EL CORAZÓN DE JESÚS EN LOS ESCRITOS DE LA M. SORAZU

 

“He aquí este Corazón, que ha amado tanto a los hombres, que nada ha perdonado hasta agotarse y consumirse para demostrarles su amor, y en reconocimiento no recibo de la mayor parte sino ingratitud, ya por sus irreverencias y sus sacrilegios, ya por la frialdad y desprecio con que me tratan en este Sacramento de amor. Pero lo que me es aún mucho más sensible es que son corazones que me están consagrados los que así me tratan…” (Autobiografía de Santa Margarita Mª de Alacoque, cap.VII).

En estas palabras dichas por el Señor a Sta. Margarita María de Alacoque el 16 de junio de 1675, en la octava del Corpus, cuando ella, “en presencia del Santísimo Sacramento” y en reconocimiento a las “gracias excesivas” del amor de Dios, se sentía movida a “rendirle amor por amor”, encontramos expresado el constitutivo esencial de la revelación del Corazón de Jesús y de la devoción al mismo: el amor. El amor de Jesús, Verbo de Dios encarnado, a los hombres, que le llevó hasta su inefable regalo de quedarse con nosotros en la Eucaristía, y nuestra obligada respuesta de amor, pagando amor con amor; respuesta amorosa que el Señor echa de menos en tantos, que no le corresponden sino con frialdad e ingratitud, e incluso con desprecio, irreverencias y sacrilegios. De ahí, el segundo elemento necesario en la devoción al Divino Corazón de Jesús: la reparación. Reparación por los pecados y por la ingrata correspondencia de los hombres, ofreciendo al Señor en compensación actos de desagravio, “a fin de expiar las injurias” que le son inferidas en el Sacramento del amor, como Él mismo pidió a la santa.

¡Amor y reparación! Amor que nos lleve a identificarnos más y más con Aquel que nos amó hasta el extremo, padeciendo y muriendo por nosotros, y sigue amándonos en la Eucaristía, fruto del Sacrificio de la Misa, que no es otro sino la reproducción incruenta del único Sacrificio de la Cruz. Y reparación, que le ofrezca los consuelos que Él experimentó con anticipación en su vida mortal y en las amargas horas de su Pasión, al mismo tiempo que sufría en su Divino Corazón los innumerables pecados y faltas de amor futuros de todos aquellos por quienes obraba con infinito Amor el misterio de la Redención.

Me han pedido que les exponga la devoción al Corazón de Jesús tal como la vivió la Madre María de los Ángeles Sorazu. No podía ser ella ajena a esta devoción, ni por el tiempo en que le tocó vivir, de 1873 a 1921, ni como concepcionista franciscana. En efecto, el Beato Pío IX había extendido en 1856 la fiesta a toda la Iglesia y León XIII consagró el mundo al Sagrado Corazón de Jesús en 1899. Por otra parte, en su congregación religiosa la M. Sorazu vivía, como algo muy propio del franciscanismo, la mística del amor. Dios obra siempre por amor, crea por amor, redime por amor, nos santifica por amor; y las síntesis doctrinales del pensamiento franciscano brotan del texto de San Pablo en su carta a los Colosenses: “Él, Cristo, es en todo el primero”. El primado del Amor equivale al primado de Cristo, Verbo Encarnado, título intrínseco al que se añade otro: la oblación de sangre del Calvario, con la cual la realeza de Cristo se manifiesta al mundo en una realeza de amor.

Los escritos de la Madre Sorazu y, en particular, su autobiografía revelan su entrañable devoción a Jesús, Verbo de Dios Encarnado. Y, aunque hemos de reconocer que la referencia explícita al Corazón de Jesús no es abundante en los escritos sorazuanos, hallamos en ellos elocuentes testimonios de la gran devoción de la M. Ángeles al Corazón de Jesús, como podrán apreciar en los textos que citaré seguidamente. Cuanto oirán llenará sus corazones de “amor y entusiasmo”, expresión ponderativa que usaba no pocas veces la M. Sorazu.

