La Fe como hypostasis y demostración

La Fe como hypostasis y demostración

El ser se expresa en las palabras, y todo se hace según algún proyecto, que es como la palabra que dice lo que se ha de hacer.

Esto es así en todos los niveles ontológicos, desde el de las piedras hasta el de la mente.

Cuando se engendra algo de una materia, el ser compuesto queda como expresado por la forma, llámesele conjunto de cualidades, perfil de atributos o estado cuántico. En lo material, las condiciones de contorno determinan la evolución de lo que se engendra. En cuanto son de contorno, hacen de molde; en cuanto son condiciones, dan forma como sello.

Cuando vemos la obra de Gaudí, entendemos el proyecto que él tuvo para que se hiciese. Concebir el proyecto del Templo de la Sagrada Familia es como tener un hijo. La realización del proyecto es como ver crecer un hijo.

La autopresencia de la mente en su ser no se produce sin una palabra interna que es el yo de nuestra intimidad.

Ese yo se manifiesta a los seres queridos con promesas que son palabras que explican lo que haré para ellos. Tanto la expresión de la palabra como el cumplimiento de lo que prometo se hacen con anhelo que, según el nivel ontológico de que se trate se llama fuerza, tendencia, apetito, amor, que dan lugar a todas las fuentes de energía y motivación. "Un impulso, una fuerza debe acompañar toda idea para convertirla en obra" decía Antonio Gaudí.

Hasta en la intimidad de la Santísima Trinidad se dice una Palabra, que allí es Eterna, por la que "se ha hecho todo cuanto ha sido hecho", en la unidad del Espíritu Santo que, ya al principio del Génesis, "aleteaba sobre las aguas."

Empecé a entender estas cosas cuando leí el libro de Mosén José Mª Rovira Belloso, "Revelación de Dios, salvación del hombre", en la última parte dedicada a explicar la visión trinitaria de San Agustín explica: El conocimiento intelectual tiene como dos fases:

  1. Como deseo y apetencia, el cual tiene carácter prospectivo, de anticipación. Va en busca de lo que se ha de conocer (qui querit invenire vult IX 12 p.463) El amor desea anticipar en la mente la realidad presentida o deseada.
  2. La segunda función del amor consiste en "retener" el objeto conocido en la mente que conoce.
    Por eso el amor es un abrazo entre la noticia (concepto, idea, palabra) y la mente (IX 8 13 p 455)
    Por eso el verbo es una noticia abrazada por el amor "Verbum est cum amore notitia" (IX 10 15 p 458)

"Al parto de la mente precede una cierta apetencia, en virtud de la cual, al buscar y encontrar lo que conocer anhelamos, damos a luz un hijo, que es la noticia; y, por consiguiente, el deseo, causa de la concepción y nacimiento de la noticia, no se puede llamar con propiedad parto e hijo; el mismo deseo que impele vivamente a conocer se convierte en amor al objeto conocido y sostiene y abraza a su prole, es decir a su noticia, y lo une a su principio generador". (San Agustín, De Trinitate IX 12 18 pp. 463-464).

Comencé a escribir sobre estas cosas cuando, en un café de trabajo, mi compañero Juan Lauri hizo alusión al conocido problema de ¿Qué es primero el pensamiento o el lenguage?

Al elevar la cuestión a aquella altura en que el Padre y el Hijo son la misma cosa en la unidad del Espíritu, que procede de ambos como de un solo principio, y que tampoco es menos que su origen, respondí al interrogante con otra pregunta: ¿El pensamiento, el lenguaje o el espíritu que primero hace hablar al pensamiento y después impele a cumplir lo que prometen las palabras?.

Se puede escribir mucho intentándola responder en los distintos ambitos de niveles ontológicos. No sé si lo haré, pero lo que si sé, es que siempre que me he dispuesto a hacer algo en este sentido, lo he hecho con un gran gozo que se manifiesta ya casi antes de empezar.

Esta vez me ha movido la definición paulina de la Fe, de Hebreos 11,1: "La Fe es la hipostasis (substancia, incoación, germen) de las cosas que esperamos, y la demostración de las que no se ven.

Cuando digo con el centurión: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios, lo digo con toda certeza. Más que si esta sentencia fuera fruto del más indudable principio y de los más elementales silogismos. La Fe me lo demuestra mejor. "Es más cierta la Fe que la experiencia", decía el P. Ramón Orlandis S. J.

Cuando digo con los fieles que desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, estoy "hipostatizando" con verdad una realidad futura, con el mismo poder que el fiat de la creación, porque la palabra de la Fe es la Palabra de Dios. Hipostasiamos con verdad porque la realización de lo que esperamos depende del Verbo de Dios y la Palabra de Dios hace lo que dice. Se trata del proyecto de Dios. No puede fallar. Argumentamos con verdad porque la Palabra de Dios es principio de todo principio y da verdad a todas las consecuencias.

Esta certeza en el cumplimiento de las profecías no es Esperanza. La Esperanza es la confianza de que, con la gracia de Dios, participaremos de las promesas. No olvidemos que esas promesas abarcan tanto la vida eterna como el triunfo del Rey de reyes y Señor de señores.

La Fe es demostración y proyecto. Creemos lo que no vemos y lo que esperamos, pero no debemos confundir la Fe con la Esperanza. No es lo mismo creer en lo que se espera, que esperar lo que se cree. En palabras de Santo Tomás tenemos en la Suma Teológica (2-2 q17 a6 c): "La Fe une al hombre con Dios en cuanto nos es principio de conocer la verdad, y la Esperanza en cuanto nos es principio de perfecta bondad, pues por ella nos apoyamos en el auxilio divino para obtener la bienaventuranza". Una cosa es estar certísimo, por la Fe, de que el Juez Supremo dirá un día "venid benditos" y otra tener la confianza de que, por la Gracia de Dios, se estará "a la derecha" y no "a la izquierda". Se puede tener certeza de lo primero y estar desesperado. Esa certeza es efecto de la Fe y aquella confianza segura es efecto de la Esperanza. La Fe nos da certeza del cumplimiento. La Esperanza, confianza en nuestra participación. Por la Fe creemos que Dios realizará lo que promete. Por la Esperanza confiamos alcanzarlo con su gracia.

Manuel M. Domenech I.

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