En la tierra como en el cielo

(Es deseo de Jesucristo: el laicismo desaparecerá).

Esta representación se escenificó el día de la familia del campamento juvenil organizado por la "Asociación de la Inmaculada y San Luis Gonzaga" en el Pirineo aragonés, para el verano del 2005.

Con ella rendimos homenaje al llorado papa Juan Pablo II el Grande, agradecidos de haber proclamado este Año de la Eucaristía que estamos viviendo.

Nos enseñaba que "Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara «con» ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse «en» ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca «permanencia» nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra".

[Los fragmentos entre corchetes no se leyeron para dar más agilidad a la acción]

Padre nuestro, que estás en el cielo, ¡Santificado sea Tu Nombre!
¡Venga a nosotros Tu Reino!
¡Hágase tu Voluntad!
En la tierra, como en el cielo.
Primer cuadro

Al final de la historia todo será en la tierra como en el cielo. Pero ahora todavía no le es. Nos consuela que esto también está profetizado en al Apocalipsis (Ap 16,11).

Dice el Salmista: (Sal 30,22) "Cantaremos eternamente las misericordias del Señor". Sí. Ahora ya podemos cantar con la eternidad. Desde la tierra con el cielo. Pero ahora no cantamos todos.

Se sigue predicando lo que en aquel tiempo dijo Jesús a los judíos: "mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Pero como entonces, al oír sus palabras, muchos dicen: "esta doctrina es intolerable, ¿quién puede admitirla?".

Dura es esta doctrina. Para la transubstanciación se requiere poder creador, sólo Dios puede hacer que, sin que se note, una cosa deje de ser lo que era y se convierta en otra, y así quiere Él ser adorado, creído y amado en la Eucaristía, como fue debido desde Belén hasta el Calvario.

Y otros, pensando como San Pedro, a la llamada: "¿también vosotros queréis iros?", responden: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. [Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios]".

La Eucaristía es para la historia, para que se manifiesten los sentimientos de muchos corazones, para que se prolonguen a través de los siglos, las actitudes de los que en el Calvario no querían que Cristo reinara sobre ellos y de los que gritaron Hosanna al Hijo de David el Domingo de Ramos. Hasta que vuelva. Hasta la renovación de todas las cosas y todo sea en la tierra como en el cielo. El Misterio Eucarístico a través de la historia nos da tiempo para asociarnos con los que vivieron el alba del Cristianismo, y estuvieron alrededor del Calvario. Como ciertamente, la paciencia de Dios nos da la oportunidad, "en la Eucaristía hemos de reparar la suprema injusticia del Calvario".

[Dice el Apóstol: "Arrepentíos y convertíos, para que se borren vuestros pecados, de modo que vengan los tiempos del refrigerio de parte del Señor y que Él envíe a Jesús, el Cristo, el cual ha sido predestinado para vosotros. A Éste es necesario que lo reciba el cielo hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de las que Dios ha hablado desde antiguo por boca de sus santos profetas" (Hechos 3,19-21)].

Se representa una predicación que es creída por unos y rechazada por otros.

Los adoradores, con defensores y los atacantes.

La historia de la Iglesia nos enseña con ejemplos de mártires y doctores, de reyes y mendigos, religiosos y seglares, que han honrado el Misterio Eucarístico.

Segundo cuadro

Una Niña mártir de la Eucaristía inspiró a Monseñor Fulton Sheen hacer una hora santa de oración frente a Jesús Sacramentado todos los días, por el resto de su vida.

En China, los asaltantes de una Iglesia, encarcelaron a un sacerdote en su propia rectoría cerca de la Iglesia. El sacerdote observó aterrado desde su ventana, como, llenos de odio profanaron el tabernáculo, tomaron el copón y lo tiraron al suelo, esparciendo las Hostias Consagradas. Eran tiempos de persecución y el sacerdote sabía exactamente cuántas Hostias contenía el copón: Treinta y dos.

Una niñita que rezaba en la parte de atrás de la iglesia, vio todo lo sucedido. Por la noche regresó a la iglesia. Allí hizo una hora santa de oración, se adentró al santuario, se arrodilló, e inclinándose hasta el suelo, con su lengua recibió a Jesús.

La pequeña continuó regresando cada noche, haciendo su hora santa y recibiendo a Jesús Eucarístico en su lengua. En la trigésima segunda noche, después de haber consumido la última Hostia, accidentalmente hizo un ruido que despertó al guardia. Este corrió detrás de ella, la agarró, y la golpeó hasta matarla con la culata de su rifle.

