Como padres, como hijos, hemos de vivir

Como padres, como hijos, hemos de vivir

Ya le pueden dar vueltas, pero como decía el P. Miguel Marzo Novella, misionero mercedario, "mientras no haya familia habrá tercer mundo". Esto en el plano natural y social.

Pero la explicación más profunda de esto está en estas dos páginas:

Sólo en el matrimonio cristiano, con su gracia, y la virginidad consagrada, en la que se alcanzan aquella paternidad y filiación, que viene de la inhabitación en el alma del Espíritu Santo con toda la Trinidad, puede conseguirse esto.

Matrimonio sin divorcio, que destruye la unidad de los que son una sola cosa: padres. En la trinidad del matrimonio la madre no es el Espíritu Santo. Ya lo advirtió San Agustín (De Trinitate XII,5,5). La madre es una cosa con el padre. La semejanza con el Espíritu Santo es el amor de los padres a los hijos y de los hijos a los padres. El divorcio combate el símbolo de la alianza y la promesa de Dios con la creación, con Israel y con la Iglesia. Los amores entre padres e hijos se combaten hoy con el aborto y la eutanasia. Por eso dicen las Sagradas Escrituras: "Antes del día grande y terrible de Yahvé, os enviaré al profeta Elías, para convertir los corazones de los padres a los hijos y los de los hijos a los padres, no sea que tenga que venir yo a destruir la tierra" (Malaquías 3,23),

Por haber conocido esto y no ser santo, tendría que sentir aquella vergüenza y confusión de que se habla en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, y no la siento. Sólo me queda la confianza de que la Divina Misericordia perdonará mi desvergüenza.


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