11 SEPTIEMBRE 2001 DESDE OTRA OPTICA

 

11 SEPTIEMBRE 2001 DESDE OTRA OPTICA

Juan Casañas Balcells 

La conmoción mundial provocada por el sorpresivo, brutal e impensable ataque del fundamentalismo islámico contra las Torres Gemelas y el Pentágono estadounidenses y el frustrado por la caída de un cuarto aparato cuyo ignorado destino podría haber sido la Casa Blanca, propició multitud de noticias y comentarios de diverso matiz, condicionado por contrapuestos sentimientos de simpatía o de recelo con respecto al papel director de la pol ítica y economía mundiales que se arroga Norteamérica; pero todos, en general, dominados por una sensación de temor ante la inseguridad e indefensión frente a un enemigo oculto, impreciso y difuso pero con audacia y orga nización capaz de enfrentarse y humillar a la mayor Potencia mundial con un puñado de hombres armados sólo de simples cuchillos, pero decididos, con la esperanza de premios ultraterrenos, a inmolarse en aras de multiseculares designio s de la falsa religión que profesaban.

Sin embargo, por lo general, los comentarios y análisis de los hechos se limitaban a considerarlos en sí mismos, en su causa próxima y en sus consecuencias inmediatas, sin referencias a causas remotas ni a su signif icado en el futuro devenir de la Historia: se quedaban en "el qué" de los hechos, abstracción hecha del "por qué" y del "para qué". Este examinar y conocer los hechos "por sus causas" e intuir su influencia en el futuro eleva e l estudio de la Historia a Filosofía; y si en este estudio no se prescinde, como es exigible a todo creyente, de la causa última, que en definitiva es Dios creador del universo, la Filosofía se sublima en Teología de la Histori a, la "otra óptica" desde la que pretende el presente ensayo considerar los hechos del 11 de Septiembre de 2001.

Esta "óptica", que si bien tímidamente aparece en alguna revista o comentaristas extranjeros, en nuestra patria sólo he tenido ocasión de encontrarla en dos Revistas: una, de inspiración lefebvriana, q ue como recordatorio a los que ahora claman venganza, alude al despiadado bombardeo que arrasó Dresde, capital de Sajonia, "venganza colectiva de los que se denominan representantes de la libertad y de la democracia"; a la destrucción, por l as fuerzas aliadas, de la abadía de Montecasino, "testimonio en piedra de la cristiandad occidental"; y al bombardeo atómico a Hiroshima y Nagasaki, ordenado por el Presidente Truman; y afirmando que los atentados del 11 de Septiembre son ef ecto de una onda expansiva originada en la Conferencia de Yalta, una de cuyas consecuencias o concomitancias fue la proclamación en los centros del poder intelectual de Occidente, al término de la II Guerra Mundial, del "infernal mensaje: Di os ha muerto". Y otra, la revista "Cristiandad" en su número de Septiembre-Octubre de 2001, que con su habitual rigor, solvencia y altura intelectual, trata en profundidad casi exhaustiva, en clave de Teología de la Historia, los más salientes aspectos, antecedentes y consecuencias de los hechos del 11 de Septiembre.

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Una visión de la Historia que más allá de la corteza formada por la simple cronología, la relación de batallas, la yuxtaposición de efemérides, la lista de Reyes Godos, etc., investig ue la concatenación de las causas y efectos de la sucesión de los hechos, llega a descubrir, como a modo de constantes permanentes, ciertas corrientes profundas, soterradas a veces, emergentes otras, que parecen connaturales a la naturaleza individual y social del hombre, en lo esencial idéntica e invariable a través de los tiempos desde los más remotos y en todos los pueblos y culturas, tales como la creencia en un más allá, la existencia de seres o fuerza s trascendentes y superiores al hombre y a las naciones, sean el Hado, los ídolos, los astros, los dioses del paganismo, Yavé para el monoteísmo del pueblo israelita, Alá para los islamistas, el Dios trino y uno revelado por el Verbo para quienes nos profesamos cristianos. Y si no se quiere creer en un Dios verdadero o falso, se cree en prácticas espiritistas, cultos satánicos o en la banalidad del Tarot o de los signos del Zodíaco, puestos de moda diariame nte aun en los periódicos más serios.