Empezaré con unos pocos datos tomados casi todos de la autobiografía:

“Mi conversión fue obra del Corazón de Jesús, Misericordia divina encarnada, y como obra del dulcísimo y clementísimo Corazón de Jesús […] todo se consumó en el gozo y la confianza, en el amor y la gratitud, nada de rigores, complaciéndose Jesús en manifestarme la infinita suavidad de su Corazón hasta en la confesión y la penitencia, pues esta no pasó de tres Ave Marías.” (AE, n.20)

Se trataba de su conversión a los dieciséis años (1889), tras una reprensión de su madre al llegar con retraso de una romería en honor de San Pedro celebrada en un pueblo vecino. Ello motivó que tres días después asistiera a una reunión de beatas o jóvenes piadosas, entre las cuales había una “sólidamente virtuosa”, a la que se refiere ella cuando afirma: “he dicho que mi conversión fue obra del Corazón de Jesús porque supe después por la beata de referencia que, al verme en la reunión, me había encomendado al sacratísimo Corazón para que me aceptase por su esposa.” (AE, n.20)

Eligió entonces para habitación “el cuarto más retirado de la casa” y lo transformó en oratorio. Puso en él un altarcito con el crucifijo y las imágenes de los Sagrados Corazones y la Inmaculada, y en él se recogía para practicar los ejercicios piadosos (AE, n.21).

“Vivía sólo para Dios, buscaba su voluntad y conocida la cumplía. El primer medio de santificación que la voluntad de Dios me impuso fue la devoción al sacratísimo Corazón de su D. Hijo y su propaganda.” (AE, n.21-22).

Hizo su confesión general al día siguiente de la expresada reunión y  a los dos días se inscribió en el Apostolado de la Oración. “Poco después, dice ella,  empecé a conquistar almas para el sagrado Corazón…” (AE, n.22)

Una amiga, Encarnación Vidal, había de testificar, después de la muerte de la M. Sorazu, que ellas dos con otras beatas llevaban flores a la iglesia de Santa Clara en Tolosa (Guipúzcoa), para el Corazón de Jesús y la Inmaculada, y Florencia, que así se llamaba la Madre Ángeles en el siglo, ponía en las flores los nombres de las que componían el grupo.

Es de notar que fue obra de la Divina Providencia que Florencia ingresara en un convento de Valladolid y, precisamente, en uno situado enfrente del templo de San Miguel, el cual había pertenecido a la Compañía de Jesús hasta su expulsión de España en 1767, templo anejo al colegio de San Ignacio, en el que falleció en 1735, el Vble. P. Bernardo Francisco de Hoyos, favorecido con la promesa del Reinado del Corazón de Jesús en España.

Cuando Florencia ingresó en el monasterio de La Concepción de Valladolid llevaba consigo una pequeña imagen del Corazón de Jesús, que le había regalado su amiga Encarnación Vidal, y continuó en el claustro la devoción que en el siglo profesaba al sagrado Corazón (AE, n.69).

Otro detalle interesante que incluye la M. Sorazu en su autobiografía es la lista de libros espirituales usados por ella. Dice: “en el noviciado - es decir, entre 1891 y 1892, cuando no había cumplido aún 20 años - el P. Rodríguez, Vademécum carmelitano y Arnoldo”. ¿Qué libro es Arnoldo? No cabe duda que se trata de la devotísima obra, titulada De la imitación del Sagrado Corazón de Jesús, escrita en latín por un jesuita belga, el P. Pedro Aernoudt, fallecido en 1865, y que, traducida a diversas lenguas, entre ellas la castellana, tuvo una gran difusión en la segunda mitad del siglo XIX y también en el XX.

Y tras haberles mostrado estos detalles de los años juveniles de la Madre Sorazu, elocuentes por sí solos respecto a su devoción al Corazón de Jesús, paso a ofrecerles algunos textos sorazuanos que se refieren al mismo Divino Corazón. Pertenecen a la autobiografía, a las cartas de la M. Ángeles a su principal director espiritual, el capuchino P. Mariano de Vega (1871-1946) y al tratado La vida espiritual, obra esta última que en forma impersonal describe el camino ascético místico y que, en su mayor parte, no es otra cosa que la historia velada de su misma autora.

