La Suma Teológica contrastada con la ciencia; resumen histórico

La Suma Teológica contrastada con la ciencia

Capítulo 5
Resumen Histórico

La Cosmología Medieval

La cosmología medieval distinguía en el universo dos regiones con características bien diferenciadas: la esfera sublunar que contenía las sustancias que están sujetas a la corrupción debido a la contrariedad de las cuatro cualidades frío, calor, sequedad y humedad; y la región celeste, poblada de cuerpos incorruptibles, sin rugosidades, perfectos en su esfericidad y en todos sus atributos.

En la región sublunar, los cuerpos se desplazaban debido a la tendencia que tenían los elementos de que estaban compuestos a ocupar su lugar propio. Fuera de éste estaban desplazados, inacabados, apeteciendo su perfección completa, que conseguían al alcanzarlo. El lugar central e inferior era el propio de la tierra, elemento frío y seco; sobre ella se situaba el agua, cuyas cualidades eran la frialdad y la humedad; encima el aire, que era caliente y húmedo; y, por fin, la parte más alta correspondía al fuego, cálido y seco.

En la región celeste, la materia de los cuerpos era distinta. La forma de los cuerpos celestes colmaba totalmente la potencialidad de su materia, por lo que no les quedaba posibilidad de ningún cambio fuera de la rotación circular de las esferas.

Sin los medios tecnológicos que permiten mediciones precisas y variedad de puntos de vista interplanetarios, el modelo astronómico medieval de la región celeste se mantenía muy próximo a las primeras e inmediatas percepciones y apariencias que se dan al mirar al cielo.

Concebían el sistema del mundo como formado por un conjunto de esferas concéntricas y cristalinas, es decir transparentes, en cada una de las cuales se situaba un planeta. La Tierra ocupaba el centro. La primera esfera era la de la luna, seguían los planetas con el Sol entre las esferas de Venus y Marte, y todo quedaba encerrado y terminado por la esfera de las estrellas fijas. Cada esfera giraba dentro de la que la envolvía inmediatamente. Las direcciones de los ejes de giro se pensaban orientadas de manera que los astros, vistos desde la Tierra, reproducían con sus movimientos las apariencias de la realidad.

Como las esferas no tenían que conseguir ninguna forma para su perfeccionamiento, puesto que su materia tenía toda su potencialidad colmada y, además, las rotaciones no tienen propiamente fin, los movimientos celestes no podían obedecer a una forma natural y, por tanto, su causa tenía que atribuirse a las sustancias separadas de la materia, es decir los ángeles, que, por su inteligencia, podían concebir un fin del movimiento y, por su poder, las impulsaban para conseguirlo. El fin era completar el número de los elegidos, ya que, al mover los cielos, provocaban los cambios de las estaciones y todo lo que se requiere en la Tierra para la vida de los hombres.

Génesis de la Revolución Científica

Durante la Edad Media, esta poética y sugerente síntesis cosmológica, se explicaba en todas las cátedras y se seguía en todas las escuelas. Tenía su base científica en el "Almagesto", obra de Claudio Ptolomeo, astrónomo griego del siglo II, que murió en Alejandría hacia el año 178. Su sistema estuvo en boga hasta el siglo XV.

Este sistema solucionaba el problema de hacer predicciones en los movimientos del cielo, suponiendo la Tierra en el centro del universo. Otra hipótesis concebida ya por filósofos antiguos, como Aristarco, reaparece con fuerza a fines del siglo XV. Sostenía que la Tierra no ocupa el centro del universo. El Sol pasa a ocupar el lugar de la Tierra. Es el heliocentrismo en oposición al geocentrismo.

Este capítulo lo escribí hace más de 30 años; ahora me da vergüenza haber dedicado tanto tiempo a esas discusiones que tan poco favorecieron a las ciencias y las artes. Todo eso del geocentrismo y el heliocentrismo, puesto como discusión de concepciones cosmológicas verdaderas, es ridículo.

Ahora se ve como más inteligente la sentencia medieval de Alain de Lille: "el universo es una esfera cuyo centro está en todas partes, y cuya circunferencia en ninguna". Ni en la tierra, ni en el sol. Póngase usted donde quiera y verá el universo como desde su centro y, a partir de aquí, ya puede concebir modelos cosmológicos.

