| Lecturas para meditar | |
| Señor, dame ese agua | |
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San Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia (375-444) |
| De los tratados de San Agustín sobre el Evangelio de San Juan, Tratado 15, 10-12. 16-17: CCL 36, 154-156 | |
| Domingo III de Cuaresma | |
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LECTURA
Llega
una mujer. Se
trata aquí de una figura de la Iglesia, no santa aún, pero sí a punto de
serlo; de esto, en efecto, habla nuestra lectura.
La mujer llegó sin saber nada, encontró a Jesús, y él se puso a
hablar con ella. Veamos cómo y por qué.
Llega una mujer de Samaria a sacar agua.
Los samaritanos no tenían nada que ver con los judíos; no eran
del pueblo elegido. Y esto ya significa algo: aquella mujer, que representaba
a la Iglesia, era una extranjera, porque la Iglesia iba a ser constituida Por
gente extraña al pueblo de Israel.
Pensemos,
pues, que aquí se está hablando ya de nosotros: reconozcámonos en la mujer,
y, como incluidos en ella, demos gracias a Dios.
La mujer no era más que una figura, no era la realidad; sin embargo,
ella sirvió de figura, y luego vino la realidad.
Creyó, efectivamente, en aquel que quiso darnos en ella una figura.
Llega, pues, a sacar agua.
Jesús
le dice: «Dame de beber.» Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar
comida. La
samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí,
que soy samaritana? », Porque los judíos no se tratan con los
samaritanos.
Ved
cómo se trata aquí de extranjeros: los judíos no querían ni siquiera usar
sus vasijas. Y como aquella mujer llevaba una vasija para sacar el agua, se
asombró de que un judío le pidiera de beber, pues no acostumbraban a hacer
esto los judíos.
Pero aquel que le pedía de beber tenía sed, en realidad, de la fe de
aquella mujer.
Fíjate
en quién era aquel que le pedía de beber: Jesús le contestó: «Si
conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de beber, le
pedirías tú, y él te daría agua viva.»
Le
pedía de beber, y fue él mismo quien prometió darle el agua.
Se presenta como quien tiene indigencia, como quien espera algo, y le
promete abundancia, como quien está dispuesto a dar hasta la saciedad.
Sí conocieras -dice- el don de Dios.
El don de Dios es el Espíritu Santo.
A pesar de que no habla aún claramente a la mujer, ya va penetrando,
poco a poco, en su corazón y ya la está adoctrinando. ¿Podría
encontrarse algo más suave y más bondadoso que esta exhortación?
Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te pide de
beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. ¿De qué agua
iba a darle, sino de aquella de la que está escrito: En ti está la fuente
viva? Y
¿cómo podrán tener sed los que se nutren de lo sabroso de tu casa?
De manera que le estaba ofreciendo un manjar apetitoso y la saciedad del Espíritu Santo, pero ella no lo acababa de entender; y como no lo entendía, ¿qué respondió? La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.» Por una parte, su indigencia la forzaba al trabajo, pero, por otra, su debilidad rehuía el trabajo. Ojalá hubiera podido escuchar: Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Esto era precisamente lo que Jesús quería darle a entender, para que no se sintiera ya agobiada; pero la mujer aún no lo entendía.
RESPONSORIO
R. Jesús gritaba: «El que tenga sed, que venga a mí; el que cree en mí, que beba; de sus entrañas manarán torrentes de agua viva.» Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él.
V. . El que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed. Decía esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él.
ORACIÓN
Señor, Padre de misericordia y origen de todo bien, que aceptas el ayuno, la oración y la limosna como remedio de nuestros pecados, mira con amor a tu pueblo penitente y restaura con tu misericordia a los que estamos hundidos bajo el peso de las culpas. Por nuestro Señor Jesucristo.
