Los errores a la luz de la verdad

Los errores a la luz de la verdad

(Publicado en la revista Cristiandad, julio 1972)

"Dice el filósofo: los errores dan testimonio de la verdad, porque, en realidad, no sólo se apartan de ella, sino incluso los unos de los otros" (Contra Gentes, L 4, e 7),

¿No podría el diálogo católico-protestante exigir que el Vaticano 11 viniese a ser, respecto a Trento, algo así como lo que fue el quinto concilio ecuménico (11 de Constantinopla, 533) respecto al de Calcedonia? ("En torno al diálogo católico-protestante", F. Canals, Herder, Barcelona 1966).

Hoy podemos ya contestar negativamente a esta pregunta, y además afirmar que el Vaticano II ha sido respecto al Vaticano I lo que Trento fue para los concilios de Orange y de Cartago en cuanto al problema de la Gracia y la Justificación, y lo que Calcedonia fue para Éfeso en cuanto al problema de la Encarnación del Verbo de Dios.

No ha habido, en ese paralelismo, un equivalente al quinto concilio, sino que a la problemática de la Encarnación y la justificación se ha añadido la del sentido trascendental de lo humanístico-social. Se ha escrito que, en este asunto, desde Juan XXIII, la Iglesia ha dado un giro de 180 grados a su política. Quedada claro, pues, que, por lo menos a algunos, les parece ver, en lo que llaman doctrina actual de la Iglesia, una oposición a lo que llaman doctrina tradicional, siempre mirando al tema capital contemporáneo: lo humanístico-social.

Tenemos, pues, la historia del dogma, zarandeada por pares de opciones dialécticas que hacen la guerra a la Verdad desde todas las posiciones posibles en el campo de la doctrina de la economía de la salvación, es decir, en lo referente a la Cabeza, a los miembros y al cuerpo místico de Cristo.

Al misterio de la Encarnación, se le combatió en tiempos de los concilios de Éfeso y de Calcedonia. A la doctrina de la gracia y la justificación, en tiempos de los de Orange y de Trento, y al problema de la trascendencia religiosa de lo social en tiempos del Vaticano I y del Vaticano II. La luz que dimana de estos concilios, es el fruto que la Iglesia da, al ser espoleada, en su amor a la verdad, por sus enemigos.

Hoy, más que nunca, el problema crucial, la temática dominante, el catalizador de todas las pasiones contemporáneas, es este: ¿Dónde está la salvación y en qué consiste?

La respuesta del Maestro ante la pregunta de los primeros cliscípulos. ¿Y quién podrá salvarse? Es esta: "Lo que es imposible a los hombres es posible a Dios" (Le. 18, 27).

Queda claro que el ámbito del poder divino sobrepasa el del poder humano. Esta verdad puede negarse de dos maneras antitéticas. Una, ampliando el ámbito del poder humano hasta el del poder divino diciendo: "Lo que es posible a Dios, también es posible al Hombre". Otra, reduciendo el ámbito del poder divino hasta el del poder humano diciendo: "Lo que no es posible al hombre, tampoco es posible a Dios". Ambas pretenden igualar el ámbito de los dos poderes, es decir, hacer el hombre igual a Dios como dijo la serpiente a la mujer.

En Éfeso se definió en contra de los que querían que el poder humano fuera suficiente para merecer la filiación divina en la persona de Jesucristo que suponían primero puro hombre. En Calcedonia se definió en contra de los que querían que el poder divino no fuera suficiente para lograr lo que los condenados en Éfeso querían atribuir al hombre solo: que Dios se encarnara.

En Orange y Cartago se definió en contra de los que querían que el poder humano fuera suficiente para merecer la justificación o para justificarse. En Trento se definió en contra de los que querían que el poder divino no fuera suficiente para lograr lo que los condenados en Orange y Cartago querían atribuir al hombre solo: que el hombre fuera justo. y para hablar a la opinión pública en un lenguaje que le sea inteligible, dado que ha sido mentalizada por medios de comunicación social gobernados casi siempre por personas indiferentes respecto a la ortodoxia, añadiré lo siguiente. La Iglesia, durante el siglo XIX y la parte del xx que va hasta el principio del pontificado de Juan XXIII, durante el llamado período preconciliar, ha hablado más en contra de los que creen que el hombre, por sus propias fuerzas, puede alcanzar su perfección.

"Si alguno dijere que el hombre no puede ser por acción de Dios, levantado a un conocimiento y perfección que supere la natural, sino que puede y debe finalmente llegar por sí mismo, en constante progreso, a la posesión de toda verdad y de todo bien, sea anatema" (Conc. Vat. I, Denzinger, 1808),

La Iglesia, desde el pontificado de Juan XXIII, la llamada Iglesia posconciliar, aunque, a veces, sólo callando, ha hablado más en contra de los que quieren pensar que a Dios le es también imposible conseguir lo que los condenados antes querían alcanzar por sí solos: el bien social total.

"Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (Conc. Vat. II, Consto Gaudium et Spes).

Pero María es "Ella sola vencedora de todas las herejías en el universo mundo". Ella, la esclava del Señor, que todas las generaciones proclamadas bienaventurada, porque hizo en Ella cosas grandes el Todopoderoso. Porque María es Madre de Dios, se entiende que Jesucristo es Dios y hombre verdadero. Porque es Inmaculada desde su concepción, se entiende que la Gracia justifica realmente y sin tener en cuenta las obras.

Porque se verá una señal grande en los cielos, una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies y por doce estrellas coronada, podemos proclamar nuestro gozo, confiar en nuestras esperanzas, consolar a los tristes y tranquilizar a los angustiados.
Manuel M. Domenech Izquierdo


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