Entramos ya en el tratamiento del tema principal de este trabajo:
la exposición y resolución de la contraposición que se observa al
contrastar la Suma Teológica con las opiniones sostenidas por la
Ciencia. Claro está que la Ciencia no alcanza el ámbito de lo
filosófico para discutir nada con Santo Tomás, ni mucho menos de lo
teológico. Pero Santo Tomás pone muchas veces ejemplos tomados de
la cosmología de su época para aclarar sus conceptos.
En los casos en que la ciencia moderna ha demostrado la inexactitud
o hasta falsedad de las teorías físicas medievales, estos ejemplos
puestos por Santo Tomás hacen que
el lector de la Suma desprecie su filosofía y teología también como falsas.
Para evitar esto es por lo que se escribe este libro.
Al principio se pensó publicar todas las referencias de Santo Tomás
a las ciencias de su tiempo con un comentario para cambiar los
ejemplos puestos por el Santo, por otros de acuerdo con las ciencias
modernas. Leída toda la Suma Teológica y apuntados en fichas todas las
referencias a las ciencias, se clasificaron por temas y entonces se
vio que, en realidad, los puntos importantes de discrepancia eran
sólo unos pocos y que más valía explicar éstos en general para evitar
una publicación demasiado cara. Vistos los conceptos generales de
cada contraste, el mismo lector sabrá aplicarlos a cada una de las
ocurrencias concretas en que aparezca en la Suma Teológica.
Por la importancia histórica que tuvo, comenzaremos con el
problema de la caída de los graves. A la dificultad:
"Una causa igual pide efectos iguales. La muerte y demás defectos
corporales no son en todos los hombres iguales, sinó que en unos se dan
con más abundancia que otros. Como el pecado original es igual en todos,
y los defectos dichos proceden de él, síguese que los efectos enumerados
no son efectos del pecado".(*)
(*)
Suma Teológica II-1, q85, a5 d1
Pone Santo Tomás la siguiente solución:
"Hablando de causa propiamente dicha, a igualdad de causa sigue
igualdad de efecto, y aumentada o disminuída la causa, el efecto
sufre la misma alternativa. Pero la causalidad indirecta o accidental,
que es remoción de obstáculos, no exige igualdad de efectos. De que uno
con idéntico impulso remueva dos columnas no se sigue que las piedras
superpuestas adquieran idéntico movimiento, sino que la más pesada por
naturaleza caerá más rápidamente que la otra, ya que al quitar los
obstáculos se les deja a merced de sus propiedades naturales. Así también,
quitada la justicia original, la naturaleza del cuerpo humano quedó
entregada a sus propios caprichos, y en virtud de la complexión natural
de cada uno, aun siendo uno el pecado original, hay quienes están bajo
el peso de más defectos corporales que otros".(*)
(*)
Suma Teológica II-1, q85, a5, s1
Lo cual contrasta con:
"Lo que postulaba Galileo era simplemente el derrumbe de una
filosofía, la aristotélica, sostenida durante 20 siglos, afirmada por los
ptolemaicos, así como por los agustinos y tomistas. No podía aceptar que
algo fuera cierto si antes no lo había comprobado. Y en vista de que ya
había podido demostrar que en los libros se ocultaban muchas falacias,
como por ejemplo que dos cuerpos de diferente tamaño no caen al mismo
tiempo (con su legendario ejemplo de la torre de Pisa), no concebía
que los demás siguieran creyendo en lo que se decía en los libros y no
se comprobaba en la práctica".(*)
(*)
"Galileo, un hombre contra el tiempo". HECTOR ANAYA.
Revista de Geografía Universal, septiembre 1977
Digamos primero que no es cierto que la Iglesia pretende que se siga lo que
dicen los libros sin experimentar la naturaleza. Es má bien al contrario.
Véanse, por ejemplo, las palabras del Papa Juan Pablo II a la juventud,
en el capítulo "Aportaciones Científicas".
Aunque, desgraciadamente, desde que el nefasto Descartes divulgó que las ideas verdaderas
son claras y distintas, las escuelas filosóficas quedaron satisfechas
al suponer que el Renacimiento científico fue combatido por la Iglesia
por el simple motivo de proteger a los maestros que enseñaban la
filosofía agustiniana y tomista, lo cual es demasiado superficial para
ser verdadero.
Decir que el juicio condenatorio de Galileo se dirimía
solamente en el ámbito de la obediencia, es también una simplificación
excesiva.
La nueva ciencia atacaba la doctrina tradicional; eso es cierto,
pero hay que descubrir cuidadosamente, en defensa de la Iglesia, que la
guerra era principalmente contra la Verdad. Una frase tan sectaria
como, por ejemplo, esta:
"agustinianos y tomistas no habían mirado más que en los libros para
asegurar que las piedras caían a diferente
velocidad según sus pesos",(*)
demuestra que el correr de los siglos ha dado la razón a la Iglesia.
Precisamente lo que está actualmente en los libros de física es que
las piedras caen con igual velocidad sea cual sea su peso
dentro de un tubo en el que se ha hecho el vacío, pero en la
realidad patente a todos, los más pesados caen más deprisa, porque
la experiencia ordinaria se da en el aire; y es esa realidad tan
primariamente palpable, la que sugiere a Santo Tomás el ejemplo
físico para explicar la desigualdad de las penas que son consecuencia de un
pecado original idéntico para todos.
En justicia hay que condenar a quien extraiga el aire de un tubo,
con intención de hacer creer que porque una piedra y una pluma caen
allí dentro con la misma velocidad, no existe el pecado original, ni
la redención obediente y sacrificial de Cristo, ni Dios, ni las
pruebas de su existencia. De hecho, la sublevación de las
inteligencias contra la doctrina de los Santos Doctores empezaba por
ahí, aunque los inovadores no lo supieran porque no veían a dónde iban.
Con razón Arthur Koetsler llama sonámbulos (sleepwalkers) a los hombres
que cambiaron la visión del universo.(*)
(*)
"The sleepwalkers. A history of man's changing vision of the universe". ARTHUR KOESTLER.
Pelikan Book 1969
El sonambulismo no es patrimonio exclusivo de los hombres del
renacimiento. Los científicos modernos también son sonámbulos:
"Si, utilizando la imagen de Arthur Koetsler, miramos a Copérnico,
Kepler, Galileo y Newton como sonámbulos que conocían a dónde
querían ir y buscaban llegar allí sin saber bien cómo, entonces
Einstein fue el más sonámbulo de todos ellos".(*)
(*)
"Gravitation and space time". OHANIAN. Norton and Company. Newyork, London 1976, prefacio
La más diáfana obra sobre relatividad y gravitación jamás escrita.
Hay que puntualizar que, en realidad, el sonámbulo, ni sabe a
dónde va ni cómo, sólo se mueve por la fantasía de su imaginación.
Dice Koetsler,(*) "Kepler descubrió su América, creyendo
que era la India". Queda clara la intención de este ejemplo,
aunque verdaderamente Colón no era sonámbulo, ya que sabía a dónde
iba y cómo iba. La interposición de un continente desconocido no
desmentía que, navegando hacia el oeste se acercaba uno a la India.
