La Suma Teológica contrastada con la ciencia

La Suma Teológica contrastada con la ciencia

Capítulo 6o
Contrastes dinámicos

Primer Contraste: La Caída de los Graves

Entramos ya en el tratamiento del tema principal de este trabajo: la exposición y resolución de la contraposición que se observa al contrastar la Suma Teológica con las opiniones sostenidas por la Ciencia. Claro está que la Ciencia no alcanza el ámbito de lo filosófico para discutir nada con Santo Tomás, ni mucho menos de lo teológico. Pero Santo Tomás pone muchas veces ejemplos tomados de la cosmología de su época para aclarar sus conceptos. En los casos en que la ciencia moderna ha demostrado la inexactitud o hasta falsedad de las teorías físicas medievales, estos ejemplos puestos por Santo Tomás hacen que el lector de la Suma desprecie su filosofía y teología también como falsas. Para evitar esto es por lo que se escribe este libro.

Al principio se pensó publicar todas las referencias de Santo Tomás a las ciencias de su tiempo con un comentario para cambiar los ejemplos puestos por el Santo, por otros de acuerdo con las ciencias modernas. Leída toda la Suma Teológica y apuntados en fichas todas las referencias a las ciencias, se clasificaron por temas y entonces se vio que, en realidad, los puntos importantes de discrepancia eran sólo unos pocos y que más valía explicar éstos en general para evitar una publicación demasiado cara. Vistos los conceptos generales de cada contraste, el mismo lector sabrá aplicarlos a cada una de las ocurrencias concretas en que aparezca en la Suma Teológica.

Por la importancia histórica que tuvo, comenzaremos con el problema de la caída de los graves. A la dificultad:

Pone Santo Tomás la siguiente solución:

Lo cual contrasta con:

La Razón de la Iglesia

Digamos primero que no es cierto que la Iglesia pretende que se siga lo que dicen los libros sin experimentar la naturaleza. Es más bien al contrario. Véanse, por ejemplo, las palabras del Papa Juan Pablo II a la juventud, en el capítulo "Aportaciones Científicas". Aunque, desgraciadamente, desde que el nefasto Descartes divulgó que las ideas verdaderas son claras y distintas, las escuelas filosóficas quedaron satisfechas al suponer que el Renacimiento científico fue combatido por la Iglesia por el simple motivo de proteger a los maestros que enseñaban la filosofía agustiniana y tomista, lo cual es demasiado superficial para ser verdadero.

Decir que el juicio condenatorio de Galileo se dirimía solamente en el ámbito de la obediencia, es también una simplificación excesiva.

La nueva ciencia atacaba la doctrina tradicional; eso es cierto, pero hay que descubrir cuidadosamente, en defensa de la Iglesia, que la guerra era principalmente contra la Verdad. Una frase tan sectaria como, por ejemplo, esta: "agustinianos y tomistas no habían mirado más que en los libros para asegurar que las piedras caían a diferente velocidad según sus pesos",(*) demuestra que el correr de los siglos ha dado la razón a la Iglesia. Precisamente lo que está actualmente en los libros de física es que las piedras caen con igual velocidad sea cual sea su peso dentro de un tubo en el que se ha hecho el vacío, pero en la realidad patente a todos, los más pesados caen más deprisa, porque la experiencia ordinaria se da en el aire; y es esa realidad tan primariamente palpable, la que sugiere a Santo Tomás el ejemplo físico para explicar la desigualdad de las penas que son consecuencia de un pecado original idéntico para todos.

En justicia hay que condenar a quien extraiga el aire de un tubo, con intención de hacer creer que porque una piedra y una pluma caen allí dentro con la misma velocidad, no existe el pecado original, ni la redención obediente y sacrificial de Cristo, ni Dios, ni las pruebas de su existencia. De hecho, la sublevación de las inteligencias contra la doctrina de los Santos Doctores empezaba por ahí, aunque los inovadores no lo supieran porque no veían a dónde iban. Con razón Arthur Koetsler llama sonámbulos (sleepwalkers) a los hombres que cambiaron la visión del universo.(*)
(*) "The sleepwalkers. A history of man's changing vision of the universe". ARTHUR KOESTLER. Pelikan Book 1969

El sonambulismo no es patrimonio exclusivo de los hombres del renacimiento. Los científicos modernos también son sonámbulos: "Si, utilizando la imagen de Arthur Koetsler, miramos a Copérnico, Kepler, Galileo y Newton como sonámbulos que conocían a dónde querían ir y buscaban llegar allí sin saber bien cómo, entonces Einstein fue el más sonámbulo de todos ellos".(*)
(*) "Gravitation and space time". OHANIAN. Norton and Company. Newyork, London 1976, prefacio
La más diáfana obra sobre relatividad y gravitación jamás escrita.

Hay que puntualizar que, en realidad, el sonámbulo, ni sabe a dónde va ni cómo, sólo se mueve por la fantasía de su imaginación. Dice Koetsler,(*) "Kepler descubrió su América, creyendo que era la India". Queda clara la intención de este ejemplo, aunque verdaderamente Colón no era sonámbulo, ya que sabía a dónde iba y cómo iba. La interposición de un continente desconocido no desmentía que, navegando hacia el oeste se acercaba uno a la India.
(*) "The sleepwalkers". KOETSLER. Pelikan Book. pag. 267

La humilde obediencia a los tribunales eclesiásticos, no hubiera detenido, como se pretende, el progreso científico, sino que lo hubiera acelerado. Las ideas de Einstein, por ejemplo, se habrían aceptado más fácilmente, e incluso podían haber surgido antes, si la carga imaginativa que suponen el espacio y el tiempo absolutos de Newton no hubiera entorpecido la comprensión de los fenómenos relativistas. Es realmente cierto que tomar los modelos físicos de la mecánica clásica como meras hipótesis de trabajo, facilita la asimilación de las teorías de la relatividad de Einstein y todas las de la física moderna.

Es claro que los modelos fisicomatemáticos que constituyen todas las teorías físicas, no deben entenderse como expresión de la verdadera realidad ontológica de las cosas. Hoy, cualquier científico o técnico de alguna altura comprende esto muy bien, lo cual coincide exactamente con lo que afirmaron el Doctor Angélico(*) y los jueces católicos de Galileo.
(*) Suma Teológica I q32 a2

Un cuadrado puede pensarse dividido en cuatro triángulos o en cuatro cuadrados. Sería tonto ponerse a discutir si en la realidad, los cuadrados, están compuestos de cuadrados o de triángulos. Igual simplicidad demostraría quien pretendiera discutir si en el nucleo de un transformador están a la vez presentes los flujos debidos a las corrientes del primario y del secundario o si sólo está su diferencia, o si la luz polarizada circular se compone de dos rayos polarizados con planos de polarización perpendiculares y desfasados un cuarto de ciclo o bien de un solo rayo electromagnético sinusoidal que gira alrededor de su recta de propagación.

