"Ut unum sint"

Audiencia general del 29 de marzo de 2017

Prácticamente contemporáneos, San Cayetano y San Ignacio, pertenecen al grupo de santos que Dios puso en la historia en los momentos de la reforma luterana. Se parecen tanto que el Papa Paulo IV, el que había sido Pedro Carafa, colaborador de San Cayetano en la fundación de los Padres Teatinos, quiso juntarlos a los jesuitas.

El "paso más" de San Cayetano, dado cada día, nos lleva a "la mayor gloria de Dios" de San Ignacio. De la misma manera, la confianza en la Providencia del primero nos lleva a aquella sublime oración, que se llama "El Acto de Confianza", de San Claudio de la Colombiére, ilustre hijo del de Loyola, y que fue "el siervo bueno y fiel" que Dios mandó a Santa Margarita Ma de Alacoque para dirigirla cuando tenía que anunciar al mundo la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. La confianza en los medios lleva a la esperanza del fin al cual se ordenan estos medios: la salvación eterna, que era lo que atormentaba a Lutero. Recordemos una vez más esta oración:

Estoy tan convencido, Dios mío, de que velas sobre todos los que esperan en Ti, y de que no puede faltar cosa alguna a quien aguarda de Ti todas las cosas, que he determinado vivir de ahora en adelante sin ningún cuidado, descargando en Ti todas mis solicitudes. "En paz me duermo y enseguida descanso porque Tú sólo, Señor, me has confirmado en la esperanza" (Sal. 4,10).

Despójenme en buena hora los hombres de los bienes y de la honra, prívenme de las fuerzas e instrumentos de serviros las enfermedades; pierda yo por mí mismo vuestra gracia pecando, que no por eso perderé la esperanza, antes la conservaré hasta el postrer suspiro de mi vida, y vanos serán los esfuerzos de todos los demonios del infierno por arrancármela.

Que otros esperen la dicha de sus riquezas o de sus talentos; que descansen otros en la inocencia de su vida, o en la aspereza de su penitencia, o en la multitud de sus buenas obras, o en el fervor de sus oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza se funda en mi misma confianza: "porque Tú sólo, Señor, me has confirmado en la esperanza".

Confianza semejante jamás salió fallida a nadie: "Nadie esperó en el Señor y quedó confundido" (Sir. 2,11). Así que, seguro estoy de ser eternamente bienaventurado, porque espero firmemente serlo, y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo espero: "en Ti, Señor, he esperado, no quede avergonzado jamás" (Sal. 30,2 70,1).

Conocer, demasiado conozco que por mí soy frágil y mudable; sé cuánto pueden las tentaciones contra las virtudes más robustas; he visto caer las estrellas del cielo y las columnas del firmamento; pero nada de eso logra acobardarme. Mientras yo espere, estoy a salvo de toda desgracia; y de que esperaré siempre estoy cierto, porque espero también esta esperanza invariable.

En fin, para mí es seguro que nunca será demasiado lo que espere de Ti, y de que nunca tendré menos de lo que hubiere esperado. Por tanto, espero que me sostendrás firme en los riesgos más inminentes y me defenderás en medio de los ataques más furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de los más espantosos enemigos. Espero que Tú me amarás a mí siempre, y que te amaré a Ti sin intermisión; y para llegar de un solo vuelo hasta donde se puede llegar con la esperanza, te espero a Ti mismo, de Ti mismo, oh Creador mío, para el tiempo y la eternidad. Amen.

Decir que nos salvamos por la fe, sin obras, es herético. Es "desviarse a la izquierda, con tranquila delectación de pecado", como dice San Agustín (De Peccat. Mer. II 35), pero la confianza filial del que se hace como niño, para recibirlo todo de su padre, es anterior a las obras. Por eso la Iglesia, en el prefacio de los santos, reza que "Dios, al premiar las obras de los santos, corona sus propios dones". Negar esto es "desviarse a la derecha, con soberbia presunción de justicia", como también dice, a continuación, San Agustín.

La Fe y la Esperanza van siempre muy unidas, porque la palabra de Dios siempre comporta una promesa. La Palabra de Dios hace lo que dice, "no vuelve a Él vacía", como dice el profeta Isaías (Is 55,11). Por esto podemos preguntarnos si los hermanos separados de buena fe no piensan, en realidad, como Lutero, sino como San Cayetano y San Claudio de la Colombiére, sin saber explicar que llaman "fe" a su Esperanza.

Se hace difícil pensar que, por ejemplo, un Juan Sebastián Bach, autor de "obras" tan sublimes como "La Pasión según San Mateo", fuera hereje porque opinara que la fe sin obras salva, para excusar una vida perversa. Se puede solucionar el problema diciendo que, especialista en música y no en teología, confundía la fe con la esperanza, y así no hacía más que vivir el acto de confianza de San Claudio de la Colombiére.

Movido por esta intuición, de que hay cristianos buenos que confunden la fe con la esperanza, realicé el siguiente experimento: tomé el diccionario de bolsillo Cuyás (ed.1975) Spanish-English, y busqué la palabra "fe". Su traducción inglesa resultó ser "faith". En "The Concise Oxford Dictionary" (5a edición) miré cómo se explicaba a los ingleses el significado de "faith", y encontré "Reliance, trust". Volví al diccionario Cuyás, esta vez en su parte Inglés-Español, y localicé las dos palabras "reliance" y "trust", y efectivamente comprobé que ambas eran traducidas por "confianza", con lo que la lexicología confirmaba mis sospechas.

