Barcelona, junio de 1996
Sin embargo también podemos alcanzarle de alguna manera en esta vida. Hace mucho tiempo, cuando aún no había entendido esto, compuse esta estrofa dolorida:
Por aquel entonces andaba yo queriéndolo saber todo y entenderlo todo. Me decía que conociendo mejor la Creación podría conocer más al Creador. Enardecía mi afán de estudio aquella frase de Pasteur: "Porque he estudiado mucho, tengo la fe de un bretón; si hubiera estudiado más, tendría la fe de una bretona". Me admiraba lo que me respondía mi padre (q.e.p.d.), cuando yo quería distraerle los últimos años de su vida estudiando cosas nuevas: "no quiero aprender nada más; cuando vea a Dios lo sabré todo".
Quizás haya que pasar por esta fase. Por eso, tú no dejes de estudiar todo lo que tengas por deberes en el colegio. Pero ciertamente el afán de saber puede ser desordenado. Al fin y al cabo la Serpiente del Paraíso dijo que la fruta prohibida daba inteligencia.
Años después, al darme cuenta de que, como nos dice Santo Tomás (S.Th.1q82a3), a Dios se le alcanza mejor con el amor que con el entendimiento, porque con éste no le podemos propiamente alcanzar, completé aquella estrofa con esta otra y titulé las dos: "Amor Ciego".
¡Oh Amor, Amor!
Aunque ciego puedo ver que Tú me amas
y sólo al verte así puedo quererte.
¡Amor inmenso!
¡Quería verte para amarte,
y ansioso por verte, no te amaba!
Ahora ya no me gustan mis estrofas. He descubierto cómo lo explica San Juan de la Cruz. No puede haber nada mejor escrito que lo que nos dicen los místicos de sus propias experiencias. En una poesía de sus "Coplas a lo Divino", que escribe "tras de un amoroso lance, no de Esperanza falto", imagina al alma como un halcón de cetrería. Flechado por instinto al alcance de su presa, que es el Espíritu Santo, la Paloma Blanca, hace sus piruetas volando al límite de sus fuerzas, y la alcanza deslumbrado y ciego, sólo amando. Léemetelo y no te me lo olvides:
Manuel M. Domenech I.
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