Una de tales corrientes profundas, puede que la de más dramática trascendencia en la historia de la humanidad, es la tendencia del hombre a rebelarse contra Dios y pretender orgullosamente prescindir de El.

Iniciada ya antes de la creación del hombre con el "Non serviam" de Lucifer, se ha manifestado reiteradamente en la Historia desde el "Sereis como dioses", que indujo al pecado original, y que a través de esporádico s episodios llega a nuestros días: la bíblica Torre de Babel, la mitología de los Titanes pretendiendo escalar el Cielo, la estatua de Nabucodonosor, la deificación de los Imperios teocráticos de la antigüedad, el a ntropocentrismo del Renacimiento, el orgulloso Racionalismo postrenacentista, el sectarismo ilustrado de la Enciclopedia que en su desprecio por la Fe y volteriano odio a la Iglesia ("écrasez la Infamme") llegó a la entronización mate rial y física en Nôtre Dame, de la "diosa Razón" burdamente representada por una prostituta; la falacia del sistema Demo-liberal con su dogma de la soberanía popular no sujeta a Ley trascendente alguna, que con su lógica consecuencia del laicismo estatal en los países del Occidente antes cristiano parece haber consumado la "apostasía de las naciones", anunciada por San Pablo, y aproximarnos a las terribles palabras del mismo Cristo (Lc 18,8): "pero cuando vuelva el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?".

La última manifestación de la orgullosa tendencia a suplantar a Dios por el hombre ha sido el simbolismo que se quiso dar a las Torres Gemelas. No es mera suposición: bien que lo explicitó Minoru Yamasaki , el arquitecto ejecutor de la fálica obra, quien, en sentido coincidente con la intención de la blasfema frase "Ni Dios podrá destruirlo" pintada bajo la línea de flotación del Titanic, no se recató en manifestar que "El World Trade Center debe ser una representación viva de la fe del hombre en la humanidad". El Titanic yace en el fondo de los océanos y las Torres Gemelas han sido reducidas a escombros.

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San Pablo, en la Segunda epístola a los Tesalonicenses (Cap. 2, vers. 3, 4 y 7), alude a un "Misterio de iniquidad" que "está ya en acción" y culminará con la manifestación del "hombre de la iniqui dad, el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo".

Importa al hombre, en orden a su salvación personal y como orientación en su inserción social y participación política, conocer en que consiste ese "Misterio de iniquidad" para guardarse de cooperar a su acción y oponerse a él incluso, si preciso fuere, con decisión martirial.

Una lectura reflexiva de las Sagradas Escrituras descubre que, en el fondo, la raíz del "Misterio de iniquidad" está en la soberbia, en el orgulloso voluntario olvido de que el hombre, todo lo que es y tiene, su vida, sus facultades y potencias corporales y anímicas, la Creación entera, lo ha recibido de Dios, a cuya suprema gloria ha de ordenar toda su vida y acción: "El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Se&ntil de;or. Y las otras cosas sobre el haz de la tierra son criadas para el hombre , y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado" escribe San Ignacio al inicio de sus "Ejercicios espirituales" como Principio y Fun damento de la vida cristiana. Pero el hombre, a medida que avanza en el conocimiento y dominio de las cosas materiales y en el progresivo descubrimiento y empleo de las fuerzas de la Naturaleza, se olvida de Dios y "adora la obra de sus manos", antiguamen te en la grosera forma de ídolos que fabrica o de animales en que personifica las fuerzas y fenómenos naturales; y a medida que avanza la civilización hasta los descubrimientos y logros actuales en todos los ramos de la Ciencia, crece en su orgullo y fiado en los avances de la manipulación genética, llega a la pretensión de descubrir las claves del origen de la vida e incluso a fabricarla como cualquier otro producto manufacturado. Y a tanto llega en su soberbia, que ya no es la obra de sus manos lo que adora, sino que creyendo poder prescindir de Dios, cuya misma existencia niega, se adora a sí mismo: ha cedido a la tentación de caer "a crescida soberbia", tercer y último escaló n de una gradación descendente, que "induce a todos los otros vicios", según expone San Ignacio en la Meditación de Dos Banderas, al que, como tercer y último escalón de otra gradación de signo opuesto, contrapone la humildad, que induce a todas las otras virtudes.