Nicolás Copérnico nacido en Torún, Polonia, en 1473 pierde a su padre a los diez años y es educado por su tío en matemáticas, medicina y derecho canónico. En 1500 tiene una cátedra de matemáticas en Roma. En 1542, Rético, amigo de Copérnico, le busca en la luterana Wittemberg un editor para su obra "De Revolutionibus Orbium Coelestium" en la que explica el modelo heliocéntrico. En 1543 muere Copérnico en Frauenberg y se publica su obra en Nuremberg. El editor, Osiander, dedica la obra al Papa Paulo III reinante desde 1534. El libro se publicó con la aprobación pontificia y como un reto a la opinión protestante, ya que los protestantes fueron los que más se opusieron, al principio, a las ideas de Copérnico. Por eso, Osiander, tuvo que modificar el prólogo escrito por Copérnico, acentuando las matizaciones que aclaraban que en la obra no se expone más que una hipótesis de trabajo.

Lo más importante aquí es ver que los hombres más inteligentes reconocieron que las nuevas teorías tenían que ser utilizadas como hipótesis, y eso era precisamente lo que exigía la prudencia de la Iglesia. Hoy sabemos que no sólo el heliocentrismo, sinó todas, absolutamente todas, las teorías fisicomatemáticas tienen que ser utilizadas como hipótesis de trabajo; que no se alcanza la realidad de las cosas por medio de la fisicomatemática, sinó con la metafísica, como hemos visto en la primera parte y acabaremos de aclarar en la tercera.

Las nuevas técnicas se hubieran ido asimilando con gran fruto por parte de la civilización occidental. Pero he aquí que aparece en la escena del gran teatro de la historia un arrogante personaje dando gritos histéricos y llamando «pigmeos mentales» a todos los que él sospecha que no le entienden y que, por cierto, él es asimismo incapaz de comprender. No hay duda de que el espíritu revolucionario ha mitificado la figura de un «mártir» al que considera el promotor del progreso científico, sin ser realmente ni una cosa ni la otra. Se trata de Galileo Galilei. El espíritu antiteísta revolucionario ha levantado muy alta esta bandera con gran éxito popular, pues casi nadie estudia las cosas a fondo.

Magistralmente explica esto Monseñor Oliver Sandbow en su libro "Dios en un Espejo".(*)
(*) "Dios en un espejo". Mons. OLIVER SANDBOW. Mateu, Barcelona 1973, pag. 46,47 y 50

Y no sólo Monseñor Oliver Sandbow, sinó que también otros autores, algunos de ellos nada clericales, opinan de esta manera:

En resumen la historia es esta. El 15 de febrero de 1564 nace Galileo en Pisa. En 1603 funda la Academia de los «Lincei». Los linces son animales que ven más que los demás. Esta es la presunción de todos los racionalistas. En enero de 1608 es llamado a Florencia por la gran duquesa de Toscana.

En este mismo año, Hans Lippershey, óptico de Middleburg, en Holanda, construye el primer telescopio, cuya invención se atribuye erróneamente a Galileo. Lo que sí es cierto es que éste lo usará por primera vez para mirar al cielo y descubrir rugosidades en la luna y manchas en el sol, escandalizando a todos los aristotélicos, que creían que los cuerpos celestes no tenían defectos. Por cierto, abundando en el tema del mal talante de Galileo, cuando Kepler le pidió prestado el telescopio a Galileo, éste se lo negó.(*)
(*) NICOLAU, Francesc. "Origen i Estructura de l'Univers". Col. "Cultura i Pensament". Ed. Terra Nostra. Barcelona 1985. p. 41

El 7 de mayo Galileo escribe una carta de negociación con Florencia y el 10 de junio comienza a trabajar al servicio de los Médicis. El gran duque Cosimo II le nombra "Primario Matemático dello Studio di Pisa e Primario Matemático e Filósofo del Granduca di Toscana".

El dia 12 de diciembre de 1613, la gran duquesa de Médicis, en un banquete florentino, reclama los servicios de Galileo para dirimir una cuestión que se había presentado durante la comida: la de la exactitud de la Biblia en sus referencias al movimiento de los astros. Concretamente se trataba de la detención del sol para facilitar la victoria de los israelitas mandados por Josué.(*)
(*) Josué 10, 12.

