Lo que debemos a San Lucas

Lo que debemos a San Lucas

A veces parece que los santos han sido demasiado humildes. San Ignacio quemó todas sus notas personales. De San José no nos queda ni una de sus palabras. Demos gracias a Dios de que a San Lucas se le ocurriera preguntar a la Santísima Virgen acerca de cómo fue el nacimiento de Jesús. Probablemente, por la humildad de María, debió tener que insistirle mucho para que se lo explicara. Podemos rezar el "Angelus" aunque sólo nos contó la Anunciación hasta el momento en que la dejó el Ángel. ¡Qué sería si nos hubiese revelado la continuación de su éxtasis, cuando la dejó el Ángel y María se quedó a solas con Dios!. A San Lucas le debemos también el Magnificat, el Benedictus, los misterios gozosos del Santo Rosario, las palabras de Simeón y los belenes. Y todo esto porque fue devoto de la Virgen. Devoto de la Virgen en carne mortal, como cuando vino a Zaragoza. Tenemos que honrar a San Lucas también como santo; no tan sólo como evangelista, pues así queda como olvidado, eclipsado por la luz de la Revelación.

Parece que oímos a la Virgen detrás de las palabras de San Lucas. "Y me dejó el ángel...", "y dije: magnifica mi alma al Señor...", "el nacimiento de Jesús fue de esta manera...", "y le envolví en pañales...". En un parto virginal, al encontrarse al niño en brazos después de un éxtasis de amor, es ciertamente un detalle sorprendente que esté desnudo. Parece que naciendo virginalmente podría haber nacido vestido. Pero siempre hallamos a Jesucristo envuelto por María y así los pañales fueron signo para los pastores.

Quién sino María pudo saber que "guardaba todas estas cosas en su corazón" y que "no comprendieron" lo que Jesús les dijo al ser hallado en el templo: "Tengo que estar en las cosas de mi Padre". Por cierto que nosotros tampoco acabaremos nunca de comprender esto. Es una de esas realidades incomprensibles de las que habla San Agustín. El Papa Juan Pablo II, cuando estuvo en Lissieux, puso en relación estas palabras con la infancia espiritual de Santa Teresita. ¿A quién se le había ocurrido esto antes?.

Es verdad que "al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba cabe Dios, y el Verbo era Dios" y que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros", pero con esto no podríamos hacer belenes. Dice Santo Tomás que "el arte desciende a lo concreto" y por eso se necesita como el toque femenino de María que, atenta a los detalles del misterio del Nacimiento de Cristo, se los cuenta a San Lucas. Santo Domingo no hubiera podido componer el Rosario sin los misterios gozosos, ni San Francisco de Asís hubiera inventado el Belén, sin saber que "el nacimiento de Jesús fue de esta manera", porque no hubiera sabido qué hacer. Pero gracias a San Lucas, al contemplar los belenes, podemos meditar que "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" y que "vino a los suyos, pero los suyos no le recibieron".

Ni lo hemos recibido. Cristo no es Rey porque seguimos diciendo "no queremos que éste reine sobre nosotros". Sin embargo, los belenes nos recuerdan cada año que "hoy, en Belén, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor". El Rey que debe reinar en la historia, porque es "luz para alumbrar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel". Que será "signo de contradicción" porque "una espada te traspasará el corazón". Padeció para salvarnos porque necesitamos Redención. Realmente somos "duros de cerviz y tardos de corazón para entender las Sagradas Escrituras": "el Mesías debía padecer para así entrar en su gloria". Tal como lo contó la Virgen a San Lucas, en el misterio de la Navidad, que contemplamos en los Belenes, se encierra toda la Revelación: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz!.

Manuel María Domenech Izquierdo


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