El P. José María Alba Cereceda S. J.

El P. José María Alba Cereceda S. J.

Conocí al P. José María Alba Cereceda S.J. en octubre de 1959, al pasar de la Congregación Mariana del Colegio de San Ignacio a la de universitarios, donde él estaba de subdirector.

Lo traté como director espiritual desde entonces hasta su muerte. Fueron los tiempos difíciles de las persecuciones de los secuaces de lo que S.S. el Papa Benedicto XVI ha llamado "El Concilio Virtual".

Durante este tiempo viví con él sin nostalgias, por mi parte, de las asociaciones que iban languideciendo y con su espíritu de amor, respeto y pertenencia a la Iglesia.

Era de excepcionales cualidades corporales y espirituales. Era modelo ejemplar, digno de ser imitado tanto desde su urbanidad, como hasta la mismísima imitación de Cristo, que se hacía patente en él. Me imagino a San Ignacio dentro del mismo patrón.

En la atención a sus dirigidos espiritualmente eran admirables su paciencia, disponibilidad, amabilidad y suavidad en las correcciones. Era incansable, magnánimo,

Aconsejaba y animaba a grandes ideales y advertía que no fueran confundidos con fatuas ilusiones.

Hizo de profeta y sacerdote siempre y en todo lo que se le permitió. Del Dios creador, uno y trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Dios de Israel, Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores, Dios y hombre verdadero.

Lejos de cualquier maniqueísmo, tenía reverencia a las leyes naturales y por la metanoia de todos los hombres, incluidos comunistas y judíos, por los que rezaba frecuentemente. Gozaba de sinceras y correspondidas amistades entre ellos.

Fue cumplidor y maestro de todas las reglas de San Ignacio, desde las de la Compañía hasta las que se incluyen en el libro de los Ejercicios.

Era de ejemplar modestia, continencia y castidad. Era bondadoso y benigno. Manso y leal. Paciente y magnánimo. Mantuvo la paz hasta en los momentos de más contrariedad, decepción y desconsuelo.

Varias veces peregrino medieval a Santiago. A Roma y a Jerusalén cuando tuvo ocasión.

Amigo de procesiones, imágenes y de todo lo que recomienda San Ignacio en el libro de los Ejercicios.

Adorador eucarístico, celebraba su misa con perfecta devoción y exactitud litúrgica que procuraba enseñar a sus monaguillos.

Entusiasta del "encargo suavísimo" hecho a la Compañía de propagar la devoción al Sagrado Corazón de Jesús. Con ésta ponía en paralelo la del Corazón Inmaculado de María. Fundó un colegio con este nombre. Peregrinó a Fátima varias veces e instituyó en Barcelona la Procesión Mariana de fin de mayo con la imagen peregrina de la Virgen de Fátima. Veía, como Monseñor Fulton Sheen, en el nombre de Fátima como una premonición de la metanoia de los musulmanes.

Fue un perfecto patriota cristiano. Su España era para ser católica. Lo contrario era para él ridículo patrioterismo.
Manuel Ma Domenech Izquierdo


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