María centro de la tierra

María centro de la tierra

"Cristo, pues, allí aplicó en primer lugar la medicina donde estaba abierta la primera llaga; y, descendiendo substancialmente al seno de la Virgen, fue concebido por obra del Espíritu Santo para limpiar así nuestra concepción, la cual, aunque no la había hecho el epíritu malo, pero la había inficcionado; no siendo de esta suerte su vida ociosa aun en el seno mismo de María, donde por espacio de nueve meses purificó la llaga antigua, examinando y cauterizando, por decirlo así, hasta en sus más hondas raíces, esa llaga ponzoñosa, a fin de que se consiguiese una santidad sempiterna. Ya entonces obraba la salud en medio de la tierra, a saber, en el seno de la Virgen María, quien con admirable propiedad se llama el punto céntrico de la tierra. Puesto que hacia ella como a su centro, como al arca de Dios, como a la causa de las cosas, como a la obra estupenda de los siglos, están mirando los que habitan en el cielo y los que habitan en el infierno; los que nos precedieron y nosotros que somos ahora; los que se seguirán a nosotros, los nacidos de los nacidos y los que nacerán de éstos hasta el fin de los siglos. Los que están en el cielo la contemplan para ser restaurados; los que moran en los infiernos, para ser librados; los que precedieron, para que se hallen fieles a los profetas; los que la siguen, para ser glorificados. Por esto te llamarán bienaventurada todas las naciones, Madre de Dios, Señora del mundo, Reina del cielo; todas las naciones, vuelvo a decir, porque hay generaciones en el cielo y en la tierra, según estas palabras del Apóstol: El Padre de los espíritus, el cual es la cabeza de toda esta gran familia que está en el cielo y sobre la tierra. Por tanto te llamarán bienaventurada todas las naciones a ti, que engendraste la vida y la gloria para todas las naciones. En ti hallan los ángeles la alegría, los justos la gracia, los pecadores el perdón para siempre. Con razón ponen en ti sus ojos todas las criaturas, porque en ti y por ti y de ti la benigna mano del Omnipotente rehizo todo lo que había creado".
SAN BERNARDO, Sermón 2,4 de la fiesta de Pentecostés.


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