La trágica corrosión del hombre moderno desvelada desde el medio de la edad media

La trágica corrosión del hombre moderno, desvelada desde el medio de la edad media


(Dedicada a mi hijo Antonio Ma el día de sus votos, 11-6-2010 Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús)

existencialismo * agnosticismo * determinismo

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Estas son tres situaciones, muchas veces simultáneas, que se patentizan, cada vez más, a lo largo de la historia.

No es por casualidad que estos tres términos:

muerte * incertidumbre * pecaminosidad

aparezcan en la Redemptor Hominis: "El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo".
San Juan Pablo II, Redemptor Hominis, n.10

El hombre contemporáneo se caracteriza por vivir, en arte, filosofía y política, con tres angustias abismales:

San Bernardo es considerado como el divisor entre la alta y la baja edad media.

En sus sermones 80, 81 y 82, hace San Bernardo una digresión para explicar que el alma se asemeja a Dios Eterno, Simple y Bueno por su inmortalidad, sencillez (sinceridad) y libertad.

Dice que estos tres atributos permanecen en el alma incluso después del pecado, pero enegrecidos con un doble manto de semejanza y desemejanza.

"¿Acaso no es estar cubierto por un manto que la cubre dos veces ese hallarse adherida y pegada, no por naturaleza, sino como con la aguja del pecado, la muerte a la inmortalidad, la disimulación a la simplicidad y la necesidad a la libertad?"
SANCTI BERNARDI ABBATIS CLARAE-VALLENSIS SERMONES IN CANTICA CANTICORUM, LXIX - LXXXVI. (ver 82,5)

En sus explicaciones descubrimos las raíces de la angustia existencial en la doble patencia de su mortalidad e inmortalidad, del agnosticismo, que ve y no quiere ver, en la doblez del disimulo y la hipocresía, y del determinismo en la pérdida de libertad que supone la esclavitud del pecado.

Como es de esperar, en los sermones siguientes explica que con la gracia y sólo con la gracia, puede recuperar su semejanza perdida. El sermón 83 empieza diciendo: "Hemos empleado tres días (sermones 80, 81 y 82), todo cuanto la hora regular permitió, en hablar acerca de la afinidad del alma con el Verbo. Más ¿qué utilidad tiene todo este trabajo? Pues ésta: os hemos hecho ver que toda alma, aunque se halle cargada de vicios, envuelta en pecados como entre redes, captada por los atractivos del placer, cautiva en su destierro, encarcelada en el cuerpo, atollada en el barro, sumida en el infecto lodo, esclava de sus miembros, abrumada de cuidados, poseída de temor, oprimida de dolores, errante y vagabunda, roída de disgustos, agitada de sospechas y viviendo extraña en tierra enemiga, contaminada entre los muertos, reputada entre los que bajan al sepulcro (Bar. 3,11); que toda alma, repito, aunque se encuentre, por decirlo así, sumida en la mayor desesperación y se sienta ya como condenada, puede, si quiere, desandar el camino y hallar en sí misma no sólo de donde respirar con la esperanza del perdón y la misericordia, sino también atreverse a aspirar a las celestiales bodas del Verbo, contraer la más íntima alianza con Dios y llevar el yugo suave del amor con el Rey de los ángeles".

Los sermones 80, 81, 82 y 83 de San Bernardo sobre los Cantares explican por qué el P. Hoyos ha sido beatificado en el siglo XXI y los sermones 83 y 84 explican qué es la devoción al Sagrado Corazón de Jesús sin beaterías.

Hay quién recela de que San Bernardo no concluyó su obra, pero sus últimos capítulos justificarían que se les tuviera por una feliz compleción, pues en la devoción al Sagrado Corazón de Jesús está la síntesis de toda la religión (Pío XI, Miserentissimus Redemptor, 3). También los "Hechos de los Apóstoles" se suspenden bruscamente y, sin embargo, continúan...


En Jesús Niño puso su corazón la Santa carmelita Teresita del Niño Jesús. La contemplación de Dios hecho Niño nos hace comprender el mensaje evangélico de la infancia espiritual, único camino hacia el Reino de los cielos.

Los hombres no podemos querer asemejarnos a Dios en Su omnipotencia o Su omnisciencia, en Su perfección infinita. Podemos, en cambio, permanecer evangélicamente en la sencillez que sólo en la infancia nos es fácil. Y Dios es sencillísimo, y a la simplicidad divina estamos tanto más cercanos cuanto más nos hacemos como niños. María y José son el espejo vivo, el ejemplar válido para todos, de esta simplicidad infantil que hace a Dios cercano.
(Francisco Canals, San José en la Navidad, La Montaña de San José, Nov.-Dic 2010, pag. 17).


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