Todas las metafísicas erróneas tienen su origen en una mala
interpretación de la naturaleza debida a una equivocada utilización
de las facultades cognoscitivas. La más primitiva y burda de estas equivocaciones
es la confusión de la imaginación y la inteligencia.
Es propia de las más antiguas filosofías:
"Demócrito, como los antiguos materialistas, no establecieron
diferencia entre el entendimiento y el sentido".(*)
Dice San Agustín contra Fausto:
"Vosotros, los maniqueos, con este vuestro corazón, incapaz de pensar
nada fuera de las imágenes corporales, no alcanzáis a entender".(*)
Santo Tomás nos advierte de que la causa de error está en esto:
"cuando alguien toma las imágenes como si fueran las mismas cosas
incurre en falsedad".(*)
"Entre nosotros, las equivocaciones provienen precisamente de la
fantasía, que nos impulsa a adherirnos a las imágenes de las cosas
como si fueran realidades".(*)
(*)
Suma Teológica I q84 a6
(*)
Suma Teológica III q31 a4 s2
(*)
Suma Teológica I q17 a2 s2
(*)
Suma Teológica I q54 a5 s
El pensamiento contemporáneo no está libre de esa
confusión. Yo mismo, en mi época de estudiante, oí en clase de
física avanzada, en una escuela técnica superior, decir al catedrático:
"Un fotón es una partícula luminosa que emite luz". ¿Cómo una parte
de algo va a emitir el todo de lo cual es parte?. Puede ser éste un
caso aislado, pero es muy frecuente que en el momento en que un joven
comienza sus balbuceos filosóficos, leyendo un libro de divulgación
científica, o escuchando a un profesor vulgar, se encuentre con
una frase como ésta:
"Todo está formado por átomos y éstos por partículas que llevan carga
positiva, negativa o neutra". Sigue después un dibujo y, como una imagen vale
más que mil palabras, el lector o los
alumnos se imaginan la verdadera realidad de las cosas como aquello que
ven en la figura, y dan más fe a esa imagen arbitraria del dibujante o
profesor, que a las imágenes y colores que, a partir de entonces, verán con sus propios ojos.
Este es el primer paso para alejarse de la verdad sin posible retorno,
porque simultáneamente se le enseñará al lector o al alumno que puede
empezar a criticarlo todo:
al Papa, a la Iglesia, el Dogma, las verdades que aprendió en el
Catecismo, las opiniones de sus padres. Todo, sí, excepto la figura que
acaba de ver en el libro o la pizarra. ¡Ay de aquel que proteste
diciendo que no entiende la estupidez que acaba de oir! Será suspendido,
no sirve para la técnica. Cuando sea mayor, será un despreciable desgraciado, no apto
para trabajos cualificados.
Las mentes jóvenes que asimilan estas teorías pseudocientíficas, quedan
esterilizadas filosóficamente porque las imágenes que se toman como la
realidad de la cosa se reducen a estos dos esquemas:
o todo consiste en los corpúsculos de Demócrito, burda mezcla del
monismo estático de Parménides con el vacío, como solución para
posibilitar el movimiento; o todo son las ondas, que recuerdan el fluir sin
sujeto, propio de Heráclito. Esto último se cumple en las teorías
electromagnéticas que presentan los campos eléctrico y magnético, cada uno
como efecto del movimiento del otro, sin verdadero sujeto real del movimiento.
El Padre Ramón Orlandis S.J.(*) decía
que las dos únicas posibles salidas erróneas para el que no
quisiera entender la doctrina de Aristóteles y Santo Tomás, del acto participado
por la potencia, eran el monismo estático de Parménides o el dinamismo
de Heráclito, es decir las concepciones que se fomentan actualmente con
las teorías de las partículas y las de las ondas.
(*)
El P. Ramón Orlandis S.J. es el fundador de la Escuela Tomista
de Barcelona. Puede verse un resumen de su actividad en el artículo
de Eudaldo Forment aparecido en el número 268 de la revista "Verbo" p. 1119.