(*)
"The sleepwalkers". KOETSLER. Pelikan Book. pag. 267
La humilde obediencia a los tribunales eclesiásticos, no hubiera
detenido, como se pretende, el progreso científico, sino que lo hubiera
acelerado. Las ideas de Einstein, por ejemplo, se habrían aceptado más
fácilmente, e incluso podían haber surgido antes, si la carga
imaginativa que suponen el espacio y el tiempo absolutos de Newton no
hubiera entorpecido la comprensión de los fenómenos relativistas. Es
realmente cierto que tomar los modelos físicos de la mecánica clásica
como meras hipótesis de trabajo, facilita la asimilación de
las teorías de la relatividad de Einstein y todas las de la física
moderna.
Es claro que los modelos fisicomatemáticos que constituyen todas
las teorías físicas, no deben entenderse como expresión de la verdadera
realidad ontológica de las cosas. Hoy, cualquier científico o técnico
de alguna altura comprende esto muy bien, lo cual coincide
exactamente con lo que afirmaron el Doctor Angélico(*)
y los jueces católicos de Galileo.
(*)
Suma Teológica I q32 a2
Un cuadrado puede pensarse dividido en cuatro triángulos o en
cuatro cuadrados. Sería tonto ponerse a discutir si en la realidad,
los cuadrados, están compuestos de cuadrados o de triángulos.
Igual simplicidad demostraría quien pretendiera discutir si en
el nucleo de un transformador están a la vez presentes los
flujos debidos a las corrientes del primario y del secundario
o si sólo está su diferencia, o si la luz polarizada circular
se compone de dos rayos polarizados con planos de polarización
perpendiculares y desfasados un cuarto de ciclo o bien de un solo rayo
electromagnético sinusoidal que gira alrededor de su recta
de propagación.
Dice textualmente Santo Tomás:
"Se habla en astronomía de excéntricos y epiciclos, porque, hecha
esta suposición, se pueden explicar las apariencias sensibles de los
movimientos del cielo; y, sin embargo, esta razón no es demostrativa,
porque tal vez pudieran explicarse
también a base de otra hipótesis.(*)
(*)
Suma Teológica I q32 a1 ad2
En estos «excéntricos y epiciclos» se comprende toda la teoría
ptolemaica, con la tierra en el centro y el sol girando a su entorno.
Querer hundir la metafísica, o lo que es peor, la teología de Santo
Tomás con el "Eppur si muove" de Galileo es demasiado ruin para no ser
condenado. Y sin embargo, es lo que se hace impunemente en nuestro
siglo. Para Santo Tomás, tan buena hubiera sido la hipótesis de
Copérnico como la de Ptolomeo.
Cuando en 1543 se publicó en Nuremberg el libro de Copérnico
"De Revolutionibus Orbium Coelestium", no se produjo ninguna condenación
porque el prólogo del editor, Osiander, advertía precisamente en este
sentido:
"Es propio del astrónomo recolectar la historia de los movimientos
celestes mediante diligentes y hábiles observaciones. Luego, dado que
le está vedado alcanzar las verdaderas causas de estos movimientos, ha de
concebir o construir cualesquiera hipótesis o causas de las mismas,
tales que si se adoptan como supuesto, sea posible calcular adecuadamente
esos mismos movimientos por medio de los principios de la geometría, no
sólo para el pasado sino también para el futuro. No es necesario que
tales hipótesis sean verdaderas, ni siquiera verosímiles. Es suficiente
con que provean un cálculo a las observaciones. Para un mismo
movimiento se proponen periódicamente diversas hipótesis, como excéntricos
y epiciclos para el movimiento del sol, y el astrónomo prefiere hacer
suya la que sea más fácil de emplear.
Admitamos entonces que estas nuevas hipótesis hagan su aparición
junto a las antiguas, que en sí mismas no son más verosímiles, teniendo
en cuenta que son excelentes, simples y traen consigo un vasto
repertorio de eruditas observaciones. Y en lo que hace a la hipótesis,
que nadie espere certeza alguna de la astronomía, dado que nada de esto
puede ella ofrecer".
Recordemos una vez más que dedicado al papa Paulo III, reinante desde
1534, el libro se publicó con la aprobación pontificia y como un reto a
la opinión protestante. Sólo fue puesto en el Indice cuando la polvareda
publicitaria levantada por Galileo, oponía a la filosofía cristiana los
modelos de la nueva ciencia. Pero más tarde, en 1620, ese mismo libro
fue de nuevo aprobado por la Inquisición con algunas correciones que estaban
precisamente en la línea de Osiander.
Una vez más ocurre lo que ya se ha explicado en la primera parte.
El fanatismo sectario, ya revolucionario en germen, cayó en el
simplismo de creer que lo que la imaginación añade al modelo
abstracto fisico - matemático una vez alcanzado éste, es la realidad
de la cosa, confundiendo la imaginación con la inteligencia, como
hicieron los primitivos filósofos.(*) Lo cual ya estaba
profetizado:
"Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina,
sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se harán con un
montón de maestros por el prurito de oir novedades; apartarán sus
oidos de la verdad y se aplicarán a las fábulas".(*)
(*)
Suma Teológica I q84 a6 c
(*)
II Tim. 4, 3-4.
Siempre podemos aceptar los ejemplos físicos de Santo Tomás,
sin escrúpulos de traicionar la verdad científica, entendiendo las
alusiones a la cosmología medieval como metáforas. Incluso su obra
se hace así más agradable por la poesía que ello conlleva. A
cualquier poeta le es permitido decir que los astros giran
alrededor de Jesucristo, y nadie se escandaliza por ello aunque esté
acostumbrado a imaginar que es la tierra, planeta en el que nació Jesús
de Nazaret, la que gira alrededor del sol.
Así, en aquella delicada poesía en que Jacinto Verdaguer
nos cuenta la invención del Belén por San Francisco de Asís, vemos
girar a todo el cielo en torno a Jesucristo, gran Astro del Amor.(*)
(*)
"Poema de Sant Francesc", Greccio. JACINTO VERDAGUER
"Què aguaiten en la terra, què hi obiren?
a Aquell de qui a l'entorn los astres giren,
gran Astre de l'amor,
de la falda santísima esmunyir-se,
i de Francesc al bra‡os adormir-se
bressat sobra son cor".
Que podría traducirse así:
"¿Qué miran en la tierra, qué contemplan?
a Aquel, entorno al cual los astros giran,
gran Astro del amor,
del regazo santísimo escurrirse,
y de Francisco, en brazos, dormirse
acunado sobre su corazón".
Mirada así la Suma Teológica, resulta sorprendente la gran
cantidad de veces en que la apariencia sensible de las cosas sugiere
inmediatamente la realidad metafísica, y es posible hablar en términos
de ser, de bien y de verdad, en una palabra filosofar, mirando
simplemente la arquitectura, la escultura y la pintura de la creación en
nuestro entorno ecológico. Un ejemplo del caracter sugerente de lo que
se patentiza a nuestros sentidos, tomado lejos de toda influencia
escolástica, puede ser el himno al sol del faraón egipcio Akenatón:
"Unico Dios, Tú que no tienes igual,
Tú que has creado la tierra según tu corazón
cuando sólo estabas Tú,
los hombres, todos los animales domésticos y salvajes,
todo lo que está en el aire y vuela con sus alas,
todo lo que está en la tierra y marcha con sus pies,
Tú has colocado a todos los hombres en su lugar,
y Tú provees a sus necesidades,
Tú has creado los países extranjeros,
la Siria y la Nubia y la tierra de Egipto,
Tú creas la vida de todos los paises alejados,
hay un Nilo en el cielo para los pueblos extranjeros".