Dice textualmente Santo Tomás:

En estos «excéntricos y epiciclos» se comprende toda la teoría ptolemaica, con la tierra en el centro y el sol girando a su entorno. Querer hundir la metafísica, o lo que es peor, la teología de Santo Tomás con el "Eppur si muove" de Galileo es demasiado ruin para no ser condenado. Y sin embargo, es lo que se hace impunemente en nuestro siglo. Para Santo Tomás, tan buena hubiera sido la hipótesis de Copérnico como la de Ptolomeo.

Cuando en 1543 se publicó en Nuremberg el libro de Copérnico "De Revolutionibus Orbium Coelestium", no se produjo ninguna condenación porque el prólogo del editor, Osiander, advertía precisamente en este sentido:

Recordemos una vez más que dedicado al papa Paulo III, reinante desde 1534, el libro se publicó con la aprobación pontificia y como un reto a la opinión protestante. Sólo fue puesto en el Indice cuando la polvareda publicitaria levantada por Galileo, oponía a la filosofía cristiana los modelos de la nueva ciencia. Pero más tarde, en 1620, ese mismo libro fue de nuevo aprobado por la Inquisición con algunas correciones que estaban precisamente en la línea de Osiander.

Una vez más ocurre lo que ya se ha explicado en la primera parte. El fanatismo sectario, ya revolucionario en germen, cayó en el simplismo de creer que lo que la imaginación añade al modelo abstracto fisico - matemático una vez alcanzado éste, es la realidad de la cosa, confundiendo la imaginación con la inteligencia, como hicieron los primitivos filósofos.(*) Lo cual ya estaba profetizado: "Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oir novedades; apartarán sus oidos de la verdad y se aplicarán a las fábulas".(*)
(*) Suma Teológica I q84 a6 c
(*) II Tim. 4, 3-4.

Interpretación Metafórica

Siempre podemos aceptar los ejemplos físicos de Santo Tomás, sin escrúpulos de traicionar la verdad científica, entendiendo las alusiones a la cosmología medieval como metáforas. Incluso su obra se hace así más agradable por la poesía que ello conlleva. A cualquier poeta le es permitido decir que los astros giran alrededor de Jesucristo, y nadie se escandaliza por ello aunque esté acostumbrado a imaginar que es la tierra, planeta en el que nació Jesús de Nazaret, la que gira alrededor del sol. Así, en aquella delicada poesía en que Jacinto Verdaguer nos cuenta la invención del Belén por San Francisco de Asís, vemos girar a todo el cielo en torno a Jesucristo, gran Astro del Amor.(*)
(*) "Poema de Sant Francesc", Greccio. JACINTO VERDAGUER

 
"Què aguaiten en la terra, què hi obiren?
a Aquell de qui a l'entorn los astres giren,
     gran Astre de l'amor,
de la falda santísima esmunyir-se,
i de Francesc al braços adormir-se
     bressat sobra son cor".

Que podría traducirse así:

"¿Qué miran en la tierra, qué contemplan?
a Aquel, entorno al cual los astros giran,
     gran Astro del amor,
del regazo santísimo escurrirse,
y de Francisco, en brazos, dormirse
     acunado sobre su corazón".

Mirada así la Suma Teológica, resulta sorprendente la gran cantidad de veces en que la apariencia sensible de las cosas sugiere inmediatamente la realidad metafísica, y es posible hablar en términos de ser, de bien y de verdad, en una palabra filosofar, mirando simplemente la arquitectura, la escultura y la pintura de la creación en nuestro entorno ecológico. Un ejemplo del caracter sugerente de lo que se patentiza a nuestros sentidos, tomado lejos de toda influencia escolástica, puede ser el himno al sol del faraón egipcio Akenatón:

 
"Unico Dios, Tú que no tienes igual,
Tú que has creado la tierra según tu corazón
cuando sólo estabas Tú,
los hombres, todos los animales domésticos y salvajes,
todo lo que está en el aire y vuela con sus alas,
todo lo que está en la tierra y marcha con sus pies,
Tú has colocado a todos los hombres en su lugar,
y Tú provees a sus necesidades,
Tú has creado los países extranjeros,
la Siria y la Nubia y la tierra de Egipto,
Tú creas la vida de todos los paises alejados,
hay un Nilo en el cielo para los pueblos extranjeros".

Todo lo que aquí se dice, puede entenderse con verdad, sin más que atribuir al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, lo que aquí se atribuye al sol. Se ha errado el sujeto, pero el predicado es perfecto. El Dios Uno y Trino es todo lo que allí se dice del sol. El único defecto es que el sol no es Dios, pero precisamente porque el sol es uno, luminoso, fertilizador y fecundante, no hay más que levantar la vista en una mañana soleada, para poder meditar acerca de todos los atributos divinos.

Esto es así porque la creación natural es al Sumo Hacedor como cualquier obra de arte es a su artífice.(*) Y si es verdaderamente obra de arte, conseguirá sugerir algo inteligible con su belleza. Si el artista humano lo logra tantas veces, mucho más el divino. Antes de que existiera el mundo, la decisión acerca del color del cielo y de la nieve, la apariencia de las piedras, el modelado de los montes, la alegría del agua, la grandeza del mar, los cantos de los pájaros, las transparencias de los cristales y sus formas, la fuerza del calor, el colorido del alba y del ocaso y tantas cosas más, estaba muy por encima de lo que puedan ser las más altas pretensiones de cualquier escultor o pintor abstracto. Es lógico que el efecto conseguido con la apariencia sensible de la naturaleza, sea precisamente sugerir al hombre la verdadera realidad ontológica de las cosas.
(*) Suma Teológica 1 q14 a8 c

Lo único que hay que tener en cuenta al pasar de lo sensible a lo inteligible, es atribuir los predicados a sus verdaderos sujetos, a no ser que lo que se pretenda sea hacer poesía usando metáforas.