Todo esto, no sólo hace daño a la mente en su filosofar, sinó que
además resulta que tampoco es bueno para la formación profesional que
se pretende dar. Se dice que al terminar una carrera técnica no se sabe
nada. Esto se debe a que al empezar la enseñanza de la física
se introducen las leyes y magnitudes
como la masa, la carga eléctrica, la ecuación de la dinámica, etc.,
abstraídas de experiencias que se ocultan al alumno.
Sin hacerle revivir el conjunto de fenómenos de los que se abstraen
dichas leyes y magnitudes, se aleja al joven de la realidad y
se le lesiona la facultad de volver a los cimientos de la ciencia.
Esto es muy peligroso, pues queda sumergido en un mundo soñado de
imágenes ficticias que luego conduce al materialismo.
Como de las teorías matemáticas y fisicomatemáticas no se deduce
la realidad, sinó más bien al contrario, de esta realidad se abstraen las
relaciones cuantitativas que constituyen las leyes físicas, es necesario
que el alumno palpe y observe de nuevo los fenómenos naturales, hasta
asimilar completamente las experiencias que permiten abstraer dichas
leyes.
La lectura de los experimentos físicos descritos en los libros, no
es suficiente para ponerse en contacto con la naturaleza, pues la
interpretación de una ley física requiere el conocimiento del
objeto sobre el que hay que hacer la medida y cómo hay que hacerla.
La descripción de estos experimentos se hace con figuras que tienen
más de la imaginación del dibujante, que está ya mediatizada por las
simplificaciones procedentes de las abstracciones matemáticas, que de
la realidad, y esto aleja del fenómeno natural. Pero, por la comodidad
que supone no penetrar hasta el fondo de las cosas, muchos profesores
comienzan sus explicaciones exponiendo, ya al principio, el modelo
fisicomatemático imaginado. Las prácticas de laboratorio en las
carreras técnicas se alejan de los experimentos fundamentales que
sirven para establecer las bases de la fisicomatemática, y se limitan
a realizaciones técnicas e industriales. Así el alejamiento de la
naturaleza será cada vez mayor.
"Es necesario que la juventud sea un "crecimiento". Para ello
es de enorme importancia el contacto con el mundo visible, con la
naturaleza. Esta relación nos enriquece durante la juventud de modo
distinto al de la ciencia sobre el mundo "sacada de los libros".
Nos enriquece de manera directa. Se podría decir que, permaneciendo
en contacto con la naturaleza, nosotros asumimos en nuestra existencia
humana el misterio mismo de la creación, que se abre ante nosotros
con inaudita riqueza y variedad de seres visibles, y al mismo tiempo
invita constantemente hacia lo que está escondido, que es
invisible".(*)
(*)
"Carta apostólica del Papa a la juventud", JUAN PABLO II,
31 de marzo, Domingo de Ramos de 1985, no 14
Lo primero que debería enseñarse al alumno es la génesis de la
actividad fisicomatemática. Así aumentaría el número de físicos capaces
de producir nueva fisicomatemática, de hacer progresar las ciencias,
en vez de quedar sus mentes ahogadas por la ciencia siempre antigua.
La actividad científica, sobre todo en fisicomatemática,
pero también en las demás ciencias que, modernamente, pretenden asemejarse
a la primera, consiste en lo siguiente:
En el panorama de las apariencias sensibles, la mente humana es capaz de concebir
sistemas. La palabra "sistema" viene de "syn-histemi", "yo junto", o mejor,
"yo coloco (histemi) juntamente (syn)". Pues bien, la mente une las cosas
por medio de las relaciones. Aristóteles enseñó que el fundamento de
la relación es la cantidad, como la mitad y el duplo, y la acción y
pasión, como del que hace a lo hecho.(*)
Por eso se define modernamente en los libros, que un sistema es un
conjunto de elementos interrelacionados. Por ejemplo, una palanca,
su punto de apoyo y las fuerzas que actúan, constituyen un sistema.
