Arenga para la última cruzada

Arenga para la última cruzada

¡Damas y caballeros de la Iglesia militante!

Pronto, en nombre del Rey de reyes, se abrirán los portones de este Castillo Interior, para que salgáis al campo abierto. Sé que estáis anhelantes por salir a preparar los caminos al Príncipe de la Paz hasta que vuelva, haciendo cristiandades.

Os voy a dar un lema que rezuma eternidad, como un elixir de inmortalidad, porque es más que verdad. Es dogma. Un lema que os enardecerá más que la efigie del Cid Campeador enardeció a los cristianos que echaron al mar de Valencia a Ben Yusuf; más que la esperanza de volver a ver al rey Arturo a los Caballeros de la Tabla Redonda. Con él venceréis en todas vuestras batallas y, si murierais, resucitaréis después.

Hoy María subió al cielo en cuerpo y alma para ser coronada Reina. Dejad que el eco de los últimos misterios del Rosario, los únicos que se refieren a María exclusivamente, resuene eternamente:

¡Cruzados! ¡La Reina Vive!

Vive porque es la Reina de los Ángeles, la Reina de los profetas y de los patriarcas, de los apóstoles y de los mártires, porque lo que anunciaron los profetas y esperaron los patriarcas, lo que predicaron los apóstoles y testificaron los mártires, se engendró en su vientre.

Cuando el alférez de la soberbia ponga vuestro cuello entre su espada y el muro del infierno, gritad: ¡la Reina vive! y os lo quitaréis de encima lanzándolo al abismo.

Cuando el cansancio y el desánimo detengan vuestro avance, espolead el caballo perezoso a la voz de: ¡la Reina vive! y volveréis a galopar.

Cuando os acobarden pájaros de mal agüero diciendo que han caído fuertes castillos, con sus almenas y torreones, podréis tapar sus bocas, acallar sus baterías y paralizar sus catapultas con la aplastante verdad: ¡la Reina vive!

Durante la batalla, entre la niebla y la oscuridad no hay visión, pero ¡ánimo, la Reina vive!.

¡Salgamos! ¡Adelante cruzados! ¡La Reina Vive!.


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