La fuerza de Dios impide que la del infierno abra los bracitos de Tarsicio que guarda celosamente el Sacramento.

El año 585, muere martir de la Eucaristía San Hermenegildo. En la prisión fue nuevamente trabajado para que abjurase del catolicismo y abrazase otra vez la religión arriana, pero la desgracia no aminoró la firmeza de su fe católica, siendo asesinado en el propio calabozo por Sisberto, al negarse a recibir la comunión de manos de un obispo arriano.

"Sangre de mártires, semilla de cristianos". La suya lo fue, y tanto, que por la conversión del rey arrepentido se restauró aquella primera unidad católica que forjó el Apóstol Santiago.

Se representa una niña mártir de la Eucaristía inspira a un obispo.

La muerte de San Tarsicio que guarda celosamente el Sacramento.

El año 585, muere martir de la Eucaristía San Hermenegildo.

Tercer cuadro

Mientras Santo Tomás y San Buenaventura se inspiran para componer los himnos de la liturgia de la Solemnidad del Corpus Christi, podemos cantar con el Cantar de los Cantares:

"He aquí que llega subiendo por montes y atravesando collados". (Cant. II,8)

y comentar con San Alfonso María de Ligorio:

¡Cuántos montes y collados ha tenido que atravesar para poder unirse a nosotros por el Santísmo sacramento! De Dios, hacerse hombre; de inmenso, a niño, de omnipotente, a siervo; del seno del Padre, al de una Virgen; del Cielo, a un establo; desde el Cielo, a un patíbulo infame; desde la gloria, a nuestro pecho.

San Buenaventura rompió sus trabajos al ver los de Santo Tomás.

Se representa a Santo Tomás y San Buenaventura preparando sus composiciones, reuniéndose, intercambiando sus trabajos y, finalmente, a San Buenaventura rompiendo sus papeles.

Cuarto cuadro

San Fernando vivió siempre como buen cristiano. Pero su muerte fue también especialmente ejemplar. Murió el último día de mayo de 1252, a los 53 años de edad. Con razón dice Menéndez Pelayo: " El tránsito de San Fernando oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida".

La Primera Crónica General de España describe de este modo sus últimos momentos: "Et pues que este bienaventurado et santo rey D. Fernando vio que era complido el tiempo de la su vida et que era llegada la hora en que había de finar, fizo traer el su Salvador, que es el cuerpo de Dios... Et cuando vio venir contra sí el fraile que lo aducía, fizo una maravillosa cosa de gran humildat, ca a la hora que lo asomar vio, dejóse derribar del lecho en tierra et, teniendo los hinojos fincados, tomó un pedazo de soga, que mandó apegar et echóselo al cuello... Et pues que el cuerpo de Dios hubo recibido, como dicho habemos, fizo tirar de sí los paños reales que le vestían".

[San Fernando no quiso que se le hiciera estatua yacente; pero en su sepulcro grabaron en latín, castellano, árabe y hebreo este epitafio impresionante: «Aquí yace el Rey muy honrado Don Fernando, señor de Castiella é de Toledo, de León, de Galicia, de Sevilla, de Córdoba, de Murcia é de Jaén, el que conquistó toda España, el más leal, é el más verdadero, é el más franco, é el más esforzado, é el más apuesto, é el más granado, é el más sofrido, é el más omildoso, é el que más temie a Dios, é el que más le facía servicio, é el que quebrantó é destruyó á todos sus enemigos, é el que alzó y ondró á todos sus amigos, é conquistó la Cibdad de Sevilla, que es cabeza de toda España"].

El Padre Alba nos había explicado muchas veces cómo un mendigo arrodillado en el barro, al pasar el Santísimo, inspiró la letra del himno "Cantemos al Amor de los amores", al Padre Restituto del Valle Ruiz, de la Orden de San Agustín.

Se representa a San Fernando, queriendo recibir el Santo Viático de rodillas.

Mendigo arrodillado en el barro al paso del santísimo.

Quinto cuadro

A la Beata Madre María Rafols Bruna le tocó vivir en una época de profundos cambios políticos, tiempos difíciles. En los sitios de Zaragoza (1808-1809) durante la Guerra de la Independencia, las Hermanas dan testimonio de su temple y heroísmo, especialmente cuando, en 1814, el Hospital es bombardeado e incendiado. Entre balas, ruinas y escased total de alimentos la Madre se arriesga hasta a salir de la ciudad sitiada para pedir al Mariscal Lannes limosna para los enfermos y heridos, y el duro caudillo se conmueve. Nada pide para sí, sólo arriesga su vida por los demás, y por rescatar el Santísimo de las llamas del incendio del hospital. Así dio ejemplo al Siervo de Dios Carlos Díaz Gandía

Su esposa, declara: "Estando yo leyendo los escritos de la M. Rafols en los que predecía una persecución en España, me dijo que él se había ofrecido ya hacía tiempo como víctima".

