Homilía del Cardenal Ivan Dias pronunciada en Lourdes el 8 de diciembre
de 2007 en la apertura, como legado pontificio, del año jubilar, 150
aniversario de las apariciones de Ntra. Señora
Nos encontramos reunidos a los pies de la Virgen María para
inaugurar el año jubilar como preparación para el 150 aniversario de sus
apariciones en este bendito lugar. Os traigo un saludo muy cordial de Su
Santidad el Papa Benedicto XVI, quien me ha encargado os exprese su amor y
solicitud paternal, os asegure sus oraciones y os dé su bendición apostólica.
Como peregrinos reunidos en el amor de Cristo, queremos recordar con gratitud y
afecto las apariciones que tuvieron lugar aquí en 1858. Buscamos conjuntamente
oír los latidos del corazón materno de nuestra querida Mamá celestial, recordar
sus palabras y escuchar el mensaje que nos propone aún hoy.
Conocemos bien la historia de estas apariciones. La Santísima
Virgen bajó del cielo como una madre muy preocupada por sus hijos e hijas que
vivían en el pecado, lejos de su Hijo Jesús. Apareció en la Gruta de
Massabielle que entonces era una ciénaga donde pacían los cerdos, y es
precisamente en ese lugar donde quiso hacer construir un santuario para mostrar
que la gracia y la misericordia de Dios han de prevalecer sobre la miserable
ciénaga de los pecados humanos. En el lugar próximo a las apariciones, la
Virgen hizo brotar una fuente de agua abundante y pura, que los peregrinos
beben y llevan al mundo entero con mucha devoción, significando así el deseo de
nuestra afectuosa Madre de hacer extender su amor y el saludo de su Hijo hasta
los confines de la tierra. En fin, desde esta bendita Gruta la Virgen María ha
lanzado una apremiante llamada a todos a rezar y hacer penitencia para obtener
la conversión de los pobres pecadores.
Se nos puede preguntar: ¿qué significado puede tener hoy
para nosotros el mensaje de Nuestra Señora de Lourdes? Deseo situar estas
apariciones en el contexto más amplio de la lucha permanente y feroz existente
entre las fuerzas del bien y del mal desde el comienzo de la historia de la
humanidad, en el jardín del Paraíso, y que continuará hasta el fin de los
tiempos. Las apariciones de Lourdes se hallan, en efecto, entre las primeras de
la larga cadena de apariciones de la Virgen que se inició 28 años antes, en
1830, en la Rue du Bac, en París, con el anuncio de la decisiva entrada de la
Virgen María en el corazón de las hostilidades entre Ella y el demonio, como
está descrito en la Biblia, en los libros del Génesis y del Apocalipsis. La
Medalla, llamada milagrosa, que la Virgen hizo grabar en esa circunstancia la
representaba con los brazos abiertos de donde salían rayos luminosos, que
significaban las gracias que distribuía al mundo entero. Sus pies se posaban
sobre el globo terrestre y aplastaban la cabeza de la serpiente, el diablo,
indicando la victoria que la Virgen lograba sobre el Maligno y sobre las
fuerzas del mal. En torno a la imagen se leía la invocación: “Oh María,
concebida sin pecado, ruega por nosotros que recurrimos a ti”. Es de notar que
esta gran verdad de la Concepción Inmaculada de María haya sido afirmada aquí
24 años antes que el Papa Pío IX la definiera como dogma de fe (1854): cuatro
años más tarde aquí en Lourdes, nuestra Señora quiso ella misma revelar a
Bernadette que era la Inmaculada Concepción.
Después de las apariciones de Lourdes, la Santísima Virgen
no ha dejado de manifestar su viva preocupación materna por la suerte de la
humanidad en sus diversas apariciones en el mundo entero. En todas partes, ha
pedido oración y penitencia por la conversión de los pecadores, pues Ella
preveía la ruina espiritual de algunos países, los sufrimientos que el Padre
Santo tendría que padecer, el debilitamiento general de la fe cristiana, las
dificultades de la Iglesia, el ascenso del Anticristo y sus tentativas para
reemplazar a Dios en la vida de los hombres: tentativas que, a pesar de sus
fulgurantes éxitos, estarían sin embargo destinadas a fracasar.
