Los días de la Creación

Los días de la Creación

Es peligroso confundir la imaginación con la inteligencia, pero también es verdad que, dada nuestra naturaleza, quedamos más satisfechos si damos un soporte imaginativo a nuestras concepciones.

Siempre me han enseñado que los "días" de la creación en el Génesis, se han de entender como "períodos de tiempo" en que Dios añadía sucesivamente grados de perfección a sus criaturas. Así se resuelven fácilmente las típicas dificultades como la de preguntar cómo podía haber días cuando todavía no había Sol.

Además de esto, es encantador leer en Santo Tomás, que para que haya días no es necesario que haya Sol. Los días se constatan por el giro del firmamento, aunque no se vea en él al Sol. Hoy, en versión moderna, podríamos también decir que con que la materia de la que luego se formara la Tierra, girara relativamente al resto de universo, ya se podrían contar días. De la misma manera que toda la historia de la salvación en las Sagradas Escrituras hay que entenderla con respecto a Jesucristo, y por tanto vista desde la perspectiva del pueblo de Israel, de la misma manera, toda la cosmogonía bíblica hay que verla desde la Tierra, y al principio, desde la materia de la que se formó la Tierra.

También Santo Tomás nos dice que San Agustín interpreta la primera luz como la inteligencia angélica, y las aguas como la materia prima. Así se puede soslayar la dificultad de los que piensan que en la naturaleza sólo puede haber luz si hay Sol. Pero en las Sagradas Escrituras hay explicaciones de realidades que a su vez son ellas mismas símbolos de otras realidades. Podemos pensar incluso que la luz del principio del big bang fuera producida por las luces angélicas. Los ángeles, como nos enseña Santo Tomás, no pueden infundir formas en la materia prima, pero sí energía en la materia segunda.

En el Génesis, los tres primeros días parecen ser una versión poética del big bang. En el libro de Steven Weinberg "Los tres primeros minutos del universo" vemos cómo se empieza por una energía completamente desacoplada, y la aparición de la corporeidad sucesivamente, lo que nos recuerda la creación sucesiva de la luz, las aguas y lo seco.

Santo Tomás nos dice que los días cuarto, quinto y sexto son como una repetición del primero, segundo y tercero. Son los días del ornato de estos últimos. Se ponen las lumbreras en el firmamento, las aves y los peces en la aguas, el hombre en la tierra seca. Sobre la luz, las aguas y lo seco, se crearon las lumbreras, los sentidos y el amor.

Con las imágenes que nos sugiere el big bang, nos es fácil adivinar que cada vez que, en los sucesivos días, hay una intervención creadora para dar un nivel más de perfección al universo, hay una conmoción general en lo que se había creado anteriormente. Lo que ya existía se prepara para recibir lo nuevo más perfecto.

Así tenemos primero todos los minerales en el día tercero cuando aparece lo seco. Cuando Dios dice que germine la vida vegetal en la tierra, todos los minerales que ya tenían su hermosura y eran "buenos", se hicieron mejores: sus cualidades activas y pasivas empezaron a tener potencia para esa maravillosa autocatálisis que es la vida. Qxígeno, carbono e hidrógeno, por ejemplo, se dispusieron para la función clorofílica, esa función que no se puede concebir como resultado de un equilibrio estadístico de transformaciones químicas, que aprovecha los fotones uno a uno, para elevar el nivel energético de los que ya había llegado al fondo energético de la combustón, agua y anhídrido carbónico, para subir contra su tendencia natural hacia las estructuras de la vida. Se hacía posible la química orgánica.

Si los sucesivos niveles de creación supusieron tales conmociones al universo, mucho más tuvo que ser la creación del hombre el día sexto.

Todos los instintos de los animales, asunto que los científicos serios reconocen que no tienen nada claro, se debieron adaptar al nuevo estado del universo: ser ecológicamente humano. Los perros empezaron a formar manada con el hombre, bueyes y caballos se dispusieron a ayudarle. Hasta el león y el cordero podían pacer juntos. El pecado original cambió mucho de esto. La naturaleza se reveló contra el hombre, por haberse éste revelado contra Dios.

Pio XII nos enseñó acerca del evolucionismo que se puede admitir cualquier teoría con tal de que se acepte que el alma humana inteligente es creada e infundida directamente por Dios y que al principio fue en una sola pareja. Tanto si esta infusión del alma fue en una pareja de prehomínidos como si fue directamente en una reconfiguración del barro de la tierra, ayuda a nuestra imaginación la metamorfosis. Vemos cómo en poco tiempo un renacuajo se convierte en rana. De igual manera, un cuerpo de barro o un homínido puede ser convertido por Dios, que es quien infunde las formas en la materia, en la figura de un hombre, lenta o instantáneamente. Para Dios es igual.

Aunque el alma humana se hubiera infundido a una pareja de animales, esa pareja y el resto de los animales de la primitiva especia quedarían completamente diferenciados, en sus instintos e incluso en su figura.

Hemos de vigilar nuestra fe en la resurrección. Si creemos, como hemos de creer y testificar, que los muertos resucitan con su cuerpo, aunque hayan acabado disueltos con agua regia o volatilizados y desintegrados por una explosión nuclear, por qué nos cuesta imaginar que Dios forma un hombre del barro de la tierra.


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