El 28 de Julio de 1.936, cuando sistemáticamente comenzaron los saqueos de los templos de la Ciudad de Onteniente, persuadido de que el Señor estaba en el Sagrario, corrió a la Arciprestal e inmediatamente, y sin contar con el peligro que ello suponía, evitó que fuese profanada la Santa Eucaristía.

Fue martirizado la noche del 11 de agosto de 1936, en Agullent, población cercana a Onteniente. Eduardo Latonda Puig, compañero de prisión y testigo de oficio, afirma que los asesinos comentaron que "había muerto diciendo: '¡Viva Cristo Rey!'".

Se representa a la Madre Rafols y Don Carlos Díaz rescatando el Santísimo.

Sexto cuadro

El suceso de Tumaco: Retroceden las olas del mar ante la Hostia consagrada.

El 31 de enero de 1906, en una aldea de la pequeña isla de Tumaco, en la costa del Pacífico de Colombia, se hallaban el misionero reverendo padre fray Gerardo Larrondo de San José, y su auxiliar el padre fray Julián Moreno de San Nicolás de Tolentino, ambos recoletos. Eran casi las diez de la mañana, cuando comenzó a sentirse un espantoso temblor de tierra, por más de diez minutos, según cree el padre Larrondo, [y tan intenso, que dio con todas las imágenes de la iglesia en tierra. El pánico que se apoderó de aquel pueblo, el cual todo en tropel se agolpó en la iglesia y alrededores, llorando y suplicando a los padres organizasen inmediatamente una procesión y fueran conducidas en ellas las imágenes, que en un momento fueron colocadas por la gente en sus respectivas andas.

Parecíales a los padres más prudente animar y consolar a sus feligreses, asegurándoles que no había motivo para tan horrible espanto como el que se había apoderado de todos, y en esto se ocupaban los dos fervorosos ministros del Señor cerca de la iglesia, cuando advirtieron que], como efecto de aquella continua conmoción de la tierra, iba el mar alejándose de la playa y dejando en seco quizá hasta kilómetro y medio de terreno de lo que antes cubrían las aguas, las cuales iban a la vez acumulándose mar adentro, formando como una montaña que, al descender de nivel, había de convertirse en formidable ola, quedando probablemente sepultado bajo ella y siendo barrido el pueblo, cuyo suelo se halla precisamente a más bajo nivel que el del mar.

Aterrado entonces el padre Larrondo, lanzóse precipitadamente hacia la iglesia, y, llegándose al altar, sumió a toda prisa las Formas del sagrado copón, reservándose solamente la Hostia grande, y acto seguido, vuelto hacia el pueblo, llevando el copón en una mano y en otra a Jesucristo Sacramentado, exclamó: Vamos, hijos míos, vamos todos hacia la playa y que Dios se apiade de nosotros. Como electrizados a la presencia de Jesús, y ante la imponente actitud de su ministro, marcharon todos llorando y clamando a Su Divina Majestad, tuviera misericordia de ellos.

Poco tiempo había pasado, cuando ya el padre Larrondo se hallaba en la playa, y aquella montaña formada por las aguas comenzaba a moverse hacia el continente, sin que poder alguno de la tierra fuera capaz de contrarrestar aquella arrolladora ola, que en un instante amenazaba destruir la aldea de la isla de Tumaco. No se intimidó, sin embargo, el fervoroso recoleto; antes bien, descendió intrépido a la arena y, colocándose dentro de la jurisdicción ordinaria de las aguas, en el instante mismo en que la ola estaba ya llegando y crecía hasta el último límite el terror y la ansiedad de la muchedumbre, levantó con mano firme y con el corazón lleno de fe la Sagrada hostia a la vista de todos, y trazó con ella en el espacio la señal de la Cruz. La ola avanza un paso más y, sin tocar el sagrado copón que permanece elevado, viene a estrellarse contra el ministro de Jesucristo, alcanzándole el agua solamente hasta la cintura. Apenas se ha dado cuenta el padre Larrondo de lo que acaba de sucederle, cuando oye primeramente al padre Julián, que se hallaba a su lado, y luego a todo el pueblo en masa, que exclamaban como enloquecidos por la emoción: ¡Milagro! ¡Milagro!

