Un cuento verdadero

Cartas a mis ahijados

Un cuento verdadero

Barcelona, junio de 1995

Érase una vez un hermoso castillo en el que vivía un gran Señor muy poderoso y sabio. Figúrate si era grande que poseía, no sólo las tierras colindantes a su castillo, como dijo el gato con botas de su amo el Marqués de Carabás, sino también las lejanas, hasta los confines del mundo en el que estaba aquel castillo. Eran suyas también todas las estrellas que de noche se veían desde sus jardines. Y los vientos y las nubes que regaban sus campos y vestían de rocío las flores antes de la aurora. Todo era suyo.

Tenía un Hijo al que quería muchísimo. Nunca dejaba de pensar en Él y no dejaba de sentir continuamente que le amaba. Su Hijo no quería otra cosa que lo que su Padre quisiera. Este Hijo nunca fue bebé y el Padre no envejecía. Todo lo compartían como propio y vivían una felicidad inmensa.

Pero no tenía Madre ni nunca la tuvo. Es muy importante tener madre. ¿Te acuerdas de Bambi?. Un día el Padre mandó al mejor de sus mensajeros a buscar una Madre para su Hijo a la que le cupiera un corazón tan grande como el suyo. Fue algo así como cuando el paje de la cenicienta buscaba por todo el reino un pie que cupiera en el zapato. Después de recorrer todos los espacios y los tiempos del reino, el mesajero encontró una niña con un pecho digno de su corazón, pero era pobre. Aunque era pobre todos la querían como a una reina y el Hijo no tuvo inconveniente en vestirse de pordiosero para ir a vivir con su Madre. En realidad más llena de gracia fue Ella, al hacerla su madre, que Él, al hacerlo su hijo, porque el Padre ya le hacía de madre con creces.

La quiso tanto que estuvo con ella más de treinta años. Ella le hablaba muchas veces de sus favorecidos a los que tenía también por hijos, sobre todo de los que un dragón grande y rojo tenía cautivos. Un día Él le dijo: Madre, en el castillo de mi Padre hay muchas moradas y todos podemos ir allá. Salió a los caminos a invitar a sus amigos, y a los pobres, ciegos, cojos y lisiados, y a todas las gentes, a cenar con su Padre, diciéndoles que luego serían adoptados como hijos y queridos con el mismo Amor con que el Padre le quería a Él.

Sólo les puso la condición de que tenían que hacer lo que a Él le agradaba. Todo lo que quería Él era bueno y nada malo quiso nunca. Lo que no quería, era mentira y, por tanto, era nada, por lo que en realidad, con esta condición no perdían nada.

Unos se excusaron diciendo que tenían que probar una yunta de bueyes, otros que no podían acudir porque se habían casado, otros que no querían perder la oportunidad de hacer el mal, para alcanzar la ciencia del bien y del mal, como si el mal fuera algo. Los que se creían poderosos, no sólo despreciaron su llamada sino que llegaron a declararle la guerra. Y tú, ¿qué hubieras hecho?.

Él se dejó tratar injustamente por el dragón que quedó así confundido con toda justicia, con lo que liberó a los que tenía cautivos. Dejó a algunos de sus súbditos combatiendo con los malos. Les alimentó con flor de harina, les sació de miel silvestre, les ungió con su Amor y les dijo que al fin volvería a buscar el resto, para restablecer su reino, recoger el grano de todos sus campos y quemar la paja para siempre.

Después se llevó a su Madre en cuerpo y alma al castillo con todos sus hijos y la coronó como reina. Y todos los que le siguieron vivieron felices en la unidad del Amor del Padre y el Hijo. No los tuvo por siervos sino que los acogió en su mesa y sus alcobas. Y no puedo decirte colorín colorado, porque este cuento no se ha acabado ni se acabará nunca por los siglos de los siglos.

Un beso muy fuerte de tu padrino:

Manuel M. Domenech I.


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