Aquí, en Lourdes, como por todas partes en el mundo, la
Virgen María está tejiendo una inmensa red
de hijos e hijas espirituales para lanzar una fuerte ofensiva contra las
fuerzas del Maligno, para encerrarlo y preparar así la victoria final de su
divino Hijo, Jesucristo.
La Virgen María nos invita hoy una vez más a formar parte de
su legión de combate contra las fuerzas del mal. Como señal de nuestra
participación en su ofensiva, pide entre otras cosas la conversión del corazón,
una gran devoción a la Sagrada Eucaristía, la recitación diaria del Rosario, la
oración incesante y sin hipocresía, la aceptación de los sufrimientos por la
salvación del mundo. Esto podría parecer que son pequeñas cosas, pero son
poderosas en las manos de Dios, para quien nada es imposible. Como el joven
David que, con una pequeña piedra y una honda, abatió al gigante Goliat que fue
a su encuentro armado con una espada, una lanza y una jabalina (cfr. 1 Sam
17,4-51), también nosotros, con las pequeñas cuentas de nuestro rosario,
podremos hacer frente a los asaltos de nuestro temible adversario y vencerlo.
La lucha entre Dios y su enemigo causa siempre estrago, hoy
todavía más que en el tiempo de Bernadette, hace ciento cincuenta años. Porque
el mundo se encuentra terriblemente sumergido en la ciénaga de un secularismo que quiere crear un mundo
sin Dios; de un relativismo que
sofoca los valores permanentes e inmutables del Evangelio; y de una indiferencia religiosa que sigue
imperturbable frente al bien superior de las cosas que conciernen a Dios y a la
Iglesia. Esta batalla causa innumerables víctimas en nuestras familias y entre
los jóvenes. Algunos meses antes de que llegara a ser el Papa Juan Pablo II (9
de noviembre de 1976), el cardenal Karol Wojtyla decía: “Nos encontramos hoy
ante el más grande combate que la humanidad haya nunca visto. No creo que la
comunidad cristiana lo haya comprendido totalmente. Estamos hoy ante la lucha
final entre la Iglesia y la Anti-Iglesia, entre el Evangelio y el
Anti-Evangelio”. Una cosa es, no obstante, cierta: la victoria final pertenece
a Dios y ello se verificará gracias a María, la Mujer del Génesis y del
Apocalipsis, que combatirá a la cabeza del ejército de sus hijos e hijas contra
las fuerzas enemigas de Satanás y aplastará la cabeza de la serpiente.
En la Gruta de Massabielle la Virgen María nos ha enseñado
que la verdadera felicidad se encontrará únicamente en el cielo: “No te prometo
hacerte feliz en este mundo, sino en el otro”, dijo a Bernadette. Y la vida de
Bernadette lo ha ilustrado muy claramente: ella, que había tenido el privilegio
de ver a la Santísima Virgen, fue profundamente marcada por la cruz de Jesús, fue consumida por la
tuberculosis, y murió joven, a la edad de treinta y cinco años.
En este Año jubilar, agradecemos al Señor por todas las
gracias corporales y espirituales que ha querido otorgar a tantos centenares de
millares de peregrinos en este lugar santo, y por la intercesión de Santa
Bernardette, pedimos a la Santísima Virgen que nos fortalezca en el combate
espiritual de cada día para que podamos vivir en plenitud nuestra fe cristiana,
practicando las virtudes que distinguían a la Virgen María, FIAT, MAGNIFICAT y STABAT: es decir, una FE intrépida (FIAT),
una ALEGRÍA sin medida (MAGNIFICAT), y una FIDELIDAD sin compromiso (STABAT).
“Oh María, Nuestra
Señora de Lourdes, bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el
fruto de tu vientre, Jesús. Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros,
pobres pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.”
(Versión
del francés al español por el P. Ramón Olmos Miró, mCR)