El deseo de Adán

Cartas a mis ahijados

El deseo de Adán

Barcelona, abril del 1996

Querida ángela:

Hace ya mucho tiempo que no juego al escondite. Supongo que tú, tan pequeña todavía, juegas a menudo. Yo, con los años, me he dado cuenta de que el escondite no es cosa de juego, sino algo muy serio. Verás por qué.

San Juan de la Cruz empieza su "Cántico Espiritual" con este verso: "¿Dónde te escondiste, Amado?". San Ignacio nos dice que en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo, "la Divinidad se esconde". Santo Tomás compuso el "Adoro te devote" a la "Deidad oculta, que late bajo especies escondida".

Quisiera explicarte sencillamente el por qué de esa humildad de Dios, que siempre se esconde, para darnos la oportunidad de que libremente merezcamos la familiaridad de sus amores, con una fe ciega en él. Para esto se me ocurrió contarte como un cuento que sucediera en el Paraiso Terrenal. Pero tienes que imaginarte que allí, al principio, todo era blanco y negro, como si Dios todavía no hubiera hecho los colores. Te será fácil porque sabemos que entonces aún no había desplegado el arco iris.

Una tarde que Adán paseaba con Dios por los jardines del Edén, le dijo a Dios: "Señor, Dios mío, temo que, pasando el tiempo, mis descendientes no reconozcan que Tú eres el Creador y conservador de estas maravillas, y piensen que todo esto sea simple resultado de un azar ciego, o las cenizas de una lucha habida entre el mal y el bien. ¿Por qué no les das una señal de que todo es bueno y viene de Ti?. Algo así como que cada vez que miren una cosa, ésta empiece a brillar con una fluorescencia intermitente, o le salgan a los lados una alas de paloma que se pongan a batir".

Dios le contestó: "No sabes lo que pides, pero en bien de los pájaros y las flores, te lo concederé". Entonces tiñó el cielo de azul, y el mar igual, pero marino. Como atardecía, puso amarillo el sol y pintó de rojo unas nubes blancas que allí había. Y con rojo y gualda vistió el fruto del azahar y le dió, para los suyos, el amarillo al limonero y el rojo a la granada. También así dejó las crestas de los gallos y la carita del jilguero. Rubíes y topacios, esmeraldas y turquesas, y los peces de los arrecifes de coral, empezaron a tener la gracia del color. Con azul y grana buscó violetas y les dió color como a las lilas. Y con cielo y sol mezcló los verdes, según ponía de uno y otro, y con ellos distinguió mirtos y helechos, pinos y cipreses, acacias, mimosas y eucaliptos. Y a las amapolas, que moteaban de los trigales las riberas, les hizo rojas sus corolas, para que se vieran, y todos, como dice el profeta Isaías, "vean, sepan, y adviertan, y lleguen de una vez a comprender, que la mano de Yahvé es la que obra, que el Santo de Israel es quien lo crea" (Is 41,20).

¿Tú crees que sirvió para algo?. Pues no. A pesar de que Dios, además de lo que le pidió Adán, les dio cantares a los pájaros, silbos a los vientos y voces a las aguas, hizo el trueno y el relámpago, mandó a Moisés y los profetas, y en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo que hasta resucitó un muerto de cuatro días, así y todo, los hombres no le creyeron. Le crucificaron y pensaron matar también a Lázaro, que así se llamaba el difunto que vivía.

Por maravillas que Dios hubiera añadido a la Creación, nunca sería posible que se le viera en ella tal como es. Para alcanzar lo que Adán quería, sería necesario que Dios mismo se manifestase sin criaturas intermediarias, perfeccionando además nuestro entendimiento para que pudiera verle. Pero eso sería dar el cielo sin merecerlo.

Dios está por encima de todo lo que podamos pensar. Si viéramos a Dios tal como somos, no sería Dios, y si le viésemos tal como es, no seríamos como somos. Para ver SER a Dios hay que morirse. Y morir en Gracia. Por eso, si un día te dicen que me he muerto, no estés triste. Reza por mí, y ven pronto.

Manuel Ma Domenech I.


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