiosamente por Su Santidad Pablo VI le hizo sufrir mucho en lo más profundo de su corazón. Por eso, junto con otros muchos sacerdotes y religiosos de Cataluña, fundaron la Asociación de Sacerdotes y Religiosos de san Antonio Mª Claret para luchar contra los enemigos declarados de la Iglesia y contra lo que denunciaba el Papa: los traidores de dentro, que son mucho más perversos. Pocos meses después, también fue cofundador de la Hermandad Sacerdotal Española para que el humo de Satanás, que penetraba en la Iglesia, no infectara la tierra de María santísima, nuestra Patria, España, la nación de eterna cruzada.

Mosén Mariné era un patriota como Dios manda y enseña nuestra Santa Madre Iglesia. Catalán por los cuatro costados y español de los pies a la cabeza, defendió siempre la historia cristiana de Cataluña y de toda España. En la correa de su reloj llevaba una pegatina de la bandera de España.

Siempre tuvo clara conciencia de su condición sacerdotal; incluso inconscientemente, ocho días antes de morir, le acompañó durante la noche una misionera de Cristo Rey. Admirada, nos decía al día siguiente que mosén Mariné, bajo la influencia de los fuertes medicamentos que tomaba, se pasó toda la noche celebrando misas, rezando rosarios, predicando. Lo mismo nos dijo un joven de la Unión Seglar, que lo cuidó por la noche, cuatro días antes de su fallecimiento. También le dijo: “Yo sé que voy a morir de esta enfermedad, Dios me la ha mandado para purificar mis pecados. Doy gracias a la Unión Seglar. El padre Alba era muy valiente”.

Mosén Mariné era también muy valiente, muy piadoso, muy santo. Nunca faltó a los Ejercicios Espirituales anuales ni a la Asamblea General de la Hermandad sacerdotal Española. La última fue a finales de septiembre del año pasado. Un joven seminarista le hizo de buen samaritano, nunca lo dejó solo pues ya estaba bastante grave. En una ocasión le dijo: “Hace dos años que estuve muy grave, tenía que morirme, pero yo le pedí al Señor que me diera dos años de vida para prepararme para la muerte; ya estoy preparado”.

Estemos preparados siempre para nuestra entrada en la vida eterna.

P. Manuel M. Cano mCR