Casi veinte años después

Casi veinte años después

(Publicado en la revista Cristiandad, octubre 1990)

En su número de marzo de 1972, Cristiandad publicaba unos artículos dedicados a la obra que empezara en Barcelona el Rdo. P. Jaime Piulachs Oliva S.J. Eran párrafos de esperanza y súplica: "Las ansias apostólicas del P. Piulachs crecieron al ritmo de los años. Lo mismo la institución que le reconoce como su fundador y padre. Por eso, junto a la linea sacerdotal, alma de toda la institución, crecerán también en su seno vocaciones a la virginidad consagrada, matrimonios ejemplares, auxiliares entregados. Estas líneas convergentes de la institución están ya trazadas. Sólo esperan también su respuesta generosa y otras respuestas generosas más".

Hoy, casi veinte años después, cuando ya casi cien vocaciones religiosas florecidas en la institución han coronado la cima de la consagración total a Cristo, tengo la profunda satisfacción de poder hablar de logros y de frutos. Al fin, por caminos providencialmente trazados, se ha podido inaugurar el tan deseado colegio que, como se entendió desde muy al principio, sería el mejor semillero de vocaciones a una vida cristiana y santa. Ya que el lema de la revista es también el lema del colegio, quisiera recordar ahora las palabras que me pidieron para el día en que se celebró la inauguración de dicho colegio. Así los lectores que también han colaborado a que aquello haya sido posible, confortarán sus corazones y podrán dar conmigo gracias a Dios. Pues bien, en aquella ocasión pude decir gozoso:

¡Salve! Iglesia Católica. ¡Salve! Madre Santa. ¡Pueblo de Dios! Escucha mi discurso. ¡Atiende, esposa de Cristo, a mi oración que no es más que el canto de acción de gracias de un padre de familia agradecido que hoy tiene la oportunidad de dirigirte a ti, Iglesia Jerárquica, iglesia contemplativa, Iglesia activa, Iglesia triunfante, Iglesia Entera. A la Iglesia Jerárquica me dirijo, representada aquí por la persona de Vuestra Excelencia Reverendísima, Monseñor Ramón Daumal, que pertenece al Colegio de aquellos que han sido tocados por los que lo fueron por otros que en una larga cadena de contactos sensibles y eficaces de la Gracia, alcanzan hasta los mismos que tuvieron oportunidad de meter sus dedos en las Llagas de Cristo y su mano en la de su costado.

A la Iglesia contemplativa me dirijo en los que la representan aquí, ya tantos, porque tienen familiares y amigos en la Cartuja o el Carmelo. A vosotros, Iglesia activa, que también representáis a tantos otros que no han podido venir por la edad, la distancia, la enfermedad u otras obligaciones.

Y a la Iglesia triunfante, que aunque no necesita representantes porque está aquí presente, pues el que ve a Dios lo ve todo en El y alcanza, como dice San Agustín, todo su saber en una sola mirada, es también representada por los que tenéis familiares que reposan ya en luz del Señor.

Y para que veáis cuán grande es mi agradecimiento podemos considerar que una persona estará tanto más agradecida cuanto más necesitada esté de la cosa concedida, y más la haya deseado y más imposible sea para ella el conseguirla.

Pues bien, ante mis ojos se presenta con diáfana patencia, que yo necesito este colegio para ejercer mi derecho a educar a mis hijos como yo quiero. Y este derecho mío es anterior a toda ordenación municipal, y anterior a la república o a la monarquía, y anterior a cualquier dictadura y a cualquier democracia. Y sé que tengo el deber de defender este derecho hasta con la vida si preciso fuera, y acepto ese deber como una dulce obligación, y puedo con ello, no yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y como testimonio de esa necesidad os diré que aquí mismo, en una reunión de padres de alumnos, apelaba a la fuerza del sacramento de nuestros matrimonios como motivo de confianza en la consecución del colegio. Porque si, como enseña el catecismo, el matrimonio es un sacramento que da gracia a los esposos para vivir juntos santamente y dar educación cristiana a los hijos, es así que nosotros necesitamos este colegio para ello, luego por la fuerza del sacramento podemos conseguirlo.

Y podréis apreciar el deseo que del colegio tengo, pensando que no hay mayor deseo para un padre que el bien de los hijos. Y el bien que más se les desea es aquel que no se lo podrán quitar: la educación. Y más en este caso, que por tratarse de educación cristiana tiene que ver con aquellas palabras de Jesucristo: "No tengáis miedo, pequeño rebaño, que plugo a mi Padre daros el reino y nadie os podrá quitar vuestra alegría".