La medida de lo que son, en el juicio de Dios, la soberbia y la humildad, nos la da el "Magnificat" (Lc. 1, 47-55): "... exulta mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva: por eso todas las gen eraciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mí maravillas Quien es Poderoso, ... Desplegó el poder de su brazo y dispersó a los que se engríen con los pensamientos de su corazón. Derribó de sus tronos a los potentados y ensalzó a los humildes ...". Testimonio, el de María, sólo superado por la sacrosanta humanidad del Verbo, ".... quien existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantene rse igual a Dios, antes se anonadó tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres; y en la condición de hombre se humilló, hecho obediente hasta la muerte , y muerte de cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre" (San Pablo, Fi l. 2, 6-11).

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El Misterio de Iniquidad afecta al hombre no sólo individualmente, sino también en su naturaleza sociable. San Agustín, el primero en abordar el estudio de la Historia con visión teológica, afirma que "Dos amores fundaron dos ciudades: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena; el amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celeste. Aquella se gloría en sí misma; esta, en el Señor. Aquella busca la glor ia en los hombres; pero para esta, Dios, testigo de la conciencia, es la máxima gloria" (La Ciudad de Dios, L. XIV, Cap. XXVIII). Es la misma contraposición de soberbia contra humildad , raíz del Misterio de Iniquidad.

En la vida terrena, los súbditos de una y otra ciudad coexisten hasta el momento en que el Supremo Juez destríe el trigo de la cizaña. En el decurso de la Historia, el Misterio de Iniquidad, alma y motor de la Ciuda d terrena, tiende a la destrucción de la Ciudad celeste: hoy, el Mundo vive ya como si Dios no existiese: de Europa en particular, S.S. Juan Pablo II lo ha afirmado recientemente. Y llegará, porque lo profetizan el Apocalipsis y la II Ep&iac ute;stola de San Pablo a los Tesalonicenses, el momento en que se manifieste en su plenitud; sólo falta, según San Pablo, que "el que le retiene sea apartado". De dicha Epístola se infiere que San Pablo ya les había instruido a cerca de "lo que le retiene"; pero no lo repite en la Carta, y nos quedamos sin saber a ciencia cierta en qué consiste. San Agustín, acorde con la tradición patrística y escolástica, pensaba que podía ser la autor idad civil, ostentada en su tiempo por el Imperio Romano, ya cristianizado. Desaparecido éste, los exégetas se inclinan en que podría consistir, más genéricamente, en el Principio de Autoridad, sea cual sea la persona u órgano que la ostente, con lo que subsistiría el obstáculo que detiene la plena manifestación del Misterio de Iniquidad; pero no falta quienes, como el P. Orlandis ("Cristiandad" nº 27, Mayo de 1959), observan con original visi ón que la autoridad del Imperio Romano se mantuvo, al menos formal o simbólicamente, hasta que, socavado su prestigio por obra de la vasta red de Sociedades secretas extendidas por toda Europa e instaurado por Napoleón otro Imperio so bre las bases de la Revolución francesa, Francisco II de Austria se vio forzado a renunciar, el 6 de Agosto de 1806, al título imperial. La vigencia del significado histórico del Imperio Romano hasta principios del s. XIX viene avalad a por la autoridad de Juan Bautista Weiss, que en su prestigiosa "Historia Universal" califica la instauración del Sacro Imperio Romano Germánico por Carlomagno como restauración del antiguo Imperio Romano; y al tratar de la renuncia de Francisco II, dice "Así acabó el Imperio de Carlomagno, mil seis años después de su fundación".