Sólo cuando las discusiones geo y heliocentristas trascienden hasta el atrevimiento de los científicos para dar normas de interpretación de las Sagradas Escrituras es cuando interviene el tribunal eclesiástico. No es que la Iglesia abuse de su poder entrometiéndose en custiones científicas. Es que los científicos se aplican a cuestiones para las que no tienen competencia, ni por derecho ni por aptitudes.

Por este motivo, el 19 de febrero de 1616 comienza el llamado primer proceso de Galileo, que terminará con una sencilla y amable amones- tación.

El 23 se dicta sentencia, el 24 es leída a la asamblea de los cardenales miembros del tribunal de la Inquisición y el día 25 se lee al Papa Paulo V. Al día siguiente San Roberto Belarmino amonesta a Galileo para que abandone las teorías heliocéntricas. El día 5 de marzo aparece el decreto de la Congregación del Indice.

Hay un documento en los archivos vaticanos en los que puede leerse la prohibición de sostener y enseñar las doctrinas heliocéntricas con estas palabras: "quovis modo, teneat, doceat aut defendat, verbo aut scriptis". Las palabras "quovis modo" son importantes porque ellas significan que le queda prohibido también sostener el heliocentrismo como hipótesis de trabajo. Este documento es de escasa fiabilidad porque está en contradicción con una declaración del cardenal Belarmino en la que no se menciona ninguna prohibición de sostener, defender o discutir la doctrina heliocéntrica:

Existe además una carta del mismo cardenal Belarmino a Pablo Antonio Foscarini, Provincial de los Carmelitas, en la que Galileo es alabado por su prudencia al tratar el heliocentrismo como mera hipótesis de trabajo, lo cual no sería loable si se le hubiera prohibido discutirla "quovis modo".

En agosto de 1623 sube al pontificado el cardenal Maffeo Berberini, amigo de infancia de Galileo, con el nombre de Urbano VIII. En octubre, la academia "dei Lincei" regala el primer ejemplar del "Saggiatore" (El Ensayador de metales preciosos con la balanza de precisión), aparecido en 1622 como manifiesto de una escuela, a Urbano VIII.

A fines de 1629 el Diálogo ("Dialogo di Galileo Galilei dove si discorre sopra i due massimi sistemi del mondo, tolemaico e copernicano, proponendo indeterminatamente la regione filosofiche e naturali, tanto per l'une quanto per l'altra parte") está completamente redactado y minuciosamente corregido. El 18 de mayo de 1630 Galileo es recibido por Urbano VIII, quien anima a Galileo a publicar el Diálogo, con tal de defender su teoría a modo de hipótesis de trabajo.

El racionalismo, ignorante y simplista, interpreta modernamente ese «tomar como hipótesis de trabajo», como una especie de aceptación forzosa y moderada de una realidad que se impone por los hechos, pero verdaderamente se trata del mejor consejo que se puede dar sobre la manera de utilizar todas las teorías fisicomatemáticas. Los que defendían que en realidad el sol estaba fijo se equivocaban, y adquirieron hábitos de pensamiento que han sido un verdadero lastre para la aceptación de la física moderna. Todas las teorías fisicomatemáticas son, en realidad, meras hipótesis de trabajo, y el heliocentrismo es una de ellas. Nadie cree hoy que realmente el sol ocupe el centro del universo y que esté inmóvil en él. Además, después de la relatividad de Einstein, todos aceptan que no hay sistema de referencia que pueda considerarse ligado a un espacio fijo absoluto.(*)
(*) "El caso Galileo y el ateismo moderno" ELSA HOERLER de CARBONELL
Revista Cristiandad (Barcelona) no 590-591

Es notable que el más famoso filósofo de la ciencia de nuetros días, Karl Popper, pretenda basar todo su filosofía en el supuesto de que todas, absolutamente todas, las hipótesis deben ser tomadas como hipótesis falseables. Los que corean a este extremista no tienen derecho a recriminar a la Iglesia que cierta vez aconsejara tomar como hipótesis de trabajo una teoría científica.

