Maniqueísmo trinitario

Maniqueísmo trinitario

La crítica de estas dos célebres aberraciones de la tabla de defectos, errores y vicios:

tesis * antítesis * síntesis
y
época del Padre * época del Hijo * época del Espíritu Santo

la he podido poner aquí después de ver en el nº 17 de la revista Gladius pag.161 el comentario que el P. Alfredo Sáenz S.J. hace de la obra "La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore" de Henri de Lubac, Ed. Encuentro, Madrid, 1989.

El caso de Joaquín de Fiore es otro, como el de Descartes, que me asusta pavorosamente. Me hacen pedir a Dios que impida como sea que haga daño con mis páginas. Si a Descartes le hubieran dicho que su "pienso, luego existo" sería puesto, nada menos que por Karol Wojtyla, en "Memoria e Identidad" como el origen de las ideologías del mal, o a Joaquín de Fiore, tan celoso de fundar una orden más observante, que sus ideas se llevarían hasta Hegel y Marx, posiblemente no habrían actuado como actuaron.

Empieza el P. Sáenz, su resumen de la obra de Lubac, diciendo que Joaquín de Fiore cambia la tripartición tradicional de la historia:

  1. Época del Padre: estado de inocencia en el paraíso.
  2. Época del Hijo: desde el protoevangelio hasta la Redención.
  3. Época del Espíritu Santo: desde Pentecostés hasta el fin de la historia.
Por esta otra:
  1. Época del Padre: desde la creación a la Encarnación.
  2. Época del Hijo: desde la Encarnación hasta el fin de la Iglesia.
  3. Época del Espíritu Santo: como una síntesis final en la que desaparece todo lo anterior.

Esta diferencia es esencial. Los siguientes párrafos están tomados del artículo del P. Sáenz y son citas de la obra de Henri de Lubac.

"La venida del Espíritu Santo no acaece, pues, en Pentecostés y no tiene por finalidad la consolidación y abundamiento de la fe en Cristo. Jesús no es la Verdad, sino que se limita a prepararla, y debe, al parecer, diluirse cuando ésta se manifiesta, desaparecer ante el Espíritu. Superado así Cristo por el Espíritu, se abre el porvenir definitivo, previa muerte del Padre. Cristo ya ha desempeñado su papel histórico y dialécticamente se borra en aras del "espíritu", que ya no será el Espíritu de Jesús ni del Padre, sino "el espíritu del mundo". Traduciendo la fe cristiana en filosofía, Hegel seculariza la esperanza cristiana. Como afirma G. Fessard, vino "a sustituir al mismo Cristo y a proponer su propio sistema como última revelación de la verdad divina".

"Mientras más se avanza en el transcurso del "mundo moderno" se va advirtiendo la creciente secularización de la idea joaquinista. Es la época del "renacimiento" y de las "luces". Al "Evangelio eterno" sucede la "filosofía eterna", la "ley de la Naturaleza". Y así se fue cambiando el lenguaje o, lo que es más grave, se mantuvo el lenguaje, pero no su contenido. Bajo el nombre protector del "Evangelio eterno" se ponía otro Evangelio totalmente distinto, el de un "cristianismo sin misterios". Era el gran relevo de las verdades reveladas por las verdades racionales".

"Joaquín, que al decir de H. Mottu es el representante de "la edad teológica de la revolución", inaugura en alguna forma la visión moderna de la historia. Un autor reciente ha afirmado: "Il messagio di Gioacchino costituisce veramente la chiave di volta del passagio del Medioevo al Rinascimento, dell'attesa della fine dei tempi, all'attesa della nuova età" (cit. p.16, nota 13).

"Su utopía, en la larga serie de sus metamorfosis, frecuentemente, quedaría irreconocible. "Incluso acabará por transformarse en su contrario, a partir del día en que lo que el abad de Fiore concibiera como la obra del Espíritu sea considerado como algo que llegará por las fuerzas inmanentes del mundo o será realizado por la sola acción del hombre". (p. 67).

En su obra "La teología de la historia de San Buenaventura" (pag.184), Joseph Ratzinger explica la radical diferencia entre la opinión de Joaquín de Fiore y la visión de San Buenaventura sobre la historia con estas palabras, que aquí resultan muy esclarecedoras: "La idea de una edad del Espíritu Santo que en la concepción Joaquinista elimina la posición central de Cristo, no es asumida como tal por Buenaventura: es cierto que las últimas ordines son Órdenes del Espíritu, y que el Espíritu alcanza particular fuerza en el último período, pero el tiempo como tal, es el tiempo de Cristo, permanece como séptima aetas del tiempo de Cristo de la Nueva Alianza, que dura hasta el final".