En efecto: como impelida por invisible poder superior a todo poder de la naturaleza, aquella ola se había contenido dulcemente, y la enorme montaña de agua, que amenazaba borrar el pueblo de la faz de la tierra, retrocedía mar adentro, volviendo a recobrar su ordinario nivel y natural equilibrio. A las lágrimas de terror sucediéronse la lágrimas de alegría; a los gritos de angustia y desaliento siguieron gritos de agradecimiento y de alabanza, y por todas partes y de todos los pechos brotaban vivas a Jesús Sacramentado.

Mandó entonces el padre Larrondo que trajeran de la iglesia la Custodia, y, colocando en ella la Sagrada Hostia, se organizó una solemnísima procesión, que fue recorriendo calles y alrededores del pueblo, hasta ingresar Su Divina Majestad con toda pompa y esplendor en su santo templo, de donde tan pobre y precipitadamente había salido momentos antes.

Se representa al Milagro de Tumaco.

Séptimo cuadro

El Apocalipsis es un libro profético. No se puede negar que lo es. Es Palabra del Dios que es, que era y que será. Del Dios que viene.

Nos consuela con la esperanza de que llegará un día en que todos los hombres harán de su quehacer terreno una liturgia terrenal, una Misa, en el espíritu del Apostolado de la Oración. Esto será el Reino de los Mil Años, en el que los católicos también creemos, y que esperamos y pedimos: "Ven, Señor, Jesús".

El Apocalipsis nos muestra cómo son el cielo y sus cantares:

  [«Digno eres,oh Señor y Dios nuestro,
de recibir la gloria
y el honor
y el poder
pues tu creaste todas las cosas,
y por tu voluntad existen
y fueron creadas»]
Y toda criatura
que está en el cielo
y sobre la tierra
y debajo de la tierra
y sobre el mar
y las cosas que hay en ellos,
oí que decían:
«Al que está sentado sobre el trono
y al Cordero,
la bendición,
y el honor,
y la gloria,
y el poderío,
por los siglos de los siglos».
 

El Reino de Dios está cerca, no sólo en el tiempo sino también en el espacio. Con la Santa Misa participamos ya de la liturgia celestial, cantando, como un eco de los cantos apocalípticos: "Tuyo es el reino, el poder y la gloria".

Un banquete terrenal siempre tendrá las diferencias que maldice San Pablo, pero la Misa no lo es.

Padre Nuestro, danos hoy nuestro Pan de cada día, para que todo sea en la tierra, como en el cielo. Como hijos pródigos nos acercamos al altar y el Padre lo celebra con un banquete, es el Banquete Pascual, la Cena del Cordero, el Banquete de Bodas eterno y celestial, el que se celebra en la tierra como en el cielo, en el que nos entrega el Cordero Degollado por nuestros pecados, el Hijo Mayor del Padre ofendido, se ha ofrecido como víctima, como verdadera comida y verdadera bebida.

Perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden, para que todo sea en la tierra, como en el cielo.

Ahora, en la Santa Misa, en la Cena del Cordero Degollado, ya podemos decir "amen" con la eternidad, con los cuatro vivientes del Apocalipsis (Ap 5,4), pero "amen, aleluya" sólo se puede decir hacia el final de la historia, cuando ya haya sido juzgada Babilonia, como preámbulo del Banquete de Bodas del Cordero con su Iglesia, que se celebrará terminada la historia, en la eternidad de la tierra renovada bajo el nuevo cielo.

No nos dejes caer en la tentación, para que todo sea en la tierra, como en el cielo.

Y líbranos del malo, para que todo sea en la tierra, como en el cielo.

"Amen", decimos al coronar el canon de la misa, "Amen", decimos con los ancianos del apocalipsis, "Amen", diremos al comulgar con perfecta analogía con el "fiat" de María, ejemplar supremo de ser para que todo sea en la tierra como en el cielo.

Amén.

Se representa el rezo del Padre Nuestro por un grupo numeroso con los brazos abiertos.


Notas y fuentes

Es imposible una historia indefinida de religiosidad en el templo y laicismo en la calle.

Nos podemos santificar trabajando en el ambiente laico de la calle, pero esto no será siempre así. Muchos mártires lo han sido por trabajar y luchar para que deje de ser así.

La victoria en esto no será nuestra. Será de Cristo, y sólo nuestra con Él si antes fracasamos: "Si el grano de trigo no muere...".

El sufrimiento de la última persecución será peor que la muerte y comportará la aceptación perfecta de nuestra impotencia salvada por el poder de Cristo.