Para que el Diálogo sea publicado falta el permiso de Roma. Una peste impide que un ejemplar llegue allí. En Florencia se dice que el Diálogo ha sido enviado a Roma, y en septiembre de 1630 se concede el imprimatur florentino. El diálogo aparece el 21 de febrero de 1632.

á Discurre en cuatro jornadas y los personajes son: Salviati, que defiende la posición copernicana; Sagredo que es un «semplice ascoltatore» y Simplicio (del que hasta el nombre quiere sugerir que es tonto) que es el antagonista de Salviati. Contiene un prólogo que le modera en el mismo sentido que lo hizo el prólogo de Osiander al "De Revolutionibus"(*)
(*) Véase "La Razón de la Iglesia" en el capítulo "Contrastes dinámicos".

El 21 de julio, Riccardi, ordena al inquisidor florentino la confiscación de los ejemplares del Diálogo y la prohibición de su venta. Los enemigos de Galileo han convencido a Urbano VIII de que Galileo le representa en su personaje Simplicio, precisamente en las frases en que afirma reiteradamente que la nueva teoría hay que tomarla como hipótesis de trabajo. Si el que insiste en que hay que tomar la nueva teoría sólo como hipótesis es el personaje aristotélico, que evita de esta manera verse forzado a admitir la realidad que se impone, es que el libro trata de demostrar que el heliocentrismo expresa la realidad de las cosas, contra el consejo de la Iglesia. Insisto en que esta manera de pensar constituye la rémora que impide entender la física moderna.

El 1 de octubre, Galileo es requerido en Roma en el plazo de un mes. El día 13, Galileo, solicita del cardenal Berberini, por razones de salud, quedarse en Florencia y redactar su defensa por escrito. Le es denegado.

El 12 de abril de 1633, Galileo, se presenta al comisario de la Inquisición en Roma. En el primer interrogatorio se le pregunta:

  1. Por qué, habiendo prometido en 1616 no divulgar sus teorías, ha publicado el Diálogo.
  2. Por qué al pedir el imprimatur no presentó el decreto del proceso de 1616. (Nótese que nada se juzga de la verdad, falsedad, uso e interpretación del heliocentrismo).

Se le juzga por desobediente, y lo que se le mandaba ciertamente un buen consejo: no hablar más del tema. La Iglesia es infalible cuando enseña, tanto si lo hace definiendo como anatematizando, pero podría no serlo cuando calla, sin decidirse entre dos opciones, o cuando manda callar, tanto a los que defienden una opción verdadera como a los que defienden la falsa, aunque en este caso no falló tampoco mandando callar. No se puede zanjar el problema del juicio de Galileo diciendo que era un simple problema de obediencia. Hay que darse cuenta de que en realidad es mejor obedecer el mandato de tomar las teorías científicas como hipótesis de trabajo.

El 22 de junio se dicta sentencia condenatoria. Galileo pasará el resto de sus días encarcelado. Esto no significa que vivió en una celda lúgubre y tenebrosa a pan y agua. De hecho un simple decreto convertía cualquier palacio en cárcel pontificia, lo que le permitía incluso cambiar de residencia cuando le interesaba. Con todo, a Galileo, que se tenía por ferviente católico, le ocasionó un profundo disgusto.

Concretamente Galileo cumplió su condena en los siguientes lugares: el día 23 de junio, fue enviado por el Papa al palacio de la embajada del Gran Duque que le sirvió de primera cárcel. Después se le concedió residir en Siena, en casa de su discípulo y admirador el arzobispo Piccolomini y, finalmente, el 1 de diciembre, obtuvo permiso para volver a su villa "il Gioiello" junto al monasterio de San Mateo de Arcetri, cerca de Florencia, donde siguió sus trabajos de mecánica y astronomía.

*   *   *

Sin embargo los hombres que realmente representaron un progreso en cuanto al hallazgo de verdaderas leyes fisicomatemáticas astronómicas fueron Tycho Brahe, Kepler y Newton, llevando a cabo un ímprobo y genial trabajo de observación, ordenación y síntesis.