Dos citas de la Suma Teológica de Santo Tomás:

S. Th. q106 a4 ¿La ley nueva ha de durar hasta el fin del mundo?

"Por aquí también queda excluida la vana ilusión de algunos, los cuales querrían decir que se debe esperar otro tiempo del Espíritu Santo".
(S. Th. q106 a 4 s2)

"La ley antigua no sólo fue del Padre, sino también del Hijo, pues Cristo era en ella figurado; por donde dice el Señor en Jn 5,46: Si creyerais en Moisés, creeríais en mí, pues de mí escribió él. Asimismo, la ley nueva no es sólo de Cristo, sino también del Espíritu Santo, según aquella sentencia de Rom 8,2: La ley del Espíritu de vida en Cristo jesús. No hay, pues, lugar a esperar otra ley del Espíritu Santo".
(S. Th. q106 a 4 s3)


Maniqueismo trinitario

Yo, ahora, he titulado esta página como "Maniqueísmo trinitario" por lo siguiente:

Es fácil asimilar los dos primeros períodos al Antiguo y Nuevo Testamento respectivamente. Poco sabida es la interpretación antitética de los dos testamentos que hacen los maniqueos:

"La Sacrosanta Iglesia Romana ... anatematiza la insania de los maniqueos, que pusieron dos primeros principios, uno de lo visible, otro de lo invisible, y dijeron ser uno el dios del nuevo testamento y otro el del antiguo". (Decreto contra los Jacobinos, Denzinger año 1958 nº 707).

Por eso rezamos en el Credo: "Credo in unun Deum ... factorem ... visibilium omnium et invisibilium". Para reprobar la locura de los maniqueos y la serpiente antigua no seduzca a las naciones convenciéndolas de que ella es la creadora de las cosas invisibles, el "dios bueno" del Nuevo Testamento. Es interesante observar que Joaquín de Fiore sentía compasión por los cátaros cuando eran condenados como herejes.

Las dos primeras épocas que puso el abad Joaquín, vistas como tesis y antítesis, sugieren la síntesis como la tercera época de la historia. Hegel tiene la osadía de presentar los tres períodos como tesis, antítesis y síntesis: "Se pueden distinguir esos períodos como reinos del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo". ¿Cómo van a ser antitéticos el Padre y el Hijo, y el Espíritu Santo su síntesis, si la Tercera Persona procede del Padre y del Hijo por vía de amor y no de odio? San Hilario de Poitiers llama al Hijo la "forma del Padre" y entre materia y forma hay "concordança". La visión lulista ayuda mucho en todo.

Malévolamente se presenta a la humanidad la utopía esperanzadora de algo que surge por autoredención inmanente, y se acaba en leyes que orientan hacia el aborto y la eutanasia, merecida consecuencia del odio entre padres e hijos.

Es muy de considerar la profética advertencia del final del Antiguo Testamento: Elías será enviado para convertir los corazones de los padres a los hijos y los corazones de los hijos a los padres, para que Dios no venga a destruir La Tierra (Malaquías 3,24).

En estos temas hemos de vigilar no caer en la dialéctica de los errores contrarios que he explicado en:

Al postmilenarismo progresista que interpreta materialmente el capítulo 20 del Apocalipsis, y que está en la línea de que lo que sólo es posible a Dios también es posible al hombre, que es precisamente aquel "milenarismo craso" al que se opusieron San Jerónimo y San Agustín, no podemos oponer dialécticamente el error antitético del amilenarismo, que está en la línea de que lo que es imposible al hombre, tampoco es posible a Dios, y que interpreta este capítulo 20 de manera exclusivamente espiritual y que divide al hombre, desencarnando la religión y secularizando la sociedad.

Al don de la esperanza "hay que prestarle una atención particular, sobre todo en nuestro tiempo, en el que muchos hombres, y no pocos cristianos se debaten entre la ilusión y el mito de una capacidad infinita de auto-redención y de realización de sí mismo, y la tentación del pesimismo al sufrir frecuentes decepciones y derrotas" (Juan Pablo II, catequesis en la audiencia general del 3 de julio de 1991).

Hoy hay nutridos grupos que en vez de "esperar" dicen que "pueden prometer y prometen" "un cielo nuevo y una tierra nueva", convencidos de que estos nuevos cielos y tierra sí que estarán bien hechos, porque los harán ellos y no Dios, que no ha sabido. Cualquier cosa menos reconocer el pecado y la necesidad de redención.

Esto es "progresismo", y lo hay de derechas y de izquierdas. Además, los dos exigen de la Iglesia que les apruebe a ellos y condene al otro. Pero eso no puede ser porque la religión verdadera consiste en sacrificarlo todo, actuando o padeciendo, para que sea renovado.

La vacuna intelectual y moral contra tamaños desvaríos sólo está en la meditación asidua del último libro del Nuevo Testamento: El Apokalipsis de San Juan, como lo llama el P. Leonardo Castellani S.J.

La única esperable época de paz y justicia intrahistórica es la que habrá entre las dos resurrecciones, que predicaba San Justino. Tiene razón el P. Horacio Bojorge S.J. cuando dice que el grito martirial del siglo XX: ¡Viva Cristo Rey! está inspirado por el Espíritu Santo.

Manuel Ma Domenech I.


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