Si alguna vez, los autores cristianos, erraron también en tales atribuciones, no hay más que buscar otro sujeto verdadero. Siempre se puede aceptar la aseveración como metáfora poética, pero nunca despreciar la filosofía como falsa. Si al mirar la esencia de la caída de una piedra, nos resulta inaplicable el principio de que el más fuerte mueve más deprisa, tendremos que buscar otro ejemplo. Pero hay que reconocer que para sugerir a seres humanos, el principio metafísico de que el más fuerte mueve en menos tiempo, la caída de los graves en el aire, constituye una escultura dinámica de un valor artístico bellísimo. Aquí, como en otros muchas ocasiones, Dios sugiere a los hombres la realidad ontológica del cosmos con lo que se ve ordinariamente. Pero para entenderlo bien hay que ser más poeta que científico.

Consideraciones Físicas

La resistencia que opone el aire al movimiento de los cuerpos depende de su forma y de su velocidad. Cuando un cuerpo cae, la velocidad va aumentando al principio porque la resistencia del aire es menor que el peso, y éste hace que la velocidad aumente; pero a medida que la velocidad aumenta, la resistencia del aire también aumenta. Cuando se igualan el peso y la resistencia del aire, la velocidad ya no aumenta más. Un paracaidista desciende poco a poco porque la forma del paracaídas desplegado hace que el aire oponga mucha resistencia incluso a baja velocidad. Esa resistencia es igual y contraria al peso del paracaidista, que sin el paracaídas, descendería a velocidad mortal. A un avión se le da forma aerodinámica para que el aire no oponga mucha resistencia a su avance.

Una pluma y una bola de plomo caen, en el aire, a velocidades muy diferentes porque el poco peso de la pluma y su forma poco aerodinámica hace que, a muy poca velocidad, la resistencia del aire sea igual al poco peso de la pluma. La bola de plomo, por su forma aerodinámica, requiere mucha velocidad para que la resistencia del aire se iguale a su gran peso.

Parece que Galileo ignoraba que el peso influía verdaderamente en la velocidad de caída, pues aunque no realizara realmente el legendario experimento de la torre de Pisa, se le desliza un error en su obra "Diálogo del Máximo Sistema".

El experimento de la torre de Pisa consistía en abandonar desde lo alto dos bolas de igual forma y tamaño, pero de distinto peso, pretendiendo que llegarían simultáneamente al suelo, en contra de lo que suponía la física aristotélica, que quedaría, de esta forma, en ridículo. Hoy se duda de si realmente se llevó a cabo tal demostración. Alejandro Koyré (1892-1964), por ejemplo, opina que dicho experimento nunca se realizó.(*)
(*) ALEJANDRO KOYRÉ. "Études Galileéns". París, 1939.

Desde luego que, si se realizó con éxito, fue porque la precisión de las medidas no fue suficiente, pues aunque la forma de las bolas fuera igual, la diferencia de peso exige que la velocidad máxima alcanzada por ambas bolas sea distinta, pues es aquella velocidad en que la resistencia del aire iguala al peso, y éste es también desigual en ambas bolas.

Sea lo que fuere, el criterio de Galileo no era exacto, como se deduce de lo que podemos leer en su "Diálogo":

SIMPLICIO:
Quizás el resultado sería diferente si la caída se produjera, no desde unos pocos codos, sinó de unos cuantos miles.
SALVIATI:
Si esto fuera lo que Aristóteles quería decir, le cargaría usted otro error equivalente a una falsedad, porque una altura tan grande es inalcanzable en la tierra. Es evidente, pues, que Aristóteles no pudo hacer el experimento. Sin embargo quiere darnos la impresión de que lo llevó a cabo cada vez que habla de efectos como el que estamos considerando.

Pero en realidad si la altura de caída es muy grande, dos cuerpos de la misma forma y distinto peso, no caerían en el aire a la misma velocidad. La velocidad de equilibrio dinámico se alcanza, como hemos dicho, cuando la fuerza de rozamiento es igual al peso y si éste es distinto para los dos cuerpos, las fuerzas de rozamiento con el aire también lo serán, lo cual no puede suceder si ambos pesos caen a la misma velocidad y sus formas son iguales. Simplicio tenía razón.

En este sentido es realmente cierto que "todas las experiencias de Galileo son falsas".(*) Pero llevar la discusión a este terreno es huir del tema. Sabemos que quitando el aire de un tubo vertical, un perdigón y una pluma caen dentro de él a la misma velocidad.
(*) "Progrès scientifique et technique au XVIII siècle". ROLAND MOUSNIER. pag. 10 Plon París 1958

Que el más poderoso mueve más deprisa no puede explicarse con experimentos basados en la caída de los graves y, sin embargo, la caída en el aire de los cuerpos sugiere precisamente esta idea. Este es un caso en que la primera experiencia sensible inspira un pensamiento verdadero pero esa realidad palpable sólo puede tener el valor de una metáfora al tomarla como ejemplo. Esto sucede muchas veces, como se ha dicho, porque el universo sensible es una grandiosa escultura dinámica y, como obra de arte que es, es muy sugerente.

Para entrar de lleno en la esencia del fenómeno de la caída de los graves, hemos de introducir una teoría ontológica de la gravitación, cosa que no se ha hecho todavía, ni pudo hacer el mismo Newton:

La gravitación es una tendencia natural. Las tendencias naturales, según la filosofía aristotélica, son manifestación de la apetencia de las formas de los elementos hacia su lugar propio, en donde consiguen la plena satisfacción de la potencialidad de su materia.

Hoy sabemos, por el análisis espectral de la luz llegada del sol y las estrellas, por el análisis de los astrolitos caídos a la tierra, por el de muestras tomadas de la luna y traídas aquí, y por los laboratorios de análisis químico automáticos de que están dotadas aeronaves no tripuladas que se han posado en otros planetas del sistema solar, que tierra, agua, aire y fuego no son elementos y que no tienen lugar (ubi) propio en el universo, ni esos antiguos elementos ni los que hoy día se consideran como tales, ni cualquier sustancia química.

Sin embargo, podemos decir que las formas minerales no colman tampoco totalmente la potencialidad de su materia, ya que cualquier sustancia química que consideremos tiene todavía potencia para ser subsumida por otras formas en una reacción química o nuclear. Así el cloro puede formar cloruro sódico y el hidrógeno puede dar elementos más pesados por fusión nuclear.

Pues bien, el resultado de la suma de las tendencias de cada parte de materia a formar sustancias con el resto de materia del universo es lo que la técnica llama gravitación.