(*)
Suma Teológica I q28 a4 c
Cuando las relaciones se limitan a proporciones y se aprende a
hacer mediciones precisas, entramos en los dominios de la fisicomatemática.
Si el entendimiento humano es capaz de descubrir ciertas relaciones
cuantitativas entre medidas efectuadas sobre los
componentes de un sistema, decimos que se ha descubierto una ley física.
Por ejemplo, en una palanca, la fuerza por su brazo es igual a la
resistencia por el suyo.
El entendimiento humano necesita siempre de la imaginación,
y al considerar una ley física, ponemos algo en la imaginación
que normalmente no tiene nada que ver con la realidad. Esto ocurre
cuando pensamos en los electrones imaginando algún tipo de bolita.
Este soporte, que la imaginación fabrica bajo una ley física,
se llama entre los físicos "modelo", y consiste
en una representación imaginaria de un sistema simplificado que
funciona cuantitativamente de la misma manera que el sistema
analizado. En el pie y el antebrazo humanos, tenemos
palancas que cumplen exactamente la ley que hemos puesto como ejemplo,
siendo el pie y el antebrazo humanos mucho más que un par de
palancas.
Hagamos ahora una pequeña digresión, para comprender mejor
el alejamiento de la realidad por parte de la ciencia de que
venimos hablando. Los "modelos fisicomatemáticos"
deberían llamarse, con propiedad, imágenes.
Advirtamos que ahora, la palabra
imagen no significará el objeto de la imaginación como facultad
sensitiva, sinó que será aquello que en general reproduce algo de un
objeto. En realidad el modelo es el ejemplar que se toma para
obtener a partir de él la imagen que lo representa, y en esta cuestión
la naturaleza hace de modelo y el sistema inventado es en realidad su
imagen. Pero, quizá por ciertos resabios de maniqueismo que siempre ha
acompañado a la ciencia, se ha dado en llamar modelo a lo concebido
por el hombre, considerando la creación como algo defectuoso y
«malo». También cabe pensar que esto se debe a la creencia
idealista de que el espíritu humano es el que proyecta la realidad,
atribuyéndose poderes creadores divinos: "Todo es producto de la
actividad sensorial humana", ha escrito Marx, materializando
totalmente el idealismo. Lo verdadero es que "imagen, propiamente,
es lo que procede a semejanza de otro, y, en cambio, aquello a cuya
semejanza procede algo, con propiedad se llama modelo, e impropiamente
imagen".(*)
El resultado final es un alejarnos de la realidad objetiva.
Pero la costumbre está ya demasiado arraigada
para poderla cambiar, y seguiremos llamando modelo a lo concebido por
la ciencia.
(*)
Suma Teológica I q35 a1 s1
Un ejemplo aclarará mucho lo que veníamos tratando antes de la
digresión.
Podemos simplificar la geografía de una comarca con el modelo de un plano.
En él se cumplen las mismas leyes geométricas que en la realidad:
la distancia más corta entre dos puntos es la linea recta, los cuadrados
levantados sobre las hipotenusas tienen la misma área que la suma de
los levantados sobre los catetos de los triángulos rectángulos.
También nos sirve para trasladar afirmaciones del plano a la realidad:
si entre dos puntos del plano hay doble distancia que entre otros dos,
eso mismo ocurre entre los cuatro puntos correspondientes de la realidad.
Imaginemos pues que tenemos dibujado un plano completo:
carreteras, ríos, casas, líneas eléctricas etc. Ahora bien, por más que
contemplemos un plano de una comarca desconocida, nunca podemos
adivinar la sensación que nos producirá el llegar a la comarca y ver
la belleza de su paisaje tal como es. Un plano nunca expresará toda la
realidad.
Sucede muchas veces que si las diferentes altitudes sobre el nivel
del mar de un mapa, se pintan con colores verdes o marrones de diferente
luminosidad, llegamos a un sitio esperando encontrar prados y hallamos
páramos, o trigales y hallamos bosque.
