No seamos ilusos

No seamos ilusos

He leído que un tribunal superior de justicia ha declarado inocentes a unos políticos que se rieron en Jerusalén de la coronación de espinas.

Una de las frases que más me ha impactado de Juan Pablo II el Grande es "El Apocalipsis nos pone ante una palabra dirigida a las comunidades cristianas para que sepan interpretar y vivir su inserción en la historia".
Juan Pablo II, "Ecclesia in Europa", 5 (El Apocalipsis como icono)

Como no conocemos el Apocalipsis no sabemos en qué momento histórico estamos insertados y, por tanto, no lo vivimos interpretándolo bien.

Estamos en los últimos estertores del imperio romano. El jefe del eje Roma-Berlín se hacía llamar "El Kaiser" que significa "El César". Hoy todos los juristas en activo han estudiado el derecho romano como fuente de reglaje de sus estructuras mentales.

En el mismo periódico que leí la noticia, uno de esos que se firman "periodista y escritor", título que a mí me suena como si dijera "paseante y comensal", a propósito de esto, alababa el pensamiento de Bernard Shaw: "sólo hay una religión con muchas variantes", es decir, lo de los romanos: "muchos dioses".

Hay una bestia con una herida curada que tiene siete cabezas, que son siete colinas y siete reyes, y que es también uno octavo. El séptimo dura poco, tan poco que ya se ha terminado. En 1948 ya hay Estado de Israel.

Pero es de los siete, que todo lo hacen justamente, con la justicia del imperio, sea el asirio, el egipcio, el babilónico, el persa, el griego, el romano o la commonwealth, que hizo justicia crucificando al coronado de espinas.

A mí, las denuncias del hecho que ha provocado el juicio, me parecen como si alguien se hubiera presentado a Poncio Pilato para denunciarle que habían coronado de espinas al que Él sólo había sentenciado a la flagelación y a la crucifixión.

Pero la historia sigue y no es algo monótono como un girar sin fin de peonzas sin sentido.

Una historia sin fin en la que sólo unos cuantos testigos proclaman que Cristo está vivo y los demás sigan para siempre burlándose de la realidad, pensándose que existen porque piensan, ya se ve que es una estupidez.

El testimonio íntegro que hay que proclamar para bien de todos es que Dios, al resucitar a Jesucristo, lo constituyó juez de vivos y muertos (Act. 10, 34-43).

Manuel Ma Domenech I.


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