Todo lo que aquí se dice, puede entenderse con verdad, sin más que
atribuir al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, lo que aquí se atribuye
al sol. Se ha errado el sujeto, pero el predicado es perfecto. El Dios Uno
y Trino es todo lo que allí se dice del sol. El único defecto es que
el sol no es Dios, pero precisamente porque el sol es uno, luminoso,
fertilizador y fecundante, no hay más que levantar la vista en una
mañana soleada, para poder meditar acerca de todos los atributos divinos.
Esto es así porque la creación natural es al Sumo Hacedor como
cualquier obra de arte es a su artífice.(*)
Y si es verdaderamente obra de arte,
conseguirá sugerir algo inteligible con su belleza. Si el artista humano
lo logra tantas veces, mucho más el divino. Antes de que existiera el mundo,
la decisión acerca del color del cielo y de la nieve, la apariencia de
las piedras, el modelado de los montes, la alegría del agua, la
grandeza del mar, los cantos de los pájaros, las transparencias de los
cristales y sus formas, la fuerza del calor, el colorido del alba y
del ocaso y tantas cosas más, estaba muy por encima de lo que
puedan ser las más altas pretensiones de cualquier escultor o pintor
abstracto. Es lógico que el efecto conseguido con la apariencia
sensible de la naturaleza, sea precisamente sugerir al hombre la
verdadera realidad ontológica de las cosas.
(*)
Suma Teológica 1 q14 a8 c
Lo único que hay que tener en cuenta al pasar de lo
sensible a lo inteligible, es atribuir los predicados a sus verdaderos
sujetos, a no ser que lo que se pretenda sea hacer poesía usando
metáforas.
Si alguna vez, los autores cristianos, erraron también en tales
atribuciones, no hay más que buscar otro sujeto verdadero.
Siempre se puede aceptar la aseveración como metáfora poética,
pero nunca despreciar la filosofía como falsa.
Si al mirar la esencia de la caída de una piedra, nos resulta
inaplicable el principio de que el más fuerte mueve más deprisa,
tendremos que buscar otro ejemplo. Pero hay que reconocer que
para sugerir a seres humanos,
el principio metafísico de que el más fuerte mueve en menos tiempo,
la caída de los graves en el aire, constituye una escultura dinámica
de un valor artístico bellísimo. Aquí, como en otros muchas ocasiones,
Dios sugiere a los hombres la realidad ontológica del cosmos con lo
que se ve ordinariamente. Pero para entenderlo bien hay que ser más
poeta que científico.
La resistencia que opone el aire al movimiento de los cuerpos
depende de su forma y de su velocidad. Cuando un cuerpo cae, la velocidad
va aumentando al principio porque la resistencia del aire es menor que el
peso, y éste hace que la velocidad aumente; pero a medida que la
velocidad aumenta, la resistencia del aire también aumenta. Cuando
se igualan el peso y la resistencia del aire, la velocidad ya no
aumenta más. Un paracaidista desciende poco a poco porque la forma del
paracaídas desplegado hace que el aire oponga mucha resistencia
incluso a baja
velocidad. Esa resistencia es igual y contraria al peso del paracaidista,
que sin el paracaídas, descendería a velocidad mortal. A un avión se le
da forma aerodinámica para que el aire no oponga mucha resistencia
a su avance.
Una pluma y una bola de plomo caen, en el aire, a velocidades muy
diferentes porque el poco peso de la pluma y su forma poco
aerodinámica hace que, a muy poca velocidad, la resistencia del aire
sea igual al poco peso de la pluma.
La bola de plomo, por su forma aerodinámica, requiere mucha velocidad
para que la resistencia del aire se iguale a su gran peso.
Parece que Galileo ignoraba que el peso influía
verdaderamente en la
velocidad de caída, pues aunque no realizara realmente el legendario
experimento de la torre de Pisa, se le desliza un error en su obra
"Diálogo del Máximo Sistema".
El experimento de la torre de Pisa consistía en abandonar desde lo
alto dos bolas de igual forma y tamaño, pero de distinto peso,
pretendiendo que llegarían simultáneamente al suelo, en contra de lo que
suponía la física aristotélica, que quedaría, de esta forma, en ridículo.
Hoy se duda de si realmente se llevó a cabo tal demostración.
Alejandro Koyré (1892-1964), por ejemplo, opina que dicho experimento
nunca se realizó.(*)
(*)
ALEJANDRO KOYRÉ. "Études Galileéns". París, 1939.
Desde luego que, si se realizó con éxito, fue porque la precisión
de las medidas no fue suficiente, pues aunque la forma de las bolas
fuera igual, la diferencia de peso exige que la velocidad máxima
alcanzada por ambas bolas sea distinta, pues es aquella velocidad en que
la resistencia del aire iguala al peso, y éste es también desigual en
ambas bolas.
Sea lo que fuere, el criterio de Galileo no era exacto, como se
deduce de lo que podemos leer en su "Diálogo":
Pero en realidad si la altura de caída es muy grande, dos cuerpos
de la misma forma y distinto peso, no caerían en el aire a la misma
velocidad. La velocidad de equilibrio dinámico se alcanza,
como hemos dicho, cuando
la fuerza de rozamiento es igual al peso y si éste es distinto para
los dos cuerpos, las fuerzas de rozamiento con el aire también lo
serán, lo cual no puede suceder si ambos pesos caen a la misma
velocidad y sus formas son iguales. Simplicio tenía razón.
En este sentido es realmente cierto que "todas las experiencias
de Galileo son falsas".(*) Pero llevar la discusión a este
terreno es huir del tema. Sabemos que quitando el aire de un tubo
vertical, un perdigón y una pluma caen dentro de él a la misma
velocidad.
(*)
"Progrès scientifique et technique au XVIII siècle". ROLAND MOUSNIER. pag. 10 Plon París 1958
Que el más poderoso mueve más deprisa no puede explicarse con
experimentos basados en la caída de los graves y, sin embargo, la
caída en el aire de los cuerpos sugiere precisamente esta idea. Este
es un caso en que la primera experiencia sensible inspira un pensamiento
verdadero pero esa realidad palpable sólo puede tener el valor de una
metáfora al tomarla como ejemplo. Esto sucede muchas veces, como se
ha dicho, porque el
universo sensible es una grandiosa escultura dinámica y, como obra de
arte que es, es muy sugerente.
Para entrar de lleno en la esencia del fenómeno de la caída de los
graves, hemos de introducir una teoría ontológica de la gravitación, cosa
que no se ha hecho todavía, ni pudo hacer el mismo Newton:
La gravitación es una tendencia natural. Las tendencias naturales,
según la filosofía aristotélica, son manifestación de la apetencia
de las formas de los elementos hacia su lugar propio, en donde consiguen
la plena satisfacción de la potencialidad de su materia.
Hoy sabemos, por el análisis espectral de la luz llegada del sol
y las estrellas, por el análisis de los astrolitos caídos a la tierra,
por el de muestras tomadas de la luna y traídas aquí, y por los
laboratorios de análisis químico automáticos de que están dotadas
aeronaves no tripuladas que se han posado en otros planetas del
sistema solar, que tierra, agua, aire y fuego no son elementos y que
no tienen lugar (ubi) propio en el universo, ni esos antiguos elementos
ni los que hoy día se consideran como tales, ni cualquier sustancia
química.