Así se comprende la fórmula de Einstein:

E = m . c2

La energía total que podría desarrollarse a partir de una determinada masa es proporcional a ella, y esta misma masa es proporcional a su peso en un punto definido del universo en relación con las demás masas. Dicha energía se desarrollaría si la potencia llegara a quedar totalmente colmada. Esto es imposible, porque al alcanzar nuevas formas deja las viejas ya que no puede la materia ser simultáneamente todas las formas. Sólo podemos computar, en las reacciones nucleares por ejemplo, el balance entre la masa perdida y la energía desarrollada, pero ese balance da, como resultado, dicha fórmula y hace ver la relación de proporcionalidad que hay entre la gravitación y la energía para un determinado cuerpo.

Ya San Agustín había dicho: "Los pesos son como los amores de los cuerpos";(*) y Aristóteles: "El bien es lo que todas las cosas apetecen".(*) Las tendencias naturales son el resultado de la tendencia a la perfección de los cuerpos, tanto para la cosmología medieval como para la contemporánea. Basta esta idea para poder sustituir mentalmente los ejemplos que pone Santo Tomás refiriéndose a la apetencia de los cuerpos por sus lugares propios, por otros que se refieran, no a su lugar propio (ubi), sinó a la configuración espacial perfecta de todos los cuerpos según su especie (situs). Si se hace así, el ámbito de aplicabilidad de su filosofía recupera las dimensiones cósmicas que merece la verdad.
(*) "La ciudad de Dios". Libro 9, cap. 28
(*) Suma Teológica. I q6 a2 d2

Por tanto la, apetencia de todas las sustancias por las demás formas, es la causa ontológica de la gravitación. Dios y sólo Dios infunde las formas en la materia prima, que no ve saciada toda su potencialidad con la forma que posee y apetece las otras formas con lo que llamamos "gravitación". La remoción de los obstáculos constituidos por las propias formas que posee en acto la materia, son causas accidentales de los movimientos.

Para alcanzar nuevas formas, las sustancias deben aproximarse localmente hasta las configuraciones propias (situs) del estado perfecto de cada especie, por lo cual esta apetencia se manifiesta como una atracción. En esta atracción, el factor intensivo es constante para cada especie, puesto que la atracción por formas concretas no se manifiesta. Esto sólo sucede en las reacciones químicas y nucleares en el momento en que esta tendencia universal e indeterminada se concreta a la nueva forma incipiente, término de la reacción. Y se concreta porque la nueva forma está ya próxima. El factor extensivo viene constituido por la cantidad de cada cuerpo.

Corriendo ya el siglo XXI, debemos añadir aquí algo como esto: El principio de exclusión de Pauli no queda circunscrito al átomo de hidrógeno. Abarca todo el universo. No puede haber dos partículas en el mismo estado. No pueden dos partículas estar en el mismo sitio con el mismo impulso. Esto hay que relacionarlo con lo de Santo Tomás: "la materia es principio de individuación". Además podría ser causa de la energía oscura que expande el espacio intergaláctico. La gravitación es por la atracción de la materia hacia lo que no es en acto y la expansión por conservar lo que es.

Por tanto, el aumento de peso en una especie, supone un aumento correspondiente de la cantidad de materia a mover. Por esto sucede que los cuerpos de distinto peso se mueven igual si sólo se considera el efecto de la gravitación, habiéndose disminuido todo lo posible el rozamiento del aire.

Para encontrar en la naturaleza un caso en el que se observe el principio de que la causa eficiente más activa mueve más deprisa, hemos de buscar móviles en que mayor poder del agente no presuponga aumento en el factor extensivo. Es posible encontrar un móvil de tales características en la forma más elemental que puede moverse en la naturaleza. Y eso es precisamente el átomo de hidrógeno. Cualquier sustancia que consideremos puede descomponerse en átomos de hidrógeno por reacción nuclear, y éste, si se descompone, lo hace siempre en partes inestables que alcanzan rápidamente nuevas formas sustanciales. Dicho en lenguaje técnico: la vida media de las partículas elementales es muy corta.

El movimiento de un átomo de hidrógeno se hace entre estados estables, cuya fijeza sólo puede ser consecuencia de la existencia de formas que subsumen el hidrógeno en estos estados precisamente. Esto viene sugerido por el hecho de que la tabla periódica de los elementos queda constituida en relación biunívoca de sus componentes con los estados de un átomo de hidrógeno, a cuyas diferencias energéticas corresponden las rayas de su espectro de emisión.

Cuanto mayor es el salto energético, tanto mayor poder agente podemos atribuir a la nueva forma a la que queda predispuesto el hidrógeno a ser subsumido. Sin embargo, aquí, lo movido es siempre lo mismo: un átomo de hidrógeno contrabalanceado por el resto del universo. Pues bien, la relación que se da entre el poder del motor y la velocidad del movimiento, es precisamente la fórmula de Plank: la frecuencia, es decir algo proporcional a la velocidad del movimiento, aumenta en razón directa con el desnivel energético, es decir, con algo proporcional al poder del motor.

Este es el ejemplo que, mirando las relaciones esenciales de la naturaleza, deberíamos poner en sustitución de la caída de los graves. Pero, en este caso, la formación técnica que se exigiría al lector de la Suma Teológica sería demasiado especializada. Podemos, en cambio, aclarar simplemente que la velocidad del movimiento se refiere allí solamente al caso de la caída en el seno de un fluido viscoso, es decir, en el aire o en el agua, con lo que la exposición no queda en conflicto con los experimentos científicos. El ejemplo físico no tiene por qué ser esencial, basta que sea accidental. El principio filosófico esencial queda salvado con lo dicho.

Segundo Contraste: El Principio de Inercia

El principio de inercia se toma como origen histórico y base fundamental de la mecánica, e incluso de la física moderna:

Sin embargo, mirando bien las cosas, la «inercia» es simplemente el nombre dado a un hecho, no su fundamento ontológico. Esto se recibe sin crítica porque la humanidad ya está muy acostumbrada a tomar las palabras como simples etiquetas para las cosas. Es un ejemplo del nefasto nominalismo, origen del origen de las ideologías del mal.

No se puede aceptar que los principios ontológicos enunciados a continuación, hayan sido «superados» por una mera ficción fisicomatemática.

"Todo lo que se mueve es movido por otro".(*)
(*) Suma Teológica 1 q2 a3

"Todo lo que se mueve, se mueve por algún fin; por lo que, alcanzado el fin último, ya no se moverá".(*)
(*) Suma Teológica 1 q2 a2 d2

El tema es importante porque precisamente uno de estos principios es premisa para una vía de demostración de la existencia de Dios: la del motor inmóvil.

¿Por qué sigue moviéndose el péndulo al llegar a la parte baja de su movimiento, si es lo que siempre apetece?. ¿Cuál es la causa ontológica de la inercia?.

