Sobre el existencialismo y el idealismo


 
El solo hecho de que sepamos distinguir el materialismo y el racionalismo, nos confirma que lo que amamos es verdad.


 

Me han pedido un texto de filosofía. Ni lo sé hacer ni puedo, por mi profesión y mi trabajo. Al quejarme así me dijeron que lo hiciera al menos de la filosofía del conocimiento. No soy yo nadie para hacer un texto. Pero me duele decir "no". Por eso voy a intentar resumir lo que yo vivo y cómo intento comunicarlo a quien me pide consejo o estoy obligado a dárselo.

El tema es realmente importante y crucial. No me extrañaría nada que las tres ranas del Apocalipsis representaran el existencialismo, el idealismo y el liberalismo. Ahora no nos ocuparemos del liberalismo, que tiene a los otros dos por razón de su sinrazón.

Debido a las múltiples capas ontológicas de la naturaleza humana, al tener dos maneras de conocimiento, el sensitivo y el intelectual, las desviaciones posibles del orden perfecto se multiplican.

O se confunden la imaginación y la inteligencia perdiendo la espiritualidad, o se abusa del entendimiento con el "pienso, luego existo" que ignora toda realidad que no sea pensada. Así tenemos materialismo y racionalismo que, al llegar a sus últimas consecuencias se convierten en el existencialismo, desnaturalizado y desesperado, y en el idealismo, desencarnado e iluso.

Busco maneras de hacer entender a los jóvenes cómo funcionan sus facultades cognoscitivas. Para empezar les intento exponer algo matemático no excesivamente sencillo, como el teorema de Pitágoras o el reglamento del ajedrez, y procuro que se percaten de la espiritualidad e inmaterialidad de ello. Mi mente se centra en esto, pero cuando se lo explico, mi corazón está intentando prevenirlos del materialismo. Les cito la frase de Hawking: "las fórmulas son para la eternidad". (Pobre Hawking, con qué poco se conforma. "Las matemáticas son lo más fácil", dice el P. Castellani).

Después pongo mi interés en alejarlos del idealismo, que tuvo su raiz en la tristemente popular frase de Descartes, el Judas de la civilización occidental, como lo llama el P. Castellani: "pienso, luego existo".

La cuestión es muy importante. El Papa Juan Pablo II en "Memoria e Identidad", en el capítulo que trata precisamente del origen de las ideologías del mal, dice: "Para esclarecer mejor este problema, hay que remontarse al período anterior a la Ilustración y, especialmente, a la revolución que supuso el pensamiento de Descartes en la filosofía. El cogito, ergo sum -pienso, luego existo- comportaba una inversión en el modo de hacer filosofía".

Para ayudarles a odiar el "pienso, luego existo", apelo a su íntima experiencia de que ellos se apercibían de su existencia antes de empezar a pensar. Que es desde esa existencia donde podían expresar su pensamiento en palabras.

El entendimiento humano cuando nacemos está en pura potencia (tabula rasa) y es puesto en acto por las modificaciones de su existencia por las percepciones sensoriales. Existo con "lo otro". Desde mi existencia me percibo existente con "lo otro" y en ella puedo separar lo material de los espiritual y abstraer esencias, que pueden existir o no. Son esencias en potencia de existir. Existo en potencia de entender potencias de existir.

Son distintas la esencia y la existencia. Suárez se equivocó. Era jesuita, pero también lo fue Castellani, que no dejó de ser hijo de San Ignacio aunque los jesuitas le hicieran la vida imposible.

Desde mi bulto sintonizo con los colores y las músicas de "lo otro". En el conocimiento el cognoscente y lo conocido "son lo mismo". Santo Tomás insiste mucho en esto. No hay necesidad de puente entre mí y la realidad.

Dice el P. Castellani que la simultánea nimiedad y grandeza del espíritu humano puede llevar tanto a la humildad, como en el caso de San Agustín, como a la soberbia de Descartes.

Les suelo repetir que no se pueden explicar fácilmente las cosas difíciles, que no hay ideas verdaderamente verdaderas que sean "claras y distintas" y que tienen que meditar todo esto una y otra vez... siempre. Que así irán entendiendo y gustando la Verdad. Que cada vez más podrán "recordar la sabiduría del corazón".

Que hay dos ámbitos para llegar a demostrar la existencia de Dios. El de las vías de Santo Tomás y el de la "interioridad" de San Agustín. Siempre enseñado por el P. Castellani, quien explica que San Agustín insiste mucho en que "si el alma hace de alguna manera la verdad, es inmortal y que si hay algo que juzga esa verdad, Dios existe". Y que como es cierto que no todo lo que pensamos obedece a la realidad (esto lo sabemos bien los programadores informáticos) tenemos que adorar al que está por encima de todo lo que podamos pensar.

También les explico que el P. Castellani dice que los tiempos de San Agustín se parecen mucho a los nuestros y que hay necesitamos agustines vivos y actuantes y les recomiendo su libro "San Agustín y nosotros" como hago en mi página de San Agustín.

Manuel Ma Domenech I.



Primero se olvidó el ser con Descartes, quién se quedó con el pensamiento.
Después se olvidó el pensamiento con Arthur Schopenhauer, que se quedó con la voluntad.

El pensamiento cerrado sobre sí mismo termina en la dialéctica, que lo es siempre del error.
La voluntad cerrada sobre sí misma se queda sin amor.

Todo esto vuelve al principio, al ser, pero con odio.
Por eso aquello de Llull: "si Dios no existe, es odioso el ser y deseable el no ser".

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