Sin embargo, podemos decir que las formas minerales no colman
tampoco totalmente la potencialidad de su materia, ya que cualquier
sustancia química que consideremos tiene todavía potencia para ser
subsumida por otras formas en una reacción química o nuclear. Así el
cloro puede formar cloruro sódico y el hidrógeno puede dar elementos
más pesados por fusión nuclear.
Pues bien, el resultado de la suma de las tendencias de cada parte
de materia a formar sustancias con el resto de materia del universo es
lo que la técnica llama gravitación.
Así se comprende la fórmula de Einstein:
La energía total que podría desarrollarse a partir de una determinada masa es proporcional a ella, y esta misma masa es proporcional a su peso en un punto definido del universo en relación con las demás masas. Dicha energía se desarrollaría si la potencia llegara a quedar totalmente colmada. Esto es imposible, porque al alcanzar nuevas formas deja las viejas ya que no puede la materia ser simultáneamente todas las formas. Sólo podemos computar, en las reacciones nucleares por ejemplo, el balance entre la masa perdida y la energía desarrollada, pero ese balance da, como resultado, dicha fórmula y hace ver la relación de proporcionalidad que hay entre la gravitación y la energía para un determinado cuerpo.
Ya San Agustín había dicho:
"Los pesos son como los amores de los cuerpos";(*) y Aristóteles:
"El bien es lo que todas las cosas apetecen".(*) Las
tendencias naturales son el resultado de la tendencia a la perfección
de los cuerpos, tanto para la cosmología medieval como para la
contemporánea. Basta esta idea para poder sustituir mentalmente los
ejemplos que pone Santo Tomás refiriéndose a la apetencia de los
cuerpos por sus lugares propios, por otros que se refieran, no a su
lugar propio (ubi), sinó a la configuración espacial perfecta de
todos los cuerpos según su especie (situs). Si se hace así, el
ámbito de aplicabilidad de su filosofía recupera las dimensiones
cósmicas que merece la verdad.
(*)
"La ciudad de Dios". Libro 9, cap. 28
(*)
Suma Teológica. I q6 a2 d2
Por tanto la, apetencia de todas las sustancias por las demás
formas, es la causa ontológica de la gravitación. Dios y sólo
Dios infunde las formas en la materia prima, que no ve saciada toda su
potencialidad con la forma que posee y apetece las otras formas con lo que
llamamos "gravitación".
La remoción de los obstáculos constituidos por las propias formas
que posee en acto la materia, son causas accidentales de los movimientos.
Para alcanzar nuevas formas, las sustancias deben aproximarse
localmente hasta las configuraciones propias (situs) del estado
perfecto de cada especie, por lo cual esta apetencia se manifiesta
como una atracción. En esta atracción, el factor intensivo es
constante para cada especie, puesto que la atracción por formas
concretas no se manifiesta. Esto sólo sucede en las reacciones
químicas y nucleares en el momento en que esta tendencia universal e
indeterminada se concreta a la nueva forma incipiente, término de la
reacción. Y se concreta porque la nueva forma está ya próxima. El
factor extensivo viene constituido por la cantidad de cada cuerpo.
Por tanto, el aumento de peso en una especie, supone un
aumento correspondiente de la cantidad de materia a mover.
Por esto sucede que los cuerpos de distinto peso se mueven igual si sólo
se considera el efecto de la gravitación, habiéndose
disminuido todo lo posible el rozamiento del aire.
Para encontrar en la naturaleza un caso en el que se observe el
principio de que la causa eficiente más activa mueve más deprisa, hemos
de buscar móviles en que mayor poder del agente no presuponga aumento
en el factor extensivo. Es posible encontrar un móvil de tales
características en la forma más elemental que puede moverse en la
naturaleza. Y eso es precisamente el átomo de hidrógeno. Cualquier
sustancia que consideremos puede descomponerse en átomos de
hidrógeno por reacción nuclear, y éste, si se descompone, lo hace
siempre en partes inestables que alcanzan rápidamente nuevas formas
sustanciales. Dicho en lenguaje técnico:
la vida media de las partículas elementales es muy corta.
El movimiento de un átomo de hidrógeno se hace entre estados estables,
cuya fijeza sólo puede ser consecuencia de la existencia de formas
que subsumen el hidrógeno en estos estados precisamente. Esto viene
sugerido por el hecho de que la tabla periódica de los elementos queda
constituida en relación biunívoca de sus componentes con los estados de
un átomo de hidrógeno, a cuyas diferencias energéticas corresponden
las rayas de su espectro de emisión.
Cuanto mayor es el salto energético, tanto mayor poder agente podemos
atribuir a la nueva forma a la que queda predispuesto el hidrógeno a ser
subsumido. Sin embargo, aquí, lo movido es siempre lo mismo:
un átomo de hidrógeno contrabalanceado por el resto del universo.
Pues bien, la relación que se da entre el poder del motor y la velocidad
del movimiento, es precisamente la fórmula de Plank:
la frecuencia, es decir algo proporcional a la velocidad del movimiento,
aumenta en razón directa con el desnivel energético, es decir,
con algo proporcional al poder del motor.
Este es el ejemplo que, mirando las relaciones esenciales de la
naturaleza, deberíamos poner en sustitución de la caída de los graves.
Pero, en este caso, la formación técnica que se exigiría al lector de
la Suma Teológica sería demasiado especializada. Podemos, en cambio, aclarar
simplemente que la velocidad del movimiento se refiere allí solamente
al caso de la caída en el seno de un fluido viscoso, es decir, en el
aire o en el agua, con lo que la exposición no queda en conflicto
con los experimentos científicos. El ejemplo físico no tiene por qué
ser esencial, basta que sea accidental. El principio filosófico
esencial queda salvado con lo dicho.
El principio de inercia se toma como origen histórico y base
fundamental de la mecánica, e incluso de la física moderna:
"¿Cómo explicar el movimiento de las esferas celestes?. No hay que
olvidar que entonces se ignoraba la idea básica de la mecánica moderna,
el principio de inercia (un cuerpo en movimiento uniforme no necesita
ninguna fuerza para continuar moviéndose de la misma manera). El
movimiento del complejo sistema necesitaba un motor permanente; por tanto,
había que suponer un primer motor (Dios) que anima todo el sistema
del mundo por una acción que comunica directamente a la primera esfera,
el cielo de las estrellas fijas".(*)
(*)
"Filosofía de la naturaleza". AUBERT. Herder. pag.82
Sin embargo, mirando bien las cosas, la «inercia» es
simplemente el nombre dado a un hecho, no su fundamento ontológico.
No se puede aceptar que los principios ontológicos enunciados a
continuación, hayan sido «superados» por una mera ficción fisicomatemática.
"Todo lo que se mueve es movido por otro".(*)
(*)
Suma Teológica 1 q2 a3
"Todo lo que se mueve, se mueve por algún fin; por
lo que, alcanzado el fin último, ya no se
moverá".(*)
(*)
Suma Teológica 1 q2 a2 d2
El tema es importante porque
precisamente uno de estos principios es premisa para una vía de
demostración de la existencia de Dios:
la del motor inmóvil.