En primer lugar, unos pasajes de La vida espiritual, en los que la M. Sorazu se refiere a la meditación de la Pasión de Jesús, que tuvo ya desde su misma conversión y en los primeros años de su vida en el claustro:

"… en todos los sufrimientos que contempla [el alma] ve el Corazón de Cristo abrasado de amor y celo por la salvación de las almas. Ve en Jesús un padre, una madre que ama al hombre con infinita ternura; un amante divino que no rehusa sacrificios y que agota todos los recursos de su amor omnipotente para conquistarla. Agradecida a tanta fineza y amor, procura corresponderle, amándole con todo el ardor de que es capaz...” (VE 2,5)

"Esta meditación es para el alma una escuela de virtudes, donde recibe maravillosas lecciones de perfección cristiana, merced a las cuales penetra en el santuario del Corazón paciente, infinitamente humilde y amante de Cristo; y conformando sus sentimientos con los del divino Maestro, se perfecciona de día en día, y llega pronto a desconocerse por la transformación que en ella obra la gracia." (VE 5,11)

"El objeto de esta contemplación del alma en este período es la historia entera de Dios Humanado, aunque lo que llama principalmente su atención es su vida paciente, lo que Jesús padeció interior y exteriormente en su carrera mortal, sobre todo los últimos días de su vida, en su afrentosa y dolorosa pasión. [...]. Las primeras veces que acompaña a Jesús en la carrera de su vida mortal, el alma aprehende sus tormentos exteriores, ultrajes y afrentas que padeció […]. Entonces penetra en su divino Corazón, donde conoce sus angustias amorosas, amargas penas y desamparos que padeció por parte de la divina justicia y de la humana ingratitud.” (VE 9,7)

Más adelante, en el mismo tratado, la M. Sorazu describe una nueva fase en su contemplación de Jesucristo, en quien ve a Dios Uno y Trino “en su cualidad de Salvador del género humano” (cfr. AE 402-403). Se inició tras ser elegida como Abadesa en febrero de 1904 y a ella se refiere cuando afirma:

"… a través de su Humanidad, le revela Jesús su infinita y divina Persona; y cuando el alma se ha hecho cargo de su bondad y realeza divinas, se revela a ella en sus relaciones esenciales y filiales con el Padre Celestial como Hijo Unigénito de Dios. En Sí mismo le presenta la Divina Persona del Padre por modo maravilloso, a quien aprehende el alma presente en Jesús animado de los sentimientos de caridad y celo de la salvación de las almas que animan al Corazón de Jesús. Ve al Padre asociado a la misión salvadora de Jesús, obrando en unión suya y por su medio la redención y todo lo que hizo a favor de los hombres durante su vida mortal y contiene el santo Evangelio. Luego en Sí mismo, de idéntico modo que el Padre, le presenta la tercera Persona de la Trinidad, cooperando a su obra redentora con su infinita caridad." (VE 10,4)

Conviene añadir aquí lo que la M. Sorazu dice en su autobiografía, en relación al año 1905, aunque sin referencia explícita al Corazón de Jesús, cuando nombra varias veces a la entonces Beata Margarita de Alacoque (había de ser canonizada por el Papa Benedicto XV el 16 de mayo de 1920, el año anterior a la muerte de la M. Ángeles).

“El día 16 de octubre, al tiempo de acostarme, de repente, me vi favorecida con la presencia de mi Dios Humanado en la celda, quien se mostró con tanta majestad y grandeza que parecía llenaba toda la tierra y se elevaba sobre los cielos. No le había visto nunca tan grande y rico en bondad y amor. En Jesús - ignoro de qué manera - aprehendí a la B. Margarita Alacoque como presente […]. En la historia de las relaciones establecidas entre Jesús y la Beata, leí mi vida íntima, muchas de las gracias que me había dispensado el Señor desde mi nacimiento, y mi ingrata correspondencia, la que formaba contraste con la fidelidad de la Beata Margarita. Jesús se mostraba afabilísimo y propicio a favorecerme, pero cuanto era mayor su bondad, más me afligía y lloraba mis ingratitudes, de las que tuve un dolor intensísimo. Después de haberme mostrado los dones que me había concedido y los rasgos de semejanza que en virtud de los mismos tenía con la Beata […], Jesús me requirió para que continuara su obra en el mundo manifestando a los hombres las riquezas de bondad y misericordia que atesora su divina Persona Humanada […]. Desapareció la visión, y al día siguiente, cuando supe que era la fiesta de la Beata - por una religiosa que lleva su nombre -, me quedé maravillada de ver cómo honra Jesús a sus esposas en su fiesta […]. Con motivo de esta visión se acentuó el afecto y devoción que profesaba a la B. Margarita.” (AE, n.429)