El renacimiento revolucionario en el campo científico y cosmológico empieza a tener algo que ofrecer cuando, al expresar en forma de ley física el principio de inercia:

F = m . a

y la ley de la gravitación universal:

           m . m
F = G . -------
           d2

es capaz de predecir la posición de los astros aun sin haberlos visto antes, con sólo saber la influencia que ejerce un cuerpo celeste nunca visto sobre los demás. El hombre desmitifica el cielo, se hace con su clave y con ella encuentra un nuevo fundamento para soñar con dominarlo todo. Este estado de cosas permite además ridiculizar aquella filosofía según la cual el señor de todo es Dios. Por eso la nueva concepción se avendrá muy bien con el liberalismo, que confunde la voluntad humana con la divina, y con el idealismo que da a la mente humana atributos divinos al hacerla creadora. Con todo ello la caída en el evolucionismo más radical y materialista es inevitable.

La ridiculización de la filosofía medieval es posible porque la cosmología de aquella época había aplicado mal los principios ontológicos del movimiento. Y lo hizo mal porque los aplicó directamente a aquello que los había sugerido: los movimientos del cielo y la caída y ascenso de los cuerpos graves y ligeros, es decir a lo que primeramente se presenta a la sensibilidad humana. Pero no es que las apariencias engañen, sinó todo lo contrario.

Como obra de un gran artista, las apariencias sensibles son sugerentes de la verdadera realidad ontológica, por analogía intrínseca, pero también, a veces, como ya se ha dicho,(*) metafóricamente, y de una manera bellísima por cierto. Por ello fueron y siguen siendo verdaderos aquellos principios ontológicos y por eso mismo se pueden entender correctamente todas las alusiones de la Suma Teológica a la física medieval a condición de que se interpreten, al menos, metafóricamente.
(*) Véase "Interpretación metafórica" en este mismo capítulo

Ahora bien, para salvar plenamente la verdad de los principios ontológicos del movimiento no tenemos más que aplicarlos correctamente según los datos que ha aportado la ciencia hasta nuestros días. Estos datos son que todos los cuerpos astronómicos están constituidos por las mismas sustancias químicas; que no hay lugar (ubi) privilegiado en el cosmos para ninguna sustancia corporal; y que todas las sustancias minerales tienen una estructura espacial (situs) determinada entre sus partes, a la que tienden y en la que reposan. El texto en que Santo Tomás explica esto último más claramente es este:

Santo Tomás, en su "Comentario a la Física de Aristóteles", pag.307, n.389 (EUNSA 2001, ISBN: 84-313-1897-X) dice:
"No hay vacío de ningún modo, salvo que alguien quiera llamar vacío a la materia, que de alguna manera es causa de la pesantez y la liviandad, y por tanto causa del movimiento local".

Cada cuerpo mantiene su estado de movimiento si no interviene ninguna fuerza corporal, es decir mientras no se manifiesten las tendencias a la configuración espacial perfecta (situs) de las sustancias que intervienen en el fenómeno. Para entender esto hay que pensar en la gravitación como el resultado conjunto de todas las tendencias corporales de cada cuerpo concreto hacia la configuración perfecta de todas las sustancias posibles. La materia de los cuerpos no tiene colmada toda su potencialidad, y le queda apetencia por todas las otras formas, que alcanza aproximándose y uniéndose a las demás sustancias. Y no hay que buscar sujeto aislado de esta apetencia, porque la materia prima informe, que compone todos los cuerpos, no tiene exitencia actual. Esta apetencia la tienen los cuerpos debido a su materia. Para las manifestaciones elásticas y eléctricas vale eso mismo que acabamos de decir, pero la elasticidad y las fuerzas electrostáticas se aprecian cuando predominan las solicitudes y afinidades de sustancias concretas, hacia la configuración perfecta de una sustancia específica, por estar más próxima su formación. Las fuerzas magnéticas son en realidad eléctricas, ya que cualquier campo magnético se convierte en eléctrico con tal de aplicar convenientemente la teoría de la relatividad de Einstein a la composición de velocidades de todas las partes que intervienen en el sistema.(*)
(*) "The Feynman lectures on physics". 13-6. FEYNMAN. Addison-Wesley. Massachusetts.
Véase también "Interpretación de la Fuerzas Magnéticas" en Física de los arrastres parciales y de la composición de velocidades aparentes.

Todas las referencias de la Suma Teológica a los apetitos naturales que mueven los cuerpos graves y ligeros pueden entenderse metafóricamente. Pero si se quiere sustituir el ejemplo puesto por Santo Tomás, por otro más conforme con las concepciones fisicomatemáticas modernas, se pueden utilizar los fenómenos elásticos.

Por ejemplo, el siguiente texto:

Podría transcribirse así:

Si en la concepción de Santo Tomás, una esfera celeste en movimiento giratorio tenía que ser movida por una sustancia espiritual inteligente, porque ninguna perfección natural era alcanzada, por no haber posición privilegiada en ninguna de las que sucesivamente va adquiriendo la esfera en su movimiento, y como eso mismo sucede en el giro de una peonza, que ahora decimos que mantiene el movimiento por inercia, se ha de concluir que el impulso de los cuerpos se mantiene también por la acción de la sustancia inteligente, con lo que la concepción ontológica medieval sigue siendo cierta y aplicable. El movimiento, como cierto acto que es, tiene que ser conservado continuamente como el ser.

"Newton no ha decubierto por qué cae la piedra, ni por qué los planetas obedecen a las leyes de Kepler. Mostró que la caída de la piedra y el movimiento elíptico de los planetas son fenómenos del mismo tipo".(*) Por eso se habría caído en la misma interpretación materialista del cosmos que ahora se tiene en las escuelas, si, durante la edad media, se hubiera dicho que las esferas celestes mantenían el movimiento por inercia.
(*) "Historia y filosofía de la ciencia". L.W.H. HULL p.228. Ariel

Y por lo mismo, hoy, podemos y debemos tener la audaz osadìa de decir que la misma causa ontológica que movía las esferas medievales, es la causa de la inercia de todos los movimientos uniformes.