Claro está que la confianza de San Claudio de la Colombiére incluía la esperanza de que la gracia de Dios le daría también el no pecar y el obrar bien, porque si no hubiera sido así, no sería santo. Por eso pudo emitir el voto de hacer siempre lo que más agradara a Dios y cumplirlo.

La confianza en la Providencia de San Cayetano, y esta magnífica oración de San Claudio de la Colombiére, pertenecen pues, al tesoro de las cosas que nos unen y que pueden ayudar a resolver los problemas que nos separan.

Casi medio milenio después, fracasadas hasta el ridículo más vergonzoso, todas las evoluciones y revoluciones alrededor de las derechas y de las izquierdas, sería bueno que volviéramos a las enseñanzas y al ejemplo de aquellos santos, que no debiéramos haber dejado nunca, para que otra vez seamos uno, como el Padre y el Hijo, en el Espíritu Santo.

Manuel María Domenech Izquierdo
Imitación de Cristo más para ser "el mismo Cristo" que "otros Cristos".

 

"Os he dicho esto, hermanos, para que valoréis la gracia de esa afirmación tan espiritual que hoy nos corresponde contemplar: Porque tú eres, Señor, mi esperanza. En todo lo que debemos hacer, en todo lo que debemos evitar, en todo lo que debemos sufrir y en todo lo que debemos decidir, tú eres, Señor, mi esperanza. Esta es mi única razón para confiar en todas las promesas y la única base de toda mi expectación. Otro recurrirá a sus méritos, se jactará de haber cargado con el peso del día y del calor, dirá que ayuna dos veces por semana y hasta se gloriará de no ser como los demás. Mas para mi lo bueno es estar junto a Dios, hacer del Señor mi esperanza".
SAN BERNARDO, Sermones para la cuaresma, 9,5


"¡Ave María! Saludos te traigo de los moros, judíos, griegos, mogoles, tártaros, bulgaros, húngaros de Hungría la Menor, comanes, nestorinos, rusos, ginovinos, armenios y georgianos. Todos estos y otros muchos cismáticos e infieles te saludan por mí, que soy su procurador. En tu salutación los pongo para que tu Hijo piadoso quiera acordarse de ellos, y Tú consigas de El que les envíe devotos predicadores que los dirijan y enseñen a conocerte y a tu Hijo glorioso, de tal modo que puedan salvarse y en este mundo sepan de todo su poder servirte y honrarte a Ti y a tu Hijo bendito".
(Ramón Llull, Blaquerna 61,4)


Para el cisma de oriente:
El Espíritu Santo procede del Padre por el Hijo (oriente),
porque el Hijo tiene eternamente recibido del Padre, el ser el Padre y el Hijo (occidente),
un solo principio del Espíritu Santo.
"La palabra tiene de nosotros el ser, con nosotros, principio de amor" (Francisco Canals).

"Una es la semejanza que le corresponde a la Palabra, y otra la que le corresponde al amor. Pues a la palabra le corresponde en cuanto ella misma es una cierta semejanza de lo entendido, como el engendrado es semejante al que lo engendra. Pero al amor le corresponde, no porque el mismo amor sea la semejanza, sino en cuanto la semejanza es principio para amar. De ahí no se concluye que el amor sea engendrado, sino que lo engendrado es principio de amor". Ad secundum dicendum quod similitudo aliter pertinet ad verbum, et aliter ad amorem. Nam ad verbum pertinet inquantum ipsum est quaedam similitudo rei intellectae, sicut genitum est similitudo generantis, sed ad amorem pertinet, non quod ipse amor sit similitudo, sed inquantum similitudo est principium amandi. Unde non sequitur quod amor sit genitus, sed quod genitum sit principium amoris. (S.Th Iª q. 27 a. 4 ad 2)


Para las religiones orientales:

Enfatizar la contemplación del punto Alfa, más que la del punto omega a lo Telar de Chardón.

Recientemente, en una breve conferencia en Los Ángeles, Hawking ha dicho que "no seremos capaces de sobrevivir 1.000 años más como especie sin aventurarnos a colonizar el espacio".

Toda la ciencia racionalista ha terminado, con su devoción al punto omega a lo Theillard de Chardin, en esa "desesperación de Hawking".

No sería mejor mirar al punto alfa, en vez de al punto omega, como sugiere Benedicto XVI, en su discurso inaugural del curso 2005-2006 a la Universidad del Sagrado Corazón:

"En el principio existía el Verbo —el Logos, la razón creadora—. (...) Y el Verbo se hizo carne" (Jn 1, 1. 14). El Logos divino, la razón eterna, está en el origen del universo, y en Cristo se unió una vez para siempre a la humanidad, al mundo y a la historia. A la luz de esta verdad capital de fe y, al mismo tiempo, de razón, es posible nuevamente, en el tercer milenio, conjugar fe y ciencia".

Mirando al origen del universo vemos la luz de la inflación y las esencias que el arte divino imprime en las naturalezas. Esto disipa el nominalismo y posibilita una cosmología válida para oriente y occidente.


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