Precisamente en el siguiente capítulo de la autobiografía, referente a los meses de noviembre de 1905 a enero de 1906, la M. Sorazu dice que Dios Nuestro Señor empezó a presentarse a su alma “en forma paciente, como quien está triste y apenado” (AE, n.430). En este capítulo aparece hasta siete veces la expresión “ingrata correspondencia” que define la actitud de los hombres, contrapuesta al infinito y eterno amor de Dios, manifestado en el Corazón de su Hijo Humanado, que aquí sí aparece explícitamente. Así, por ejemplo, en los siguientes pasajes:

“Veía al Amor ingratamente correspondido y gravemente ultrajado de sus queridos hijos los hombres, a quienes buscaba para colmarlos de bienes, cuyos ultrajes e ingrata correspondencia sentía por los males que se acarreaban y bienes de que se privaban, porque el amor que sentía por ellos producía en Dios un ardiente anhelo de hacerles partícipes de su gloria y felicidad. Al mismo tiempo que el Ser divino, empezó a mostrarse en forma paciente Dios Humanado por idénticos motivos. En Dios Humanado no veía más que agonías de corazón, penas y sufrimientos, lo que me producía efectos dolorosísimos." (AE, n.432)

“En cualesquiera de los misterios y episodios de su vida en que buscaba al Salvador, o contemplaba, le veía siempre padeciendo, angustiado el Corazón a causa de la ingrata correspondencia de los hombres.” (AE, n.433)

“… la inmensa mayoría de las almas que viven en el mundo, con sus malos procederes e ingrata correspondencia, reproducen continuamente la santísima Pasión de Dios Humanado, cuyo corazón de fuego choca de continuo con el frío glacial que reina en el mundo, a quien nada interesa menos que la gloria de nuestro Amantísimo Dios Salvador.” (AE, n.435)

Y en el mismo capítulo de la autobiografía algunas quejas del Señor como la que sigue:

“¡Mis queridos hijos (los hombres) no me quieren!, mis amados, muy amados, tierna, infinita y eternamente amados, ¡no responden a mis solicitudes!, ¡no corresponden a mi amor, a mi ansia infinita de favorecerles! […] en su inmensa mayoría viven lejos de mí, no me aman ni me conocen, y en lugar de reconocimiento me infieren agravios […].” (AE, n.433)

A esas visiones de noviembre de 1905 a enero de 1906, sin duda, se refiere la M. Sorazu en La vida espiritual cuando dice:

"... Jesús se le presenta como un Amante divino infinitamente enamorado de los hijos de Adán, ansioso de poseerlos y compartir con ellos su felicidad y riquezas divinas que atesora y ¡oh humana ceguera! Desdeñado, ultrajado y perseguido de los mismos, que viene fugitivo del diluvio de pecados que le envían continuamente, buscando un asilo donde refugiarse. Ya antes había Dios buscado en su fiel amante un oasis donde solazarse y descansar sus divinos ojos, fatigados de ver las casi infinitas abominaciones que inundan el mundo; y ella había procurado resarcir sus agravios. Empero nunca le vio tan apenado y contristado en los sentimientos que abriga su Corazón, divinamente apasionado por los hombres." (VE 11,1) (Cfr. Carta al P. Mariano del 1-9-1910, n.8)

Se requiere, por tanto, resarcir o indemnizar o reparar, como dice la Madre Ángeles en otros lugares de sus escritos, tales agravios a Jesús, siendo para él un oasis o un asilo. Aquí cabe situar un pasaje de una reflexión sorazuana, que pueden leer en el el boletín de la Causa de Beatificación y Canonización de la M. Sorazu, en su último número de Mayo de 1908, y del que sólo cito algunas de las frases más significativas al respecto:

"Jesús me requiere para la reparación, quiere que sea para Él un oasis, su alcázar y hospedería y su refugio, y con mi estimación, fidelidad, caricias, alabanzas y demás obsequios, que procure indemnizar su Amor ultrajado, y hacerle olvidar los agravios que le infiere la humana ingratitud […]. Respondiendo a tu llamamiento, oh divino Jesús, me constituyo tu alcázar viviente y perpetua hospedería, tu asilo y solaz para acogerte y darte cariñosa hospitalidad cuando los pecadores te arrojan de su corazón y se niegan a recibirte las almas tibias a cuyas puertas llamas en vano. […] Oh divino Amor ultrajado, despreciado de la inmensa mayoría de las almas infinitamente amadas de tu Corazón, dulce Jesús saturado de oprobios, ven a mi corazón, refúgiate en mi alma […] como en seguro asilo para defenderte de los dardos de la humana ingratitud; ven a descansar de tus fatigas, y a consolarte en tus penas, las que procuraré dulcificar con mis obsequios. Quiero resarcir tus agravios y sostenerte en tus misteriosas flaquezas. […] Ven, Amado mío, y descansa en mi corazón, cuyo reconocido amor, unido al casi infinito que te profesa tu divina Madre, será el centinela que velará perpetuamente en tu presencia para defenderte del odio de tus enemigos, y el holocausto latréutico que te resarcirá del olvido y la indiferencia de las almas tibias. […] Recibe mi buena voluntad, oh Jesús, y bendice mis esfuerzos por resarcir tus injurias, para que mis anhelos, relacionados con tu gloria y con la salvación de las almas, sean satisfactoriamente cumplidos. Amén." (Exposición de varios pasajes de la Sagrada Escritura, Salamanca 1926, p.106-107)

En carta del 28 de enero de 1911 expuso la M. Ángeles al P. Mariano su escrúpulo por haber besado al Corazón de Jesús el día de la Anunciación del Señor del año anterior, coincidente con el Viernes Santo ese año:

"Repetidas veces me ha asaltado una duda de si habré faltado en una cosa que hice el día de Viernes Santo el año pasado […]. Yo sentía ansias grandes de arrojarme al cuello de Jesucristo, mi Padre, mi Esposo y mi Dios, y comerle, si posible fuera, para identificarme con Él y poseer su espíritu, absorberle en mí, o no sé qué; pero, como estaba lejos y no podía ir adonde su Majestad Divina estaba, no sabía qué hacer. Estando así, sentí un enamoramiento, o no sé qué, y, sin más reflexión, cogí del cuello y me abracé con la efigie del sagrado Corazón de Jesús que está en la iglesia, que teníamos dentro y estaba en la sala prioral, donde yo me hallaba. Y estando así abrazada con la efigie - me parecía que era el mismo Jesucristo -, y puestos mis labios en la llaga del Corazón, me pareció que absorbía todo el espíritu de Jesús, y que su sangre divina entraba en mi alma o en mi cuerpo, yo no sé qué. El hecho es que yo experimenté en mi alma los efectos que si hubiera bebido a raudales la sangre de Jesús, y absorbido su divino espíritu en mi alma. Quedé tan enamorada de Jesús, que el resto del día y otros quince o veinte días inmediatos los pasé no sé de qué manera, pero completamente enjesusada; y donde quiera que veía un Jesús crucificado, o no crucificado, con la llaga en el costado, me abrazaba a Él y le daba mil besos, y, puestos mis labios en la llaga, no acertaba a apartarlos de ella; parecía que me dormía o se liquidaba mi alma; no sé lo que me pasaba. Y esta es la cosa de la cual dije arriba tenía duda si habría faltado o cometido algún pecado de falta de respeto o atrevimiento en abrazar al Señor. Después no lo he vuelto a hacer, aunque sí me llaman mucho la atención y me atraen las efigies de Jesús que tienen llaga al costado, cuando estoy en estado de fijarme en efigies, que no siempre lo estoy." (Carta al Padre Mariano de Vega del 28-1-1911, n.3) (Cfr. Aut. Esp., n.534)

