Las falsaventuranzas

Las falsaventuranzas

Tomado de: San Bernardo, sermón cuarto SOBRE LOS DOS ADVIENTOS Y LAS ALAS PLATEADAS

Vemos, sin embargo, a algunos pobres que no viven la verdadera pobreza; de lo contrario, no estarían tan apocados y tristes, como corresponde a reyes, y reyes del cielo. Quieren ser pobres a condición de que no les falte nada. Les gusta la pobreza, pero no aguantan ninguna privación.

Otros son mansos mientras no se les contraría en palabras y actitudes. Pero se puede comprobar lo alejados que están de la verdadera mansedumbre frente a la más ligera oportunidad. ¿Qué herencia va a tener esta mansedumbre, si naufraga con antelación?

Constato también que otros lloran. Pero, si esas lágrimas brotasen del corazón, aprisa no las agostaría tan fácilmente. Se entretienen en palabrerías inútiles y superficiales después de haber humedecido los ojos. A mi entender, no se ha prometido el divino consuelo a tal género de sollozos, pues fácilmente se acogen a cualquier consuelo deleznable.

Otros se indignan contra las faltas de los demás. Parece como si, a primera vista, tuvieran hambre y sed de justicia. Sería cierto si aplicasen a sus propios pecados los mismos principios. Pero el Señor aborrece dos pesos desiguales. Y, si arden de indignación ante tanto descaro y son duros para los demás, se adulan necia e infantilmente a sí mismos.

Existe un cierto tipo de personas misericordiosas, pero siempre a costa de los bienes del vecino. Se escandalizan si no se distribuyen las existencias con generosidad, procurando, claro está, que a ellos ni se les toque. Si fuesen compasivos de verdad, tendrían que cooperar con sus propios bienes. Y, si no pueden contribuir materialmente, al menos, con la mejor intención, deben perdonar a quienes quizá les han ofendido. Bastaría cualquier gesto benévolo, una palabra de aliento -que vale más que todo don-, para moverles a penitencia. O al menos cubrirían con la compasión y la oración a quienes se sabe que viven en pecado. De otro modo, su compasión es una farsa y no suscitará compasión alguna.

Hay igualmente quienes de tal modo confiesan sus pecados, que parece que una tal actitud brota del deseo de purificar el corazón, pues todo se purifica en la confesión. Pero se sabe que eso mismo que expresan con espontaneidad, no lo soportan en los labios de los demás. Y, si quisieran purificarse de verdad, no se irritarían; serían agradecidos a quienes les señalan sus faltas.

Hay otros que con sólo ver a cualquiera que se escandaliza por algo, se desasosiegan hasta que no les devuelven la paz; pasarían por pacíficos, a menos que sus enfados contra quienes han dicho o echo algo en contra de ellos no necesitaran de tanto tiempo, ni pasarán terribles agobios para calmarse. Si amaran la paz por encima de todo, no cabría duda que la buscarían para ellos mismos.

Manuel Ma Domenech Izquierdo


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