¿Por qué sigue moviéndose el péndulo al llegar a la parte baja de
su movimiento, si es lo que siempre apetece?. ¿Cuál es la causa
ontológica de la inercia?.
El renacimiento revolucionario en el campo científico y cosmológico
empieza a tener algo que ofrecer cuando, al expresar en forma de ley
física el principio de inercia:
y la ley de la gravitación universal:
es capaz de predecir la posición de los astros aun sin haberlos visto antes, con sólo saber la influencia que ejerce un cuerpo celeste nunca visto sobre los demás. El hombre desmitifica el cielo, se hace con su clave y con ella encuentra un nuevo fundamento para soñar con dominarlo todo. Este estado de cosas permite además ridiculizar aquella filosofía según la cual el señor de todo es Dios. Por eso la nueva concepción se avendrá muy bien con el liberalismo, que confunde la voluntad humana con la divina, y con el idealismo que da a la mente humana atributos divinos al hacerla creadora. Con todo ello la caída en el evolucionismo más radical y materialista es inevitable.
La ridiculización de la filosofía medieval es posible porque la cosmología de aquella época
había aplicado mal los principios ontológicos del movimiento. Y lo hizo
mal porque los aplicó directamente a aquello que los había sugerido:
los movimientos del cielo y la caída y ascenso de los cuerpos graves y
ligeros, es decir a lo que primeramente se presenta a la sensibilidad
humana. Pero no es que las apariencias engañen, sinó todo lo
contrario.
Como obra de un gran artista, las apariencias sensibles son
sugerentes de la verdadera realidad ontológica, por analogía
intrínseca, pero también, a veces, como ya se ha dicho,(*)
metafóricamente, y de una manera bellísima por cierto. Por ello
fueron y siguen siendo verdaderos aquellos principios ontológicos y
por eso mismo se pueden entender correctamente todas las alusiones de la Suma
Teológica a la física medieval a condición de que se interpreten, al menos,
metafóricamente.
(*)
Véase "Interpretación metafórica" en este mismo capítulo
Ahora bien, para salvar plenamente la verdad de los principios
ontológicos del movimiento no tenemos más que aplicarlos correctamente
según los datos que ha aportado la ciencia hasta nuestros días. Estos
datos son que todos los cuerpos astronómicos están constituidos por
las mismas sustancias químicas; que no hay lugar (ubi) privilegiado
en el cosmos para ninguna sustancia corporal; y que todas las sustancias
minerales tienen una estructura espacial (situs) determinada entre sus
partes, a la que tienden y en la que reposan.
El texto en que Santo Tomás explica esto último más claramente es este:
Cada cuerpo mantiene su estado de movimiento si no interviene
ninguna fuerza corporal, es decir mientras no se manifiesten las
tendencias a la configuración espacial perfecta (situs) de las sustancias
que intervienen en el fenómeno. Para entender esto hay que pensar en la
gravitación como el resultado conjunto de todas las tendencias
corporales de cada cuerpo concreto hacia la configuración perfecta de
todas las sustancias posibles. La materia de los cuerpos no tiene colmada
toda su potencialidad, y le queda apetencia por todas las otras formas,
que alcanza aproximándose y uniéndose a las demás sustancias.
Y no hay que buscar sujeto aislado de esta apetencia, porque la materia
prima informe, que compone todos los cuerpos, no tiene exitencia
actual. Esta apetencia la tienen los
cuerpos debido a su materia. Para las manifestaciones elásticas y eléctricas
vale eso mismo que acabamos de decir, pero la elasticidad y las fuerzas
electrostáticas se aprecian cuando predominan las solicitudes y afinidades
de sustancias concretas, hacia la configuración perfecta de una
sustancia específica, por estar más próxima su formación. Las fuerzas
magnéticas son en realidad eléctricas, ya que cualquier campo magnético
se convierte en eléctrico con tal de aplicar convenientemente la
teoría de la relatividad de Einstein a la composición de velocidades
de todas las partes que intervienen en el sistema.(*)
(*)
"The Feynman lectures on physics". 13-6. FEYNMAN. Addison-Wesley. Massachusetts.
Véase también "Interpretación de la Fuerzas Magnéticas" en
Física de los arrastres parciales y de la composición de velocidades aparentes.
Todas las referencias de la Suma Teológica a los apetitos naturales
que mueven los cuerpos graves y ligeros pueden entenderse
metafóricamente. Pero si se quiere sustituir el ejemplo puesto por
Santo Tomás, por otro más conforme con las concepciones
fisicomatemáticas modernas, se pueden utilizar los fenómenos elásticos.
Por ejemplo, el siguiente texto:
"Si el principio del movimiento celeste es sólo la naturaleza, sin
aprehensión alguna, tal principio tendría que ser la forma del cuerpo
celeste, como pasa entre los elementos; pues aunque las formas simples
no sean motores, son, no obstante, principios de movimiento, porque tras
ellas siguen los movimientos naturales como todas las demás propiedades
naturales. Pero es imposible que el movimiento celeste siga a la forma
del cuerpo celeste como a un principio activo. Pues la forma es
principio del movimiento local cuando a un cuerpo le corresponde por ella
tal lugar, hacia el cual se mueve en virtud de que su forma tiende a él;
y entonces, como lo engendra, la forma se llama motor, como vemos que el
fuego tiende hacia arriba en virtud de su forma. Mas por razón de la
forma, no corresponde al cuerpo celeste el estar en este lugar o en
aquel. Luego el principio del movimiento celeste no es sólo la
naturaleza. En consecuencia deberá ser algo que mueva por
aprehensión".(*)
(*)
"Suma contra los gentiles". L 3, cap. 23
Podría transcribirse así:
"Si el principio del movimiento
inercial fuera sólo la naturaleza, sin
aprehensión alguna, tal principio tendría que ser alguna forma,
como pasa entre los elementos; pues aunque las formas de las sustancias
químicas
no sean motores, son, no obstante, principios de movimiento, porque tras
ellas siguen los movimientos naturales como todas las demás propiedades
naturales. Pero es imposible que el movimiento inercial siga a una forma
de cuerpo como a un principio activo. Pues la forma es
principio del movimiento local cuando
a alguna parte de un cuerpo le corresponde por ella
tal lugar relativamente a las demás partes, hacia el cual se mueve en
virtud de que su forma tiende a él.
Y entonces, como lo engendra, la forma se llama motor, como vemos que la
parte de hidrógeno tiende a situarse a 0,965 Angstrom de la parte
de oxígeno en virtud de la forma del agua.
Mas por razón de la
forma, no corresponde a lo que se mueve inercialmente el estar
en este lugar o en
aquel. Luego el principio del movimiento inercial no es sólo la
naturaleza. En consecuencia deberá ser algo que mueva por
aprehensión".
Si en la concepción de Santo Tomás, una esfera celeste en
movimiento giratorio tenía que ser movida por una sustancia
espiritual inteligente, porque ninguna perfección natural era
alcanzada, por no haber posición privilegiada en ninguna de las
que sucesivamente va adquiriendo la esfera en su movimiento, y como
eso mismo sucede en el giro de una peonza, que ahora decimos que
mantiene el movimiento por inercia, se ha de concluir que el
impulso de los cuerpos se mantiene también por la acción de la
sustancia inteligente, con lo que la concepción ontológica
medieval sigue siendo cierta y aplicable. El movimiento, como cierto
acto que es, tiene que ser conservado continuamente como el ser.