Lo realmente importante es entender aquí que el paisaje arbitrario
que imaginamos al ver un plano de un lugar nunca visitado, casi no tiene nada
que ver con la realidad que allí existe. Pues bien, ese es el error de
casi todos los científicos, incluso de los más importantes, desde el
Renacimiento hasta muy entrado el siglo XX.
El mayor peligro está en pensar que la verdadera realidad de la
cosa es ese modelo inventado para agilizar la comprensión
del comportamiento de los sistemas naturales, y que sirve de soporte
imaginativo a los cálculos que se realizan con las medidas tomadas
para a su vez determinar otras, que resultan así adivinadas
por la ciencia.(*)
(*)
No falta más que hacer intervenir el tiempo entre las magnitudes medidas, y calcular
alguna para un momento futuro, para tener la presunción de que se
pueden hacer profecías.
Pensar que es más real lo que se imagina que lo que se ve, es la
puerta, y de hecho lo ha sido, para el escepticismo y el idealismo
gnoseológicos. Lo sensible se cuantifica, lo cuanto se cualifica
arbitrariamente
y el desencanto que se produce cuando se constata que las cualidades
imaginadas no coinciden con las que perciben directamente
los sentidos, conduce al escepticismo. Entonces se piensa que los sentidos
nos engañan.
Lo que se toma por realidad, en esa fase
primitiva, es lo que la imaginación pone de cualidades arbitrarias
como soporte imaginativo mientras calcula o ensaya con el modelo
matemático abstracto. Se toma como realidad aquello que uno
se «representa» para explicar fenómenos. La misma palabra re-presentación,
tan utilizada en el lenguaje científico, sugiere «volver a presentarse» lo
abstracto cuantitativo, rellenándolo con la imaginación de nuevas
sensaciones arbitrarias.
Ensuciar la abstracción matemática con nuevas imágenes es
volver atrás, aunque ello es útil a la ciencia, ya que viene a ser
como la realización de un modelo que se puede usar como los que se
construyen para «simular» el comportamiento de algún prototipo.
Pero debemos advertir que ese modelo es válido solamente en la imaginación,
que si está bien adiestrada, puede realizar las pruebas oportunas
con él, muy económicamente, por cierto. Pero el hombre que con ello
trabaje, debe tener conciencia de que está tratando con algo
completamente ilusorio.
Los actuales planes, llamados de educación,
son más bien de capacitación profesional, incluso los universitarios.
Con ellos se crea en la imaginación de los alumnos, un sistema de
imágenes que está lejos del ser, porque no son imágenes naturales,
sinó abstracciones de segundo grado coloreadas con cualidades arbitrarias.
En resumen, en el método científico, una vez abstraídas las
relaciones cuantitativas de los hechos
observados, y creadas las entidades mentales como soporte de las magnitudes
de cada especie, se rellenan de nuevo de sensibilidad, coloreándolas,
configurándolas y atribuyéndoles realidad existencial y esencial, lo
cual es completamente falso e ilusorio.
Prueba de la falsedad de lo urdido por la imaginación sobre las
abstracciones matemáticas, es el fracaso de los modelos a lo largo
de la historia. El caso más claro, aceptado ya por todos los
científicos actuales, es el de la vieja teoría del "calórico".
Dijimos que el proceso mental que tiene lugar en el quehacer
científico es el siguiente:
de una atenta observación del mundo que aparece patente a nuestra
sensibilidad, se sospecha la existencia de una relación cuantitativa,
siempre constante, entre una serie de medidas tomadas sobre los
componentes de un sistema identificable de alguna manera en distintos
lugares y tiempos.
Si se tiene, por ejemplo, un litro de agua a punto de hervir y otro a punto de congelar
y se mezclan, se hallará, midiendo sus temperaturas con un termómetro
de dilatación lineal, que la temperatura de la mezcla es la media de
las otras dos.