Ese mismo año 1910, el 30 de noviembre, la M. Sorazu tuvo la importante visión en la que contempló a Dios Uno y Trino, “Inmaculado, Inocente, Puro, Santo”, dando el ser a la Virgen María, “un ser inmaculado, inocente, puro y santo, semejante al suyo divino”. La refirió extensa e inmediatamente, a los tres días de ese favor divino, en carta al P. Mariano de Vega, y más tarde con mayor brevedad en la autobiografía, donde termina diciendo:

“Cesó la visión o comunicación, y fijándome en el tabernáculo donde yacía expuesto N. Señor Sacramentado, realicé muchos actos de complacencia por su infinita Pureza, de reconocimiento y amor por la creación y privilegios concedidos a María inmaculada, detestación de mis culpas y propósito de conservar mi alma pura y limpia de pecado, prefiriendo el infierno a cometer un solo pecado venial. Contestando a mi sentimiento y pesar de haber perdido la gracia Bautismal, Dios Humanado Sacramentado me mostró los inagotables tesoros de caridad que encierra su divino Corazón, el amor infinito que siente hacia los pobrecitos pecadores, y cómo de su misma inocencia y pureza inmaculada se sirve para compadecerse y ser más indulgente y benigno con las almas pecadoras, y con la pobre mía, que, arrepentida de sus extravíos, anhelaba transformarse en el mismo divino Señor infinitamente puro y santo.” (AE, n.554)

A los mismos “inagotables tesoros de caridad” del Corazón de Jesús se refiere la M. Sorazu en su relato de la visión al P. Mariano, en el que son relevantes las palabras con que expresa el propósito emitido por ella a consecuencia del favor recibido:

“[Jesús] me invitó a la participación de este atributo divino de su pureza, inocencia y candor, mediante el amor e imitación y un vivir abismada en Él. Propuse hacerlo así, y tener en adelante un cuidado exquisito de no manchar mi alma con ningún pecado mortal, venial ni imperfección, como lo había propuesto antes en la visión de la divinidad” (Carta al P. Mariano de Vega del 3-12-1910, n.3)

Unas palabras semejantes se hallan en un “aviso particular” de Santa Margarita María de Alacoque a una de sus Hermanas de comunidad:

“… hay que huir no sólo del pecado, sino de toda imperfección voluntaria que pudiera manchar, en lo más mínimo, la pureza de vuestro corazón. Este debe ser el trono de vuestro Amado, pagándole amor por amor…” (Margarita María de Alacoque, Aviso particular XXXVIII)   

De una cuenta de conciencia de la M. Sorazu al P. Mariano en una extensa carta escrita entre los meses de marzo y mayo de 1911, tomo dos pasajes relativos a una visita de Jesús acaecida el 2 de abril, domingo de Pasión:

“[Jesús] me alentó mucho, y llenó mi alma de ardientes deseos de imitarle, sobre todo en padecer humillaciones y desprecios por parte de las criaturas, y todo género de molestias por parte de las mismas […] indicándome la necesidad de padecer las mismas humillaciones, los mismos trabajos que su Majestad, para conocer plenamente, en cuanto es posible a una criatura, no sólo sus padecimientos físicos y morales, si que también los sentimientos de su Corazón, sus virtudes, y la extensión y nobleza de su infinito amor al hombre, y saber compadecerme de Él..." (Carta al P. Mariano de Vega de marzo-mayo de 1911, n.13)

"[…] me reveló Jesús las molestias y graves persecuciones que había sufrido de los hombres los tres años de su vida pública, el desprecio y los malos juicios que hacían de Él, etc., etc., etc.; y de un modo especial, lo mucho que había sufrido los últimos días de su vida mortal, sus congojas, angustias y tristezas, al ver frustrados sus designios de amor por la mala voluntad de unos y la falta de correspondencia de otros, y el poco o ningún aprecio que hacían de él la inmensa mayoría de los hombres, por cuyo amor había descendido del cielo a la tierra y se entregaba a la muerte. Al revelarme Jesús y recordarme estas y otras muchas penas, que había sufrido en silencio dentro de su Corazón, me hacía ver que experimentaba un consuelo muy grande en contarme sus penas, y que le servía de desahogo esta manifestación de los sentimientos y tristezas de su Corazón a mi alma; que yo, para su Majestad divina, era como una casa de refugio y descanso, una amiga y confidente de sus penas: pues, aunque tenía muchas almas que le aman con delirio en el Tabor, no en el Calvario; muchas que le pedían que se entregase todo a ellas, pero pocas que se entregasen a Él sin reserva para cuanto quisiera hacer y disponer de ellas; y, por consiguiente, pocas también que se hiciesen dignas del amor y confianza de su Majestad, pues no podía confiar sus trabajos, sus tribulaciones, sus penas ni los secretos de su Corazón sino a las almas que sufren y padecen con Él y como Él; y no puede hacer sufrir en Él y como Él a las que no se entregan a Él sin reserva, y quieren ser tratadas como niñas, siempre con cariño, y que no se las niegue ni disguste en nada." (ibidem, n.14)