P. Cano domingo 26-6-05 Salmo 30,22 "Cantaremos eternamente las misericordias del Señor". Ahora ya podemos cantar con la eternidad.

Si no es a Tí a quien iremos

Lectura del Santo Evangelio según San Juan 6,55. 60-69

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: "mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida". Al oír sus palabras, muchos discípulos de Jesús dijeron: "esta doctrina es intolerable, ¿quién puede admitirla?".

Dándose cuenta Jesús de que sus discípulos lo criticaban, les preguntó: "¿Esto os escandaliza? ¿Qué sería si vierais al Hijo del hombre subir a donde estaba antes? El Espíritu es quien da la vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y vida. Y a pesar de esto, algunos de vosotors no creéis".

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Después añadió: "por eso os he dicho que nadie puede venir a Mí si el Padre no se lo concede".

Desde entonces, muchos de sus discípulos se echaron atrás y ya no querían andar con El. Entonces Jesús les dijo a los doce: "¿también vosotros queréis iros?". Simón Pedro le respondió: "Señor, ¿a quién iremos? Sólo Tú tienes palabras de vida eterna. Nosotros creemos y sabemos que Tú eres el Santo de Dios".

La Misa y el Apocalipsis

Una magnífica página sobre el Apocalipsis está en:
El Libro del Apocalipsis
cuya sinopsis al principio dice: "El Apocalipsis no es solamente un libro acerca de un futuro que no sabemos cuándo llegará, sino de un AHORA. Está hablando de la lucha permanente entre el bien y el mal, y de la misa, que es el cielo en la tierra, tal como ha enseñado siempre la Iglesia".

The Lamb's Supper: The Mass and the Apocalypse

Liturgia terrena y Liturgia celeste
Sacrosanctum Concilium
8. En la Liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en aquella Liturgia celestial, que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, y donde Cristo está sentado a la diestra de Dios como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero, cantamos al Señor el himno de gloria con todo el ejército celestial; venerando la memoria de los santos esperamos tener parte con ellos y gozar de su compañía; aguardamos al Salvador, Nuestro Señor Jesucristo, hasta que se manifieste El, nuestra vida, y nosotros nos manifestamos también gloriosos con El.

Cantemos al amor de los amores

Cantemos al amor de los amores,
cantemos al Señor.
Dios está aquí,
venid, adoradores, adoremos a Cristo Redentor.
Gloria a Cristo Jesús;
cielos y tierras, bendecid al Señor;
honor y gloria a Ti, Rey de la gloria,
amor por siempre a Ti, Dios del amor.

Unamos nuestra voz a los cantares
del coro celestial;
Dios está aquí;
al Dios de los altares, alabemos
con gozo angelical.
Gloria a Cristo...

Ignacio Busca Sagastizabal autor de la música del himno eucarístico del XXII Congreso Internacional celebrado en Madrid en 1912
"Cantemos al amor de los amores, cantemos al Señor".
Letra: P. Restituto del Valle Ruiz O.S.A.
Música: Ignacio Busca Sagastizabal.

Himno eucarístico del XXII Congreso Internacional celebrado en Madrid en 1912 (partitura)
Himno eucarístico del XXII Congreso Internacional celebrado en Madrid en 1912 (música)

Carta apostólica Mane Nobiscum Domine

Carta apostólica Mane Nobiscum Domine

«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4) Cuando los discípulos de Emaús le pidieron que se quedara «con» ellos, Jesús contestó con un don mucho mayor. Mediante el sacramento de la Eucaristía encontró el modo de quedarse «en» ellos. Recibir la Eucaristía es entrar en profunda comunión con Jesús. «Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Jn 15,4). Esta relación de íntima y recíproca «permanencia» nos permite anticipar en cierto modo el cielo en la tierra. ¿No es quizás éste el mayor anhelo del hombre? ¿No es esto lo que Dios se ha propuesto realizando en la historia su designio de salvación? Él ha puesto en el corazón del hombre el «hambre» de su Palabra (cf. Am 8,11), un hambre que sólo se satisfará en la plena unión con Él. Se nos da la comunión eucarística para «saciarnos» de Dios en esta tierra, a la espera de la plena satisfacción en el cielo.

Fernando III, el Santo

San Fernando III, Rey de Castilla y Aragón (España).
Fiesta: 30 de mayo. 1198-1252. Patrón de España junto a Santiago.
Canonizado el 4 de febrero de 1671.
Vida de San Fernando
Vida de San Fernando

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