Si se entiende que el obstáculo a la plena manifestación del Misterio de Iniquidad era el Imperio Romano continuado por el Sacro Imperio Romano Germánico, la extinción de éste implicaría la remo ción del obstáculo; y el Imperio de Napoleón fundado sobre los Principios de la Revolución, lejos de ser obstáculo, propiciaría, como realmente propició, el inicio de la época caracterizada por lo qu e el P. Bover (Bover-Cantera, "Sagrada Biblia", B.A.C., 1947, vol.II, pág. 583), denomina "democratización internacional de la potestad política". Es decir, la época que, a través de vaivenes liberales y totalitarios, am bas tendencias efecto de la Revolución, desemboca en la actual crisis del Principio de Autoridad, con sus consecuencias de confusionismo y anarquía en todos los órdenes: conflicto generacional en las familias, profesores impotentes pa ra reprimir la indisciplina del alumnado, lucha de clases entre Patronal y Sindicatos, mediatización del Poder político por la rebelión de las masas y la presión de oscuros poderes fácticos, enfrentamiento Gobierno-Oposi ción, más atentos a sus respectivos intereses partidistas que a la gestión del bien común, e incluso "contestación", solapada o manifiesta, dentro de la misma Iglesia.

Desde luego, si realmente el Principio de Autoridad fuera "el que lo detiene", su crisis sería, junto a la apostasía de las Naciones y a que con los viajes de S.S.Juan-Pablo II puede entenderse que el Evangelio ya ha sido predicado a todas las naciones (Mc. 13, 10), otro signo de la proximidad, con la relatividad que el término proximidad tiene en los planes de Dios sobre la Historia, de la eclosión universal del Misterio de Iniquidad. Sería imprudenci a pretender fijar plazos, puesto que "En cuanto a ese día o a esa hora, nadie la conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre" (Mc. 13, 32); pero ciertamente está más cerca que cuando Je sucristo nuestro Señor pronunció aquellas palabras o San Pablo escribió a los Tesalonicenses.

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Dios "escribe recto sobre renglones torcidos" y dirige inexorablemente la Historia a su último fin, que no puede ser otro que Su glorificación por el triunfal dominio de Jesucristo, nuestro Señor, sobre toda la Creación (Tú eres mi Hijo, Yo te he engendrado hoy. Pídemelo, y te daré por herencia las Naciones. Los regirás con vara de hierro, los quebrantarás como vasos de loza.), y en su infinita sabidur&iacu te;a, combina los actos libres de los hombres de modo y manera que, aun sin ellos proponérselo, se cumplan los divinos designios conductores al fin último de la Creación.

Dentro de esta óptica , es obligado reconocer que la divina permisión de la tragedia del 11 de Septiembre tiene el doble sentido de castigo y de admonición.

Castigo al orgullo del Occidente, que con la consumada laicización estatal y con la progresiva descristianización de las masas, ha apostatado de sus raíces cristianas para endiosarse en la riqueza y el poder; y admo nición, para que retorne a aquellas raíces y reconozca la realeza de Cristo, no sólo en la esfera privada de cada individuo sino también en todos los aspectos públicos en que, sociable por naturaleza, el hombre se halla inmerso. Los hechos de 11 de Septiembre constituyen una representación, a escala reducida, de la hecatombe que amenaza a la humanidad si persiste en su orgulloso encastillarse en sí misma. Vale la pena leer íntegro y meditar, intentan do penetrar su profundo simbolismo, el Capítulo 18 del Apocalipsis: "Vi otro ángel, que bajaba del cielo con gran poder ... Gritó con poderosa voz, diciendo: Cayó, cayó la gran Babilonia, y quedó convertida en morada de demonios .... porque del vino de la cólera de su fornicación bebieron todas las naciones, y con ella fornicaron los reyes de la tierra, y los comerciantes de toda la tierra con el poder de su lujo se enriquecieron ,,,. Llorar&aacut e;n, y por ella se herirán los reyes de la tierra que con ella fornicaban y se entregaban al lujo, cuando vean el humo de su incendio .... Llorarán y se lamentarán los mercaderes de la tierra por ella, porque no hay quien compre sus m ercaderías, las mercaderías de oro, de plata .... ovejas, caballos y coches, esclavos y almas de hombres .... Los mercaderes de estas cosas, que se enriquecían con ella, se detienen a lo lejos por el temor de su tormento, llorando y l amentándose, y diciendo: ¿Ay, ay de la ciudad grande .... porque en una hora quedó devastada tanta riqueza! ...".