Se imagina seguidamente un modelo que podría ser
un fluido, que históricamente se llamó "calórico", que está mezclado
con los cuerpos calientes, cuya densidad determina la temperatura de
los mismos, y que, en nuestro caso, al mezclar los dos litros de agua,
se reparte de manera que la temperatura resultante es el promedio de las
de los dos litros de agua separados. He utilizado a propósito este ejemplo,
para hacer ver la futilidad del modelo con una hipótesis que, modernamente,
la misma ciencia se ha encargado de despreciar, como debemos hacer con
todos los modelos, incluso con los que la ciencia todavía utiliza.
En 1798, Benjamín Thompson, Conde de Rumford, viendo fabricar
cañones, observó que no parecía haber límite en el calor emitido por
un cuerpo frotado. En este caso eran los propios cilindros de bronce, al ser
taladrados. El calor que salía era tanto, que no podía estar dentro. El
calor no podía ser un fluido y el «calórico» dejó de existir. Veámoslo
en palabras del propio Rumford:(*)
(*)
"El mundo de la física", pag. 64. Libros Mirasol. Fabril Editora.
Buenos Aires, 1969.
"Hace poco, mientras me ocupaba de supervisar la perforación
de cañones en los talleres del arsenal militar de Munich, me
sorprendió el notable grado de calor que, en poco tiempo, adquiría
el cañón de bronce cuando era perforado. Me impresionó también el calor,
aún más intenso, de la virutas de metal separadas por el barreno (un
calor mucho mayor que el del agua en ebullición, como lo comprobé
luego experimen- talmente).
¿De dónde viene el calor que efectivamente se produce en la
operación mecánica que acabo de mencionar?
¿Lo producen quizá las virutas metálicas que el barreno separa
de la masa sólida del metal?
Si éste fuera el caso, entonces, de acuerdo con las modernas
teorías del calor latente y del calórico, no sólo tendría que cambiar
la capacidad, sino que el cambio sufrido por las virutas debería ser
suficientemente grande como para dar cuenta de todo el calor producido.
Pero no hubo tal cambio. Tomé cantidades de igual peso de estas virutas
y de láminas delgadas del mismo metal, cortadas con una sierra muy
fina. Puse las virutas y las láminas, ambas a la temperatura del
agua en ebullición, en cantidades iguales de agua fría (es decir, a
59 o F).
Descubrí entonces que el agua en la que se habían introducido las
virutas no parecía haberse calentado ni más ni menos que el agua en la
que se habían puesto las placas de metal.
Y discurriendo sobre este tema, no debemos
dejar de considerar la circunstancia más notable:
que la fuente de calor generado por fricción en estos experimentos
parece ser inagotable.
Casi es innecesario agregar que algo que un cuerpo aislado
o un sistema aislado de cuerpos puede proporcionar en forma continua y
sin limitaciones, no puede ser una sustancia material. Me parece
extremadamente difícil, si no imposible, tener una idea clara de algo
capaz de ser excitado y comunicado de la manera en que lo es el calor
en estas experiencias, a menos que sea movimiento".(*)
Veremos,
en el apartado "La Medición" del capítulo
"La Hipostatización de los números" de este libro,
el texto de Aristóteles en
que se reconocen las grandes posibilidades de la abstracción
al tomar separadamente lo que en la cosa se halla unido.(*)
Si lo que separamos de un cuerpo es la cantidad, estamos en el segundo grado de
abstracción. La gran utilidad práctica de este segundo grado puede
convertirse en perjuicio cuando se trata de alcanzar el «ser»,
sobretodo si se evoluciona por las fases de representación del
modelo y confusión de la imagen con la idea.
Para llegar al tercer grado de abstracción, por el que se alcanza el
ser de las cosas, no es necesario haber pasado antes por el segundo.
(*)
Metafísica. ARISTOTELES. M-3, 15-20
Toda abstracción cuantitativa supone siempre una simplificación.