"Newton no ha decubierto por qué cae la piedra, ni por qué los
planetas obedecen a las leyes de Kepler. Mostró que la caída de la
piedra y el movimiento elíptico de los planetas son fenómenos del
mismo tipo".(*)
Por eso se habría caído en la misma interpretación materialista del cosmos
que ahora se tiene en las escuelas, si, durante la edad media,
se hubiera dicho que las
esferas celestes mantenían el movimiento por inercia.
(*)
"Historia y filosofía de la ciencia". L.W.H. HULL p.228. Ariel
Y por lo mismo, hoy, podemos y debemos tener la audaz osadìa
de decir que la misma causa ontológica que movía las esferas
medievales, es la causa de la inercia de todos los movimientos uniformes.
Es sabida la
gran dificultad que encontraba la filosofía aristotélica para explicar
la permanencia del movimiento en la flecha lanzada por el
arquero.(*)
Los forzados argumentos utilizados no hubieran sido necesarios
si se hubiese caído en la cuenta de que aquello mismo que se pensaba para
explicar ontológicamente el movimiento del cielo era aplicable al tiro
de la piedra o de la flecha.
(*)
ibidem pag. 190
De igual modo que se ha ensalzado la teoría de
Newton porque reducía el movimiento celeste al problema del lanzamiento
de un proyectil,(*) podemos decir que ontológicamente el
tiro de la flecha se explica por la teoría peripatética del
movimiento celeste, lo que eleva el problema al orden de lo espiritual
e inteligible.
(*)
"The sleepwalkers". KOETSLER. Pelikan Book. pag. 513
Como sólo Dios puede infundir formas en la materia
prima,(*) y la tendencia natural o fuerza corporal la
produce el mismo que engendra la forma, las tensiones naturales son
divinas y el movimiento cósmico, que la fisicomatemática atribuye a
la inercia, es angélico. El ángel, por el poder de su acto, puede
mover los cuerpos, realizando aquella ambición utópica de la ciencia
ficción que consiste en mover los cuerpos con el pensamiento, cosa
imposible al alma humana, que, por ser forma del cuerpo, sólo le
perfecciona para que se mueva por medio de las afecciones sustanciales
de las formas corporales subsumidas. Volveremos sobre esto más
adelante.(*)
(*)
Suma Teológica 1 q65 a4 sc
(*)
Véase el apartado "La dinámica de la vida" del capítulo "La vida y la cibernética"
Las formas que son acto de cuerpo, lo son de una materia concreta,
y por tanto no pueden ser causa de movimiento relativo de su cantidad
respecto a la cantidad de otros cuerpos. Un sistema no puede generarse
fuerza a sí mismo, se dice en mecánica. Una forma que mueva en relación
a otros cuerpos ha de ser separada de la materia, y por tanto
inteligente. Las formas corporales sólo pueden mover las partes hacia
el «situs» correspondiente a la especie de que se trate. Cada especie
tiene su figura.(*)
(*)
Suma Teológica III q74 a3 d2
Diremos, pues, que la causa de la inercia son los ángeles, como
se decía que eran la causa de los giros de las esferas celestes. Las
fuerzas corporales no hacen más que complementar el movimiento que
imprime a la materia la sustancia inteligente separada. Por esto
hay tanto orden en el resultado de ambas acciones:
la de las formas corporales y la de las sustancias espirituales separadas.
Porque uno de los factores es inteligente.
Debemos notar, parafraseando lo que dice Santo Tomás,(*)
que "no importa, para la presente cuestión, el suponer que cada uno de los cuerpos
es movido inmediatamente por Dios o sólo por las sustancias intelectuales.
Lo que interesa es mantener que el movimiento inercial proviene de la
sustancia inteligente". Pero a mi me parece muy congruente que todas las
jerarquías angélicas puedan intervenir en el movimiento
del mundo corpóreo. Cada ángel complementa el movimiento que imprimen
los demás, como lo hacen inluso las mismas formas de los cuerpos,
cooperando así todo, en perfecta concordia, a la armonía del universo.
(*)
"Suma contra los gentiles". L 3, C 23.
Cuanto más poderosa es una causa, su influencia alcanza mayor
profundidad ontológica. Por eso el movimiento inercial causado por
sustancias separadas tiene por sujeto algo muy próximo a las
entrañas materiales.
No solamente el hombre es social por naturaleza. Todo el universo
es «social», en un sentido analógico. Ninguno de los seres materiales podría existir sin el ámbito
que le proporcionan los demás. Por eso es muy congruente que todos los
ángeles, en admirable concordia y armonía, muevan el universo
material con el fin de cumplir la historia de la salvación de los
elegidos.
El movimiento de lo corpóreo es el que imprimen
una o varias sustancias espiriruales
separadas, las cuales consideran el universo material
como un sistema único.
Todo el sistema de movimientos es complementado por la acción de las
formas corpóreas que provocan las fuerzas elásticas, electromagnéticas
y la indigencia de la materia que provoca las fuerzas gravitatorias.
La sustancia intelectual que mueve el cosmos no se ve condicionada
por la ley de inercia, ni por ninguna ley fisicomatemática, antes al
contrario, estas leyes resultan más bien de una abstracción o separación
fisicomatemática hecha sobre el resultado del gobierno que ejerce la
sustancia intelectual.
Dios, al mover el universo, no se sujeta a ninguna ley. Las leyes físicas
que decimos que se cumplen siempre, son abstraídas por la mente humana al
considerar las materialidades cuantificadas de los movi- mientos reales.
Dice Bertrand Russell en "The scientific outlook":
"Parece probable que cualquier mundo, no importa cual, podría ser
elevado por un matemático de suficiente habilidad, dentro del alcance
de leyes generales". El hombre, ni descubre la ley, ni la impone a la
naturaleza; la abstrae o separa de las condiciones materiales que
hacen posible incluso la medida del «acto» por medio de lo que de él participa
la potencia material.
Las evaluaciones energéticas, y hasta incluso la posibilidad de pensar en
la magnitud «energía», surgen al dividir un sistema en movimiento en dos
partes, al pensar una de las mitades como sustituible por otro sistema
que pueda descomponerse fácilmente en partes iguales. Por ejemplo, el calor emitido
por un conjunto de estufas eléctricas conectadas a una red alimentada
por un grupo de generadores movidos por turbinas impulsadas por un salto
hidráulico, puede computarse midiendo el número de litros que caen por
el salto de agua. Entonces puede «medirse» el «poder» de la primera
parte, por el número de sistemas unitarios que se equilibran dinámicamente
con su movimiento. El concepto de energía surge de poder formar distintos
«trenes de cosas» para incluirlos frente al movimiento natural. El pensar
en uno solo de los semisistemas y atribuir la causa del movimiento
a la «fuerza», es el subterfugio para eludir la necesidad de una causa
extrínseca del movimiento del universo y no pensar en todo el sistema
como móvil en potencia movido por un acto exterior.
En cambio, el considerar el acto exterior, evitaría toda la
perplejidad del alumno cuando empiezan a decirle que "a toda fuerza
se le opone otra igual y contraria". Es natural su perplejidad, pues de
esta forma no puede comprender cómo así puede producirse movimiento.
