La Virgen del Rocío

Cartas a mis ahijados

La Virgen del Rocío

Barcelona, 7 de Octubre de 1993

Cierta vez, iba en coche hacia Córdoba, cuando mi querido amigo Joaquín Fernández, un andaluz de verdad, que domina cosas tan dispares como la ganadería y la informática, puso la cinta: "Misa del Alba en las Marismas" por "Los Romeros de la Puebla".

La música era preciosa con una letra bellísima. Era una Misa Cantada en el amanecer de la Romería del Rocío. Decía cosas como esta: "La puerta del cielo se abre al grito del sol". "Paloma Blanca, si yo pudiera, te anidaría en mi corazón". Y el final de la Salve cantaba: "Oh clemente y piadosa paloma almonteña, siempre Virgen María: si tu dulce rocío nos llega, Santa Madre de Dios, nos hará merecer las promesas y podremos al fin de los días alcanzar las Marismas eternas". Me emocioné tanto que al llegar a Córdoba compré la cinta y desde entonces me siento rociero.

Me asombraba ante el hecho de que la Romería del Rocío se celebrara el día de Pentecostés y de que se llamara a la Santísima Virgen "Paloma Blanca". Uno diría que los rocieros la confundimos con el Espíritu Santo. Pero el P. Alba nos dijo un día que la devoción al Espíritu Santo que tiene la Iglesia en Oriente es lo mismo que la que tiene la Iglesia en Occidente a la Santísima Virgen. Así entendí por qué María es Madre de la Iglesia. Todas las gracias que nos da el Espíritu Santo nos vienen por la intercesión anhelante de María. Realmente se la puede llamar la "Omnipotencia Suplicante".

El último sábado de mayo se me ocurrió animar a los celadores de la procesión explicándoles mi devoción a la Virgen del Rocío. Aquella misma tarde quise documentarme un poco y miré la Espasa, un diccionario de la Biblia, y el Catecismo de la Iglesia Católica que, cuando habla de la Mediación Maternal de María, dice que María pedía a Dios incluso la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles el día de Pentecostés.

Aprendí que el rocío es símbolo de la fecundidad del matrimonio entre el cielo y la tierra en todas las culturas y civilizaciones. Isaac bendijo a Jacob con el rocío del cielo y el fruto de la tierra. Gen (27,28) En Israel el viento de occidente trae mucho rocío en otoño y primavera, de manera que llegan a gotear los tejados y para los israelitas tiene el rocío un fuerte significado. La tierra fructifica sus semillas por la humedad que recibe del aire que es espíritu. María es la tierra y el Espiritu Santo el Padre de la Vida de la Gracia Sobrenatural. Por eso María es la Blanca Paloma y no tiene nada de extraño que la Romería del Rocío se celebre el día de Pentecostés.

Además, la Iglesia nos pone como antífona en el cuarto domingo de Adviento aquel hermoso verso de Isaías (45,8) que invoca a los altos cielos para que manden su rocío y la tierra pueda germinar al Salvador. Esto nos da derecho a llamar a María "Virgen del Rocío" precisamente por ser Madre de Dios que es lo más grande que es, lo que más es y por lo que es todo lo demás que es.

La norma del rezar es la norma del creer. Hasta en el Canon de la Misa se nombra el rocío del Espíritu sobre el fruto de la tierra. Cuando oigas esa palabra recuerda que por María se convirtió el agua en vino que ahora se va a "transubstanciar" en la Sangre de Cristo.

Una vez más tu bonito nombre engarza muy bien con esto. Nuestro planeta azul está lleno de vida por el agua. La tierra es un planeta húmedo enfriado hasta la condensación de todo su vapor de agua en los océanos, por lo que podemos decir que todo el mar viene del rocío. Así que a tí, "María del Mar", también te podría llamar "María del Rocío". La patrona del mar y sus hombres, es como ya sabes, la Virgen del Carmen y lo que vió Elias en el Carmelo fue precisamente una nubecilla que traía la lluvia salvadora. Hasta a la Virgen del Carmen se le puede llamar Virgen del Rocío.

Y para colmo de felicidad, después del Congreso Eucarístico de Sevilla, he tenido la alegría de que hasta el Papa se me ha hecho rociero. Recuerda que terminó su discurso en el Santuarío del Rocío el pasado 14 de Junio diciendo: ¡Viva la Virgen del Rocío! ¡Viva la Blanca Paloma! ¡Viva la Madre de Dios!. Te escribo esta carta porque, como te quiero mucho, te quiero hacer partícipe de tanta dicha. Tu Padrino:

Manuel Ma. Domenech I.


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