Un acontecimiento importante en el convento de La Concepción, en vida de la M. Sorazu, fue la entronización del Corazón de Jesús. Tuvo lugar el 18 de octubre de 1914, precedida de un novenario y seguida de visitas y homenajes, que culminaron el 26 de octubre con un “acto de consagración al Deífico Corazón de Jesús”. ¿Por qué en 1914? Porque a principios de ese año el peruano P. Mateo Crawley, apóstol de la entronización del Corazón de Jesús en los hogares, había fundado en España la Obra de la Entronización del Divino Corazón, cuyo creciente arraigo había de culminar el 30 de mayo de 1919 con la inauguración del monumento en el Cerro de los Ángeles (Madrid) y la consagración de España al Corazón de Jesús por el Rey Alfonso XIII.

La M. Sorazu escribió pocos días después de la entronización en el convento del Corazón de Jesús una extensa crónica, cuyo manuscrito inédito se conserva en La Concepción. Me refiero seguidamente a algunos puntos de particular interés en la crónica.

En primer lugar, hemos de tener en cuenta que, desde la elección como abadesa en 1904 de la M. Sorazu, a propuesta suya y con unánime aceptación fue nombrada la Inmaculada Abadesa perpetua, ocupando su imagen la silla prioral. Debiendo entronizar al Corazón de Jesús se planteó la dificultad de la colocación de su imagen. Leemos en la crónica que, “siguiendo el consejo del R. P. Marcelino de la Paz, acordó la Comunidad […] colocar un cuadro del Corazón de Jesús en la silla prioral del coro, encima de la Santísima Virgen o parte superior del respaldo […] para que reine el Hijo en unión de la Madre, pues no sabemos separar a la Madre del Hijo ni al Hijo de la Madre”. ¿Quién era el P. Marcelino de la Paz? Fue quien, con motivo del proceso diocesano de la Causa del P. Bernardo de Hoyos,  dirigió infructuosamente a fines del siglo XIX las excavaciones en el templo de San Miguel con miras a localizar la sepultura del P. Hoyos. Por consiguiente, las religiosas de La Concepción habían de conocer bien las revelaciones del Corazón de Jesús al P. Hoyos y su promesa de reinar en España. Esto queda confirmado por la crónica, cuando dice que, en la víspera de la entronización, “de improviso la organista ejecutó con santo entusiasmo el hermoso himno dedicado al Venerable P. Bernardo Francisco de Hoyos”. Ese entusiasmo reinante en los actos es patente en la crónica, pues en ella leemos otras elocuentes expresiones tales como “con inusitado entusiasmo y vítores de alegría”, “con gran entusiasmo”, “con un fervor extraordinario”, “con entusiasmo sin igual”, “alegría y júbilo extraordinario”, “con mucho entusiasmo”.

Asimismo, leemos en la crónica que la imagen del Corazón de Jesús fue adornada con unas cintas y rosetas con vivas a Jesús como Rey, en una de las cuales figuraba escrito: “Viva el Rey triunfador del mundo y del demonio, triunfad de nuestros corazones, y reinad en España con mayor veneración que en ninguna otra parte”, palabras estas últimas en las que reconocemos la promesa de reinado en España del Corazón de Jesús, con la que fue agraciado el P. Hoyos. Y la afirmación de la realeza de Jesús es perceptible en todos los actos descritos. Así, en las impetraciones hechas durante la procesión por el convento con la imagen del Corazón de Jesús: “Reine Jesús en nuestras alma. Reine. Reine en esta santa comunidad en el atributo del amor y misericordia por siempre jamás. Reine. Extiéndase el reinado de amor en el universo mundo. Extiéndase. Reine en todas las almas y conviértanse todos los masones…”

La voluntad de reparación al Corazón de Jesús se hallaba también presente en el acto de entronización, en cuya crónica leemos: “que de hoy en adelante seáis Vos, Corazón divino, el único objeto de nuestros cariños, y el blanco de nuestras aspiraciones, para reparar en lo posible las muchas ofensas que Vos recibís de la inmensa mayoría de las almas.”