Quien tenga experiencia en la enseñanza de la física en los primeros
años sabrá qué quiero decir.
El principio de acción y reacción
puede ayudar a hacer ver que las llamadas «fuerzas físicas» no son
la causa del movimiento local. El sistema físico es movido por un
motor extrínseco, siempre que se considere un sistema cerrado con
movimientos periódicos.
Toda la jerarquía angélica, con delicado y suave movimiento,
esculpe la figura de este mundo con una potente caricia.(*)
(*)
Con mala voluntad y a pesar suyo colaboran también a ello
los condenados y los demonios que son arrastrados hasta por las vibraciones
de los más insignificantes rincones del universo que constituyen lo que
en lenguaje corriente se llama fuego. En vez
de dominar su espiritu a la materia, ésta les domina impulsada por
el resto de sustancias espirituales y corporales.
En un principio, hace unos quince mil millones de años,
"la tierra estaba confusa y vacía".(*) Todo el universo
yacía caído sobre sí mismo en un abismo gravitacional sin vida, ni
movimiento, ni energía de ninguna clase. Verdaderamente
"las tinieblas cubrían la haz del
abismo".(*) Cada parte del mundo era
simultáneamente aplastante y aplastada. La
creación no hubiera podido salir de este estado por sí sola, pero
"el espiritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las
aguas".(*)
(*)
Génesis 1, 2.
"Y dijo Dios:
«haya luz», y hubo luz".(*)
Y hubo tanta luz que, según el modelo cosmogónico corriente, aceptado
ya por todos los científicos con muy ligeras variantes, este núcleo
cósmico estalló de manera que no pudo reconocerse en él, durante
los primeros momentos de la explosión nada más que luz. Era la época
dominada por la radiación.
A temperaturas suficientemente altas no hay más que luz.
Una partícula que hubiera, sería inmediatamente destruída.
De esta luz primera han encontrado hace
pocos años Penzias y Wilson, en los laboratorios de la Bell Telephone,
investigando el ruido de antenas, el resto de su eco, en lo que se
llama el fondo de radiación cósmica, y que ha sido el espaldarazo
definitivo para la teoría llamada del «big bang»
del Abate Lemaitre.(*)
(*)
Génesis 1, 3.
(*)
"Los tres primeros minutos del universo". S. WEINBERG.
Alianza Editorial.
El estallido se produce
precisamente porque Dios y los ángeles imprimen su energía a aquel
monstruoso y colosal conglomerado de materia confusa y vacía.
Las inteligencias comienzan a mover aquella masa para modelar con ella
el decorado de la historia. Las tendencias que Dios ha impreso en la
materia para que apetezca sus multiples posibilidades de realización
ontológica, se complementan con el movimiento con el que agitan los
ángeles la masa cósmica y se produce el ámbito ecológico de este
mundo en que vivimos.
El espectáculo es algo colosal. Es fuente
de inspiración de artistas y pasmo de quienes lo consideran. Para
dar idea de lo que quiero decir podríamos recordar aquellas escenas
de la película "Fantasía" del inigualable Walt Disney, cuando
describe cómo pudo ser el aspecto de la tierra durante la época
de la extinción de los dinosaurios. Algunos reportajes filmados
sobre la actividad volcánica, sobre todo de noche, o ciertas pinturas
de arte cosmicista no dejan ver más que por una pequeña rendija
algo de lo que se debe imaginar para una composición de lugar
suficiente.
Platón en el Timeo tiene unas frases geniales que podemos
concordar muy estrechamente, tanto con el Géneis como con el modelo
cosmogónico corriente de la ciencia moderna. Dice Platón:
La lectura del Génesis resultaría placentera al mismo Platón, pues
unos párrafos más abajo dice:
Verdaderamente, como se está asegurando cada vez más
entre los científicos que no tienen prejuicios antiteístas, no se
hubiese llegado a la figura ecológica de este mundo, sin un
gobierno providencial que llevase a la materia ciega, que es la
que cumple las leyes fisicoquímicas «necesarias», a una disposición
tal como la actual que permite la vida de esquimales cerca de los
polos sin imposibilitar la población de la franja ecuatorial de
nuestro globo.
A este respecto se puede recordar aquí lo que decía Sir Arthur
Eddington, físico inglés que capitaneó las expediciones que
en Brasil y Australia hicieron las mediciones
de la desviación de los rayos de luz de las estrellas por parte
del sol durante el eclipse total de
sol de 1919 y que llevaron a la confirmación de la
teoría generalizada de Einstein.
Hago notar esto para que se vea que se trata de un gran físico
moderno, que conocía las últimas teorías físicas de los libros y
que además podía llevar a la práctica precisas mediciones en
difíciles circunstancias.
Pues bien, dice Eddington que ve tan difícil que se den las
condiciones de habitabilidad de un planeta, que no cree que haya
en el cielo otro astro habitado como la tierra.(*)
Me diréis ¡Son tantas las estrellas!. Pues ya de un plumazo hemos de
eliminar nada menos que dos terceras partes de ellas si queremos
contar las candidatas a tener planetas habitados a su alrededor.
Dos tercios del ejército estelar están formados por estrellas dobles
o múltiples,
que hacen imposible la una a la otra el tener un cuerpo habitable
en órbita. No es este el momento de explicarlo con detalles, pero
así iríamos eliminando estrellas hasta ver lo improbable que es un
sistema solar, una tierra con oxígeno, nitrógeno y agua en proporciones
aptas para la vida, un sol de tal temperatura y tamaño con una tierra
a la distancia apropiada con una inclinación tan bien puesta de su
eje respecto a la eclíptica.
Y esto no sólo en un momento de la historia, sino estabilizado
durante miles de años. Un solo cataclismo cósmico podría haber
borrado definitivamente, en la tierra, la vida para siempre.
A esta concepción, que cada vez tiene más adeptos entre los científicos
se le llama «principio antrópico».(*)
(*)
"The nature of the physical world". EDDINGTON. Cap. X
Arbor Paperback. Univ. de Michigan 1958.
(*)
"El creyente ante la ciencia". MANUEL Ma CARREIRA S. J. Cuadernos BAC no 57, pag. 26.
Hasta ahora el evolucionismo materialista pretendía explicar
que el hombre existe porque el universo es como es. El principio antrópico
dice que el universo es como es para que pueda existir el hombre.
A medida que los científicos van conociendo mejor el universo, van descubriendo
más coincidéncias cósmicas que no tienen razón de ser desde un punto de vista
científico, pero son necesarias para que podamos existir nosotros.
Por ejemplo, en las estrellas nucleares se forma el carbono en cantidad suficiente para
la vida, porque la resonancia nuclear del Berilio (Be:sup.8:esup.) favorece la absorción del
Helio (He:sup.4:esup.) para la nucleosíntesis del Carbono (C:sup.12:esup.), y éste permanece sin formar elementos
más pesados porque la resonancia del Oxígeno (O:sup.16:esup.) queda por debajo de la energía
térmica de sus componentes.