Es sabida la gran dificultad que encontraba la filosofía aristotélica para explicar la permanencia del movimiento en la flecha lanzada por el arquero.(*) Los forzados argumentos utilizados no hubieran sido necesarios si se hubiese caído en la cuenta de que aquello mismo que se pensaba para explicar ontológicamente el movimiento del cielo era aplicable al tiro de la piedra o de la flecha.
(*) ibidem pag. 190

De igual modo que se ha ensalzado la teoría de Newton porque reducía el movimiento celeste al problema del lanzamiento de un proyectil,(*) podemos decir que ontológicamente el tiro de la flecha se explica por la teoría peripatética del movimiento celeste, lo que eleva el problema al orden de lo espiritual e inteligible.
(*) "The sleepwalkers". KOETSLER. Pelikan Book. pag. 513

Como sólo Dios puede infundir formas en la materia prima,(*) y la tendencia natural o fuerza corporal la produce el mismo que engendra la forma, las tensiones naturales son divinas y el movimiento cósmico, que la fisicomatemática atribuye a la inercia, es angélico. El ángel, por el poder de su acto, puede mover los cuerpos, realizando aquella ambición utópica de la ciencia ficción que consiste en mover los cuerpos con el pensamiento, cosa imposible al alma humana, que, por ser forma del cuerpo, sólo le perfecciona para que se mueva por medio de las afecciones sustanciales de las formas corporales subsumidas. Volveremos sobre esto más adelante.(*)
(*) Suma Teológica 1 q65 a4 sc
(*) Véase el apartado "La dinámica de la vida" del capítulo "La vida y la cibernética"

* * *

Intercalo aquí un comentario de enlace con la física contemporánea (17/9/2015). Cada vez estoy más convencido de que, para alcanzar la mejor visión científico-natural de los fundamentos radicales del universo, hemos de adiestrarnos en "pensar al revés". Por ejemplo, no es que las partículas emitan luz, sino que la luz "hace" las partículas. No es que las simetrías sean causa de las conservaciones de la energía y la cantidad de movimiento, sino que esas conservaciones "naturales" provocan que se puedan abstraer leyes matemáticas con simetrías. El movimiento tangencial de impresión angélica tendría relación con la conservación de la cantidad de movimiento, y la conservación de la energía con las fuerzas intrínsecas y centrales que las sustancias presentan hacia el "situs" de sus partes.

* * *

Las formas que son acto de cuerpo, lo son de una materia concreta, y por tanto no pueden ser causa de movimiento relativo de su cantidad respecto a la cantidad de otros cuerpos. Un sistema no puede generarse fuerza a sí mismo, se dice en mecánica. Una forma que mueva en relación a otros cuerpos ha de ser separada de la materia, y por tanto inteligente. Las formas corporales sólo pueden mover las partes hacia el «situs» correspondiente a la especie de que se trate. Cada especie tiene su figura.(*)
(*) Suma Teológica III q74 a3 d2

Diremos, pues, que la causa del movimiento inercial son los ángeles, como se decía que eran la causa de los giros de las esferas celestes. Las fuerzas corporales no hacen más que complementar el movimiento que imprime a la materia la sustancia inteligente separada. Por esto hay tanto orden en el resultado de ambas acciones: la de las formas corporales y la de las sustancias espirituales separadas. Porque uno de los factores es inteligente.

Debemos notar, parafraseando lo que dice Santo Tomás,(*) que "no importa, para la presente cuestión, el suponer que cada uno de los cuerpos es movido inmediatamente por Dios o sólo por las sustancias intelectuales. Lo que interesa es mantener que el movimiento inercial proviene de la sustancia inteligente". Pero a mi me parece muy congruente que todas las jerarquías angélicas puedan intervenir en el movimiento del mundo corpóreo. Cada ángel complementa el movimiento que imprimen los demás, como lo hacen inluso las mismas formas de los cuerpos, cooperando así todo, en perfecta concordia, a la armonía del universo.
(*) "Suma contra los gentiles". L 3, C 23.

Cuanto más poderosa es una causa, su influencia alcanza mayor profundidad ontológica. Por eso el movimiento inercial causado por sustancias separadas tiene por sujeto algo muy próximo a las entrañas materiales.

No solamente el hombre es social por naturaleza. Todo el universo es «social», en un sentido analógico. Ninguno de los seres materiales podría existir sin el ámbito que le proporcionan los demás. Por eso es muy congruente que todos los ángeles, en admirable concordia y armonía, muevan el universo material con el fin de cumplir la historia de la salvación de los elegidos.

El movimiento de lo corpóreo es el que imprimen una o varias sustancias espiriruales separadas, las cuales consideran el universo material como un sistema único. Todo el sistema de movimientos es complementado por la acción de las formas corpóreas que provocan las fuerzas elásticas, electromagnéticas y la indigencia de la materia que provoca las fuerzas gravitatorias.

La sustancia intelectual que mueve el cosmos no se ve condicionada por la ley de inercia, ni por ninguna ley fisicomatemática, antes al contrario, estas leyes resultan más bien de una abstracción o separación fisicomatemática hecha sobre el resultado del gobierno que ejerce la sustancia intelectual.

Dios, al mover el universo, no se sujeta a ninguna ley. Las leyes físicas que decimos que se cumplen siempre, son abstraídas por la mente humana al considerar las materialidades cuantificadas de los movimientos reales.

Dice Bertrand Russell en "The scientific outlook": "Parece probable que cualquier mundo, no importa cual, podría ser elevado por un matemático de suficiente habilidad, dentro del alcance de leyes generales". El hombre, ni descubre la ley, ni la impone a la naturaleza; la abstrae o separa de las condiciones materiales que hacen posible incluso la medida del «acto» por medio de lo que de él participa la potencia material.

Las evaluaciones energéticas, y hasta incluso la posibilidad de pensar en la magnitud «energía», surgen al dividir un sistema en movimiento en dos partes, al pensar una de las mitades como sustituible por otro sistema que pueda descomponerse fácilmente en partes iguales. Por ejemplo, el calor emitido por un conjunto de estufas eléctricas conectadas a una red alimentada por un grupo de generadores movidos por turbinas impulsadas por un salto hidráulico, puede computarse midiendo el número de litros que caen por el salto de agua. Entonces puede «medirse» el «poder» de la primera parte, por el número de sistemas unitarios que se equilibran dinámicamente con su movimiento. El concepto de energía surge de poder formar distintos «trenes de cosas» para incluirlos frente al movimiento natural. El pensar en uno solo de los semisistemas y atribuir la causa del movimiento a la «fuerza», es el subterfugio para eludir la necesidad de una causa extrínseca del movimiento del universo y no pensar en todo el sistema como móvil en potencia movido por un acto exterior.