Y para terminar les ofrezco uno de las pocas páginas conservadas del Diario de la M. Sorazu del año 1918, pues fue quemado por ella casi en su totalidad. Tiene el interés de mostrar la perfecta sintonía entre los Corazones de Jesús y de María y la cooperación de la Madre a la obra redentora del Hijo:     

"… el 2 de marzo por la tarde […] Dios Nuestro Señor fue servido concederme la gracia de participar algo de lo que padecieron los Sagrados Corazones de Jesús y María cuando se separaron para ir el Salvador al huerto de Getsemaní […]. Tuve inteligencia clara de las disposiciones interiores de la Virgen, de los sentimientos amorosos y dolorosos que abrigaba su Corazón hacia su divino Hijo, cuando salió Éste del Cenáculo para ir al huerto. Parecióme ver a la Señora postrada a los pies de Jesús con el Corazón destrozado por el dolor, dando profundos gemidos, mejor dicho ahogada por la grandeza del dolor […];  a cuyos gemidos correspondían los del Corazón santísimo de Jesús, el cual en el momento que se vio en presencia de su angustiada Madre, única que sabía estimar su vida y sentir su ausencia y separación, soltó la corriente al dolor que había estado como represado en su Corazón y exhaló profundos gemidos. Tuve inteligencia del reconocido amor del Corazón de Jesús al Eterno Padre por el beneficio de la unión hipostática con que le distinguiera, y cómo este reconocimiento le obligó, en cierto modo, a aceptar los tormentos de la pasión y redimir al género humano para cumplir la voluntad del mismo divino Padre, cuya voluntad, así como le había colmado de bienes en su Encarnación, quería por su medio favorecer a los hombres justificándolos, pues su bondad infinita no se limitó a beneficiar a Cristo y su Madre, sino que se extiende a la creación entera. Reveló Jesús a su Madre el sentimiento de gratitud a la voluntad del Padre […] que le arrastraba al sacrificio; y alentóla a padecer con Él para procurar su perfecto cumplimiento redimiendo al género humano; y reclamando la compasión y gratitud, amor y estima de la Señora para las horas de su dolorosa agonía, despidióse de Ella. Con la inteligencia que se me comunicó de la inocencia, santidad de los Corazones de Jesús y María y de los sentimientos que los animaban quedé altamente prendada; y como entendí la complacencia suma que Dios Padre recibió de los mismos, imploré su misericordia a favor de los pecadores por los méritos y virtudes de dichos sagrados Corazones muchas veces, en la ocasión que refiero y en los días siguientes." (Diario 2-3-1918)

Jesús alentó a su Madre para “padecer con Él” y así procurar el “perfecto cumplimiento” de la “voluntad del Padre” en orden a la redención del género humano. Unámonos también nosotros gustosamente a nuestra Madre en la obra redentora con nuestro amor y actos de reparación al Corazón de Jesús, pues como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica en su nº 618:

“[Cristo] llama a sus discípulos a tomar su cruz y a seguirle porque Él sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que sigamos sus huellas. Él quiere, en efecto, asociar a su sacrificio redentor a aquellos mismos que son sus primeros beneficiarios. Eso lo realiza en forma excelsa en su Madre, asociada más íntimamente que nadie al misterio de su sufrimiento redentor.”

 

P. Ramón Olmos Miró, m.C.R.

20 de junio de 2008

Abreviaturas utilizadas relativas a las obras de la M. Sorazu:

AE: Autobiografía Espiritual, edición del P. Luis Villasante, Madrid 1990

VE: La Vida Espiritual, edición del P. Melchor de Pobladura, Madrid 1956