Sin embargo, Occidente parece no haber querido entender ni como castigo ni como aviso de la divina Providencia la hecatombe del 11 de Septiembre, casi insignificante en sus resultados materiales si se compara con otras habidas a lo largo de la Historia. Su auténtica magnitud está en haber abatido el engañoso convencimiento de seguridad, de prepotencia, orgullosamente sentido en la Nación autoconstituída en garante de un orden mundial asentado sobre las bases del dominio económico y poderío militar dentro de un sistema político demo-liberal fundamentado en el dogma de la "soberanía popular", sin referencia alguna a ninguna Soberanía superior trascendente; y que en el orden internacional, mediante una estrategia inspirada en la amoral "moral de fines", aspira imponer en beneficio propio y a costa de los dos tercios "parias" de la humanidad, una globalización sin Dios y sin alma.

La reacción generalizada, especialmente en Norteamérica, no ha sido el propósito de enmienda, sino sólo la de castigar con "justicia infinita" al culpable y así restaurar el resquebrajado prestigio de su liderazgo mundial y recuperar la perdida sensación de confianza en su invulnerabilidad. Para el Presidente Bush, el ataque al Pentágono y al World Trade Center no ha sido castigo de Dios, sino fruto del odio de los malos por lo que Occide nte, y EE.UU. en grado eminente, se jactan de tener por creerlo bueno: "Ellos odian un gobierno democráticamente electo. Ellos nos odian por nuestras libertades: nuestra libertad de religión, nuestra libertad de expresión, nuestra libertad de votar y de congregarnos y de estar en desacuerdo entre nosotros". El castigo al culpable supondrá "una lucha monumental entre el bien y el mal". Naturalmente, para el Sr. Bush, el Bien es EE.UU, que, en consecuencia, pueden e sperar que "Dios salve América"; pero, ¿cuál es el Dios de América? ¿el del Evangelio o el del poder y las riquezas?. Una guerra que, ya se ha dicho, puede durar años, no meses, contra una nueva clase de enemigo, difuso, escurridizo, ilocalizable, cuya arma no son los ejércitos, sino algo tan imprevisible como el terrorismo, que puede golpear en cualquier momento y en el lugar más impensado, contra el que no valen las armas convencionales ni el "escudo anti -misiles", por lo que Dick Cheney, Vice-Presidente de EE.UU., ha dicho, no demasiado conforme con los principios democráticos de la Nación americana, pero muy en la línea de la "moral de fines" y de lo "políticamente correcto", que "para ganar a quienes se encuentran en el lado oscuro del terrorismo puede hacer falta meter en la nómina de la CIA a unos cuantos indeseables que se encarguen del trabajo sucio".

Sin embargo, aunque esporádicas, no han faltado voces, también en Norteamérica, citadas por la Revista "Cristiandad" en su ya aludido número de Septiembre-Octubre de 2001, que han interpretado los hechos del 11 de Septiembre en clave de castigo. Así, según Craig Stuard, "este horrible acontecimiento parece como un torrente que cae de repente sobre toda esa moda del libertinaje, fruto de la insaciabilidad de un capitalismo depredador y pre suntuoso y de un nihilismo modernista donde el exceso sexual es perpetua carrera de vértigo orgiástico y de autoburla cínica"; y Jerry Farrell y Pat Robertson, autorizadas voces de la derecha religiosa, culparon en parte a los gru pos de libertades civiles, feministas, homosexuales y pro aborto "por haber vuelto la ira de Dios contra América".

Quien tiene claro que los hechos del 11 de Septiembre han sido castigo de Dios, que lo ha elegido a él como ejecutor, es Bin Laden: "Aquí está América golpeada por Dios Omnipotente en uno de sus &oacut e;rganos vitales, con sus más grandes edificios destruidos. Por la gracia de Dios".