En cambio, el considerar el acto exterior, evitaría toda la perplejidad del alumno cuando empiezan a decirle que "a toda fuerza se le opone otra igual y contraria". Es natural su perplejidad, pues de esta forma no puede comprender cómo así puede producirse movimiento. Quien tenga experiencia en la enseñanza de la física en los primeros años sabrá qué quiero decir. El principio de acción y reacción puede ayudar a hacer ver que las llamadas «fuerzas físicas» no son la causa del movimiento local. El sistema físico es movido por un motor extrínseco, siempre que se considere un sistema cerrado con movimientos periódicos.

Toda la jerarquía angélica, con delicado y suave movimiento, esculpe la figura de este mundo con una potente caricia.(*)
(*) Con mala voluntad y a pesar suyo colaboran también a ello los condenados y los demonios que son arrastrados hasta por las vibraciones de los más insignificantes rincones del universo que constituyen lo que en lenguaje corriente se llama fuego. En vez de dominar su espiritu a la materia, ésta les domina impulsada por el resto de sustancias espirituales y corporales.

Por la energía impetuosa, es decir la debida a las vibraciones del ímpetu de las masas, que imprimen al universo corporal, podemos decir que los ángeles cantan y hacer cantar al cosmos.

En un principio, hace unos quince mil millones de años, "la tierra estaba confusa y vacía".(*) Todo el universo yacía caído sobre sí mismo en un abismo gravitacional sin vida, ni movimiento, ni energía de ninguna clase. Verdaderamente "las tinieblas cubrían la haz del abismo".(*) Cada parte del mundo era simultáneamente aplastante y aplastada. La creación no hubiera podido salir de este estado por sí sola, pero "el espiritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas".(*)
(*) Génesis 1, 2.

"Y dijo Dios: «haya luz», y hubo luz".(*) Y hubo tanta luz que, según el modelo cosmogónico corriente, aceptado ya por todos los científicos con muy ligeras variantes, este núcleo cósmico se infló de manera que no pudo reconocerse en él, durante los primeros momentos de la inflación nada más que luz. Era la época dominada por la radiación. A temperaturas suficientemente altas no hay más que luz. Una partícula que hubiera, sería inmediatamente destruída. De esta luz primera han encontrado hace pocos años Penzias y Wilson, en los laboratorios de la Bell Telephone, investigando el ruido de antenas, el resto de su eco, en lo que se llama el fondo de radiación cósmica, y que ha sido el espaldarazo definitivo para la teoría llamada del «big bang» del Abate Lemaitre.(*)
(*) Génesis 1, 3.
(*) "Los tres primeros minutos del universo". S. WEINBERG. Alianza Editorial.

El estallido se produce precisamente porque Dios y los ángeles imprimen su energía a aquel monstruoso y colosal conglomerado de materia confusa y vacía. Las inteligencias comienzan a mover aquella masa para modelar con ella el decorado de la historia. Las tendencias que Dios ha impreso en la materia para que apetezca sus multiples posibilidades de realización ontológica, se complementan con el movimiento con el que agitan los ángeles la masa cósmica y se produce el ámbito ecológico de este mundo en que vivimos.

El espectáculo es algo colosal. Es fuente de inspiración de artistas y pasmo de quienes lo consideran. Para dar idea de lo que quiero decir podríamos recordar aquellas escenas de la película "Fantasía" del inigualable Walt Disney, cuando describe cómo pudo ser el aspecto de la tierra durante la época de la extinción de los dinosaurios. Algunos reportajes filmados sobre la actividad volcánica, sobre todo de noche, o ciertas pinturas de arte cosmicista no dejan ver más que por una pequeña rendija algo de lo que se debe imaginar para una composición de lugar suficiente.

Platón en el Timeo tiene unas frases geniales que podemos concordar muy estrechamente, tanto con el Géneis como con el modelo cosmogónico corriente de la ciencia moderna. Dice Platón:

La lectura del Génesis resultaría placentera al mismo Platón, pues unos párrafos más abajo dice:

Verdaderamente, como se está asegurando cada vez más entre los científicos que no tienen prejuicios antiteístas, no se hubiese llegado a la figura ecológica de este mundo, sin un gobierno providencial que llevase a la materia ciega, que es la que cumple las leyes fisicoquímicas «necesarias», a una disposición tal como la actual que permite la vida de esquimales cerca de los polos sin imposibilitar la población de la franja ecuatorial de nuestro globo.

A este respecto se puede recordar aquí lo que decía Sir Arthur Eddington, físico inglés que capitaneó las expediciones que en Brasil y Australia hicieron las mediciones de la desviación de los rayos de luz de las estrellas por parte del sol durante el eclipse total de sol de 1919 y que llevaron a la confirmación de la teoría generalizada de Einstein. Hago notar esto para que se vea que se trata de un gran físico moderno, que conocía las últimas teorías físicas de los libros y que además podía llevar a la práctica precisas mediciones en difíciles circunstancias. Pues bien, dice Eddington que ve tan difícil que se den las condiciones de habitabilidad de un planeta, que no cree que haya en el cielo otro astro habitado como la tierra.(*) Me diréis ¡Son tantas las estrellas!. Pues ya de un plumazo hemos de eliminar nada menos que dos terceras partes de ellas si queremos contar las candidatas a tener planetas habitados a su alrededor. Dos tercios del ejército estelar están formados por estrellas dobles o múltiples, que hacen imposible la una a la otra el tener un cuerpo habitable en órbita. No es este el momento de explicarlo con detalles, pero así iríamos eliminando estrellas hasta ver lo improbable que es un sistema solar, una tierra con oxígeno, nitrógeno y agua en proporciones aptas para la vida, un sol de tal temperatura y tamaño con una tierra a la distancia apropiada con una inclinación tan bien puesta de su eje respecto a la eclíptica. Y esto no sólo en un momento de la historia, sino estabilizado durante miles de años. Un solo cataclismo cósmico podría haber borrado definitivamente, en la tierra, la vida para siempre. A esta concepción, que cada vez tiene más adeptos entre los científicos se le llama «principio antrópico».(*)
(*) "The nature of the physical world". EDDINGTON. Cap. X Arbor Paperback. Univ. de Michigan 1958.
(*) "El creyente ante la ciencia". MANUEL Ma CARREIRA S. J. Cuadernos BAC no 57, pag. 26.

Hasta ahora el evolucionismo materialista pretendía explicar que el hombre existe porque el universo es como es. El principio antrópico dice que el universo es como es para que pueda existir el hombre.

A medida que los científicos van conociendo mejor el universo, van descubriendo más coincidéncias cósmicas que no tienen razón de ser desde un punto de vista científico, pero son necesarias para que podamos existir nosotros.

