A D. Tomás de Fuentes Sagaz, Dr. Ingeniero Industrial

A D. Tomás de Fuentes Sagaz, Dr. Ingeniero Industrial

Querido Tomás, mi "querido amigo y compañero", mi único cuñado:

Al acabar tu vida mortal me has dejado en primera posición. Solías decir "todo lo que Dios envía es bueno, aunque no lo entendamos". Me cuesta entender que eso sea bueno, porque, cortando el aire tú, yo corría más tranquilo la carrera de la vida detrás tuyo.

Santo Tomás, en la Contra Gentes, dando una razón de naturaleza, dice que "todas las parejas de animales permanecen juntas mientras las crías lo necesitan, es así que el hombre necesita de los padres siempre, luego el matrimonio humano es indisoluble".

Cuando te conocí ya había muerto mi padre. Ya había experimentado que siempre sería bueno el consejo del padre. Pero al ser tú mi cuñado, me sentí como con un hermano mayor, con un buen suplente del padre. Siempre has ido delante mío marcándome una senda fácil de seguir. Recuerdo el día que me enseñaste a poner la barra de la cortina de la ducha un palmo por fuera del límite de la bañera. Es la manera de que te encuentres ancho.

Aunque industriales los dos, y en cursos diferentes de la misma escuela, sin conocernos entonces, fuimos ingenieros diferentes. Tú viviste el fin de la segunda era industrial, la de los materiales y la energía. Tu estudiaste la máquina vapor. Yo ya no, ni nadie de mi promoción, la 111. Yo he vivido el principio de la tercera era, la que ha introducido además la información. Yo recibí unas clases de transistores y tyristores fuera del programa de la asignatura de electrónica, como cosa nueva. Tú todavía no, ni ninguno de los de tu promoción, la 107.

Mi dentista fue tu dentista. Vuestro ginecólogo fue el nuestro. No tuve que buscarlo. Fíjate si es bueno que cierta vez andaba yo presumiendo de él con nuestro querido amigo y compañero D. Buenaventura Roure Cornudella y le decía:

- Es que mi mujer tiene mucha confianza con él porque se la sabe ganar.
Y él respondía: - La mía también.
- Pero es que además es una bellísima persona.
- El mío también.
- Pero es que además es un excelente profesional.
- El mío también.
- Pero es que además todo su equipo es eficientísimo. En uno de los partos, cuando nosotros llegamos a la Clínica de la Sagrada Familia, ellos ya estaban todos allí.
- El del mío también.
- El mío se llama Luis Riera Bartra
- El mío también.

Como ingeniero de materiales y energías aprendiste bien todas las fuerzas de la naturaleza. A Don Luis Riera Bartra, que nos dejaba asistir con él a los partos, debo haber visto las fuerzas de la naturaleza que más satisfacción han dejado en mi alma. Las de mi mujer pariendo a mis hijos.

Y no digamos del pedíatra, Don Juan Pérez del Pulgar Marx, que en paz descanse. De él se podría decir lo mismo. No es de extrañar que la villa de Cadaqués le dedicara una calle, por lo que hizo por el pueblo como médico y como persona.

El Papa besó a mi hijo mayor y a vosotros os saludó personalmente cuando vuestras bodas de plata. No he podido todavía seguirte en tu peregrinación a Tierra Santa, pero es otro de tus ejemplos que me has dado.

Durante los más de treinta años que has sido mi cuñado te he visto cumplir con perfección y rectitud todos tus deberes familiares y profesionales. Vi como cambiabas a tu hija de colegio porque un día dijo, después de caerse por no agarrarse en el autobús una vez advertida, que en el colegio le habían dicho que tenía que reflexionar antes de obdecer. He sabido que renunciaste a un cargo de director de empresa, una vez prejubilado, porque ya habías trabajado bastante para los hombres y ahora querías trabajar para Dios. Qué gran recuerdo guardan en el Oratorio de Nuestra Señora de Bonaigua de tus ingenieriles soluciones a los problemas del edificio y sus funciones, durante los cinco años en que más disfrutaste haciendo de ingeniero.

Estudiaste ingeniería industrial como yo, te casaste con una Guillén como yo, tuviste cuatro hijos como yo, se te cayeron, de fumar en pipa, los cuatro incisivos inferiores como a mí, me hizo el puente dental el mismo dentista que a ti. Ahora intecede para que tenga la misma muerte que tú. Vi como recibías el Santo Viático y te ví morir a las pocas horas ungido con el Sacrameto de la Extremaunción como sacerdote de tu último sacrificio, después de haber sobrellevado tu penosa enfermedad con ejemplar resignación.

Señor mío Jesucristo, en Ti quiero creer como él creyó y quiero esperar como él esperó. Él te amó sobre todas las cosas, como yo quiero quererte. Dale, Señor, el descanso eterno, que si no se lo das a él, qué será de mi.


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