Parece evidente que el fundamentalismo islámico considera, no sin razón, que la infidelidad del Occidente cristiano es causa de la impiedad y secularización no sólo del propio Occidente sino tambié n en los países islámicos. E identificando contra toda razón Occidente con Cristianismo hasta el punto de fomentar la creencia de que existe una especie de cruzada judeo-cristiana en contra del Islam, se enfrenta a Occidente no s&oacu te;lo por razones políticas, sino especialmente por lo que de cristiano queda en él, convirtiendo así el enfrentamiento en "Guerra Santa": Bin Laden proclamó "Juro por Dios que América no tendrá seguridad hasta que no la haya en Palestina y hasta que todos los ejércitos occidentales ateos no se marchen de las tierras santas".

Esta sacralización del conflicto, con todo lo que para el mahometano ha significado "Guerra Santa", le confiere una dimensión de magnitud y consecuencias incalculables: de una parte, su radicalización impulsada por la exacerbación del fundamentalismo islámico, que con el señuelo de Guerra Santa puede fanatizar a sus masas e instrumentalizarlas para sus fines políticos; de otra, la ingenua hasta la estupidez reacción del Occiden te, que en el 11 de Septiembre, lejos de ver un castigo y un aviso, lo considera un choque de culturas y religiones superable mediante el diálogo y el abandono del "espíritu de las Cruzadas" como única esperanza de paz, según s e ha declarado en una reunión celebrada en Roma bajo los auspicios de la Comunidad de San Egidio.

Pensar que, abandonado el espíritu de las Cruzadas, basta con el diálogo para superar el ancestral antagonismo entre Isaac e Ismael, además de desprecio a la memoria de San Bernardo, San Fernando, San Luís y San Pío V, equivale a olvidar las lecciones de la Historia, que muestran como desde hace trece siglos, el constante designio del islamismo ha sido, contra los designios salvíficos de Dios ("Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a t oda criatura", Mc. 16, 15) el suplantar mediante la violencia y la guerra el papel del Cristianismo en la Historia de la humanidad. Se olvida la pertinaz actitud del islamismo, con su seguicio de invasiones hasta Potiers, Turquía y los B alcanes hasta poner cerco a Viena y a Budapest, la ocupación de Tierra Santa, la destrucción del Impero de Bizancio, la floreciente civilización cristiana norteafricana arrasada con sus seiscientos obispados y santos como Agustí ;n de Hipona y Clemente de Alejandría y convertidos en tercermundistas los países desde Egipto a Marruecos; de piraterías con raptos y saqueos por todo el Mediterráneo hasta la costa levantina de nuestra Península; la er radicación del cristianismo con la imposición de la conversión forzosa, hasta el martirio, en los territorios ocupados; la persecución, discriminación y matanzas en todos los Estados islámicos hasta nuestros d&iac ute;as ..... Sin los ocho siglos de Reconquista en nuestra Patria, sin las Cruzadas, sin Juan Sobieski en Jatin y Viena, sin el providencial Lepanto, la Media Luna habría triunfado definitivamente sobre la Cruz.

Y otra consecuencia todavía más grave de la dimensión de Guerra Santa atribuida al conflicto por el fundamentalismo islámico, es la actitud de algunos, en el descristianizado Occidente, que llegan a sugerir q ue si es la religión el motor del enfrentamiento, la solución está en la supresión de todas las religiones. Si prosperara esta tendencia, sería recaer en la tentación del satánico "Dios ha muerto", sutil ma nifestación del "Misterio de Iniquidad".

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Sin embargo, paralelamente al "Misterio de Iniquidad", opera también en la Historia un designio salvífico, un "Misterio de Santidad": por encima de los designios de los hombres, Dios conduce la Historia y las puertas d el Infierno no prevalecerán: ¿"Por qué se agitan las Naciones y los pueblos maquinan vanos proyectos?. Asistieron los Reyes de la tierra y se coaligaron contra el Señor y contra su Ungido. Destrocemos sus ataduras y sacudamo s de nosotros su yugo. El que habita en los cielos se burlará de ellos y el Señor los escarnecerá. Entonces él les hablará en su ira y los conturbará en su furor." (Ps. 2, 1-5).