Por ejemplo, en las estrellas nucleares se forma el carbono en cantidad suficiente para la vida, porque la resonancia nuclear del Berilio (Be:sup.8:esup.) favorece la absorción del Helio (He:sup.4:esup.) para la nucleosíntesis del Carbono (C:sup.12:esup.), y éste permanece sin formar elementos más pesados porque la resonancia del Oxígeno (O:sup.16:esup.) queda por debajo de la energía térmica de sus componentes.

Otro ejemplo: para que existan galaxias, estrellas y planetas fue necesario que en el primer núcleo cósmico, del que se desarrolló el universo según la teoría de la gran explosión (big bang), hubiera cierta falta de homogeneidad, pero ni más ni menos. Si hubiera sido más homogéneo, el universo sería una inmensa nube de gas hidrógeno y helio, y si las irregularidades o grumos hubieran sido más, el universo sería una colección de agujeros negros.

Son tantos los ajustes y coincidencias, que resulta ya imposible a los científicos atribuirlos al puro y ciego azar, por lo que se inclinan, cada vez más, a enunciar el principio antrópico. Siempre la ciencia había evitado aludir a la causa final porque como sólo los seres inteligentes obran por un fin, si reconocía una finalidad en lo material demostraba la existencia de un ser inteligente que mueve y gobierna. Ahora en todos los libros en que se menciona el principio antrópico se dice que éste viene muy bien a los que creen que el universo procede de un Ser Inteligente.

Por eso podemos decir con verdad que el mundo se formó así:

Dios y sus ángeles celebraron la creación del cosmos con un gran castillo de fuegos artificiales en el que sus estrellitas se debieron más bien a implosiones sucedidas de explosiones. Los pirotècnicos no fueron hombres, que todavía no existían, pues de las cenizas de sus chispas se formó el Edén y del limo de éste el primer hombre. Para las eternidades divinas y los evos angélicos un millón de años es como un minuto de una noche de verbena. Después del primer estallido se reunían las cenizas formando las estrellas que danzaban todas juntas y hacían ruedas de fuego y nebulosas espirales, y se colapsaban y explotaban de nuevo en supernovas y todo con la ligereza de la ingravidez de lo que no pesa hacia otros mundos porque no los hay.

Y entonces, uno de los ángeles cogió delicadamente la bola de la tierra con sus manos y envolviéndola con una larga trenza hecha con sus tirabuzones de oro, la lanzó como un niño a una peonza y la dejó rodando sobre sí y alrededor del sol, con su eje inclinado 23 grados y medio. Así los árboles podrán dejar caer sus hojas viejas en otoño, sostener la nieve en invierno, reverdecer sus retoños en primavera y dar sus jugosos frutos en verano, porque sólo así podrá haber verano, otoño, invierno y primavera.

Así se entiende la armonía ecológica de todos los sistemas que son ámbito apropiado para la vida vegetal y animal. La belleza de una noche estrellada, de una puesta de sol, de una costa brava o de un riachuelo lleno de vida y de sonrisas.

Con esta concepción es muy hermoso y verdadero pensar de nuevo estas verdades, que por cierto están en contradicción con los sistemas sociopolíticos actuales:

Y cobran sentido de nuevo, y no sólo como poéticas metáforas, aquellas sentencias de los grandes monumentos de la literatura universal, como lo de que "Es el amor, quien mueve el sol y las demás estrellas", con lo que Dante termina la Divina Comedia.

En diciembre de 1986 presenté un Forum en la XXV Reunión de amigos de la Ciudad Católica celebrada en Madrid con el título "Sugerencias para una Cosmología Teocrática". Repartí entre el auditorio un librito de 20 páginas(*) que contenía algunos de los párrafos de la primera y segunda parte de este libro y, un santo varón que lo leyó después, me acusó de «teocrasia» (krasis, mezcla), es decir de confusión de lo humano con lo divino, y me escribió en una carta: "Buscando por el lado de la inercia no puede llegarse a los ángeles". Sin embargo, el último de los párrafos de aquel librito comenzaba así:
(*) Con el mismo título, este librito se ha publicado en VERBO no 263-264, marzo-abril 1988.

La ciencia, con su método, palpa y mide, y abstrae leyes. Digna cosa es, pero no lo bastante para llegar a los ángeles. De hecho, los mismos científicos se lamentan de lo poco que alcanza la ciencia. Stephen Jay Gould, autor de la columna mensual "This View of Life" de la revista "Natural History Magazine", muy leído por la juventud científica y materialista moderna en uno de sus artículos, recientemente seleccionados en un libro(*) , después de explicar que James Hutton, nacido en Edimburgo en 1726, sentó las bases de la geología moderna motivado por la causa final, al adivinar que debía haber un mecanismo de renovación de la corteza terrestre que compensara las erosiones, precisamente porque si no fuera así no podría ser el planeta la habitación milenaria del ser humano, cita la frase de Edward Blyth, notable contemporáneo de Darwin por su creacionismo: «...la belleza y la sabiduría, tan magníficamente ejemplificadas en la adaptación de la perdiz blanca a la cumbre de las montañas y de la cumbre de las montañas a los hábitos de la perdiz blanca». Por fin Stephen Jay, al constatar que la ciencia no trata la causa final, - esto es así porque el fin tiene razón de bien y las matemáticas no tratan del bien y el mal,(*) como decía Aristóteles - hace esta consideración: «Esta breve linea expresa todo el poder de lo que ha hecho Darwin, ya que si bien podemos seguir hablando de la adaptación de la perdiz blanca a la montaña, no podemos ya considerar que la montaña está adaptada a la perdiz blanca. En esta pérdida yace todo el gozo y el terror de nuestra actual visión de la vida».
(*) "Dientes de gallina y dedos de caballo". STEPHEN JAY. pag 81. Blume. Madrid. 1984
(*) Metafísica. ARISTOTELES. B 2 996b. Vrin, París 1966

Pero la visión de la vida no sólo se obtiene a través de la ciencia, sino también de la filosofía y de la teología, y el científico y el filósofo son el mismo hombre. Por eso se puede tener todo el «gozo» de la ciencia moderna sin el «terror» que produce el materialismo. Sólo hace falta filosofar bien. Al comprender que los ángeles impulsan al mundo, se puede pensar, sin abandonar la mecánica de Newton ni la teoría de la relatividad de Einstein, que las «cumbres de las montañas están adaptadas a la perdiz blanca». Es entonces cuando el espiritu se eleva por encima de las esferas. El mismo científico, aunque no como tal, sino en cuanto filósofo, es el que puede pensar como continuaba aquel mismo párrafo del Forum antes aludido:


Manuel M. Domenech I.


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