Tycho Brahe vivió de 1545 a 1601. Hizo el catálogo de las estrellas visibles a simple vista y anotó sus posiciones. Confeccionó, por tanto, las primeras tablas astronómicas. Tycho Brahe era danés, de familia noble. No aceptó la obra de Copérnico. Estudió leyes en la universidad de Copenhague. Concebía la Tierra en el centro del universo, el sol giraba alrededor de ella y todos los demás cuerpos celestes alrededor del sol. Contó con la ayuda de Federico II de Dinamarca, por lo que pudo estar desde 1576 hasta 1592 en Uranieborg ("castillo de los cielos"), donde llegó a medir sin ayuda óptica hasta el minuto de arco entre las visuales de las estrellas. Al morir Federico II en 1592, fue expulsado de allí. Sostenido por Rodolfo II de Bohemia, trabajó en un observatorio de Praga ayudado por Kepler. Por ello las tablas se publicaron con el nombre de "Rudolfinas". Con los datos de estas tablas solamente, Kepler descubre y comprueba sus tres famosas leyes.

Nacido prematuramente, Juan Kepler vivió entre 1571 y 1630. Era delicado de la vista, pobre y enfermo. Enseñaba astronomía en Tubinga cuando tropezó con las ideas de Copérnico. Estaba profundamente convencido de que encontraría sencillas leyes geométricas a partir de las observaciones de Tycho Brahe.

En 1609, Kepler, publica sus dos primeras leyes y la tercera en 1619:

  1. Las órbitas de los planetas son elípticas y el sol ocupa uno de los focos.
  2. La velocidad aerolar de los planetas es constante.
  3. Los cuadrados de los períodos son proporcionales a las terceras potencias de los semidiámetros de las órbitas.

El genio que redujo estas leyes al problema mecánico equivalente al lanzamiento de una piedra fue Isaac Newton. Este eminente físico es el primer hombre capaz de concebir un modelo fisicomatemático, fundado en las leyes de inercia y de la gravitación, con el que será posible calcular la posición de astros nunca vistos. Su obra fundamental, publicada en 1687, escrita durante los dos años anteriores se titula precisamente "Philosophie Naturalis Principia Mathematica". Lo aportado por Newton permite deducir matemáticamente las leyes de Kepler.

Con las tablas de Urano publicadas en 1821 por A. Bouvard y suponiendo que las perturbaciones observadas en la órbita de dicho planeta, eran debidas a una masa extraña que influía en su movimiento según los principios de Newton pudieron, Adams, el 21 de octubre de 1845, y Le Verrier el 23 de septiembre de 1846, enviar la posición de Neptuno, respectivamente, a Sir G.B. Airy, director del observatorio de Greenwich, que no puso suficiente interés en el asunto, y a Galle, en Berlín, que descubrió Neptuno la misma noche que leyó la carta, a 52' de la posición indicada por Le Verrier.

Digamos de paso que Le Verrier era un ferviente católico. En una ocasión, cuando explicaba su descubrimiento fue muy aplaudido, y dijo al auditorio: "No aplaudáis, quiero subir más arriba, hasta el cielo, y, para eso, lo que necesito son vuestras oraciones".

Si todo lo movía el cielo, y el hombre ya tenía la clave del cielo, se hacía el rey del universo.

Newton muere en 1727 en Kensigton. La siembra ha terminado. Con él surge la llamada física clásica que se desarrollará durante los siglos XVIII y XIX. Esta física, llamada clásica, no es la medieval, sinó la que comienza a partir de Newton. Conviene saberlo para no dar por falsa la física de Aristóteles cuando se aprende que la física moderna ha demostrado que la clásica es falsa.

Tenemos, pues, por una parte, los hombres que producen la nueva física en un alarde de observación, síntesis y abstracción fisico - matemática: Tycho Brahe, Juan Kepler e Isaac Newton. Por otra, Galileo, el publicista que hace gran labor de divulgación y que mueve toda la espectacularidad del asunto. Es decir, los hombres que realizan los aspectos profundo y superficial de la nueva ciencia, la cual se presenta como la «superación» de la física aristotélica.

No obstante el siglo XX, es desde el principio, la historia de la crisis total de esta nueva física. ¿Se hará justicia a la física de Aristóteles?. Aquella física que es el estudio completo y profundo del hecho de que algo se mueve.


Manuel M. Domenech I.


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