"Misterio de Santidad" prometido ya inmediatamente a la caída de nuestros primeros padres: "Pongo perpetua enemistad entre ti y la mujer. Y entre tu linaje y el suyo: éste te aplastará la cabeza, y tú le m orderás a él el calcañal" (Gén. 3, 16). Iniciado quizá al nacerle a Set, hijo de Adán, su hijo Enós: "Entonces comenzó a invocar el nombre de Yavé" (Gén. 4, 26), manifestado desde el llamamiento a Abram y la fe de su respuesta que le convierte en Abraham, "padre de muchos pueblos", continuado a través de Patriarcas y Profetas y de la revelación mosaica en el Sinaí, hasta la definitiva del Verbo, encarnado en la naturaleza humana de Jesucristo nuestro Señor, que la perpetua con la institución divina de la Santa Iglesia, contra la que "no prevalecerán las Puertas del Infierno", y culminará con la instauración de "la ciu dad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa que se engalana para su esposo. Oí una voz grande, que del trono decía: He aquí el tabernáculo de Dios entre los ho mbres, y erigirá su tabernáculo entre ellos, y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios será con ellos" (Ap. 21, 2-3).

Sería imperdonable presuntuosidad pretender descubrir por qué caminos y a través de qué futuros avatares se realizarán los designios de Dios sobre la Historia; pero a medida que avanza su curso, parece que va descorriéndose el velo que cubre los pasajes escatológicos de la Sagrada Escritura. La escatología sagrada apunta a tiempos terribles, a castigos horrendos, al triunfo temporal y breve (tres años y medio) del Misterio d e Iniquidad personificado en el Anticristo. ¿Es necesario que esto ocurra porque Dios así lo hay dispuesto?. Hemos de pensar que no: desdeciría de su infinita Bondad. Pero es designio divino respetar la libertad que ha concedido al hombre pa ra que obre meritoriamente el bien. Y sólo si el hombre lo resiste y opta por obrar el mal, Dios reconducirá la Historia a su último fin mediante castigos proporcionados.

Si el mal consiste en el laicismo, que niega el dominio de Dios sobre las naciones, y en el materialismo con que el hombre desprecia su fin sobrenatural, el Magisterio pontificio ha declarado los remedios: contra laicismo, el Reinado so cial de Nuestro Señor Jesucristo; contra materialismo, la devoción y consagración al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María. Es lógico que el Mundo, la "Ciudad terrena", quiera ign orar Encíclicas como la Annum Sacrum, de S.S.León XIII consagrando el género humano al Sagrado Corazón de Jesús, la Quas Primas, de S.S. Pío XI instituyendo la festividad de Cristo Rey, la Summi Pontificatus, de S .S. Pío XII, que, recién invadida Polonia por Alemania, chispa que encendió la II Guerra mundial, denunciaba los males que ya aquejaban al mundo y los que se avecinaban, e insistia en proponer como remedio las enseñanzas de sus predecesores en las citadas Encíclicas. Y S.S. Juan Pablo II no cesa de reiterar que los Estados se abran al Redentor.

Pero la Ciudad terrena no quiere abjurar de su laicismo; sus ciudadanos siguen inmersos en su materialismo hedonista. De tejas abajo, nada hace suponer que se haga caso del Magisterio de la Iglesia, a diferencia de Nínive, que cr eyó al profeta Jonás, y Dios "se arrepienta" de los castigos anunciados por la escatología sagrada. No obstante, tenemos la certeza de que siempre quedará, como el "resto de Israel", un resto de ciudadanos de la Ciudad celeste que en medio de dificultades, persecuciones y martirios, darán testimonio de su fe en Dios y en su Ungido, Cristo nuestro Señor, hasta su triunfo final, cuando su Reino no tendrá fin.

 

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