Evidentemente lo separado es menos que el conjunto de donde se tomó.
Sin embargo, dado lo poderoso que puede resultar lo simple, se puede
llegar a confundir con lo real.
El modelo es por utilidad práctica algo simplificado y más
sencillo que la realidad. Eso llevó a Descartes a no aceptar más
que las ideas claras y distintas, lo que le cerraba el paso a la
infinitud, profundidad y altura de la verdad. "Cette inexprimable
sentiment de mystére des choses où notre esprit s'abŒme dans un rayonnement
de beauté..." dice Marcel Proust.
Como el modelo constituye una representación simple de la
realidad, lo deducido a partir de él, no
tiene garantía de universalidad, en contra de lo que supuso Kant,
y tarde o temprano acaba por fracasar. De ahí que es necesario encontrar
nuevos modelos que comprendan los resultados cuantitativos de los últimos
fenómenos verificados.
Kant se da a sí mismo por definitivo. No hay más que ver
el título de los Prolegómenos:
"Prolegómenos a toda Metafísica del Porvenir que haya de poder
presentarse como una Ciencia". Pero abre paso a una filosofía que
no puede dar nada por estable. Hoy nadie se atrevería a poner
tal título. Antes al contrario, siguiendo una de las direcciones que ha tomado la linea
Descartes-Kant, con Hegel y Marx, el mito de que la verdad se desarrolla
perennemente como resultado de sucesivas confrontaciones y síntesis,
pretende que el modo como progresa la ciencia es una de sus
confirmaciones experimentales, lo cual
está bien lejos del dogmatismo iluso de Kant.
En cualquier texto histórico o científico se expone ese desarrollo
en el sentido de que fracasos experimentales de antiguos modelos
exigen el trabajo de síntesis y de creación de nuevos modelos que expliquen
los fenómenos antiguos y los nuevos a la vez.
No se puede dar esta simplista interpretación dialéctica del vacilar científico.
Eso es muy lógico que suceda así, por cuanto, como hemos dicho, cualquier modelo es una
representación simple y parcial de la realidad, y no tiene por qué ser universalmente
cierto. Como ese modelo no es la verdad objetiva puede desarrolarse dialécticamente.
El error es dialéctico porque no es «ser,» pero no la verdad que es «ser,»
que existe ontológicamente.
Se explica en los textos de física que sus teorías se van acercando
cada vez más a la realidad porque sus leyes, a medida que progresa
esta ciencia, se cumplen con mayor exactitud y precisión.
Eso sí que es un mito dialéctico.
Sin embargo cuando queremos alcanzar la verdadera naturaleza de las cosas,
no se trata de conseguir mayor exactitud en las leyes físicas, sino de la
verdadera concepción de la realidad.
Es curioso que ahora que se descubre que la ciencia renacentista
fue de un simplismo infantil completo,
las intituladas izquierdas intelectuales o políticas de raíz
anticatólica, se vuelvan contra el progreso
técnico. Mientras fue útil para el ateísmo, el progresismo hizo
bandera de la ciencia. Ahora que la misma ciencia se desengaña
de sus propias imaginaciones fantasiosas y se abre paso a un nuevo
renacer de la filosofía, la corriente revolucionaria se vuelve contra el
progreso. De ahí la lucha antinuclear que no es sólo política, económica o
ecologista.
Pero en las escuelas, por incapacidad de los maestros, sólo
se explica el primitivo materialismo, con lo que se sigue haciendo
el mismo daño a las mentes jóvenes. Por eso es importante profundizar.
Hay que afrontar el problema sin prejuicios y darse cuenta de que la
crisis de la ciencia de los «modelos» y «representaciones» renacentista,
es algo irreversible, verdadero,
lógico y de consecuencias muy fructíferas.
Es muy interesante seguir en los libros de Historia de la Ciencia
los diversos experimentos que han llevado a asegurar categóricamente en
qué consiste la realidad de la luz. Así en 1803, Thomas Young (1773 - 1829)
descubre los fenómenos de interferencia entre rayos luminosos, y como sólo
pueden interferir las ondas, deduce con seguridad, y
su deducción es aceptada por todos,
que la luz es la vibración de algo.
