Oración por mi familia

¡Señor mío y Dios mío Jesucristo!. Acepto agradecido y gustoso la más suave, ligera y preciosa carga que tu providencia ha puesto sobre mís hombros: la de abrigar y alimentar a la que me diste por "compañera en las cosas humanas y divinas", como llamó Pasteur a su mujer, y a los hijos de sus entrañas, "mostrándoles los caminos de la vida de manera que luego los colmes con el gozo de tu rostro" (Hechos 2,28).

Pero Tú conoces mi finitud, ignorancia y debilidad. Si Moisés y Gedeón se sintieron poco para la misión que les confiabas, ¡qué seré yo, pobre de mí!. Hay tantas cosas que escapan al alcance de mi solicitud. Es tanto el poder de la bestia, la astucia del dragón y la fuerza seductora del falso profeta, que mi dulce misión se amargaría por la certeza de un fracaso ineludible si no contara con tu gracia. Al fin pudiera ser que el enemigo de la naturaleza humana proclamara, en burla eterna, que más les valiera no haber nacido, y esta sería la pena más desgarradora que imaginar pudiera, sólo comparable a mi propia condenación, a lo que no cabría otro consuelo que el ver así cumplida vuestra justicia para vuestra gloria *.

¡Señor!. Ya sé que te compadeciste del ciego de Jericó, del paralítico de la piscina, de los diez leprosos, de las multitudes hambrientas, de la viuda de Naím, de los novios de Caná, del centurión, por lo de su siervo, de Jairo, por lo de su hija, y también sé que yo no soy digno de que remedies mis penas, ni de que atiendas mis anhelos, pero me pongo debajo de ellos para recoger, también yo, el Don que dais por compasión.

Directamente a la bondad misericordiosa de tu Sagrado Corazón confío mi tesoro. Mírales Tú y hazles, con la Gracia que compró tu Sangre, beneficiarios de tu Sacrificio al Padre, para que al fin de su vida, para la mayor gloria tuya, puedan estar contigo en el paraíso, y después de su resurreción reinen, también contigo, cuando vengas con la majestad de tu realeza, para someterlo todo al Padre, y reines ya por los siglos de los siglos, en unidad con el Espíritu Santo.

Te lo pido por medio de la que desde tu Cruz mostraste ser nuestra Madre, María, y de tu Padre Mesiánico, José, que te guardó en Egipto y escondió en Nazareth.

Y te lo agradezco, ya desde ahora, porque hago mío todo entero el Acto de Confianza de San Claudio de la Colombiére, y os espero a Vos mismo, de Vos mismo, para mi y todos los míos, en el tiempo y en la eternidad. Amén.

Manuel Ma Domenech I.

* "Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve".
(De una carta de santo Tomás Moro, escrita en la cárcel a su hija Margarita).

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