La Construcción del primer Belén

La Construcción del primer Belén

Dicen que el primer Belén fue el de San Francisco de Asís, pero antes hubo otro que es el de verdad.

En la edad media pensaban que el movimiento llegaba al mundo a través de las esferas celestes, que girando unas dentro de otras, movidas por los ángeles, hacían posible la vida de los hombres en la tierra hasta el fin de la historia, cuando estará completo el número de los elegidos para la vida eterna.

Si los cosmólogos medievales hubieran dicho que las esferas celestes se movían "por inercia", hubiesen llegado a la misma inconsistencia que los físicos modernos, que dicen que el movimiento se conserva "por inercia", lo cual es dar un nombre a una cosa sin explicarla.

El genio de Newton consistió en encontrar que los astros obedecen, en su movimiento, a las mismas fórmulas, las que ahora llamamos "leyes de Newton". Hagamos lo mismo en filosofía y digamos que el movimiento, incluso el de las cosas terrenas, se conserva por lo mismo que nuestros antepasados decían que se movían las esferas. Este mundo es el resultado de la acción conjunta de las fuerzas materiales y del impulso inteligente que mueve el cosmos. Esta es la verdad y por eso podemos decir que el primer Belén de la historia se construyó así.

Dios y sus ángeles celebraron la creación del cosmos con un gran castillo de fuegos artificiales, aunque sus lucecitas fueron debidas a implosiones sucedidas por explosiones. Los artificieros no fueron hombres, que todavía no existían, pues de las cenizas de sus chispas se formó el Edén. Para las eternidades divinas y los evos angélicos un millón de años es como un minuto de una noche de verbena. Después de la primera inflación se reunían las cenizas formando las estrellas que danzaban todas juntas y hacían ruedas de fuego y nebulosas espirales, y explotaban de nuevo en supernovas y todo con la ligereza de la ingravidez de lo que no pesa hacia otros mundos porque no los hay.

Y entonces, uno de los ángeles cogió delicadamente la bola de la tierra con sus manos y envolviéndola con una larga trenza hecha con sus tirabuzones de oro, la lanzó como un niño a una peonza y la dejó rodando sobre sí y alrededor del sol, con su eje inclinado 23 grados y medio. Así los árboles podrán dejar caer sus hojas viejas en otoño, sostener la nieve en invierno, reverdecer sus retoños en primavera y dar sus jugosos frutos en verano, porque sólo así podrá haber verano, otoño, invierno y primavera. Así en las latitudes de Sión sólo los pobres pasarán la noche a la intemperie pero sin morirse de frío. Por eso los primeros justos fueron pastores y no reyes.

Y otro ángel terminó el paisaje más allá del Finisterrae. En las faldas de los Andes lo acabó. Y al otro lado de las Indias puso la de Javier y su Japón y las cien mil islas Filipinas y los arrecifes de coral. Y nevó las cumbres del Popocatepel y el Cotopaxi y las de los Alpes y puso arenas en los desiertos y nieves en el Himalaya. Y Dios puso sus figuras: Melchor, Gaspar y Baltasar y Pascual Bailón y los tres de Fátima, y a su padre David y a Saúl, que fueron a la vez reyes y pastores, y a Fernando de Castilla y las Isabeles de Hungría y Portugal y la Católica de las Españas y Coronó a Carlomagno en la misma Navidad.

Jacinto Verdaguer cantó también la centralidad de Jesucristo, precisamente en el poema dedicado a la invención del Belén por parte de San Francisco de Asís:

"Què aguaiten en la terra, què hi obiren?
a Aquell de qui a l'entorn los astres giren,
         gran Astre de l'amor,
de la falda santísima esmunyir-se,
i de Francesc al braüos adormir-se
         bressat sobra son cor".

Que podría traducirse así:

"Qué miran en la tierra, qué contemplan?
a Aquel, entorno al cual los astros giran,
         gran Astro del amor,
del regazo santísimo escurrirse,
y de Francisco, en brazos, dormirse
       (acunado) sobre su corazón".

Así, en esta delicada poesía de Mosén Cinto vemos girar a todo el cielo en torno a Jesucristo, gran Astro del Amor.

Y es que, como dice Santo Tomás: "El único que acertó de los antiguos fue Anaxágoras, pues dijo que «todo lo mueve el amor»". Santo Tomás que siempre reconoce la primacía de la inteligencia, explica que como Dios está por encima de todo lo que se puede pensar, a El, más valor tiene amarle que lo que podamos entender de El. El mismo San Pablo nos pone a la Caridad por encima de la Fe y de la Esperanza.

Todo lo mueve el amor. «El amor que mueve el sol y las demás estrellas», como dice Dante para terminar su Divina Comedia. Santa Teresita hizo del amor la vocación de su vida, porque siendo el amor el motor de todas las vocaciones, ella que quería tenerlas todas, quedó satisfecha con él.

Los ángeles que construyen el belén de la historia lo hacen con el deseo amoroso de completar el número de los elegidos que, con la Gracia de Dios, como dice San Agustín, en el cielo "descansaremos, descansaremos y veremos, veremos y alabaremos, alabaremos y amaremos".

Sí, todo lo mueve el amor. Por eso, aquellos niños que con amor ponen sus pajitas en el pesebre se parecen a Dios en el causar. ¡Con cuánto amor fue poniendo Dios las cosas en su pesebre!. Fue cosa de años; invierno tras invierno el agua, al helarse, iba reventando aquellas piedras hasta que se derrumbó parte de la pared. Es lástima, pero ha quedado tan bonito. Gallinitas, cerditos, patitos, corderitos fueron creados para adornar el cósmico pesebre. Aquella yedra que trepa por el enyesado; el corcho de los troncos del medio techo a punto de caer; el musgo de la humedades seculares; el hollín de aquella hoguera reiterada tantas noches, es tan real que no se puede decir que parece de verdad porque lo es. Bueyes, vacas y corderos van entrando y saliendo para comer. !Señor que se están ensuciando!. ¡Oh, perdón Señor!. ¡Perdona a tu pueblo, Señor!. Tiene razón Giovani Papini; "Tú has venido al estercolero humano para redimirlo".

Y llegan María y José. "No has hallado sitio, José?. ¡Qué poco habeis cenado!. Por cierto; "Habeis cenado?. Dormid y descansad con la satisfacción del deber cumplido; no tienes mejor sitio para tu mujer, pero has cumplido con tu deber; te has venido a Belén, tan pequeña; pero mira, Godofredo de Bouillón dejará su castillo en las Ardenas Belgas para venir también. Mira si será grande la ciudad de David.

Y un sueño de amor dejó que el viento apagara el farol de José. Y cuando lo encendió de nuevo para ver lo que pasaba creyó que había incendiado el mundo. La luz de la gloria del cielo inundó la cueva y sólo José y María vieron lo que quisieron ver muchos profetas y reyes. Después sólo Jesús y María verán morir a José, y María los verá morir a los dos, pero ahora... ¡Ahora vendrán pastores y reyes a juntarse a los coros de los ángeles y en el universo entero vibrará el Gloria en las alturas y una oración por la paz!.
  Manuel Ma Domenech Izquierdo


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