Pero en 1905, Alberto Einstein interpretó el efecto fotoeléctrico
de manera que se deduce la naturaleza corpuscular de la luz, en
contraposición a la teoría ondulatoria. Mereció el Premio Nobel de
Física precisamente por esto, no por su famosa teoría de la relatividad.
No hay otro camino. No se descansa hasta que se renuncia a
imaginar qué es lo que realmente sucede en lo que se llaman comprobaciones
experimentales.
El descubrimiento de los fenómenos cuánticos no se debe, sin
embargo, al efecto fotoeléctrico,
sino que Max Planck (1858 - 1947) en 1901 anunció
la Teoría de los Cuanta para interpretar el espectro de radiación
del cuerpo negro, basándose en teorías estadísticas.
Sólo con la hipótesis de que la energía de un oscilador no puede
variar más que en saltos discretos, es decir en múltiplos de una
cantidad determinada dependiente sólo de la frecuencia del oscilador,
se explica el perfil del espectro de emisión del cuerpo negro en función de la
temperatura.
Esta hazaña facilitaría a Albert Einstein la interpretación del fenómeno
fotoeléctrico como hemos dicho, en 1905, año en que también publicó la teoría
de la relatividad restringida. Contaba tan sólo 26 años de edad.
En 1925, el príncipe Louis Victor de Broglie, nombrado secretario perpetuo
de la Academia de Ciencias francesa en 1942, publicó su tesis doctoral que
le valió el premio Nobel. La ambivalencia inimaginable entre corpúsculo
y onda se extiende a todos los ámbitos de la física microscópica. La
imaginación que intente representarse el modelo contemporáneo de la
realidad física, quedará perpleja.
Lo que claramente se tenía como fenómeno ondulatorio, es decir la
luz, empezó a presentar características corpusculares, y lo que se había
tomado como definitivamente corpuscular, el electrón, por ejemplo,
empezó a presentar características ondulatorias, al poderse difractar como los
rayos de luz. Un desafío para la inteligencia, por ser imposible de
imaginar.
Así quedan las mentes curadas del materialismo ingenuo que intenta
descubrir la realidad de las cosas con la imaginación, que a
su vez se confunde
con la inteligencia. Ese ha sido el error de muchos, desde Demócrito
a los actuales materialistas, que no saben salir del simplismo que
supone aceptar sin crítica las falsas aseveraciones de los textos de
divulgación científica o las explicaciones de ciertos profesores que
no hacen más que repetir lo que otros imaginaron.(*)
(*)
Véase el apartado "Romanticismo científico" en el capítulo
"Embaucadores del vulgo".
La imposibilidad de representación imaginativa de algunos modelos
contemporáneos, es un alivio para el peligro que la representación
constituía. El no poder imaginar el modelo onda - corpúsculo, y la
perplejidad ante el fracaso del modelo espacio - temporal clásico, son
dos fuentes de luz para volver al camino del ser. La imaginación se ve
perdida y debe dejar el campo a la inteligencia. Los científicos modernos están más
atentos para conservar las abstracciones en su pureza inicial.
Pese a ello muchos modelos se explican, incluso en los centros de enseñanza
primaria, como «la realidad», sin hacer ver el sistema de fenómenos
que se utilizaron para la abstracción correspondiente, con lo que el
alumno, insistimos una vez más, es engañado y además pierde la capacidad de progreso en
fisicomatemática, porque toma como definitivo lo que no es ni siquiera
provisional.
Cuando se desengañe de los esquemas científicos, pensará que en los caminos del
«ser», tampoco hay nada definitivo. Ese postrer error será peor que
el primero. Se verá envuelto en el torbellino dialéctico
del escepticismo.
Manuel M. Domenech I.
Camino(s) ascendente(s):