Otro ejemplo: para que existan galaxias, estrellas y planetas fue necesario
que en el primer núcleo cósmico, del que se desarrolló el universo según la teoría
de la gran explosión (big bang), hubiera cierta falta de homogeneidad, pero ni
más ni menos. Si hubiera sido más homogéneo, el universo sería una inmensa nube
de gas hidrógeno y helio, y si las irregularidades o grumos hubieran sido más, el universo
sería una colección de agujeros negros.
Son tantos los ajustes y coincidencias, que resulta ya imposible a los
científicos atribuirlos al puro y ciego azar, por lo que se inclinan, cada vez más,
a enunciar el principio antrópico.
Siempre la ciencia había evitado aludir a la causa final porque como sólo
los seres inteligentes obran por un fin, si reconocía una finalidad en lo
material demostraba la existencia de un ser inteligente que mueve y gobierna.
Ahora en todos los libros en que se menciona el principio antrópico se dice que
éste viene muy bien a los que creen que el universo procede de un Ser Inteligente.
Por eso podemos decir con verdad que el mundo se formó así:
Dios y sus ángeles celebraron la creación del cosmos
con un gran castillo de fuegos artificiales, aunque los pirotècnicos
no fueron hombres, que todavía no existían, pues de las cenizas
de sus chispas se formó el Edén y del limo de éste el primer hombre.
Para las eternidades divinas y los evos angélicos
un millón de años es como un minuto de una noche de verbena.
Después del primer estallido se reunían las cenizas formando
las estrellas que danzaban todas juntas y hacían ruedas de
fuego y nebulosas espirales,
y explotaban de nuevo en supernovas y todo con la
ligereza de la ingravidez de lo que no pesa hacia otros mundos porque
no los hay.
Y entonces, uno de los ángeles cogió delicadamente la bola de la tierra con sus manos
y envolviéndola con una larga trenza hecha con sus tirabuzones de oro,
la lanzó como un niño a una peonza y la dejó rodando sobre sí y alrededor
del sol, con su eje inclinado 23 grados y medio. Así los árboles
podrán dejar caer sus hojas viejas en otoño, sostener la nieve en
invierno, reverdecer sus retoños en primavera y dar sus jugosos frutos en
verano, porque sólo así podrá haber verano, otoño, invierno y
primavera.
Así se entiende la armonía ecológica de todos los sistemas que
son ámbito apropiado para la vida vegetal y animal. La belleza de
una noche estrellada, de una puesta de sol, de una costa brava o de un
riachuelo lleno de vida y de sonrisas.
Con esta concepción es muy hermoso
y verdadero pensar de nuevo estas verdades, que por cierto están en
contradicción con los sistemas sociopolíticos actuales:
Y cobran sentido de nuevo, y no sólo como poéticas metáforas, aquellas
sentencias de los grandes monumentos de la literatura universal, como
lo de que "Es el amor, quien mueve el sol y las demás estrellas", con
lo que Dante termina la Divina Comedia.
En diciembre de 1986 presenté un Forum en la XXV Reunión de
amigos de la Ciudad Católica celebrada en Madrid con el título
"Sugerencias para una Cosmología Teocrática". Repartí entre el
auditorio un librito de 20 páginas(*) que contenía algunos de los
párrafos de la primera y segunda parte de este libro y, un santo varón
que lo leyó después, me acusó de «teocrasia» (krasis, mezcla), es decir
de confusión de lo humano con lo divino, y me escribió en una carta:
"Buscando por el lado de la inercia no puede llegarse a los
ángeles". Sin embargo, el último de los párrafos de aquel librito
comenzaba así:
(*)
Con el mismo título, este librito se ha publicado en VERBO
no 263-264, marzo-abril 1988.
La ciencia, con su método, palpa y mide, y abstrae leyes. Digna cosa
es, pero no lo bastante para llegar a los ángeles. De hecho,
los mismos científicos se lamentan de lo poco que alcanza la ciencia.
Stephen Jay Gould, autor de la columna mensual "This View of Life" de
la revista "Natural History Magazine", muy leído por la juventud
científica y materialista moderna en uno de sus artículos,
recientemente seleccionados en un libro(*) ,
después de explicar
que James Hutton, nacido en Edimburgo en 1726, sentó las bases de la
geología moderna motivado por la causa final, al adivinar que
debía haber un mecanismo de renovación de la corteza terrestre que
compensara las erosiones, precisamente porque si no fuera así no
podría ser el planeta la habitación milenaria del ser humano,
cita la frase de Edward Blyth, notable contemporáneo de Darwin por
su creacionismo:
«...la belleza y la sabiduría, tan magníficamente ejemplificadas
en la adaptación de la perdiz blanca a la cumbre de las montañas y
de la cumbre de las montañas a los hábitos de la perdiz blanca».
Por fin Stephen Jay, al constatar que la ciencia no trata la causa
final, - esto es así porque el fin tiene razón de bien y las
matemáticas no tratan del bien y el mal,(*) como decía Aristóteles -
hace esta consideración:
«Esta breve linea expresa todo el poder de lo que ha hecho Darwin,
ya que si bien podemos seguir hablando de la adaptación de la perdiz
blanca a la montaña, no podemos ya considerar que la montaña está
adaptada a la perdiz blanca. En esta pérdida yace todo el gozo
y el terror de nuestra actual visión de la vida».
(*)
"Dientes de gallina y dedos de caballo". STEPHEN JAY. pag 81. Blume. Madrid. 1984
(*)
Metafísica. ARISTOTELES. B 2 996b. Vrin, París 1966
Pero la visión de la vida no sólo se obtiene a través de la
ciencia, sino también de la filosofía y de la teología, y el
científico y el filósofo son el mismo hombre.
Por eso se puede tener todo el «gozo» de la ciencia moderna sin
el «terror» que produce el materialismo. Sólo hace falta filosofar
bien. Al comprender que los ángeles impulsan al mundo, se puede
pensar, sin abandonar la mecánica de Newton ni la teoría de la
relatividad de Einstein, que las «cumbres de las montañas están
adaptadas a la perdiz blanca». Es entonces cuando el espiritu
se eleva por encima de las esferas. El mismo científico, aunque no
como tal, sino en cuanto filósofo,
es el que puede pensar como continuaba aquel mismo
párrafo del Forum antes aludido:
"Es posible que exista
una jerarquía de entidades espirituales, cada una complementando el
movimiento que inteligentemente imprimen las sutancias superiores,
hasta las formas corpóreas que cooperan a su manera, a determinar la
concreción última del movimiento mediante lo que la física llama
«fuerzas» y que son las tendencias naturales a las configuraciones
perfectas de cada sustancia. Todo ello está inteligentemente armonizado
por las mentes que imprimen los primeros movimientos, principalmente
la de Dios, motor inmóvil de todo y amado por todos los seres, cada cual
según su propia manera de ser,
a cuya alabanza, reverencia y servicio(*) se mueve todo lo que vive en
el cielo y en la tierra, hasta que se complete el número de los
elegidos que finalmente, como dice San Agustín al terminar
"La Ciudad de Dios" descansarán, descansarán y verán, verán y amarán,
amarán y alabarán.(*)
(*)
"Ejercicios Espirituales". SAN IGNACIO de LOYOLA. Principio y Fundamento
Apostolado de la Prensa. Madrid. 1962
(*)
"La ciudad de Dios". SAN AGUSTIN. Libro XXII, cap. 30, ap. 5
Manuel M. Domenech I.
Camino(s) ascendente(s):