Y mirad si juzgaba imposible para mí el conseguirlo que, cuando me enteré de que había de reunir cien millones en diez meses, no se me ocurrió otra cosa que comprar un número de los ciegos todo los viernes, de esos que tocan cien millones. Y rezaba una oración como esta: "Señor, tus ministros mueven las estrellas y Tú infundes todas las fuerzas naturales. Tú puedes hacer salir el número. ¡Señor, te es muy fácil! ¡Hasta yo sabría hacerlo!". Pero le decía a mi mujer: Dios prefiere mover corazones a mover palanquitas de bombos de lotería. ¡Y tanto que han sido movidos!

En cuanto a la Iglesia contemplativa, quiero referirme a Lourdes Sanmartí. Desde muy niña la he visto crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. Trasplantada de año en año en tierras de nuestros campamentos y la he visto regar con el agua de las enseñanzas que allí se impartían. Tengo el consuelo de pensar que, un poco, hasta la regué yo también.

Hasta que, al fin, la acompañamos a su jardín definitivo: el palomárcico, sí ya sé que se llaman palomarcicos, los de Santa Teresa, pero desde que su Santidad el Papa Juan Pablo II, en su viaje a España, lo pronunció así, me gozo yo también, con un consuelo muy íntimo, en llamarlos palomárcicos. Al palomarcico, digo, del convento de la Aldehuela, junto a la tumba de la Madre Maravillas de Jesús. Era el día de su profesión solemne. En aquel banquete de bodas, con las mesas al aire libre, de Lourdes con Nuestro Señor Jesucristo, cuando se vació algo el locutorio, me introduje a duras penas y me encontré en primera fila, arrodillado frente a la reja. Ella se me parecía una reina, con su velo blanco y su corona de rosas. Recuerdo que le dije: "Pida por el colegio de Sentmenat. Es la educación de mis hijos. ¡Puede ser su salvación!". Y me contestó también como una reina poderosa: -Eso está hecho.

Dijo sólo esto, y su conversación, ágil como un ciervo, continuó por las otras cabezas que como las uvas de una parra se apelmazaban alrededor de la reja. Hasta llegué a pensar que me había hecho poco caso. Pero no. Ahora nosotros podemos decir también: esto está hecho. Y vienen a la memoria aquellas palabras: "Porque habéis creído. Bienaventurados los que creerán sin haber visto".

"A mayor gloria de Dios, y para el bien de las ciencias y de las letras" quiso la Providencia que la Iglesia Jerárquica se viera también involucrada en esto. Ya sabéis la historia. Una madre de familia con catorce hijos. desinteresadamente porque reside en Madrid, tuvo la corazonada de escribir al Santo Padre. Si se me hubiera ocurrido a mí. no habría escrito. Pasa como si hubiese inventado el violín. que no lo habría construido pensando que era imposible tocar un instrumento en una posición tan incómoda. Pero cuántos corazones movió Dios para que la carta llegara, fuera abierta. considerada, y tanto, que efectivamente se llevó a término práctico una operación sin la cual habría sido imposible lo que hoy celebramos.

De tantos favores recibidos de la Iglesia activa, quiero destacar hoy el acto heroico de tantos profesores del colegio que habiendo estado meses y meses sin cobrar su sueldo en pro del colegio de Sentmenat, se mantuvieron fieles a su espíritu de servicio.

¡Qué fácil es imaginar ejemplos de intervención de la Iglesia Triunfante en este negocio! Podemos pensar en San Luis Gonzaga, San Juan Berchmans, San Estanislao de Kotsca y Santo Domingo Sabio jugando al frontón con las estrellas, y entre pelota y pelota, cómo hablan de qué les dirán a San Ignacio y San Juan Basca para explicarles cómo tienen que convencer a Dios para que disponga lo necesario para que se cumpla su voluntad en la tierra como en el cielo. y ahora una confidencia: Si es tanta la felicidad que experimentamos en este mundo cuando nos damos las gracias unos a otros, qué no será aquella dicha en que, durante toda la eternidad, con conocimiento perfecto de las interacciones en la historia de la salvación de cada uno de nosotros, nos estaremos eternamente agradeciendo los favores que nos habrán alcanzado aquella misma dicha sin par. Allí os emplazo, en aquel lugar en donde, como dice San Agustín al terminar la Ciudad de Dios, "descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos".
Manuel M. Domenech Izquierdo


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