La Vida Eterna es Paterno-Filial

La Vida Eterna es Paterno-Filial

Cualquier espiritualidad cristiana tiene sus raices en la meditación, práctica y vivencia del misterio de la paternofilialidad trinitaria. Tenemos que ser como el Hijo, como enseña el P. Horacio Bojorge S.J. o como el Padre, según la experiencia de Monseñor Luis M. Martínez.

Del amor a Dios y al prójimo penden toda la Ley y los Profetas (Mt. 22,36-40). En el hombre sacramentado habita toda la Trinidad. Todo lo que hacemos con el prójimo lo hacemos al Hijo de Dios. Por eso podemos y debemos amar al Padre como hijos y amar al Hijo como padres.

"Pues todo el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi Madre", (Mateo 12, 46-50). Somos hermanos de Cristo y por eso hijos de Dios. Somos madre-padres de Jesucristo cuando hacemos paternidad con esos pequeñuelos de los que Jesús dice "conmigo lo hicisteis".

Los que iran al cielo son los que "cumplen la voluntad del Padre" (Mt 7,21) y los que "dan de comer al Hijo cuando tiene hambre" (Mt 25,35). El tema es importante porque hemos de saber qué es y cómo es el cielo: lo que llamamos la "vida eterna" que esperamos alcanzar.

Por gracia de Dios, a pesar de nuestros pecados, por la Encarnación del Verbo de Dios, Dios hecho hombre, podemos los hombres "ser como Dios". Alcanzar lo que pretendían los ángeles malos, quienes lo hubieran tenido, como enseña Santo Tomás, si hubieran perseverado. Podemos llegar a la participación de la Vida Eterna que vive la Santísima Trinidad, la cual es vida paternofilial.

"Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy" (Salmo 2,7). Este "hoy" es el eterno presente de la eternidad. El Padre, en la eternidad, engendra al Hijo con infinito Amor. Toda la energía del Big Bang, la que estalla en la estrellas novas, la de todos los volcanes y tormentas de todos los planetas de todas las estrellas que los tengan, no llegan, ni siquiera, a ser cosas de risa comparadas con la efusión de amor con la que el Padre engendra al Hijo en la Trinidad. Esto es así porque, como oí repetir muchas veces al P. Jose Ma Alba Cereceda, "no hay proporción". Las cosas que son "de risa" comparadas con otras tienen alguna proporción, aunque sea muy pequeña. Y el Hijo corresponde a ese Amor con toda su hambre concentrada sobre "el alimento que no conocemos, que es hacer la voluntad del Padre y llevar a cabo su obra". Hambre con la que "no tienen proporción", como se ha dicho, todas las fuerzas de la naturaleza.

El Beato Ramón Llull ve al hombre como "homificans" y el hombre nunca es más "homificans" que cuando engendra un hijo. Algunos han pensado que esta triple división del lenguaje luliano, que se aplica a toda la realidad: homificante, homificar y homificado da pie a la visión de la creación como imagen de la Trinidad, pero no es así en general. Cuando se refiere a la generación de un hijo tiene que ver con la relación paternofilial, pero la imagen del Espiritu Santo no está tanto en la acción como en el amor con que se realiza la acción. Hoy se habla a veces del hombre homificante como si homificara el universo con su actividad laboral y no se menciona su actividad generadora y educadora que es la que le hace propiamente homificante.

La acción del hombre puede ser generativa y laboral. Si es laboral no es trinitaira, sino más bien relacionada con la creación. En "Ontología de la acción" hay un borrador para entrar en detalles de la acción en general y, por tanto, también de la acción laboral humana. Toda la efusividad divina está cumplida en la generación del Hijo y su correspondencia amorosa. La actividad creadora no le añade nada a Él, aunque sea muy de agradecer por parte nuestra. La actividad creadora es como el "misterio grande" que menciona San Pablo. No sólo la actividad creadora, sino además la Redención y la Salvación. Es el misterio de Dios y la creación, el de Cristo y la Iglesia, el de Dios e Israel, que San Pablo nombra al enseñar la sacramentalidad del matrimonio.

El diablo "sabe que cuenta con poco tiempo" y por eso sus embates causan estragos en la humanidad hasta llegar a acostumbrarla al aborto y la eutanasia, y al rechazo de la tradición, como explica el P. Leonardo Castellani S.J., en su libro "San Agustín y nosotros": "San Agustín nos es necesario hoy día: las condiciones del mundo en que vivimos son en gran parte similares o análogas al mundo en que él vivió". ¿Y cual es la característica de nuestra época sino un inmenso movimiento por destruir hasta la raíz de la tradición occidental y una heroica decisión de conservarla y revivificarla? Pues bien, ésta era la característica del tiempo en que actuó Marco Aurelio Agustino: un mundo se venía abajo, el eje de la cultura del mundo parecía romperse". "Y San Agustín fue el padre, o si quieren, el ingeniero de la actual tradición occidental",

Es el aborto de las inteligencias con los planes de educación estatales y la eutanasia de la tradición por la traición de sus herederos. Aborto y eutanasia de "cuerpos y almas de hombres" para comerciar con ellos, como dice al Apocalipsis (Ap 18,13). Lo más contrario al sello de vida eterna que hay en nosotros. El amor paternofilial se ha convertido en odio. Por eso el martirio es la más airosa fuga de este infierno.


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