Por la Causa de Madre Ángeles Sorazu

Por la Causa de Madre Ángeles Sorazu

Concepcionista Franciscana
Boletín informativo
2a época Núm. 3 Noviembre de 2007

PÁGINAS AUTOBIOGRÁFICAS

"Como medio año después que fui a Jesús María, (convento en Valladolid de Concepcionistas Franciscanas, en el que hubieron de alojarse las monjas desde el 11 de septiembre de 1895 hasta el 22 de junio de 1898, por obras en el convento de La Concepción, parte del cual amenazaba ruina) un día, ayudando a la Hermana Librera a colocar unos libros, me llamó la atención uno en rústica. Pregunté qué libro era aquel, y me contestó que los santos Evangelios. No es posible explicar el gozo que recibí con esta noticia. Parecióme que había hallado un tesoro de inestimable valor, y con él todo lo que podía anhelar en este mundo. Pregunté a la Hermana si tenía inconveniente en dejarme dicho libro para leer, y habiéndome contestado que no, se lo pedí, y cuando hube terminado mi labor, me retiré a la celda con mis santos Evangelios rebosando gozo por el feliz hallazgo.

Lo mismo fue empezar a leer los santos Evangelios que quedar mi entendimiento como poseído de una idea divina, cuya idea no era otra que Dios Humanado bajo forma bellísima. Parecíame ver a Jesús de edad de unos treinta años, como un Ser luminoso de belleza sobrehumana, hermosísimo, afabilísimo, de color de hierro candente, como si su cuerpo estuviese informado del elemento del fuego. Esta idea divina quedó como impresa en mi entendimiento, por lo cual en adelante en el coro, en la celda, dondequiera que estuviese, parecíame ver a Jesús, pero vivo, no como una imagen inanimada.

Con esta visión de Dios Humanado leí los santos Evangelios, y ¿cómo explicar los efectos que produjo en mí su lectura? Parecíame ver a Jesús hablar y obrar todo lo que leía en los santos Evangelios referente al mismo Salvador, y verle conversar con los hombres en la tierra con tanta afabilidad y ternura, tanta llaneza y bondad, yo que le estimaba tanto y tenía de su infinita bondad y excelencia una idea tan elevada (aunque inferiorísima de lo que es en realidad) quedaba como estupefacta y no cesaba de repetir con asombro creciente: Jamás hubiera creído ni llegado a pensar siquiera que todo un Dios se portase de esta manera con los hijos de los hombres, si no lo viera en vuestro santo Evangelio. ¿Cómo había de creer yo que un Dios infinito, inefable, se dignase conversar familiarmente con los hombres y acompañarse con estos, si tenía por un acto de condescendencia infinita el que se ocupase de nosotros en concepto de Criador y Salvador, pero de lejos, sin salvar el infinito abismo que le separa de sus criaturas? Y este Dios infinito, no contento con tomar carne humana para redimir al hombre y atestiguarle su amor, portarse en el mundo como uno de nosotros con tanta llaneza y afabilidad, ¡qué prodigio de bondad!, ¡qué caridad la vuestra tan divina, Dios mío!, ¡qué extremo de condescendencia y humildad!"

(Autobiografía Espiritual, n205-206)

TEXTOS PARA LA ORACIÓN

Ofrecemos a los lectores unas "Reflexiones" inéditas de la M. Sorazu, que complementan las ideas expuestas en el anterior pasaje de la Autobiografía.

"Ponderar mi dicha en poseer a todo un Dios Humanado, en mi propia casa, al mismo Dios Salvador del mundo, Redentor del género humano que, recorriendo las ciudades, villas y aldeas de la Palestina, realizó a favor de los hombres los estupendos prodigios consignados en los Santos Evangelios. Aquel Jesús, a quien buscaban con afán las turbas para oír su Sabiduría, escuchar sus palabras, y que por seguirle y acompañarle, abandonaban su hogar y sus tareas, y hasta las comodidades de casa sometiéndose a toda clase de privaciones por no perderle de vista, ni privarse del consuelo de oír sus discursos.

El Profeta de Nazaret, el Taumaturgo de Judea y Galilea, la simple noticia de cuya llegada trastornaba ciudades y pueblos enteros, y despoblaba las aldeas a causa de la conmoción que infundía en sus habitantes, quienes abandonaban su trabajo cual si fuera un día de fiesta, para salir a verle y oírle, y acompañarle en sus excursiones apostólicas, olvidándose hasta de comer por espacio de tres días, prefiriendo el desierto a la población, con tal de gozar de la vista y compañía de Jesús, ¡tan ávidos estaban de verle y de oír sus palabras!

El Médico divino a quien buscaban con avidez todos los enfermos de cuerpo y alma, y de cuya presencia salían remediados todos, incluso los niños, que le buscaban para entretenerse con Él y recibir su Bendición. El mismo en fin que, según iba caminando o recorriendo las calles y plazas, lleno de Bondad y Amabilidad, se detenía a hablar con cuantas almas necesitadas le salían al encuentro, para consolarlas y remediar sus necesidades, siendo las más pobres y pecadoras las primeras en su estimación, y las más atendidas, como se me ha mostrado tantas veces.

Procuraré, pues, vivir en íntimas relaciones con este Dios Humanado, tan afable y cariñoso, y que siendo quien es, un Dios tan Grande, tan Altísimo, tan Bueno, infinito en atributos y perfecciones, se digna conversar con sus criaturas tan íntima y familiarmente, como indica el Santo Evangelio, pues lo que hizo cuando vivió en el mundo en carne mortal a favor de las personas que le rodeaban y buscaban en sus necesidades, hace hoy en la Eucaristía, a favor de las almas que se acercan a Él, le reciben en la Comunión y le acompañan en el Sagrario, como sé por experiencia. ¿Quién no dejará y abandonará todo, por ver a Jesús, y escuchar sus discursos, como hicieron las turbas que le siguieron al desierto y se olvidaron hasta de comer por espacio de tres días? Es tan Amable, tan Sabio y Bueno, que nadie que experimente lo dulce que es su trato y compañía, dejará de seguirle y acompañarle, cifrando su dicha en vivir siempre a su lado, sea en el Sagrario, sea en el cielo o en el fondo de su propia alma."


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