Las esperanzas de Israel

Cartas a mis ahijados

Las esperanzas de Israel

Barcelona, noviembre de 1990

Eres la más pequeñita de mis ahijados. Eres pura esperanza. Por eso te escribo para contarte las esperanzas de Israel.

En realidad toda la Biblia está llena de esto, ya lo irás entendiendo. Cuando todas las cosas se instauren en Cristo se cumplirán las esperanzas de Israel y de la Iglesia. Por la virtud de la Esperanza, nosotros esperamos la visión de Dios cara a cara, cuando seamos semejantes a El en el cielo, pero también la soberanía social de Jesucristo en la tierra, antes del fin de la historia.

Entonces la sociedad ya no despreciará las cosas de Dios, y el mundo vivirá una época de paz y felicidad sólo comparable a la que se vivía en el paraiso antes del pecado original. Dice el profeta Baruc (5,1-9): "Despójate, Jerusalén, de tu saco de duelo y de aflicción. Víste para siempre los ornamentos de la gloria que te viene de Dios". Y el profeta Isaías (35,1-2): "Exultará el desierto y la tierra árida, se regocijará la estepa como un narciso. Florecerá y exultará y dará cantos de triunfo; le será dada la gloria del Líbano, la magnificencia del Carmelo y del Sarón; ellos verán la gloria de Yahvé y la magnificencia de nuestro Dios".

Las promesas refieren siempre esta felicidad a la visitación de Dios: "Y será en aquel día que visitará Yahvé la milicia de los cielos en la altura, y abajo a los reyes de la tierra". (Isaías 24,21). Y también, por ejemplo: "En aquel día Yahvé de los ejércitos será corona de gloria y diadema de hermosura para las reliquias de su pueblo". (Isaías 28,5) En Sofonías 3,14-18 puedes ver una alusión clara a la presencia de Dios como Salvador en medio de su pueblo: "¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!. Que Yahvé ha revocado los decretos dados contra ti y ha rechazado a tu enemigo. El Rey de Israel, Yahvé, está en medio de ti. No verás ya más el infortunio. Aquel día se dirá a Jerusalén: No temas, Sión. No desmayen tus manos, que está en medio de ti Yahvé como poderoso Salvador; se goza en ti con alegría, se renovará en su amor, exultará sobre ti con júbilo como en los días de fiesta". Y aquello de Isaías (35,6): "Entonces saltará el cojo como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará gozosa", nos recuerda lo que dijo Jesús a los discípulos de Juan: "Id, y decid a Juan: los cojos andan". (Mateo 11,4-5).

Esta prometida visitación de Dios a su pueblo profetiza tanto la primera venida de Cristo, cuando nació en Belén, como la segunda, cuando volverá de la misma manera que se fue durante su Ascensión a los cielos, (Hechos de los Apóstoles 1,11). La lectura de la palabra, en la liturgia de la Santa Misa, nos enseña esto al colocar la fiesta de Cristo Rey al terminar el año litúrgico y hacernos oir la narración del juicio final precisamente cuando empieza el ciclo. Así los textos de la esperanza mesiánica se relacionan fácilmente con las dos venidas de Cristo. El año litúrgico se muerde la cola como una gran rueda que gira sobre el camino de la historia.

Es de lo más consolador considerar la abundancia de dichas que se prometen para el momento del cumplimiento de las profecías: "De sus espadas harán rejas de arado, y de sus lanzas, hoces. No alzarán la espada gente contra gente, ni se ejercitarán para la guerra". (Isaías 2,4). La paz se simboliza poéticamente en esta otra profecía de Isaías (11,6-7) "Habitará el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león, y un niño pequeño los pastoreará. La vaca pacerá con la osa, y las crias de ambas se echarán juntas, y el león, como el buey, comerá paja".

Mira que hermoso es también este texto de Isaías (25,6-8) "Y preparará Yahvé de los ejércitos a todos los pueblos sobre este monte un festín de vinos generosos, de manjares grasos y tiernos, de vinos generosos clarificados, y sobre este monte hará desaparecer el velo que oculta a todos los pueblos, la cortina que cubre a todas las naciones. Y destruirá la muerte para siempre, y enjugará el Señor las lágrimas de todos los rostros, y alejará el oprobio de su pueblo, lejos de toda la tierra, porque Yahvé ha hablado". Todo esto no hay que entenderlo carnalmente, como hicieron los milenaristas, que lo interpretaban todo del modo materialista como lo hace ahora la llamada "teología de la liberación", pero tampoco de forma tan espiritual como los que no creen en el triunfo de Jesucristo en la tierra, y, por tanto, tampoco lo esperan, ni lo desean, ni mucho menos lo procuran o preparan.

Hay una manera más de entender estos pasajes. Es referirlo al alma. Voy a despedirme con un verso del profeta Isaías (60,20) que también pertenece al conjunto de las promesas de la salvación, pero pensando en tu alma. Todo el profundo sentido de las profecías y de su cumplimiento histórico lo entederás perfectamente en el cielo, cuando "Tu sol no se pondrá jamás, ni menguará tu luna, porque será Yahvé tu eterna luz". (Isaías 60,20)

Un beso muy fuerte de tu padrino:

Manuel M. Domenech I.


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