El triunfo de Cristo en la historia

Cartas a mis ahijados

El triunfo de Cristo en la historia

Barcelona, septiembre de 1999

Queridos ahijados todos:

Hace ya casi 10 años que os escribo y ahora me parece mentira que todavía no haya intentado explicaros el triunfo de Cristo en la historia. Quede claro desde el principio que Jesucristo triunfará en la historia, pero también que antes murió en la Cruz. Así mismo es importante saber que se trata del triunfo de Cristo, no del nuestro. Nosotros sólo podemos aspirar a participar del triunfo de Cristo, y por esto mismo, tenemos primero que participar en su Cruz. Lo mejor sería ser mártires, pero al menos, la certeza de la hermana muerte, aceptada y ofrecida cristianamente, tendría que consolarnos.

Jesucristo murió en la Cruz para redimirnos de la pena que merecíamos por nuestros pecados, original y actual. El pecado original tiene una actualización constante en la historia, en ese afán social de autodivinización que es la puesta en práctica del intento que empezó en el Edén con la seductora frase de la serpiente: "seréis como dioses". Es la zanahoria que cuelga del estandarte publicitario que enarbolan todas las opciones políticas anticristianas. Supuesto el olvido de todo lo sobrenatural, la humanidad busca con sus solas fuerzas la recuperación del estado natural de la justicia original. Incluso suponiendo la ausencia de todo desorden moral, que esclaviza a los hombres bajo el yugo de sus pasiones, el simple intento de alcanzar la perfección social sin la ayuda de la gracia es una quimera anticristiana. Sólo si la gracia sana la naturaleza humana, podrán los hombres enderezar sus vidas, de manera que se conformen de nuevo con el plan divino.

Satanás atacó la cristiandad primero con las herejías de Nestorio (el hombre se hizo Dios) y Valentín (Dios no se hizo hombre); después con las de Pelagio (el hombre puede hacerse bueno) y Lutero (el hombre no puede ser bueno); ahora lo hace con el optimismo iluso de los que piensan que la Iglesia ha de triunfar progresivamente en la historia y con el catastrofismo fideista que excluye el triunfo de Cristo en la historia. Sobre esto nos enseña magistralmente el Catecismo de la Iglesia Católica. Un cristiano verdadero no debe, ni desesperarse por pensar que no es posible alcanzar la perfección social, ni dejarse seducir por la presunta ilusión de que la humanidad sin Dios puede alcanzar el bien social. "Lo que es imposible a los hombres, es posible a Dios".

La historia ha llegado a un punto en que si alguien pudiera alcanzar un poco de poder gobernando cristianamente, sería reducido a nada por la OTAN, con el pretexto de defender unos mal entendidos derechos humanos, derechos que, por otro lado, nunca serán defendidos si tienen alguna relación con aquella verdad acerca de la cual preguntó Pilatos, como fue en Hungría y ha sido en Timor oriental. Ahora nos anima saber que precisamente por el hecho de que "las fuerzas del Pueblo de los santos estén totalmente quebrantadas", es cuando Dios intervendrá para que le sea dada la gloria a Él y no a nosotros.

Jesucristo fue enviado primero al pueblo de Israel. Los suyos no le recibieron. Por eso San Pedro puso su cátedra en Roma. Ahora los gentiles también le han rechazado. Nadie le quiere por Rey, pero es Rey de reyes y Señor de señores, y usará de misericordia con todos.

Cuando, decepcionado del engaño del mundo y del demonio y zafado de los lazos de la carne, el resto de Israel se vuelva a Dios bajo cruel persecución, el mismo Jesús que ascendió a los cielos, volverá y restaurará el trono de David, que está caído. Volverá de la misma manera para no marchar jamás. Entonces destruirá al impío con el soplo de su boca y hará justicia a sus mártires, y reinarán con Él todos los que habrán participado en su Pasión. Otra vez estará con los suyos corporalmente, aunque no visiblemente, es decir, tal como permaneció en la Tierra desde su Resurrección gloriosa, hasta su Ascensión a los cielos. Será el día del juicio, que puede durar mil años, porque para Dios, un día es como mil años, y mil años como un día.

El mundo convertido proclamará dichosa a María Inmaculada, Madre de Dios y Madre nuestra, y será patente a todos el triunfo prometido de su Corazón Inmaculado. Por fin, al final de la historia, la segunda resurrección nos unirá a todos en el canto de los ángeles, para descansar y ver, ver y amar, amar y alabar al tres veces Santo, cantando con los coros angélicos, Santo, Santo, Santo, por los siglos de los siglos.

Vuestro padrino:

Manuel Ma Domenech I.


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