María, Madre de la Gracia

Cartas a mis ahijados

María, Madre de la Gracia

Barcelona, junio de 1990

Cuántas veces te habré dicho, desde que empezaste a hablar hasta ahora, que ya te has hecho mayor: ¿Quién es la María del Mar más María y más del Mar que hay en todo el mundo?. Y tu me contestabas muy convencida: Yo.

Pues me gusta mucho que seas muy de María y muy del Mar. A mí el Mar me tiene el corazón robado. ¡Si supieras lo que he visto en el mar! ¡Cómo me hubiera gustado haberte llevado de la mano para que lo hubieras visto conmigo! Una vez, entrando en Melilla, vi una medusa grande como tú y casi tan transparente como el agua. Un día, al amanecer, vi cómo se alejaba una tormenta hacia el oeste y el arco iris, al salir el sol, en derredor de un barco que brillaba como la plata sobre un mar negro como la noche. He visto saltar chorros de agua como palmeras por los escobenes, en una ocasión en que, navegando contra el mar, por los machetazos que daba el barco, metía la proa completamente en el agua.

Y también he visto romerías de barcos engalanados, abarrotados de pescadores y marinos, el día de la Virgen del Carmen. Llenos de banderines de colores, pitando tan fuerte como pitan los barcos. Todo el mundo contento con la Virgen. No se que tiene el mar, que siempre que pienso en él, acabo pensando en la Virgen. Quizá sea su grandeza, la que se me relaciona con la importancia de la Virgen en la historia de la salvación.

A Dios le gusta que le pidan las cosas. Hasta al ciego que le gritaba que tuviera piedad de él, le preguntó qué quería que le hiciera, y hasta que no le dijo ¡Señor, que vea!, no le curó. ¡Mira que era evidente lo que quería el ciego!. El corazón de una madre saca del padre todo para sus hijos. Pues ese es el papel de María, Madre de la Divina Gracia, en la Iglesia. No hay gracia que Dios conceda, que no haya pasado antes por el Corazón de María. Entonces todas las gracias son un regalo a los deseos del Corazón de María, que es por tanto, hasta fisicamente, Madre de la Divina Gracia. Toda la gracía, que es la lluvia que ha llenado el mar, ha estado en el mar que es el Corazón Inmaculado de María, antes de regar los montes y sus prados donde crece el pasto que nos da nuestro Buen Pastor.

Una vez que Satanás me tenía preso noté que me soltaba al entrar en el Pilar de Zaragoza como un simple turista. Allí me sentí libre para confesarme y lo pude hacer. No había sido necesario aquello de San Bernardo: "Acordaos de que ninguno de los que han acudido...", porque yo no había "acudido" ni nada. Al principio creí que mi caso era especial, pero después supe que esto sucedía muchas veces porque ya Dante, hablando a la Virgen en su "Divina Comedia" dice: "Tu benignidad alcanza, no sólo a aquel que te implora, sino que frecuentemente se anticipa a la súplica".

Me atrevería a decir que aunque es verdad que "Dios no te salvará a ti sin ti", como dice San Agustín, también es cierto que María sí. La Virgen se las ingenia para salvar a los que no hacen nada para salvarse y hace que lo hagan, y así puedan salvarse. Por eso es tan suave la esperanza en el triunfo final de su Inmaculado Corazón.

¡María del Mar!. ¡Qué hermoso es tu nombre, María del Mar!. Tu nombre me dice que está proximo aquel día del triunfo del Corazón Inmaculado de María, aquel día en que la tierra estará llena del conocimiento de Yahvé como llenan las aguas el mar, según dice el profeta Isaías (11,9). ¿Lo veremos juntos?. O yo te miraré ya desde el cielo.

Recibe un fuerte abrazo de tu padrino:

Manuel M. Domenech I.


Página(s) relacionada(s):


Camino(s) ascendente(s):