La historia del Rey Arturo

Cartas a mis ahijados

La historia del Rey Arturo

Barcelona, febrero de 1992

Erase una vez, en un país muy lejano, un gran rey al que su pueblo quería como a un padre. En su reino todas las artes y oficios progresaban como en ninguna otra parte. La paz y la justicia florecían en la primavera del amor. Todos se ayudaban. Siempre se oía cantar, en las casas por la noche y en los campos por las mañanas. Las fiestas de los pueblos tenían eco en sus comarcas. Todo el pueblo acudía a celebrar los acontecimientos felices de las familias. Pero un día el rey tuvo que marchar a una isla extranjera en misión noble, como todas las suyas. Nadie sabe qué ocurrió, pero el rey no volvió. Su pueblo mantenía la esperanza con la ilusión de su retorno. Los más optimistas siguen pensando que un día volverá. Esta es la historia o leyenda del Rey Arturo.

Con motivo del centenario de la Adoración Nocturna Española, se ha publicado la biografía de su fundador, D. Luis de Trelles. Al final del quinto capítulo: "El ángel de la paz de la tercera guerra carlista", hay una hermosa frase que primero me entusiasmó mucho, pero después me dio miedo de que pudiera interpretarse mal. Para que nunca te suceda esto quiero explicarte sus dos posibles lecturas. Es un tema que, como padrino, desearía entendieras perfectamente lo antes posible. La frase es esta:

"Trelles experimentó, entre agonías, eso que todo celta tiene que acabar experimentando un día tremendo de su vida: que el rey Arturo no retorna jamás de la isla de Avalón y que el único rey que efectuará ciertamente su parusía es Cristo, Cristo Rey del Universo".

Sigue el libro diciendo que esto es lo que le determinó a fundar la Adoración Nocturna. Para reunirse con los suyos a adorar a Nuestro Señor, de noche, como en un último reducto, desengañado de todo recurso humano y perdida toda esperanza que no sea la que se funda en el poder de Dios.

Si se entiende que nunca más habrá un rey cristiano porque el pueblo ya no merece tal y la Adoración Nocturna se toma como lugar de consuelo y de paciencia para preparar el retorno del Salvador y pedir que se mitigue el castigo que se cierne sobre el mundo, está bien. Refugiarse por la noche junto al Sagrario donde está escondido nuestro Rey para pedirle que vuelva pronto, que sólo con su presencia se tambalearán sus enemigos, es un importante motivo más para reunirse a adorar la Eucaristía. Es un buen rato para decirle "Tuyo es el Reino el poder y la gloria", "Anunciamos tu tu muerte y proclamamos tu Resurrección. Ven Señor Jesús", como nos enseña la liturgia después del Concilio Vaticano II. Recuerda que la norma del rezar es también la norma del creer.

Pero si con aquella bonita frase se entiende aceptar el laicismo consensuado según el cual la religión es cosa privada y el quehacer social no tiene nada que ver con ella, entonces no está nada bien. Hay algunos que separan la religión y la política como si nada tuviera que ver una con la otra. Cuando nombran a Jesucristo Rey del Universo parece que quieran decir rey del Sol, la Luna y las estrellas, es decir, de todo excepto de la Tierra, que es precisamente el único lugar en donde un hombre puede ser rey. Lo dicen como si en el "universo" no se comprendiera también la historia de los hombres y, por tanto, la política. Dice San Agustín que "en modo alguno es creible que Dios quisiera que fueran ajenas a las leyes de su providencia los reinos de los hombres, sus señoríos y sus servidumbres". (San Agustín, La Ciudad de Dios. Cap. XI Lib. V). Y San Pablo a los atenienses: "El Dios creador de cielos y tierra, de un solo hombre sacó a todo el linaje humano, determinando las épocas de su historia y las fronteras de sus reinos". (Hch. 17, 24-26).

Algunos herejes pensaron que el Mesías volverá para reinar como si su reino procediera de este mundo y favorecer a sus vasallos. Como si los regalos que Dios promete en las Sagradas Escrituras hubiera que entenderlos de manera puramente carnal. Como si la vida del mundo futuro fuera banquetear en mesas de "suculentos manjares y vinos generosos" (Isaías 25,6). Eso ha sido condenado por la Iglesia y, por eso, algunos encuentran difícil explicar cómo será la segunda venida del Mesías. Pero es fácil. Basta caer en la cuenta de que Jesucristo, cuando vuelva, estará con nosotros como estaba antes de la Ascensión, es decir, tendremos que seguir haciendo todas las cosas de la vida y seguirá habiendo necesidad de gobernantes hasta que se acabe la historia y se entre en la eternidad. El "día del juicio" puede durar mil años porque, para Dios, "un día es como mil años y mil años como un día" (2 P. 3,8).

También es herejía pensar que las promesas de la Biblia tienen siempre un puro sentido espiritual porque el Mesías nunca triunfará en este mundo. Herejía es algo contrarío a la Revelación, y el triunfo del Rey de reyes y las bendiciones de Israel están demasiado claros y repetidos en las Sagradas Escrituras para ser meras metáforas poéticas.

Podemos ir a rezar, desesperados de que la política contemporánea no tenga ya solución humana, pero no sin la Esperanza teologal de que San José, padre mesiánico de Jesús, preparará el triunfo del Corazón Inmaculado de María cuya omnipotencia suplicante puede llegar incluso a adelantar la hora del Reinado Social de Jesucristo.

Por eso, aunque desengañados de los hombres pongamos toda nuestra confianza en Dios como nuestro fundador Don Luis de Trelles, los adoradores nocturnos tenemos la puerta abierta para seguir pensando como carlistas, queriendo lo que querían los carlistas y haciendo lo que harían los carlistas, aunque siempre hayan perdido todas las guerras. Lo más importante del Carlismo no es que venga un rey que se llame Carlos. Es que las leyes sean cristianas, que haya "Cristiandad". El juicio empezará con la derrota del impío por el esplendor del advenimiento de Cristo (2 Ts. 2,8). Por eso podemos decir que, de alguna manera, Jesucristo, cuando vuelva, dará la razón a los carlistas.

Un beso muy fuerte de tu padrino:

Manuel Ma Domenech Izquierdo

"Il mondo ha tuttora bisogno di luce sapiente, ha bisogno di forza morale, ha bisogno di speranze non fallaci, ha bisogno di pace, di benessere, di unità. Per questo Noi non temiamo di dire: ha bisogno di Cristo. E per questo ancora una volta Noi diamo agli uomini aperti alla verità l'annuncio felice: Cristo è presente! perché Cristo è vivo! Cristo è risorto!"
(MESSAGGIO URBI ET ORBI DI SUA SANTITÀ PAOLO VI Solennità della S. Pasqua, 10 aprile 1966)


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